2023 05 arturo Prat 1

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Arturo Prat: ¿Qué puede decirnos para el debate constitucional?

Habiéndose iniciado en Chile un nuevo proceso constituyente ― y también cruzando el país por un especial tiempo de incertidumbre e inestabilidad en variados ámbitos― la figura de Arturo Prat vuelve, como cada 21 de mayo, a nuestra memoria nacional. Está casi listo un borrador constitucional, y se pueden notar altas expectativas ―si no del ciudadano común y corriente, al menos sí en los medios de comunicación y en la clase política― en torno a cómo irá transcurriendo el proceso en el Consejo Constitucional.  Las fuerzas políticas se han reordenado, destacando en ello la aparición predominante de una derecha distinta a la que comúnmente estábamos acostumbrados. Pronto se presentarán las propuestas de los diferentes sectores en relación a cómo debe ser una constitución política para este país: algunos dirán “menos Estado”, otros “más Estado”. Algunos irán por aumentar las atribuciones del Presidente de la República, otros, por más atribuciones al Congreso. Unos propondrán un “Estado Social de Derecho” al estilo del modelo de bienestar europeo, otros un “Estado Subsidiario” (si acaso la dicotomía entre ambos conceptos resulta irremediable). Algunos querrán un capítulo especial para nuestras fuerzas armadas, otros, dejarlos en la opacidad constitucional.

De nada servirá al mejor de los gobernantes tener la mejor institucionalidad, si el pueblo está sumido en la peor de las decadencias.

En fin, se tendrán muchas discusiones, pero en medio de esta vorágine y, más allá de si se acuerda una buena o mala constitución para Chile, sin perjuicio de ser algo muy relevante y trascendente, no debe perderse de vista que ante todo es necesario que en un país se cultive la virtud entre sus ciudadanos, así como Prat la cultivó. Este es el mejor camino para lograr paz, justicia, progreso, y todo el cúmulo de fines que constituyen el bien común de una sociedad. De nada servirá al mejor de los gobernantes tener la mejor institucionalidad, si el pueblo está sumido en la peor de las decadencias.

Obviamente, nadie pretende querer instaurar el mundo perfecto, donde no haya  equivocaciones, no se trata de caer en ilusiones imposibles. Ahora bien, no debemos  perder el foco en lo siguiente: si bien la constitución es algo importante, más importante aún es tener buenos ciudadanos, buenos padres de familia, trabajadores, empresarios, políticos, alumnos, profesores, abogados, médicos, historiadores, ingenieros, hijos, padres y, en fin, buenas personas en todos los roles y vocaciones habidas y por haber. Y como mejor estímulo para caminar hacia esa meta, tenemos a un hombre de talla mundial (sí, mundial, realmente la historia de su epopeya llegó a todas partes del globo), don Arturo Prat, que siendo un simple capitán, por su valor terminó siendo más grande que cualquier almirante de su tiempo. Veamos un poco de su historia.

Pero antes, es necesario hacer el reparo de que abordar la persona de Arturo Prat es tratar sobre la historia de alguien más común de lo que ha sido quizás la impresión general acerca de él. El nivel de heroísmo exhibido por don Arturo en la rada de Iquique, tal vez legítimamente, haría pensar que se trata de un superhombre, de alguien completamente excepcional. Y, en parte, tal criterio no sería del todo injustificado, ya que Prat realmente tuvo una vida ejemplar, demostrando perseverancia, sacrificio y resiliencia para acometer nuevos desafíos, decidir lo correcto y superar las amarguras y tristezas personales. Pero así y todo, el capitán de la Esmeralda fue alguien normal, común como tantas otras personas de su época y de su posición social. No realizó ninguna clase de prodigios increíbles, no tenía una inteligencia insuperable y habría metido la pata incontables veces en su vida. Pero aquello no resta mérito alguno a lo que fue don Arturo, porque el haber hecho del cumplimiento del deber un ideal ―que no solo demostró en sus horas finales, sino que fue constante a lo largo de toda su existencia― hará que de una vida común y corriente se alce una personalidad excepcional y sublime.

Si bien la constitución es algo importante, más importante aún es tener buenos ciudadanos, buenos padres de familia, trabajadores, empresarios, políticos, alumnos, profesores, abogados, médicos, historiadores, ingenieros, hijos, padres y, en fin, buenas personas en todos los roles y vocaciones habidas y por haber.

