2024 05 theoden

by

Escritorio del Editor

El pasado 5 de mayo nos ha dejado un gran actor, Bernard Hill, famoso por su interpretación del rey Théoden en la saga “El señor de los anillos”. Las redes sociales no se hicieron esperar con la difusión de distintas escenas donde se aprecia la grandeza del personaje y el modo extraordinario con que Hill lo mostró. Como recientemente ha señalado Juan Manuel Sayago, en un artículo publicado en Revista Centinela:

Bernard Hill supo dar al personaje de Théoden el carácter que merecía: el de un hombre recio, pero valeroso y dispuesto al mayor de los sacrificios personales por su pueblo; con semblante regio, aunque curtido en el arte de la guerra y, pese a su veteranía, con el arrojo suficiente como para ponerse al frente de sus soldados en la más cruda de las batallas.

El fallecimiento de Hill es una ocasión propicia para reflexionar sobre Théoden como rey. La figura del rey de Rohan no es de las que más destacan en la obra de Tolkien. Se trata de un personaje de cierta importancia, por supuesto, pero que no se acerca a la centralidad de los integrantes de la comunidad del anillo, especialmente de Frodo, Sam, Gandalf y Aragorn. Y sin embargo, retrata un ejemplo de gobierno verdaderamente notable.

Hay muchas figuras relacionadas a la política en la obra de Tolkien. Aragorn es el heredero de Isildur, y por tanto pareciera ser el que más se asocia a este tópico, pero en los libros esta dimensión pasa oculta: se muestra como una espera al retorno del verdadero rey. Se trata de una imagen que un católico fácilmente asocia al retorno de Cristo Rey al final de la Historia (no tanto por una alegoría única pensada por Tolkien, pero quizás sí como una de las interpretaciones posibles; parafraseando a Chesterton, al escribir, el catolicismo se nota). Aragorn está realmente llamado a reinar políticamente, materialmente, en la Tierra Media… pero no reina sino hasta el final de los libros: durante la trama intermedia el reinado del que fuera un simple montaraz del norte está latente sobre todo como una esperanza futura.

El segundo personaje asociado al gobierno es Denethor: un senescal ―no el verdadero rey―, que se arroga una potestad que ni tiene ni le corresponde tener; un gobernante que vela por su propio beneficio y el de su casa ―su linaje, su gloria, su figura―; uno que pretende incluso suicidarse siguiendo el ejemplo de los reyes paganos sometidos al Poder Oscuro. Denethor ostenta todas las cualidades que lo muestran, no como un personaje perverso en la profundidad de su corazón, pero sí como un gobernante que excede la esfera de su competencia, inepto y, hasta cierto punto, corrupto.

El rey de Rohan es un hombre firme, determinado, decidido. Un gobernante dotado de fortaleza y valor, pero también de prudencia al deliberar, velando siempre por el bien de su pueblo.

El tercero, en cambio, es Théoden. Cuando aparece en la historia al comienzo se ve afectado por la maldad, como si tuviera nublado el juicio, cual títere manipulado por una ideología de la que no puede salir. Pero una vez liberada su mente del veneno de Grima y Saruman, se muestra como él verdaderamente es: un ejemplo de gobernante. El rey de Rohan es un hombre firme, determinado, decidido. Un gobernante dotado de fortaleza y valor, pero también de prudencia al deliberar, velando siempre por el bien de su pueblo. Estas aptitudes, propias de todo buen líder, y que cualquiera desearía en un político también para nuestra época, se muestran con claridad en un pasaje de la obra maestra de Tolkien: el momento en el que el rey decide apoyar a Gondor en la lucha contra los ejércitos de Sauron. En la película, el diálogo es breve, y se agota en un simple: and Rohan will answer! (“y Rohan va a ayudar”). El libro, en cambio, muestra algunos detalles que son particularmente interesantes. Vino a la Corte de Rohan un jinete de Gondor, Hirgon, solicitando la ayuda del reino vecino para la batalla que se libraría en Minas Tirith. Frente a esta solicitud, le hace saber que su propio reino también está en guerra, como dando a entender que no puede dejar de lado a su propia gente, su primera responsabilidad. Y sin embargo, el mensajero insiste: “nuestra situación es desesperada”, y le ruega humildemente: “Mi señor no os da ninguna orden, sólo os ruega que recordéis la vieja amistad y los juramentos hechos hace tiempo, y que por vuestro propio bien hagáis todo lo que podáis”. Pasa luego a recordarle que incluso por el bien de su propio pueblo es menester que no caiga la plaza de Gondor. Y ante esta súplica, Théoden manifiesta la determinación propia de un hombre práctico, la excelencia de un gobernante honorable y el juicio de un político equilibrado:

“Oscuras noticias”, dijo Théoden, “aunque no todas imposibles de prever. Pero dile a Denethor que aunque Rohan no sintiera ningún peligro, acudiríamos en su ayuda. Pero hemos sufrido muchas pérdidas en nuestras batallas con Saruman el traidor, y aún debemos pensar en nuestra frontera al norte y al este, como sus propias noticias dejan en claro. Un poder tan grande como el que parece ejercer ahora el Señor Oscuro bien podría contenernos en batalla ante la Ciudad y, sin embargo, atacar con gran fuerza al otro lado del Río, más allá de la Puerta de los Reyes.

“Pero no diremos más consejos de prudencia. Nosotros iremos. La toma de armas queda fijada para mañana. Cuando todo esté ordenado, partiremos. Diez mil lanzas podría haber enviado cabalgando por la llanura para consternación de tus enemigos. Pero me temo que ahora serán menos, pues no dejaré mis fortalezas desguarnecidas. Pero al menos seis mil cabalgarán detrás de mí. Pues dile a Denethor que en esta hora el Rey de la Marca en persona bajará a la tierra de Gondor, aunque tal vez no regrese cabalgando.

Criterio para no dejar sin protección su reino; decisión para partir de inmediato; honor de quien es leal “aunque no sintiera ningún peligro” para su propia causa; valentía para acudir personalmente a la batalla, “aunque tal vez no regrese”. Emociona contemplar la excelencia de quien, sin haber sido perfecto antes en la historia, en el momento de la dificultad sabe ocupar su lugar sin vacilación. 

Criterio para no dejar sin protección su reino; decisión para partir de inmediato; honor de quien es leal “aunque no sintiera ningún peligro” para su propia causa; valentía para acudir personalmente a la batalla, “aunque tal vez no regrese”.

Estas cosas son, quizás, lo más importante de un gobernante. Son estrellas cuya luz no puede negarse. Muy pocos hablan quizás de virtud, pero no pueden negar la excelencia de un gobernante virtuoso. Y es que la virtud no es una categoría mojigata propia de señoras beatas y sacristanes: es excelencia humana, que llama a la entrega, al sacrificio por otros, al servicio de la cosa pública. Probablemente no podamos tener hombres perfectos dedicados a la polis ―Théoden tampoco lo fue―, pero sí podemos exigir (y partir por buscar uno mismo) sensatez, buen juicio, criterio por encima de ideologías, determinación, fortaleza, lealtad, honor… Y por eso, en definitiva, es necesario pensar la política desde la virtud.

Autor: Vicente Hargous

Editor Revista Suroeste

Síguenos:
(Visited 356 times, 1 visits today)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *