24 02 26 polvo eres

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La búsqueda de un centro en tiempos de dispersión

«El filósofo tiene en común con el poeta que ambos tienen que habérselas con lo maravilloso, lo asombroso, lo digno de admiración».
— Santo Tomás de Aquino, Comentario a la Metafísica, I, lect. 3

I. La ceniza: principio y fundamento

Comienzo a escribir estas líneas con la cruz de ceniza aún en mi frente. No desde la teología, sino desde mi propia humanidad. No desde una tesis académica, sino desde la experiencia humilde y concreta de quien escucha en silencio una frase que esperaba y que, pese a ello, lo desarma: «Polvo eres, y en polvo te convertirás».

La frase no es sólo piadosa —y eso ya sería bastante—. Es también filosófica, cultural y política. Es, en el fondo, una afirmación radical sobre la condición humana, una sentencia breve que, sin levantar la voz, atraviesa con su realismo implacable nuestras ilusiones de autosuficiencia.

La imposición de la cruz de ceniza no es un rito privado. Es una constatación antropológica decisiva. Porque si somos polvo —y no como metáfora decorativa, sino polvo real, frágil, vulnerable— entonces somos finitos, dependientes, necesitados. Y si eso es verdad, ninguna construcción humana —ni institucional, ni cultural, ni económica— puede reclamar carácter absoluto sin incurrir en idolatría.

La ceniza no puede erigirse en fundamento último. La Cruz sí. Sólo la Cruz.

Pero conviene detenerse: somos polvo que vuelve al polvo, sí; pero no estamos destinados a disolvernos en la nada. Somos obra en curso, barro todavía húmedo.

Somos combate, tensión y aspiración. Polvo que aspira a la eternidad. Pecadores que luchan por ser santos.

No somos criaturas neutras llamadas a una ética opcional, sino seres finitos convocados a una plenitud que nos excede. Y esa tensión —entre lo que somos actualmente y lo que estamos llamados a ser— constituye el drama profundo de nuestra existencia. No es una abstracción; es una pregunta concreta, casi temblorosa, que se cuela en la conciencia cuando cesa el ruido: «¿Podré yo ser santo?».

La penitencia, entonces, no es una tristeza ritual. Es la aceptación lúcida de mi desorden. Es reconocer que el yo no es medida suficiente de sí mismo, que la conciencia necesita purificación, que la libertad puede extraviarse. Es decir con Eliot «Y ruego a Dios se apiade de nosotros / Y le ruego que yo pueda olvidarme / De aquellas cosas que conmigo mismo discuto demasiado / Explico demasiado / Porque no espero retornar jamás / Deja que estas palabras respondan / Por lo que se ha hecho, para no volver a hacerse / Que el juicio no nos sea demasiado gravoso».

La conversión no comienza sin diagnóstico. Dicho en otras palabras: no se puede sanar lo que se niega.

Esa verdad, que vale para el alma individual, vale también para la cultura. Porque cuando el desorden deja de ser sólo íntimo y se vuelve paisaje histórico, cuando la aridez ya no es sólo moral sino civilizatoria, el diagnóstico necesita una voz capaz de nombrarlo sin eufemismos.

Allí entra en escena T. S. Eliot.

II. Filosofía, ruina y herida

Antes de convertirse en poeta, antes de ser el autor de The Waste Land (La tierra baldía) y de recibir el Premio Nobel de Literatura en 1948, Thomas Stearns Eliot (1888–1965) fue, muy seriamente, filósofo. No un diletante con inquietudes metafísicas ni un poeta que coquetea con sistemas para adornar su obra, sino un intelectual plenamente inserto en la filosofía académica de su tiempo.

La filosofía no fue para él un pasatiempo elegante ni un lujo burgués: era disciplina del espíritu. Podríamos decir que fue su primer amor y, como todo amor real, lo marcó de manera irreversible: le dio un respeto radical por la arquitectura del pensamiento.

Pero ese mismo rigor lo condujo hasta un límite.

No porque la razón sea incapaz de conocer la realidad —ese mito cómodo para cierto irracionalismo moderno—, sino porque, en el horizonte del idealismo, la unidad parecía siempre desplazarse, sin reposar plenamente. La razón podía analizar y desmontar. Pero no ofrecía un punto firme donde descansar sin disolver lo real en abstracciones.

Ese límite no fue una derrota de la inteligencia. Fue su purificación.

Desde esa conciencia comienza el itinerario que lo llevará del idealismo académico al desierto de La tierra baldía, y del desierto a la súplica penitente de Ash Wednesday (Miércoles de Ceniza). Influido por figuras como Dante Alighieri y San Juan de la Cruz, Eliot encontró en la mística cristiana herramientas para trascender esa aridez intelectual, fusionando el rigor filosófico con la «noche oscura del alma» y el ascenso espiritual.

La poesía le permitió decir lo que la filosofía sólo podía bordear. No sustituyó al pensamiento; lo ensanchó. La poesía no fue evasión del rigor, sino su expansión. El verso podía respirar.

Cuando escribe La tierra baldía, Eliot no improvisa un lamento cultural. Está diagnosticando una civilización que ha perdido su centro. No hay sentimentalismo en esas páginas: hay conciencia de agotamiento.

La Primera Guerra Mundial había quebrado la ilusión del progreso indefinido. Europa, que se había creído invulnerable, aparecía exhausta y espiritualmente desconcertada. Pero junto a ese derrumbe colectivo hubo uno íntimo: el matrimonio tormentoso con Vivienne Haigh-Wood y su enfermedad mental, la muerte de su padre, el colapso nervioso que lo llevó a tratarse en Suiza en 1921.

La aridez no era sólo metáfora cultural; era también experiencia vivida. La tierra baldía es la imagen de una tierra sin eje e incapaz ya de dar frutos, plagada de fragmentos y voces superpuestas. Una cultura que todavía recuerda sus símbolos, pero ya no puede sostenerlos.

III. De la tierra baldía al Miércoles de Ceniza

La tierra baldía había mostrado una civilización incapaz de articular sentido. Era la conciencia de una ruina.

Pero el diagnóstico de la enfermedad no basta para sobrevivirla.

La filosofía le había permitido a Eliot comprender la crisis. La poesía le había permitido expresarla sin reducirla a esquema. ¿Qué le faltaba? Dirección.

En 1927, su conversión al anglo-catolicismo fue un acontecimiento religioso en el sentido más radical: un reordenamiento personal en el orden del ser. Precisamente por eso transformó también todo lo demás: no quedó confinada al ámbito de lo privado. Reordenó su pensamiento, su poesía, su comprensión del tiempo y de la historia. Fue el punto en que filosofía, experiencia y fe dejaron de caminar separadas.

Fue una conversión al cristianismo que, como tantas en nuestros tiempos, causó escándalo en sus círculos, y también en los medios literarios ingleses. Virginia Woolf —hasta entonces su amiga— llegó a decir en una carta a un tercero: «Acabo de tener el más vergonzoso y angustiante encuentro con el querido Tom Eliot, a quien podemos considerar muerto para nosotros en el futuro. Se ha convertido en un anglo-católico que cree en Dios y en la inmortalidad, y que va a la iglesia… Hay algo obsceno en una persona viva sentada junto al fuego y que cree en Dios» (M. Fazio, Cristianos en la encrucijada).

La fe no reemplazó la razón; la orientó. No anuló la poesía; la purificó. No contradijo el pensamiento; lo reconcilió.

Miércoles de Ceniza —tal como en la Cuaresma— será principio.

IV. Miércoles de Ceniza: la conversión como reordenamiento de su poesía

En Miércoles de Ceniza la conversión deja de ser dato biográfico. Eliot no escribe desde la serenidad del que ha llegado a su destino, sino desde la fragilidad del que empieza a caminar. Miércoles de Ceniza no es el triunfo final; es súplica y obediencia.

En La tierra baldía, el tiempo estaba roto. Era acumulación de ruinas y de fragmentos sin eje. El presente no orientaba; dispersaba. En Miércoles de Ceniza, el tiempo comienza a orientarse. Aceptar que uno no es fundamento de sí mismo es aceptar que el tiempo no es mera repetición, sino camino. Es asumir con espíritu de entrega y gozo que «no hay un lugar de gracia para aquellos que rehuyen el rostro / ni tiempo de alegrarse por aquellos que caminan entre el ruido pero niegan la voz».

Como eco del ascenso en el Purgatorio de Dante, el poema estructura un movimiento espiritual ascendente. La renuncia se expresa en repeticiones letánicas:

«Porque no abrigo esperanzas de volver otra vez / Porque no abrigo esperanzas / Porque no abrigo esperanzas de volver»

—una negación que no es desesperación, sino purificación del deseo; un vaciamiento de la voluntad mundana que prepara el alma para otra forma de esperanza.

Ese mismo movimiento conduce a una pedagogía de la quietud contemplativa:

«Enséñanos a preocuparnos y a no preocuparnos / Enséñanos a quedarnos sentados quietos / Ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte».

Aquí la renuncia se transforma en súplica. El yo poético deja de afirmarse y aprende a esperar: la inquietud se vuelve oración, y el deseo se ordena hacia lo alto.

Miércoles de Ceniza es Cuaresma. Four Quartets (Cuatro cuartetos) será Pascua.

V. El punto fijo del mundo que gira

En Cuatro cuartetos, Eliot —ya madurado en la fe y atravesado por su conversión— escribe: «En el punto quieto del mundo que gira…». Y esa expresión, que podría leerse superficialmente como una imagen poética, es en realidad una afirmación ontológica de primer orden, una tesis metafísica condensada en el espacio mínimo de un verso. Allí habla también de la «intersección del tiempo con lo intemporal»: ese lugar donde el devenir no se anula, sino que encuentra sentido; donde el tránsito toca lo eterno sin dejar de ser tránsito.

Ese poema, escrito en 1943 en plena Segunda Guerra Mundial, excede el tema de este ensayo. No así la idea que lo sostiene: la del punto fijo del mundo que gira. Una idea que converge con nuestra finitud y condición de polvo.

Porque el mundo gira y el tiempo no se detiene ni pide permiso. Nada de eso constituye un problema. El mundo está hecho para girar y la existencia humana está tejida de tránsito y transformación. Somos polvo que peregrina por la vida, que atraviesa estaciones, que cambia, que se desgasta y se rehace. Somos homo viator.

Pero todo lo que gira necesita un eje. Sin eje, el movimiento se convierte en dispersión. Sin eje, la rotación pierde orientación. Lo que debía girar en torno a un centro comienza a descomponerse y a salir despedido hacia cualquier dirección. Ya no es peregrinación; es deriva. Esa intuición aparece bellamente formulada en Miércoles de Ceniza: 

«La Palabra sin palabra, la Palabra dentro / Del mundo y para el mundo; / Brilló la luz en las tinieblas y / Contra la palabra el mundo inquieto seguía dando vueltas / Alrededor de la Palabra silenciosa / Oh pueblo mío, ¿qué te he hecho? / ¿Dónde habrá de encontrarse la palabra, dónde / resonará? Aquí no, porque aquí no hay silencio suficiente».

El problema no es que el mundo gire; el problema es que gire sin fundamento. Y el fundamento no es una idea abstracta ni un principio impersonal. No es una categoría filosófica ni una convención cultural: es Alguien. Es Cristo, el «punto quieto» alrededor del cual gira la historia humana.

En La tierra baldía, el giro era vértigo: fragmentos sin centro y voces superpuestas. El propio Eliot llegaría a calificar ese poema —el más célebre de su obra— como un «mero desahogo personal».

Pero en 1927 algo cambia. Eliot encuentra el eje.

Desde su conversión, la obra de T. S. Eliot deja de ser sólo diagnóstico y se convierte en proceso siempre inacabado: un avanzar hacia el Padre. Miércoles de Ceniza inaugura esa etapa de su poesía de influencia religiosa no como adorno temático, sino como orientación del ser. Allí comienza un tránsito distinto: no el giro sin centro, sino la peregrinación consciente hacia un destino que es también origen.

Pero ese caminar sólo es posible cuando se ha aceptado algo previo y radical: que se es polvo.

No se avanza hacia el Padre desde la autosuficiencia. No se orienta la historia si antes no se reconoce la propia fragilidad. Sólo el barro todavía húmedo puede dejarse moldear. Sólo quien acepta que no es eje puede girar en torno al eje verdadero.

En Miércoles de Ceniza, el movimiento deja de ser vértigo y se vuelve penitencia; la rodilla que se dobla reconoce que el yo no puede ser principio de sí mismo y que el centro no se construye, sino que se asume y recibe.

Eliot no dejó de ser filósofo ni dejó de ser poeta. Cambió el lugar desde donde miraba, y al cambiar el centro, cambió todo lo demás.

En el punto fijo, la razón no es negada; es purificada. La tierra baldía no desaparece, la historia no se vuelve idílica, el combate no cesa; pero dejan de ser absolutos, dejan de ocupar el lugar del principio.

Y yo sigo siendo polvo. Sigo siendo una criatura en tránsito, expuesta al desgaste del tiempo y a la incertidumbre del camino. Pero no soy polvo errante. Giro, cambio, peregrino; pero lo hago en torno a un eje que no cambia. Suspiro aliviado.

El mundo gira y seguirá girando, pero no gira sobre el vacío. Gira sostenido por un punto quieto que no participa del vértigo y, precisamente por eso, lo hace posible sin convertirlo en caos. Gira en torno a un centro que no depende del giro para existir.

Y allí —en esa intersección del tiempo con lo intemporal, en Cristo que es punto fijo del mundo que gira— el polvo deja de temer su fragilidad y comprende que puede peregrinar, transformarse y atravesar el tiempo sin desintegrarse, porque al aceptar que no es fundamento de sí mismo ha encontrado el único Fundamento.

Autor: Francisco Javier Valdés Costa

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