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Una iglesia muy viva que nos queda muy cerca

Fue en 2013 cuando comenzaron a llegarme noticias de que en algunos lugares del mundo los cristianos estaban sufriendo persecución a causa de su fe. Estas historias no aparecían en los medios generalistas, las leía en algunos diarios digitales católicos. Por aquel entonces todavía pensaba que, si algo no publicaban las grandes portadas, es que no estaba sucediendo realmente. Con el tiempo descubrí que las cosas importantes son, precisamente, las que no aparecen en la prensa.

Mi primera reacción ante esas historias fue de escepticismo. Miro a mi alrededor y veo que lo normal es burlarse de la Iglesia y reírse de Cristo. Y todavía más triste, en no pocas ocasiones somos nosotros, los propios cristianos, quienes nos avergonzamos de reconocernos ante el mundo como tales. Y claro, viendo cómo está el patio, ¿iba yo a creer que, no muy lejos de mi casa, había hombres dispuestos a morir por el Señor?

Yo estaba convencido de que eran los periodistas que trabajaban en aquellos periódicos quienes magnificaban las historias de esos cristianos. Ingenuo de mí, pensaba que habían convertido un insulto o un pequeño enfrentamiento en una terrible y cruel historia de persecución con el fin de que los occidentales que leíamos esas noticias creciéramos en nuestro amor a Dios.

Pero pasó el tiempo y esas noticias cada vez aparecían en más lugares, y más personas –muy relevantes– empezaron a hablar de persecución y de genocidio. Y eso ya me incomodaba más, porque… si esas historias eran verdad, ¿qué estaba haciendo yo con la historia de mi vida?

Acababa de descubrir a unos cristianos con verdaderos motivos para renunciar a su fe (porque de lo contrario podrían perder todo aquello en lo que yo pongo mi comodidad y mi felicidad: una buena casa, un buen trabajo, unos buenos ahorros… ¡incluso la propia vida!) que preferían perder todo eso y hacer suyo el mandato evangélico: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?».

Y si embargo nosotros, que lo único que ponemos en juego es nuestra reputación, hacer un poco el ridículo y quedar como los raros del trabajo que nos hemos creído un «cuento de hadas», nos pasamos la vida diciendo, de mil y una maneras distintas, que no somos cristianos.

Unos, ¡renunciando a tanto por Dios!, y otros, ¡renunciando a Dios por tan poco!

Y claro, después de descubrir eso, ya sólo me quedaba ir a conocerlos, cerciorarme de que sus vidas eran de verdad, tocarlos, y ver que, esas personas de las que mi abuelo siempre me decía que, en la Barcelona de 1936, estaban dispuestas a entregar su vida por el Señor, todavía existían hoy, aunque en otros lugares del mundo.

Así que en 2014 me fui al Líbano, en 2015 al Irak en guerra y en 2017 al Irak ya liberado.

Recuerdo que en el primer viaje fui allí pensando: «pobres cristianos de Oriente, suerte que ahora podrán respirar más tranquilos porque hemos llegado unos cristianos de Occidente a realizar un documental que mejorará sus vidas». Descomunal soberbia y descomunal ingenuidad. Tardó poco la realidad en darme un buen bofetón –como suele ocurrir en muchas ocasiones– y descubrí que era justamente lo contrario de lo que yo había imaginado. La realidad era: «pobres de nosotros, cristianos de Occidente, ¡ojalá se nos pegue algo de la fe de los cristianos de Oriente!». Dimos poquísimo, lo recibimos todo.

Nosotros podemos rezar por ellos (lo más importante y efectivo a nuestro alcance) y quizá ayudarlos económicamente, siempre algo anecdótico por elevada que sea la cantidad, pero esos cristianos nos enseñaron a nosotros lo más importante que uno puede aprender en casa, en la escuela, en la parroquia o leyendo una revista, y es que vale la pena vivir y morir por Cristo. Vale la pena entregar la vida entera a Cristo. Y esa verdad, que es la verdad más excelsa y la que debe configurar nuestras vidas, no nos la enseñan con palabras y sermones, nos la enseñan con la alegría y con la paz con las que viven y mueren.

Recuerdo por ejemplo la historia de Aida, madre de tres hijos, casada con un hombre ciego. Vivían en Qaraqosh, la ciudad cristiana más grande de Irak (sesenta mil habitantes) ubicada en la Llanura de Nínive. El 6 de agosto de 2014, de madrugada, les avisaron de la inminente llegada de DAESH (Estado Islámico) y la mayoría de sus habitantes huyó. Los que tenían coche metían dentro a tantos como podían, dinero en metálico y la documentación, con la esperanza de volver pronto, aunque diez años después muchos no han podido regresar a su hogar. Y los que no tenían vehículo lo hicieron a pie por la carretera arrastrando sus vidas a cuestas.

