Usura 1

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¿Qué hacer frente a la complejidad del capitalismo contemporáneo?

La tradición económica de la América española tuvo el privilegio de no estar contaminada en sus inicios por el cáncer de la usura. Fue una economía principalmente agraria ―la Hacienda―, promotora de lazos sociales y de pequeñas comunidades. La usura, como en todos los países católicos, estaba al menos formalmente prohibida.  Sin embargo, poco a poco se fue introduciendo esta práctica en América Latina. Países como Chile transformaron sus economías en usureras, especialmente después de las reformas neoliberales durante el régimen de Pinochet, llevadas a cabo por economistas formados en Chicago. La confusión o ignorancia que rodea este tema es inmensa.

Por lo general, la gente ni siquiera sabe qué se entiende por usura ni las razones para condenarla. Sin embargo, la intuición del hombre de la calle lleva a criticar el capitalismo, pero proponiendo soluciones ―en el caso de América Latina ha comenzado a resurgir el socialismo― que no van a la raíz de los problemas centrales de nuestro sistema económico, entre los que se encuentra la usura.

Es crucial, por tanto, para recuperar la visión de una economía natural y justa, empezar por recordar conceptos olvidados.

Debemos preguntarnos, entonces, ¿qué es la usura? ¿Tiene alguna importancia para la gente de hoy? En general, en los tiempos modernos el término usura ha llegado a significar el cobro de un interés excesivo, a menudo escandaloso, por un préstamo de dinero. La Real Academia Española, por ejemplo, da como primera definición de usura la siguiente: “interés excesivo en un préstamo”. Pero la definición clásica en la teología católica de la usura era algo un poco diferente: la toma de cualquier interés, en cualquier cantidad, sin importar a qué se destine el préstamo, simplemente porque hay un contrato de préstamo. La declaración papal más cuidadosa de esto se encuentra en la encíclica de 1745 del Papa Benedicto XIV, Vix Pervenit, en la que el Pontífice señala:

La naturaleza del pecado llamado usura tiene su lugar propio y su origen en un contrato de préstamo. Este contrato financiero entre partes que consienten exige, por su propia naturaleza, que uno devuelva a otro sólo lo que ha recibido. El pecado se basa en el hecho de que a veces el acreedor desea más de lo que ha dado. Por lo tanto, sostiene que se le debe alguna ganancia más allá de lo que prestó, pero cualquier ganancia que exceda la cantidad que dio es ilícita y usuraria.

No se puede condonar el pecado de usura argumentando que la ganancia no es grande o excesiva, sino moderada o pequeña; tampoco se puede condonar argumentando que el prestatario es rico; ni siquiera argumentando que el dinero prestado no se deja ocioso, sino que se gasta útilmente, ya sea para aumentar la propia fortuna, para comprar nuevas propiedades o para realizar transacciones comerciales. La ley que rige los préstamos consiste necesariamente en la igualdad entre lo que se da y lo que se devuelve; una vez establecida la igualdad, quien exige más que eso viola los términos del préstamo (…).

Con estas observaciones, sin embargo, no negamos que a veces, junto con el contrato de préstamo, puedan correr otros títulos ―que no son en absoluto intrínsecos al contrato―. De estos otros títulos surgen razones totalmente justas y legítimas para exigir algo más que la cantidad debida en el contrato (…).

Para muchos hoy en día, y quizás especialmente para los economistas, esto suena absurdo, vestigio de un enfoque anticuado de la economía, que el mundo descartó cuando entró en la modernidad. Porque, ¿no es el dinero algo que cualquier persona emprendedora puede emplear de forma útil para ganar aún más dinero? Y por tanto ¿no está justificado cobrar algo por el uso de su dinero?

La respuesta es no ―a menos que un prestamista pueda identificar alguna ganancia a la que haya renunciado o alguna pérdida que haya sufrido por haber sido privado temporalmente de su dinero―, el prestamista no tiene derecho a nada más que a exigir la restitución del capital prestado. Durante algunos siglos, antes de la encíclica del Papa Benedicto XIV, los teólogos y juristas reconocían el hecho de que un acreedor podía perder alguna oportunidad de ganancia o sufrir algún tipo de pérdida por haber prestado dinero a alguien. En consecuencia, reconocieron dos títulos principales de interés legítimo que corresponden a estas dos posibilidades, y que fueron conocidos como lucrum cessans y damnum emergens. Éstos, aunque “no son en absoluto intrínsecos al contrato”, pueden “correr paralelos a él”, y cuando están presentes “surgen razones totalmente justas y legítimas para exigir algo más que la cantidad debida en el contrato”. Y, por supuesto, en el pasado y sobre todo en la actualidad existen numerosas oportunidades de inversión por las que alguien podría pretender aprovecharse de uno de estos títulos paralelos. Así pues, se podría argumentar que la práctica moderna de cobrar intereses está plenamente justificada según los principios más severos de la teología moral católica.

Y tal vez, de manera abstracta, esta afirmación sea correcta. En una sociedad altamente comercializada, las oportunidades de inversión están siempre presentes y, seguramente, al prestar dinero se pierde alguna otra inversión rentable que se podría haber hecho.

Pero lo que hace que esto sea un poco irreal como razón para el cobro de intereses, como norma de la vida económica, es que, en su mayor parte, todas las oportunidades de inversión hoy implicarían algún tipo de cobro de intereses. Así pues, ¿tiene un inversionista derecho a reclamar lucrum cessans por un préstamo que realiza y que le priva de la oportunidad de realizar otro préstamo? ¿Puede reclamar un derecho a los intereses por otros intereses dejados de percibir?

