12 05 26 135 anos rerum novarum

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A 135 años de la encíclica Rerum Novarum, la cuestión social sigue mostrando que el cristianismo no ofrece sólo criterios técnicos para ordenar la economía, sino una renovación más profunda de la vida común. Allí está el corazón del socialcristianismo: una transformación interior capaz de alcanzar el trabajo, la empresa, la política y las formas concretas de la justicia.

“Despertada el ansia de novedades  que desde hace ya tiempo agita a los pueblos, era de esperar que el afán de cambiarlo todo llegara un día a pasarse del campo de la política al terreno, con él colindante, de la economía” (León XIII; Rerum Novarum). Con estas palabras comienza el diagnóstico de León XIII, frente a una sociedad en un estado de cambio cada vez más acelerado… Una sociedad cambiante, como la nuestra —que quizás ha aumentado la velocidad, pero manteniendo una misma aceleración—, en la era de la revolución industrial. Una encíclica que vino a proponer algo nuevo, que sirviera de alternativa en el mundo católico a las ideologías modernas movidas por el “ansia de novedades” (particularmente, el socialismo, pero también el liberalismo).

Hoy, 135 años después, con un Papa que adoptó el nombre de León XIV, el eco de esa encíclica todavía resuena por el mundo. La voz de la Iglesia sigue viva por la vigencia de la relación que debe existir para una economía sana entre el capital y el trabajo… Vigencia muy necesaria de recordarse frente a un mercado de empresas Big Tech cuyas valoraciones han crecido a niveles inusitados por los pronósticos de rentabilidad por la IA, o frente a la llamada uberización de los servicios cada vez más fuerte, o a un desarrollo tecnológico que en muchos sentidos apunta a reemplazar incluso a muchos profesionales. Pero más allá de dicha comprensión de las estructuras económicas, la encíclica —como luego ocurriría con Quadragesimo Anno y con varias cartas que tomarían la posta de León XIII— propuso un valiente impulso renovador que es particularmente importante y necesario para los tiempos que corren.

La Rerum Novarum impactó en Chile particularmente entre ciertos jóvenes del Partido Conservador que querían renovarlo todo, no desde la insurrección y la violencia, sino desde la caridad. Ahí están las leyes sociales —incluyendo nada menos que el primer código del trabajo, la ley de descanso dominical y muchísimas otras—, los comedores, patronatos y viviendas sociales, y también obras monumentales como el Hogar de Cristo, discursos épicos como el de las “Bases espirituales para un orden nuevo” Toda una generación de titanes que vinieron a cambiar el curso de la historia de Chile, inspirados por el impulso renovador de la encíclica.

Y es que la propuesta de la Doctrina Social de la Iglesia no es solamente la primacía del trabajo sobre el capital, o el salario familiar, o la defensa de la propiedad limitada por el destino universal de los bienes… Por cierto que comprende todo eso, pero a dichas medidas subyace un espíritu especial, un sabor que parece que solamente puede traer el cristianismo a la sociedad, una buena nueva que está llamada a ser recibida por todos los hombres de buena voluntad.

—“Sí, muy bonito, pero ¿por qué dices que tendría que haber algo diferente con la fe? los problemas políticos y económicos son los mismos para todos creyentes y no creyentesy las soluciones técnicas sirven con independencia de si las aplica un católico o un no católico; un sistema de pensiones no es bueno por ser «católico», sino porque funciona, y lo mismo puede decirse de una empresa, un modelo económico o un buen gobierno… ”.

 —Es verdad que existe algo común a creyentes y no creyentes, el plano natural, y la gracia no anula la naturaleza, como reconocía el santo Tomás de Aquino. Puede haber un buen político que no sea cristiano… Pero ¿cuál es, entonces, el sello característico que el cristianismo puede imprimir a la política? ¿Hay algo propio que pueda aportar el cristianismo? ¿Cuál es la novedad que la fe trae a la República?

“Nada hay más simple y, en el fondo, más banalmente cristiano que la renovación interior”, escribió Jacques Maritain. Ahí sí que hay algo. Puede parecer banal, pero es sin duda un sello distintivo: lo nuevo. No en vano los relatos que cuentan la venida del Logos encarnado al mundo se conocen con el nombre de eu-angelion, buena nueva, Evangelio. Hay algo nuevo que el cristiano obtiene cuando recibe a Cristo, algo con lo cual puede unirse a su victoria. “Al vencedor le daré una piedrecita blanca y, escrito en esa piedra, un nombre nuevo” (Apoc. II, 17). Una nueva existencia, una que no anula lo que ya existía, pero sí le da una frescura especial, algo que antes no estaba y que lo cambia todo en su raíz. Por Cristo podemos dejar atrás al hombre viejo y renovar nuestros espíritus, revistiéndonos del hombre nuevo (cf. Eph. IV, 22-24). Ese es el sentido de la resurrección al octavo día, la nueva creación, la novedad del amanecer, el Oriente que es Cristo, nuestra esperanza. El algo propio que aporta el cristianismo consiste en inyectar a cada cosa más de su propia realidad, una sobre-existencialización de la realidad que ya existe, que la renueva precisamente porque la hace ser más plenamente ella misma.

—“OK… Pero, ¿qué tiene que ver eso con la economía y la política?

—¡Todo! Porque toda esa novedad no tendría sentido si se limitara a un plano meramente individual: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Apoc. XXI, 5). No solamente los rincones ocultos de la conciencia de una persona, sino todas las cosas: la empresa, la junta de vecinos, el sindicato, este o ese contrato de trabajo, tal o cual salario pactado, la planificación urbana, las urnas… El cristianismo imprime su sello sin alterar lo que es la política, la renueva desde dentro. ¿Cuál es el sentido de la política, sino el bien común que une a los hombres? ¿Y no es acaso bueno que ellos no solamente coexistan pacíficamente, sino que vivan entre ellos como hermanos, unidos por el vínculo de la paz y el amor? ¿No es esta la comunión que nos trae solamente Cristo, el único capaz de sanar la naturaleza?

Por piadoso que sea un gobernante en su interior, si creyera que basta con la planilla excel para gestionar un buen gobierno (como si el bien común fuese cierta eficiencia determinada de una serie de condiciones), pareciera que no habría permeado plenamente en él este impulso renovador de Cristo. El cristianismo es lo único que es realmente capaz de transformar todas las realidades desde dentro, haciéndolas nuevas sin que pierdan su propia naturaleza. La renovación que trae Cristo necesariamente lo es de todas las cosas, porque una novedad puramente individual no sería realmente nueva: lo nuevo es también la ley del amor, que supera toda individualidad y toda soledad. Todas las cosas deben ser renovadas: la economía, la sociedad, el Estado… “recapitulare omnia in Christo!” (Eph. I, 10). Él debe reinar, y sólo así llegará la paz, porque sólo con la caridad de Cristo hay verdadera justicia. Y ese es el corazón del socialcristianismo.

Autor: Vicente Hargous

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