07 04 26 pasion misionera san francisco javier

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Una reflexión a 520 años de su muerte.

Acabamos de celebrar la Pascua del Señor, y la alegría de este tiempo debe invitarnos a la reflexión: ¿qué hacemos con esta alegría? ¿Es un consuelo pasajero, una emoción puramente privada o es el motor de nuestra vida? La mentalidad liberal y moderna nos empuja constantemente a recluir nuestra fe al ámbito de lo privado, convenciéndonos de que la religión es una simple preferencia personal que no debe incomodar a la sociedad. Caemos en la mentalidad de «que no se sepa que soy católico». Muchas veces existe la convicción de que, para que una idea o proyecto prospere, no debe tener relación con la religión. Sin embargo, la Verdad no puede ser silenciada. «Ay de mí, si no anunciase el Evangelio», dice san Pablo.

Para entender la radicalidad de este llamado a evangelizar, basta mirar la figura de san Francisco Javier, patrono de las misiones. Hoy, 7 de abril, y a 520 años de su muerte, su vida sigue desafiándonos con la misma fuerza. Un hombre que, con una carrera brillante por delante en la Universidad de París, vio su vida transformada cuando san Ignacio de Loyola lo interpeló diciendo: «¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si al final pierde su alma?». Aquello significó un cambio total de vida. Comprendió que, si sacamos a Dios de nuestras vidas o, más aún, si no permitimos que nos invada por completo, entonces todo esfuerzo y acción pierde su dirección y su sentido último.

Hoy no se nos pide, quizás, embarcarnos hacia las costas de la India o del Japón, como lo hizo san Francisco Javier, pero sí existe la misma urgencia por las almas. En una de sus cartas más conmovedoras, escrita desde la India, san Francisco Javier se lamentaba amargamente de la ceguera de sus contemporáneos acomodados: «Muchos cristianos se dejan de hacer en estas partes, por no haber personas que en tan pías y santas cosas se ocupen». El santo confesaba que le daban ganas de ir por las universidades de Europa gritando como un hombre que ha perdido el juicio, para sacudir a quienes tenían más letras que voluntad, advirtiéndoles: «¡Cuántas ánimas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos!».

¿No resuenan estas palabras hoy con la misma fuerza? ¿Cuántas almas, en nuestras propias familias, en nuestros lugares de trabajo, en la política y en la cultura, se pierden en el relativismo y la comodidad por nuestra propia negligencia, por nuestra cobardía al no querer defender y anunciar la Pascua del Señor?

A menudo nos excusamos diciendo que el mundo actual es demasiado hostil, que los tiempos han cambiado y que la fe ya no se escucha. Pero, ¿cómo evangelizar entonces? san Francisco de Asís decía: «Hay que anunciar siempre el Evangelio y, cuando sea necesario, hacerlo con palabras». El testimonio de vida debe ir siempre por delante. Francisco Javier encarnó este principio a la perfección. Su presencia, su caridad inagotable y su alegría constante eran su principal instrumento de misión. No se limitó a dar discursos teóricos; se entregó de tal forma a la acción que su propio cuerpo acusaba el peso de la gracia. Así lo relataba a sus compañeros: «Es tanta la multitud de los que se convierten a la fe de Cristo en esta tierra donde ando, que muchas veces me acaece tener cansados los brazos de bautizar».

El cristiano de hoy se enfrenta a un dilema fundamental: o cedemos ante las presiones de una sociedad que nos exige diluir nuestra fe para ser aceptados, o asumimos nuestro llamado a ser instrumentos de evangelización en el mundo de hoy. La vida temporal es breve y, como el santo patrono de las misiones recordaba constantemente a quienes gobernaban, al final de nuestros días se nos pedirá cuenta de lo que hicimos con la Verdad que se nos confió.

No olvidemos que la otra santa patrona de las misiones es santa Teresita de Lisieux, monja carmelita de clausura. Es decir, no hay misión ni acción sin oración.

Aprovechemos este tiempo pascual para salir de la comodidad. No estamos llamados a transar con el mundo, sino a transformarlo. Que el ejemplo de san Francisco Javier, que entregó hasta su último aliento mirando las costas inalcanzables de China, nos incomode lo suficiente como para no descansar mientras haya una sola persona a nuestro alrededor que no conozca la esperanza definitiva que tenemos en Cristo.

Autor: Domingo Ibarra Infante

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