29 04 26 editorial no le tengo miedo

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Una reflexión sobre lo que ningún poder de este mundo puede arrebatarnos y el deber, hoy más urgente que nunca, de permanecer fieles cuando gritan los poderosos.

No temas. Esta frase atraviesa la Biblia de principio a fin. Los exégetas cuentan trescientas sesenta y cinco apariciones —una por cada día del año—, como si Dios supiera que el hombre necesita escucharla cada mañana antes de salir al mundo. Abraham la oye cuando no tiene descendencia. Moisés, cuando tiene un ejército a la espalda. Jeremías, cuando tiene un rey en contra. Los apóstoles, cuando tienen una tormenta delante. Siempre la misma voz, siempre la misma certeza: no temas, porque yo estoy contigo.

El mundo, en cambio, ha levantado toda su arquitectura sobre el miedo. Los imperios se sostienen porque los súbditos temen. Los mercados funcionan porque los agentes temen perder. La política moderna es, en gran medida, el arte de administrar terrores: el terror al extranjero, al desorden, a la decadencia, al olvido. Quien controla el miedo, controla. Y quien no teme, desconcierta.

Santo Tomás de Aquino enseña que el miedo es una pasión del alma que huye de un mal futuro y arduo. La definición parece evidente. Pero Tomás añade una precisión menos evidente: la legitimidad del miedo depende de que su objeto sea verdaderamente un mal para quien teme. No toda amenaza constituye un mal real. El ladrón que te arrebata la billetera te priva de algo. El tirano que te arrebata la reputación te priva de algo distinto. Pero ninguno de los dos puede arrebatarte lo que eres, lo que debes hacer, lo que amas en el orden correcto. El miedo se vuelve irracional —y moralmente desordenado— cuando trata como mal supremo lo que apenas es mal accidental.

Hay, por tanto, una pregunta que precede al coraje: ¿qué es lo que, en rigor, puedes perder? Quien ha cifrado todo en la aprobación del poderoso, en el aplauso de la sala, en la continuidad del privilegio, tiene mucho que perder y mucho que temer. Quien lo ha puesto en otra parte —en un bien que ningún poder temporal puede confiscar— descubre que el miedo pierde su asidero. No porque el peligro sea menor, sino porque el bien es otro.

Jesús lo dijo sin rodeos: no temáis a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma (Mt 10,28). No niega que el cuerpo pueda ser dañado. No minimiza el dolor, la persecución, la derrota visible. Lo que hace es trazar una línea ontológica que el poder mundano no puede cruzar: hay un interior del hombre al que la espada, la plataforma digital o el decreto ejecutivo no llegan. Matar el cuerpo es posible. Matar la verdad, silenciar la misión, extinguir el amor ordenado, imposible.

Esta es la paradoja: el más vulnerable en apariencia es el más libre en realidad. Quien nada tiene que perder en el orden de los bienes temporales —o los tiene correctamente subordinados— es precisamente el que puede hablar sin temblar. No por valentía épica, sino porque ha resuelto en otro nivel la pregunta de qué vale más.

Spinoza hablaba de contemplar las cosas sub specie aeternitatis —bajo la especie de la eternidad—, aunque lo hacía desde otra tradición. La intuición, sin embargo, es genuinamente antigua y genuinamente cristiana: existe una perspectiva desde la cual los grandes poderes del mundo aparecen en su tamaño real, que no siempre coincide con el que ellos mismos se atribuyen. Desde allí, los imperios son episodios. Los furores de los poderosos, notas al pie. Las plataformas donde se insulta y el palacio desde el que se decreta, cosas que pasan.

El Salmo canta con la alegría del abandono confiado: El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida; ¿quién me hará temblar? (Sal 27,1). No es arrogancia. Es geometría. Es haber medido los objetos en su escala real y haber descubierto que la distancia entre lo eterno y lo temporal es infinita, y que instalarse en lo eterno no engendra soberbia sino paz —la paz que, según Juan, el mundo no puede dar ni quitar (Jn 14,27)—.

La fortaleza, enseña Santo Tomás, no consiste en no sentir el peligro, sino en no dejarse vencer por él cuando la razón manda perseverar en el bien. Es la virtud del justo medio entre la cobardía —que calla cuando debe hablar— y la temeridad —que habla sin haber pesado nada—. El hombre fuerte sustine: aguanta, resiste, permanece. Y aggreditur: acomete la misión aunque el viento sople en contra. No grita. No amenaza. No negocia la verdad a cambio de tranquilidad. Simplemente continúa.

Hay algo profundamente desconcertante para el poder en esta actitud. El poder mundano está habituado a dos respuestas: la sumisión o la rebelión. Ambas lo confirman en su lógica, porque ambas lo toman en serio como árbitro último. Pero hay una tercera respuesta que no sabe cómo asimilar: la indiferencia serena, el seguir adelante como si el rugido no hubiera ocurrido, no por desprecio sino porque hay una tarea más grande que atender. Bienaventurados los que construyen la paz, dice el Evangelio. No los que la negocian con el más fuerte. No los que la compran con el silencio. Los que la construyen: verbo que implica trabajo paciente, material humilde, y una visión que no se mide en ciclos electorales.

Y a ti, poderoso, que pretendes acallar a quien no te teme, va dirigida también una palabra. No la del adversario que se bate contigo en tu propio terreno —porque ése es, justamente, el terreno que has dejado de gobernar—, sino la antigua palabra que los profetas ponían delante de los reyes cuando los reyes se volvían insolentes.

Has confundido el silencio con la aprobación, la cortesía con la lealtad, el cálculo de los débiles con el consenso. Y ahora descubres, con un desconcierto que no quieres confesar, que hay quienes no calculan: que hay una región del alma donde tu amenaza no tiene curso, porque allí se mide en otra escala. Puedes despedirlo, puedes denunciarlo, puedes empujar su nombre hasta el borde donde se cae el prestigio; puedes incluso, si la historia se repite con su crueldad de siempre, hacerlo callar definitivamente. Pero no podrás —y eso es lo que te quita el sueño cuando se acaban los aplausos— hacer que mienta. No podrás convertir su no en un sí. No podrás impedir que, mientras tú hablas desde todas las tribunas, él hable sin ninguna y se le oiga más. Y no podrás evitar que en tus amenazas se revelen tus miedos.

Juan escribe que el amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor lleva en sí castigo (1 Jn 4,18). Quizá sea esta la más radical de las paradojas bíblicas sobre el miedo: quien teme al poder, en el fondo, teme perder algo que ama demasiado y en el orden equivocado. El miedo al poderoso es síntoma de un amor desordenado. Y el amor perfectamente ordenado —Dios sobre todo, uno mismo y el prójimo en Dios— produce como fruto inesperado una libertad que parece escándalo a los ojos del mundo: la libertad de decir lo que es verdadero y necesario sin calcular primero el costo.

No le tengo miedo. Cuatro palabras que, bien entendidas, no son bravata ni desafío ni declaración política. Son la descripción de un estado interior que resulta de haber puesto el bien en su lugar correcto. Son el testimonio de quien ha descubierto, en la escala del ser, que hay bienes que ningún poder de este mundo alcanza a tocar —y que, ante eso, el miedo sencillamente no encuentra dónde instalarse.

Autor: Álvaro Ferrer del Valle

Editor Revista Suroeste
Director Ejecutivo de Comunidad y Justicia

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