Sept Esperanza 1

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Sobre las dos clases de esperanza en Tolkien

Como es bien sabido, J.R.R. Tolkien esperaba que sus relatos tuvieran una cierta aplicabilidad. Es decir, que el lector pudiera trazar una cierta analogía entre la situación existencial de los personajes de la Tierra Media y la propia en el mundo real. Porque él aspiraba a que sus relatos contribuyeran a “la elucidación de la verdad y el aliento de la moral correcta en el mundo real” (Tolkien, J.R.R.; “Cartas”). Es por eso que indagar qué lugar quedaba para la esperanza en los personajes de sus narraciones, cuando se enfrentaban al poder aparentemente incontenible del Señor Oscuro, puede resultar sumamente útil a nosotros, habitantes del mundo primigenio en este siglo XXI, que también debemos afrontar la oscuridad creciente de nuestro tiempo. Oscuridad que se cierne sobre nuestra vida bajo la forma de nuevas ideologías como el populismo demagógico, el feminismo radical, la ideología de género, el hedonismo y la pérdida del sentido trascendente de la vida, las que prenden en la sociedad actual como fuego en pasto seco y parecen arrasar con todo.

En la obra de este gran autor vemos personajes que caen en el pecado de la desesperanza, corrompiéndose y apostatando de su misión, como Saruman o Denethor, y otros que son capaces de “esperar contra toda esperanza” (Rm. 4, 18), como Frodo, Sam, Aragorn o Gandalf. ¿Por qué ellos seguían luchando cuando ya no quedaban esperanzas humanas, cuando el cálculo de las fuerzas que estaban en pugna en el tablero de la Tierra Media mostraba a las claras que el poderío del Señor Oscuro sobrepasaba inconmensurablemente el de los pocos intrépidos que seguían luchando contra él?

Indagar qué lugar quedaba para la esperanza en los personajes de sus narraciones, cuando se enfrentaban al poder aparentemente incontenible del Señor Oscuro, puede resultar sumamente útil a nosotros, habitantes del mundo primigenio en este siglo XXI, que también debemos afrontar la oscuridad creciente de nuestro tiempo. Oscuridad que se cierne sobre nuestra vida bajo la forma de nuevas ideologías como el populismo demagógico, el feminismo radical, la ideología de género, el hedonismo y la pérdida del sentido trascendente de la vida, las que prenden en la sociedad actual como fuego en pasto seco y parecen arrasar con todo.

La respuesta a esta interrogante está sugerida entre líneas a lo largo de todas sus narraciones, pero se explicita formalmente en uno de sus opúsculos menos conocidos: la Atrabeth Finrod ah Andreth, es decir la “Conversación entre Finrod y Andreth” (Tolkien, J.R.R.; “Historia de la Tierra Media, tomo X”). Finrod es uno de los reyes élficos de la Primera Edad, y Andreth, una de las mujeres sabias de la humanidad primigenia. Como en los diálogos platónicos, es en la conversación entre estos dos personajes primordiales donde surge la luz sobre los más difíciles temas antropológicos y teológicos, entre ellos la Providencia Divina y su consecuencia directa, que es la esperanza de la humanidad. La conversación se da a fines de la Primera Edad del mundo, cuando el Señor Oscuro es Melkor-Morgoth (inmensamente más poderoso que Sauron), que ya tiene sometida casi toda la Tierra Media y contra el que ni los hombres ni los elfos que aún resisten tiene la menor posibilidad de prevalecer.

En ese contexto, Finrod le pregunta a Andreth si le quedan esperanzas, y ella le contesta que no, por las razones antedichas. Entonces Finrod hace una distinción entre Amdir y Estel. Muy resumido, Amdir es la esperanza humana, la que se funda en las fuerzas humanas, propias y ajenas. Y Finrod concede que en ese plano no queda ninguna. Estel, por el contrario, “no es derrotada por las fuerzas del mundo, porque viene de nuestro primer ser. Si realmente somos los Eruhin, los Hijos del Uno, entonces seguro que Él no permitirá que se le prive de lo suyo, ni por ningún Enemigo, ni por nosotros mismos” (íbid.).

La trama de los relatos da la razón a Finrod, porque ante la imposibilidad de los elfos y los hombres de resistir ante las huestes de Melkor, Eru (el Uno) envía a los Valar (poderes angélicos, podríamos decir) a luchar contra el Señor Oscuro, al cual derrotan y expulsan de Arda, iniciando para los hombres y los elfos una era de paz, que será la Segunda Edad. 

De manera semejante, podríamos decir, el cumplimiento de las promesas de la Virgen de Fátima trajo la caída de la Cortina de Hierro y el fin de la Guerra Fría, no por obra de los ejércitos humanos, o por logros de la diplomacia humana, sino por intervención directa de la Divina Providencia. Por eso nosotros nunca debemos bajar los brazos: porque aun cuando nuestros esfuerzos parezcan desproporcionadamente insignificantes, Dios puede servirse de ellos (o de otros medios) para dar un giro inesperado a las mareas de la historia.

Autor: Ricardo Irigaray

Doctor en Teología. Fundador de la Sociedad Tolkien Argentina

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