El trayecto que separaba Qaraqosh de Erbil (donde muchos huyeron) se hacía normalmente en cuarenta minutos, pero ese día tardaron más de doce horas en recorrerlo. El miedo era tan grande que muchos perdieron el control de sus cuerpos, las carreteras quedaron llenas de coches accidentados, y tan grande era el atasco que algunos dejaron sus coches abandonados para continuar la huida a pie. Y por si eso fuera poco, mientras escapaban de sus hogares, empezaron a volar por encima de sus cabezas misiles que tenían por objeto asesinar a aquellos que huían desarmados.

Pero no todos huyeron. Hubo gente de edad avanzada, enfermos y personas que confiaban que DAESH nunca llegaría a sus casas, que decidieron quedarse. Fueron alrededor de sesenta personas las que ese mismo día, y durante otros veinte, quedaron secuestradas por los terroristas en sus casas. Entre ellos, Aida con su marido y Cristina, la hija pequeña de tres años, pues los hijos mayores habían huido a Erbil.

Durante esos días los terroristas entraban en las casas de los cautivos y los amenazaban de muerte si no se convertían al islam. No tuvieron éxito en ninguna de sus visitas, que eran diarias. Había días que entraban en las casas, donde estaban secuestrados los vecinos y destrozaban todos los objetos religiosos o las saqueaban. Y si algún enfermo moría, lo arrastraban hasta la calle y dejaban que el cuerpo se fuera descomponiendo a la vista de todos.

A los veinte días les dieron tres opciones: convertirse al islam, pagar la yizya o abandonarlo todo y huir, y eso es lo que hicieron: huir. No hubo una sola apostasía, que hubiera sido la solución fácil. Los citaron en el centro de salud de la ciudad, donde los esperaban dos minibuses que teóricamente iban a llevarlos hasta Erbil.

Aida llegó con su familia, pero, cuando se disponía a subir al autobús, un miembro de DAESH le arrebató a su hija. Ella, llorando, suplicó que le devolvieran a su hija, pero ese soldado se la llevó ante la mirada de terror y la impotencia de su madre. Al rato volvió Cristina subida a hombros del jefe de DAESH de la zona, quien le dijo a Aida que, si no subía al autobús, mataría primero a su hija y luego a ella. Ante esa amenaza, a Aida no le quedó más remedio que sentarse en el autobús y alejarse de su pueblo y de su hija hasta llegar al desierto, donde el autobús los abandonó a su suerte. Allí tuvieron que pasar las mil y una para llegar con vida a Erbil. La fauna, el clima y la edad avanzada de muchos lo hizo muy difícil. Hubo quien estuvo a punto de morir, otros enfermaron gravemente y las extremidades de algunos se gangrenaron.

Al llegar a Erbil, Aida contó lo sucedido a su hija. La historia de Cristina empezó a dar la vuelta al mundo y las oraciones pidiendo su liberación se contaron por miles.

Poco después de eso llegamos nosotros a Erbil, donde pudimos conocer a Aida, a su marido y a sus hijos mayores. Y le preguntamos a Aida si perdonaba a quienes le habían arrebatado a Cristina. Pero antes de escribir su respuesta literal, creo que es bueno decir algo sobre Aida pues demuestra todavía más la grandeza del Señor.

Aida es una mujer sencilla, seguramente analfabeta, de aspecto desaliñado y que a duras penas tiene las capacidades necesarias para llevar una vida normal. Vamos, lo que a ojos del mundo sería una pobre desgraciada. Pues bien, a nuestra pregunta contestó: «Igual que Jesús en la cruz, digo: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”». Y era un perdón sincero. Vimos cómo se hacía realidad el prefacio de la misa de los mártires: «En su debilidad muestra tu propia gloria». Aida tendría pocas cosas, pero estaba llena del Señor, que en mitad de todo ese sufrimiento había dado consuelo a su corazón y la estaba sosteniendo. Aida, seguramente despreciada por el mundo, era la preferida del Señor. Y puso en su boca palabras propias de un santo. La más pobre y humilde de todos nos enseñó al resto el camino a seguir.

La conversación con Aida fue una de las muchas ocasiones en las que pudimos encontrarnos en persona con el Señor. Él estaba allí, con ella, y era muy evidente para todos los que nos encontrábamos en esa pequeña habitación.

Pudimos conocer también al padre Benoka, de Bartela, la segunda ciudad cristiana de Irak, que al llegar a Erbil lo primero que hizo con sor Diana fue plantar una tienda en mitad de un descampado y convertirla en dispensario para todos aquellos que venían enfermos de casa o habían enfermado después de la larga huida a cincuenta grados bajo el sol. Compraban medicamentos con el dinero que conseguían y siempre se formaban colas kilométricas delante de esa humilde tienda de campaña.