Arturo Prat fue hijo del matrimonio entre un comerciante y la hija de un gran simpatizante de la causa de la independencia, de pensamiento pipiolo liberal, que pareciera ser el origen de las sobrias simpatías políticas de don Arturo (Vial Correa, G.; “Arturo Prat”). En 1858, con apenas 10 años, al entrar a la Escuela Naval, dio inicio a su instrucción como oficial de marina. Durante la década de 1860, en el contexto de la guerra contra España, participó en la captura de la goleta española la Covadonga. Aquél fue un momento de especial esplendor, que constituirá un preludio de la gloria alcanzada una década más tarde frente a un adversario más poderoso.

En 1873, don Arturo se casó con doña Carmela Carvajal, con quien tuvo tres hijos: Carmela, Blanca y Arturo; la primera lamentablemente morirá antes de cumplir el año, deceso que supondrá una gran tristeza para ese matrimonio, y especialmente doloroso para el capitán de la Esmeralda, ya que se encontraba en servicio cuando ocurrió y por lo tanto haberse enterado por correspondencia.

Prat estudió derecho, y notablemente lo hizo a la par que ejercía sus funciones como oficial de la Armada. Aprovechaba las estancias que realizaba la Esmeralda en Mejillones ―estancias que eran una estrategia para disuadir a los bolivianos en sus pretensiones territoriales―, para dedicar casi todo su tiempo libre al estudio y la preparación de numerosos exámenes.

Durante la época de su práctica, Prat demostró unas sobresalientes habilidades para la litigación. Se le encomendó la defensa de  su compañero Luis Uribe Orrego, acusado de desobediencia y desacato, y logró que se le absolviera de los cargos. Finalmente, en 1876, rindió y aprobó su examen de grado ante una sala de la Corte Suprema compuesta por cinco magistrados. Entre ellos se encontraba el expresidente Manuel Montt, y así se veían las caras, como dijera Gonzalo Vial, “dos colosos de nuestra historia… uno ya célebre y en el ocaso de la vida; el otro joven y todavía desconocido” (Vial Correa, G.; “Arturo Prat”).

¡Qué verdadera lección de sacrificio personal nos enseña don Arturo con ese logro, no menor, que implicó mucha renuncia personal y perseverancia! Nos exhorta a no tomar ese camino, quizás más fácil, de las quejas, del pataleo porque todo está mal, de la marcha tras marcha por la alameda porque todo cambie, de pensar que en esta vida nada se puede alcanzar con el propio esfuerzo y dedicación, de que se debe esperar a que otros hagan las cosas por mí… No señor, Arturo Prat nos dice que por ahí no va la cosa, si él pudo estudiar una carrera en condiciones muy difíciles y con apenas algo de tiempo, entonces por qué no sería posible que nosotros también, eligiendo ese camino más bien pedregoso y estrecho pero ascendiente y realizador, podamos alcanzar nuestros sueños y anhelos interiores.

Para sorpresa de quienes desconocían esta parte de su historia, don Arturo fue espía de nuestra república en Argentina. Fue enviado al consulado de Uruguay, y desde ahí comenzó a practicar una labor de inteligencia hacia la orilla opuesta del Mar del Plata, para informar constantemente a las autoridades nacionales de las adquisiciones y estado de las fuerzas armadas argentinas, pues en aquella época también se temía un conflicto con el país trasandino. De esta misión “diplomática” de don Arturo cabe destacar un punto que llama la atención. Para lección de muchos burócratas y funcionarios públicos de hoy, Prat actúo con una encomiable probidad administrativa en el uso de los dineros públicos que se le confiaron para este trabajo:

Estas cantidades (el dinero de la misión), más el sueldo de Prat, hubiesen bastado y sobrado para el mantenimiento simultáneo del marino en el Plata y de su familia en Valparaíso. Pero no fue así, por cuanto Montevideo era muy caro para vivir, y el héroe con una delicadeza rigurosísima, eliminó de la cuenta de gastos todo desembolso personal… ¡aun el de recortarse la barba o dar una propina! Así, él y Carmela pasaron estrecheces, pero a su regreso, Arturo Prat pudo devolver 170 de las 386 libras recibidas (Vial Correa, G.; “Arturo Prat”).

