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La importancia de la voz de la Iglesia en la política

Pocas veces las adaptaciones cinematográficas se acercan siquiera a los libros que representan en la gran pantalla. Este 5 de junio de 2023 se cumplen setenta años desde el estreno de “Il ritorno di don Camillo” (El regreso de don Camilo), una de las grandes excepciones a esa regla. Segunda película de la saga dirigida por Gino Cervi y protagonizada brillantemente por Fernandel, cómico francés de origen italiano y de inconfundible aspecto. Películas que se contaban, además, entre las favoritas de Benedicto XVI.

La historia se ambienta en la Italia de la postguerra, en los años álgidos de la guerra fría, en un pueblecito a la orilla derecha del río Po, Bresccello, en la Región de Emilia-Romagna. Allí se enfrentan cotidianamente los comunistas, que monopolizan la política del pueblo, y los denominados reaccionarios, encabezados por don Camilo, cura párroco del pueblo.

Don Camilo, singular protagonista, comprometido y dedicado sacerdote, lidera la oposición ―no política, pero sí moral y de sentido común― desde el púlpito o el campanario que corona la Gertrudis, antigua campana que marca los momentos importantes en el pueblo.

Siendo sinceros, en el caso a caso, era difícil en aquella época discernir la frontera entre la política y la fe, límite que don Camilo traspasa a ratos con cierta facilidad, también por una exigencia jocosa del guión.

En defensa del querido personaje, era la época inmediatamente posterior al radiomensaje del domingo de Pascua de 1948 de S.S. Pío XII, en que recordó al pueblo romano ―-formalmente destinatario del mensaje― y también a la Italia y al mundo, que la hora de la conciencia cristiana había llegado y que nadie puede servir a dos amos: a Dios y a quien niega todo lo sacro.

Predicamento particularmente complejo para los antiguos partisanos devenidos en comunistas militantes de nuestro pueblecito a las orillas del Po. Porque también entre los fieles de don Camilo se cuentan Giuseppe Bottazzi, alias Peppone, alcalde y jefe del partido comunista local ―cargo por  el que realmente detenta el poder en el municipio―, y algunos de su banda de secuaces. Todos formalmente ateos y disciplinados militantes de su causa, campesinos con consciencia de clase, como seguramente se habrían identificado a sí mismos, víctimas y combatientes de dos grandes guerras, pero en el fondo buenas personas.

Eso durante el día al menos, porque la política no puede negar por completo la naturaleza del hombre y abrogar sin más la historia de los pueblos. De manera que varios de estos mangiapreti entran de manera más o menos subrepticia a la Iglesia o a la canónica buscando algún sacramento y el consejo del párroco.

¿Qué puede enseñar un personaje como don Camilo hoy? ¿Qué tan distintas son las circunstancias hoy? La importancia de vivir de un modo cristiano y con la responsabilidad de tomar también acción en los asuntos públicos. 

Después de estar alejado de su pueblo y enviado a refrescar la mente a un gélido y alejado pueblecito de las montañas, como consecuencia de haber acabado con la paciencia de su muy tolerante Obispo, luego de algunos altercados un poco más que verbales de índole político y/o deportivo (tampoco el límite era claro en ese aspecto, tampoco hoy, y mucho menos en Italia), don Camilo regresa a Bresccello a cuidar su rebaño amenazado en el punto cúlmine de la película por una inundación. Además de atizar a más de alguno de sus parroquianos a su regreso, don Camilo recordará a su grey la importancia de perdonar al prójimo y del destino universal de los bienes.

¿Qué puede enseñar un personaje como don Camilo hoy? ¿Qué tan distintas son las circunstancias hoy? La importancia de vivir de un modo cristiano y con la responsabilidad de tomar también acción en los asuntos públicos.

Por cierto, una obligación para los laicos, pero también para la jerarquía, cada uno en su ámbito, como ya en 1965, nos exhortaba Gaudium et spes.

Los laicos, en cuanto ciudadanos, tenemos el derecho a obrar con absoluta libertad en los asuntos terrenos, evitando eso sí, presentar como doctrina de la Iglesia el criterio propio en esas materias opinables. (Can. 227 CIC 1983). Mientras que la jerarquía ―quienes rigen la Iglesia―, es llamada a hablar propiamente en nombre de ella.

Se extraña la otrora amplia difusión e influencia de la opinión de la Iglesia en la defensa de la vida, la familia, la libertad religiosa.

Por diversas y muy dolorosas circunstancias que son de todos conocidas, la Iglesia en muchos países de Latinoamérica y el mundo ha sido excluida, e incluso se ha auto marginado en muchos casos, de importantes debates en los más variados asuntos éticos, morales, sociales y económicos.

Se extraña la otrora amplia difusión e influencia de la opinión de la Iglesia en la defensa de la vida, la familia, la libertad religiosa, necesaria ahora también en nuevos tópicos actuales como la maternidad subrogada, la pandemia, la inteligencia artificial, la persistente crisis económica, entre otros temas que destacan en un elenco que podría ser eterno.

A ejemplo de don Camilo y reconociendo en cada uno de nosotros, como consecuencia del pecado, varias de las contradicciones de Peppone, la Iglesia debe regresar, volver pisando fuerte, cumpliendo con labor de enseñar los temas donde su opinión es importante, donde es necesaria, pues es su deber iluminar y contribuir a sustentar las ideas y obras que sostienen los fieles laicos y a la sociedad misma en temas que son relevantes para la misión que le fue confiada por su divino fundador.

Esa interacción va en beneficio de cada fiel, de la sociedad, pero también de la propia Iglesia que se nutre de la evolución de la vida social y de las nuevas formas de difundir el mensaje cristiano. (Gaudium et spes 45).

Patricio Cuevas

Abogado

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