07 05 26 ser como ninos

by

Para volver a mirar a las hormigas

A ningún padre, hermano mayor, abuelo, tío o persona adulta que haya tenido a su cuidado a un niño, aunque por un breve tiempo, le debería sorprender la escena que sigue. Un niño de tres años encuentra una hormiga en el jardín. Se detiene. Se agacha. La observa durante minutos que, para un adulto ocupado, parecen eternos. No hay nada extraordinario en esa hormiga para el adulto. Para el niño, en cambio, todo.

Aunque muchas veces durante el día se nos olvide, fuimos niños alguna vez. Alguien nos dio de comer, nos limpió y vistió. Alguien nos esperó cada vez que nos deteníamos a observar aquello que robaba por entero nuestra atención. Alguien fue respondiendo nuestras diversas e incontables preguntas. Otro alguien, quizás, nos enseñó a siempre pedir “por favor” y dar gracias. En esos “alguien” confiábamos con absoluta devoción. Y, confiando, marchábamos seguros por los surcos de nuestro pequeño mundo, pues nos sabíamos sostenidos por unas manos atentas a lo que pudiéramos necesitar.

En ese mundo —lleno de sus escasos pero valiosos habitantes— todo parecía permanente y bueno. Las cosas nos parecían propias e indiscutibles. El pan sobre la mesa, las manos que nos tomaban al cruzar la calle, la voz familiar en la oscuridad: todo dado, todo suficiente, todo maravilla. Quizás ha pasado tanto tiempo que ya cuesta recordarlo o siquiera imaginarlo.

Aquello —la demora, la confianza, el asombro— es cualidad propia y admirable del niño. En ello reconoció George MacDonald algo digno de custodiar y, si ya se ha perdido, de recuperar con urgencia (MacDonald, G.; Unspoken Sermons). MacDonald, escritor escocés del siglo XIX, novelista y poeta, fue uno de los grandes exploradores literarios del mundo interior de la infancia y de la fe. C.S. Lewis lo llamó su maestro; Tolkien lo consideró uno de sus formadores. No es, a todas luces, un nombre menor.

A quien, sin ser ya niño, conserva esas cualidades antes mencionadas, MacDonald lo llamó childlike. Y childlike se puede ser para siempre. Más aún: se debería serlo. “Esa senda, ese camino que todos hemos hecho como niños, debemos reanudarlo” dijo el Papa Francisco, en medio de un encuentro con miembros del Instituto de los Inocentes de Florencia en mayo de 2019 (Papa Francisco; Discurso a los participantes del encuentro promovido por el Instituto de los Inocentes).

Ser como niños no se trata de un estado transitorio propio de la inmadurez, sino de un modo de estar en el mundo. Quien es childlike no vive apurado ni angustiado por ir más allá de lo que tiene delante. Se demora. La gratitud, además, le resulta natural, porque todo le parece a la vez tan propio y tan inmerecido que la única respuesta posible es el agradecimiento. También confía, aunque haya experimentado lo suficiente como para saber que el mundo no siempre responde bien a la confianza.

Podríamos confundirnos pensando que aquí se habla de ingenuidad. Sin embargo, la confianza de la que hablamos tiene más ribetes de libertad que de ignorancia, toda vez que nos exime de controlarlo todo. En esa misma línea, la relación del childlike con el deseo es particular. Puede proyectarse, imaginar, esperar —¡bendita imaginación de niño!—; pero no vive suspendido en lo que falta. Se alimenta de lo que hay y eso le llena de una alegría sobria, pero firme.

Hay, sin embargo, una degradación posible de esa disposición. MacDonald la denomina childish. Un niño, con todo lo bueno, que es mucho, tiene también mucho de perfectible. He ahí el papel de la educación, primer deber de los padres, que muchas veces se apoyan en instituciones para estar a la altura de tan titánica labor.

Pero si los padres, engañándose a sí mismos, intentan suplir su deber mediante la abundancia material o el puro consentimiento de sus infantiles peticiones, contribuyen sin saberlo a corromper esa disposición: el niño aprende que siempre puede haber más, que siempre puede necesitar más. O bien, si no se le ayuda a elaborar la frustración —si no se le dan herramientas para que la pena y el esfuerzo convivan—, entonces tendremos un niño que llora ante cada obstáculo y que no sabe transformar la derrota en aprendizaje.

La atención del childish, incapaz de ser sostenida, tiende fatalmente a la dispersión. Hay en él una especie de gula vital: nada le llena. Esto hace que la gratitud se vuelva difícil, desplazada por una expectativa que nunca termina de satisfacerse. Las dificultades se experimentan como interrupciones injustificadas. Los compromisos pesan si no traen recompensa visible a corto plazo. Y como son pocas las cosas que traen pura recompensa visible a corto plazo, casi todo lo que vale la pena —que supone esfuerzo y renuncia— es despreciado.