¡Cuánto quisiéramos políticos con ese nivel de honestidad, desprendimiento y disciplina en el empleo de los recursos que pertenecen a todos los chilenos! Aunque se tratase de gastos de lo más baladí, este ejemplo dignifica y realza la función pública, pues no dejando espacio ni para las deshonestidades más pequeñas, se demuestra conciencia de que el servicio público no es para servirse a uno mismo sino que para servir al bien general de toda la sociedad.

Y toda esa vida forjada en la virtud ―como hombre, como servidor público y como cristiano― alcanzó su culmen en el  sacrificio de Iquique, el combate naval que se conmemora el 21 de mayo. Vale la pena reflexionar en torno a ese último cumplimiento del deber al que le fue fiel don Arturo en ese acontecimiento final de su vida.

Está enseñanza cobra especial relevancia en la actualidad, dada la paradójica y atiborrada exigencia por más y más derechos sin asumirse los deberes correlativos.

Quizás, pudiera haber cumplido con su deber de una manera que no conllevase su propia muerte. Así, podría tal vez haber dado todo en la lucha, pero apenas se viera la batalla perdida, haber optado por salvarse y rendirse, no sin antes hundir la nave para que no quedase en manos del enemigo. Situación parecida sucedió con el buque alemán Dresden, aunque sin combate alguno, durante la Primera Guerra Mundial. Pero Prat va más allá. Supera el cumplimiento mínimo de fidelidad al deber y lo lleva a su máxima expresión. No se trata sólo de cumplir con el deber por el deber mismo, sino que por el fin que hay detrás, que era la defensa y gloria de la patria. Mediante su inmolación en el abordaje del Huáscar, Prat cumplió su deber de amparar los intereses nacionales involucrados en la guerra, al no entregar la nave al enemigo. Con su muerte, dio ejemplo del más alto patriotismo a nuestros connacionales. Tanto es así, que después del combate de Iquique aumentó inmensamente el entusiasmo popular por ir a la guerra, y seguir de esta manera el camino heroico trazado por don Arturo. Terminada la batalla no estalló la algarabía y efervescencia por la victoria entre los peruanos que estaban contemplando el combate desde la playa: un silencio espectral sumía a los espectadores por el recuerdo de no haber visto antes jamás semejante valentía y heroicidad (Vial Correa, G.; “Arturo Prat”).

Es posible alargarse bastante más en la vida de don Arturo, pero con estos acontecimientos descritos de su historia es suficiente para sacar lecciones. Frente al dolor por una hija perdida, demostró entereza; ante la idea de estudiar leyes, demostró perseverancia; ante la administración de recursos públicos, exhibió honestidad; ante un combate desigual, mostró valentía y grandeza.  Lo que Arturo Prat hizo durante su vida fue sencillamente cumplir con su deber, no protagonizar hechos sobrenaturales ni fenómenos milagrosos. Prat, a fin de cuentas, fue una persona común y corriente, que nos enseña que la heroicidad, nobleza, valentía, y la suma de grandes virtudes que representan su muerte en el combate de Iquique, también están al alcance de toda persona, en la medida que sepamos guardar una vida ordenada por el cumplimiento de nuestro deber, para con Dios, la patria y la familia. En cada posición saber cumplir con lo que corresponde: como hijo, obedecer; como padre, educar; como cónyuge, ser fiel; como estudiante, estudiar; como amigo, ser leal; como trabajador, trabajar.

Está enseñanza cobra especial relevancia en la actualidad, dada la paradójica y atiborrada exigencia por más y más derechos sin asumirse los deberes correlativos. Comprendiendo la importancia del deber y adaptando la conducta en ese sentido, se será también merecedor de la grandeza de Arturo Prat, quizás no de una manera tan resonante o pública, pero no por ello menos noble y admirable. Solo promoviendo tal ideal de virtud, cada uno con su esfuerzo, y más allá del constructo constitucional que se pueda definir, se podrá promover verdaderamente el bien común para nuestro país.

Autor: Joaquín Vidal Robson

Ayudante asistente de Historia del Derecho,
Pontificia Universidad Católica de Chile

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