Cuando se formularon originalmente los títulos paralelos de lucrum cessans y damnum emergens, la economía era tal que en muchos lugares apenas había oportunidades de realizar inversiones rentables legítimas. Por lo tanto, el dinero de un usurero quedaría ocioso si no se prestara a alguien, por ejemplo, a un artesano o a un agricultor que necesitara comprar herramientas. En este caso, el prestamista no tenía derecho a recibir más que el importe nominal del préstamo, ya que no había perdido ninguna oportunidad de ganancia. E incluso en los centros económicos, las oportunidades financieras solían ser actos más definidos, como invertir en una determinada expedición comercial, en lugar de llamar al corredor de bolsa y decirle que compre un determinado valor.

El problema vuelve entonces a nuestra economía. En los últimos cientos de años hemos permitido que surja una economía increíblemente compleja, una economía en la que el cobro de intereses es simplemente una rutina. Una parte de estos intereses puede sin duda justificarse con uno de los títulos paralelos a los que aludía el Papa Benedicto XIV. Pero es difícil separar el interés justo del injusto. Por eso, en mi opinión, en la primera mitad del siglo XIX la Iglesia empezó a permitir a los confesores que absolvieran a los penitentes que se acogían a los intereses de los préstamos. No fue porque la doctrina de la Iglesia hubiera cambiado, sino porque cada vez era más difícil separar el interés legítimo de la usura. La mayoría de los confesores ordinarios, o incluso los teólogos morales, carecían de conocimientos suficientes sobre el funcionamiento del sistema financiero para hacerlo. Era más fácil simplemente permitir la toma de intereses moderados y suponer que en la mayoría de los casos había algún título de excusa.

Lo que ocurrió es que había surgido una economía en la que la moral apenas desempeñaba ningún papel ―salvo la fuerza o el fraude, ambos definidos de forma restringida―, la economía se consideraba cada vez más un campo en el que reinaba el interés propio. De hecho, los primeros teóricos del capitalismo, como Adam Smith, lo proclamaban abiertamente:

No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que esperamos nuestra cena, sino de su consideración a su propio interés. Nos dirigimos, no a su humanidad, sino a su amor propio, y nunca les hablamos de nuestras propias necesidades, sino de sus ventajas.

Y con este interés propio llegó la “mano invisible” de Adam Smith, ya que la economía se concebía como un vasto mecanismo en el que el interés propio era el principal motor de su acción. Y, según la teoría, si el Estado interfiere en esta economía que actúa por sí misma, esto obstaculiza la eficiencia económica y, en última instancia, generará despilfarro y un nivel de vida más bajo, ¡al menos para los ricos!

¿Cómo deberían entonces los católicos del siglo XXI abordar la cuestión de la usura? Si somos conscientes de que la toma de intereses está sujeta a la ley moral, ¿podemos distinguir suficientemente entre el interés legítimo y la usura? Al igual que a principios del siglo XIX, hoy sería difícil examinar cada tipo de transacción financiera para detectar la presencia de usura. Pero eso no significa que debamos simplemente levantar las manos y consentir nuestro actual sistema capitalista. Hay otro camino.

A mi juicio, sería más fácil trabajar para establecer una economía en la que la necesidad de tomar intereses constantemente, y por lo tanto la posibilidad de realizar transacciones usurarias, fuera mucho menor que en la actualidad.

Se trataría de una economía en la que la producción y el consumo estuvieran, en la medida de lo posible, a nivel local, y por lo tanto existiría un nexo más estrecho entre la producción y el consumo que en el complejo capitalismo en el que vivimos hoy.

¿Cuáles son algunos ejemplos de esto? Un ejemplo claro es (en Estados Unidos, desde donde escribo) los farmers’ markets, mercados que suelen tener lugar una vez a la semana y en los que los agricultores venden sus productos directamente a los consumidores. Aquí tenemos una economía verdaderamente local, y el tipo de transacción económica más simple posible. Porque cuanto más se envíen las mercancías a largas distancias entre su punto de producción y su punto de venta, cuanto más cambien de manos entre productores, transportistas y vendedores, más complejas serán las transacciones financieras y, por tanto, más probable será el cobro de intereses, legítimo o no.

Pero a menos que se produzca un cambio profundo en la forma en que las personas ven la economía, es poco probable que adoptemos esas prácticas económicas. Si nos preguntamos por qué es necesario que la raza humana se dedique a la actividad económica, la respuesta es obvia: para abastecernos de aquellos bienes y servicios que son estrictamente necesarios para la vida humana o que mejoran nuestra vida de forma adecuada. La economía no es un ámbito de enriquecimiento personal ajeno a la provisión de bienes económicos reales, ni funciona de forma mecánica. El deseo de mantenerse a uno mismo y a la propia familia mediante una actividad económica es totalmente legítimo, siempre que esa actividad consista en proporcionar a nuestros semejantes los bienes o servicios necesarios. Lo que no es legítimo es dedicarse a la manipulación financiera que no proporciona ningún bien o servicio y no tiene ninguna finalidad más allá del enriquecimiento del especulador.

Por muy lejos que estemos hoy de una sociedad o de una economía cristianas ―no sólo en Latinoamérica―, el deber de procurar “imprimir la ley divina en los asuntos de la ciudad terrena” (Gaudium et Spes, n. 43) está siempre presente, y es siempre un digno apostolado para los católicos. Ni siquiera en los peores momentos podemos renunciar a nuestra tarea de hacer de este mundo una ofrenda más agradable a nuestro Divino Señor.

Autor: Thomas Storck

Tiene estudios en literatura inglesa,
administración, historia y economía
en diversos Colleges en EE.UU.
Ha escrito siete libros y
numerosos artículos sobre cultura católica,
filosofía y teología

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