Con el tiempo, esta disposición tiende a cerrarse sobre sí misma. Todo se mide por su relación con el propio deseo. MacDonald veía aquí, como decíamos, una deformación de la infancia: algo que, conservando su apariencia, ha perdido su dirección. La apertura inicial se repliega, y el mundo deja de ser un ámbito de encuentro para convertirse en un espacio de exigencia.

Lo peor de todo lo anterior —que es a su vez lo mejor de lo bueno de los niños— es que algunos adultos conservan esas mismas cualidades deformadas. Son caprichosos o llorones. Inmaduros, en definitiva. 

La distinción importa porque las palabras de Cristo sobre ser como niños (Mt 18, 3-4) suelen entenderse mal. Cuando Jesús habla de hacerse como niños, evidentemente no está alabando la ignorancia ni proponiendo una forma de inmadurez espiritual. De hecho, en el mundo judío de su época los niños no eran vistos como modelo de pureza o sabiduría, sino más bien como criaturas incompletas: dependientes, incapaces todavía de comprender plenamente la Ley y, por lo mismo, periféricas para la vida religiosa y social.

Por eso la escena del Evangelio resulta más extraña de lo que a veces imaginamos. Los discípulos intentan apartar a los niños porque les parecen una interrupción absurda. Y, desde cierta lógica, actúan razonablemente. Si alguien rompe el esquema, es Cristo.

Lo que Jesús reconoce en el niño, entonces, no es la ignorancia, es una forma particular de estar en el mundo. El niño vive de lo que se le da, confía antes de calcular, recibe sin merecer. Puede demorarse ante algo pequeño sin sentir que pierde el tiempo.

Por eso la imagen del niño se acerca tanto a la humildad. El humilde es aquel que ha dejado de ponerse en el centro de todas las cosas. El que todavía puede admirar algo sin deseos de poseerlo. El que acepta, incluso con alegría, que la realidad gigantesca no quepa en su pequeña cabeza.

El niño al que apuntan las palabras del Evangelio se reconoce, sobre todo, en su forma de mirar. Una hormiga en el jardín basta para sostener enteramente su atención. Permanece ahí, sin ansiedad por pasar a otra cosa, pues no necesita que el mundo cambie siempre para seguir siendo interesante. En esa permanencia hay una forma de plenitud que no depende de nada exterior a lo que ya está ocurriendo. Esta es, en el fondo, una descripción de la vida contemplativa entendida como una actitud disponible, en principio, para cualquiera.

Tolkien, que conocía bien a MacDonald, tradujo esta distinción al lenguaje de la ficción con una criatura que inventó enteramente: el hobbit. Lo maravilloso es que lo hizo con una precisión que no es accidental, porque Tolkien era un escritor demasiado cuidadoso para que algo en sus libros lo fuera.

Los hobbits no son enanos. Los enanos de la Tierra Media acumulan, construyen bajo tierra catedrales de oro y piedra, y mueren a veces por la codicia que despiertan sus propias riquezas. Tampoco son hombres. Los hombres miran siempre hacia el horizonte, anhelan el poder, fundan imperios que luego se derrumban. Los hobbits, en cambio, quieren que los dejen en paz. Cultivan su jardín, fuman su pipa, se sientan a la mesa dos o tres veces al día, y no desean más de lo que cabe en un hogar bien ordenado.

Esto, que a ojos del mundo podría parecer limitación o directamente mediocridad, resulta ser, en el universo de Tolkien, una forma de fortaleza. Cuando la tarea más difícil de la historia de la Tierra Media —destruir el Anillo del Poder— recae sobre los hombros de Frodo Bolsón, no es una casualidad. Es, si se me permite, casi una necesidad narrativa y moral. El Anillo solo puede ser destruido por alguien que no desee lo que el Anillo ofrece. Y los hobbits, por su naturaleza childlike, están equipados para esa tarea de una manera en que los grandes —tantas veces childish— no lo están. Gandalf no puede cargar el Anillo. Galadriel tampoco. Frodo puede, al menos por un tiempo, porque su corazón no está hecho de ambición.

Hay en esto un eco profundo del Evangelio: el último será el primero; el que se humille será exaltado; los que hereden la tierra no serán los conquistadores, sino los mansos. Tolkien, hombre de fe honda y escritura cuidadosa, sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Pero la pregunta que surge naturalmente es: ¿por qué nos cuesta tanto vivir de esa manera? ¿Por qué la actitud childlike —el asombro, la gratitud, la felicidad en lo sencillo— parece tan difícil de mantener, tan fácil de perder?

El historiador Christopher Dawson ofrece, a nuestro juicio, una pista valiosa. Escribió que las grandes civilizaciones del mundo construyeron sus propias síntesis entre religión y vida, y las mantuvieron inalteradas por siglos y milenios. Occidente, en cambio, ha sido un gran fermento de cambio, porque transformar el mundo se convirtió en parte integrante de su ideal cultural (Dawson, C,; Historia de la cultura cristiana). No es que el cambio sea malo en sí mismo. Pero cuando transformar el mundo —por el puro hecho de transformarlo— se convierte en el único ideal, todo lo que no cambia comienza a verse como fracaso. La vida ordinaria parece una vida despreciable. El hobbit de la Comarca, feliz con su jardín y su segunda mesa, resulta incomprensible —o peor, ridículo— para una cultura que mide el valor humano por la magnitud de su impacto.

Hay una violencia silenciosa en esto, a saber, la de convencer a la gente de que lo que tiene no es suficiente, de que lo que es no alcanza, de que la vida verdadera está siempre en otro lugar, en el siguiente logro, en la siguiente versión de sí mismo, en la siguiente pantalla. Es la promesa de los orcos, podría decir alguien que ama a Tolkien. Y no estaría del todo equivocado.

Esta violencia es, además, estructuralmente difícil de resistir, porque nadie nos obliga a vivir anhelando lo que no tenemos. Simplemente se nos convence, con paciencia y con toda la industria del deseo, de que eso es lo normal. Una vez convencidos, la vida childlike empieza a parecer, en el mejor caso, una ingenuidad encantadora. En el peor, una cobardía disfrazada de contentamiento.

La pregunta sobre lo rural que flota en esta reflexión merece un momento de honestidad. La Comarca es un lugar campestre, y hay una tentación de romantizarla: concluir que la felicidad en lo simple es patrimonio del campo, y que la ciudad es, por naturaleza, enemiga de esa actitud. Aunque a ratos nos haga sentido, eso sería demasiado fácil, y probablemente falso.

Lo que la Comarca encarna no es, sustancialmente, la geografía del campo, sino una relación con lo cotidiano: la capacidad de habitar el presente sin estar siempre en otra parte con la mente. Esa relación es más difícil de cultivar en ciertos entornos que en otros, desde luego, pero no es imposible en ninguno per se, y no es automática en ninguno tampoco. Hay hobbits en las torres de Santiago, y siervos de Mordor en la campiña más apacible.

Lo que sí es cierto es que algunos entornos —ya sean físicos, laborales o digitales— están diseñados para impedirnos habitar el presente. La notificación que interrumpe, la métrica que juzga, el scroll infinito que sustituye la demora por la aceleración: todos son, en cierta manera, enemigos del asombro. No porque sean malvados en sí mismos, sino porque operan sobre la atención, que es el recurso más escaso y más necesario para vivir de manera childlike.

Frente a esto, Tolkien propone algo que suena casi escandaloso en su sencillez. En una de las escenas más hermosas de El Señor de los Anillos, Gandalf —el mago, el portador de uno de los Tres Anillos, el que ha visto el nacimiento y la caída de eras enteras— dice algo inesperado: que no son los grandes poderes los que mantienen el mal a raya en el mundo, sino los pequeños actos de bondad cotidiana. Los actos childlike, por seguir con nuestro anglosajonismo.

Esto no es resignación ni es mediocridad disfrazada de virtud. Es, a nuestro juicio, una forma de entender cómo funciona el bien en el mundo. El mal se organiza en estructuras gigantescas —Mordor, Isengard, el Ojo que todo lo ve— porque necesita esa escala para sostenerse. El bien, en cambio, trabaja de otro modo. Se infiltra en lo cotidiano, florece en lo pequeño, se transmite entre personas concretas que se quieren sin esperar nada extraordinario de sí mismas.

Quizás cambiar el mundo, en el sentido más hondo, pase menos por grandes gestas y más por gestos pequeños y repetidos: ser generoso hoy, estar presente ahora, maravillarse de nuevo ante lo que ya conocemos. No porque los grandes gestos no importen —importan, y mucho—, sino porque sin esas decisiones pequeñas, los grandes gestos se construyen sobre arena. La heroicidad sin raíces en lo cotidiano es, más de las veces, solo teatralidad.

Dicho todo lo anterior, es también cierto que el niño que mira la hormiga en el jardín no sabe nada de todo esto. No lo necesita. No conoce a MacDonald ni a Tolkien ni a Dawson. No ha leído el Evangelio, quizás. Solo se ha agachado, en silencio, ante algo pequeño que le ha parecido suficientemente grande como para merecer toda su atención.

Autor: Agustín Larson Castillo

Síguenos:
(Visited 25 times, 25 visits today)

Comments are closed.

Close