Tenían pocos medicamentos porque no disponían de mucho dinero, pero nos contaron que nunca nadie se quedó sin lo necesario. Compraban unas pocas decenas de medicinas, pero cientos de personas se iban cada día a su casa con la suya. Ese fue el milagro que el Señor obró y que ellos vivieron. El padre Benoka lo decía claro: «Si fuera por mí yo no estaría aquí, ya me habría ido, pero la fuerza que tengo no es mía sino de Dios, yo no habría aguantado ni dos días por mis fuerzas», y lleva ya una década. Otra vez más el Señor se hacía presente en medio de toda esa miseria y obraba el milagro.

Nos contó también el padre Benoka que, con el paso del tiempo, el dispensario fue creciendo hasta llegar a lo que nosotros pudimos conocer, que era algo más que un hospital de campaña. Y empezaron a llegar las familias musulmanas que habían echado a esos cristianos de sus casas. Porque esa fue la triste realidad en muchos lugares: los vecinos musulmanes eran quienes habían echado a patadas de sus casas a los cristianos para después saquearlas. Y claro, cuando llegaron a Erbil porque hasta para ellos todo se había complicado, los cristianos dijeron que no querían ayudar a sus enemigos. Cosa más que comprensible, pero que al padre Benoka le preocupaba y mucho. Así que no se cansó de rezar para revertir esa situación y habló con su gente, hasta que finalmente entendieron que el único modo de seguir siendo cristianos era ayudar y aliviar los males de quienes habían sido sus perseguidores. Ya nos lo dijo el padre Benoka:«Las palabras de Jesús son bonitas, pero a veces muy difíciles de seguir, si queríamos seguir siendo cristianos no había otro camino». Y nuevamente ocurrió otro milagro incomprensible a ojos de la lógica de este mundo.

Pero si tuviera que quedarme con algo de todo lo que allí vivimos, me quedaría con la alegría y la paz con que vivían ese infierno. No era una alegría superficial, sino la que nace del corazón. Recuerdo estar detrás de las cámaras escuchando auténticas desgracias no sólo invivibles, sino también inimaginables y, al mismo tiempo, estar envidiando la alegría de los protagonistas. ¿Cómo podía ser que yo, que lo tengo todo, y mucho de lo que tengo me sobra, quisiera la paz y la alegría de esos cristianos? Ellos estaban llenos del Señor, y su amor se derramaba por doquier.

No quisiera terminar este artículo sin destacar que en Irak la Iglesia está muy viva. En 2015 muchos de los cristianos querían marcharse del país, les daba igual que algún día la guerra llegara a su fin, sus casas habían sido destruidas. Pero para ellos era imposible conseguirlo, no los dejaban entrar en otros países. Los únicos que, de haber querido, podrían haber marchado sin ninguna dificultad a algún país europeo eran los sacerdotes y las monjas. Pero lejos de marchar, escogieron quedarse en su tierra y vivir con, cómo y para esos cristianos. Y no sólo eso, en muchas ocasiones se pusieron al frente de los centros de desplazados que, lejos de ser un premio, era un gran sacrificio que requería quince y veinte horas diarias de trabajo.

No olvido el caso del padre Emmanuel, que el 10 de junio de 2014 huyó de Mosul a Qaraqosh junto a miles de cristianos después de que cayera la ciudad. En Qaraqosh montó el primer centro de desplazados. Dos meses más tarde, después de haber huido y de haberlo perdido todo, tuvo que huir de nuevo en esta ocasión a Erbil donde construyó el campo de desplazados más grande de Irak, que acogía a cinco mil cristianos. Se podría haber ido unos meses a Europa a descansar, habría sido más que comprensible, pero no sólo se quedó, sino que se quedó a trabajar noche y día para que esos cristianos pudieran dormir tranquilos y tuvieran lo necesario para llevar una vida digna.

Los cristianos de Irak vieron como sus pastores (sacerdotes y monjas) se quedaban allí por ellos, dispuestos a perder la vida y seguramente esa sea la principal razón por la que en 2017, cuando volvimos, ya no era mayoritario el sentimiento de querer dejar el país. Ahora querían volver a sus casas para reconstruirlas, con la esperanza de poblar de nuevo la bíblica y preciosa Llanura de Nínive. Esa es la Iglesia viva que conocí en Irak.

Y considero importante no ver esta persecución como un drama –que lo es– sino como una bendición –que lo es también–. Decía Tertuliano que la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos, y la fe de esos 360 millones de cristianos que sufren persecución en el mundo es la que mantiene viva la nuestra. Por la comunión de los santos, la entrega de esos cristianos es un bien que repercute en toda la Iglesia, aunque no los conozcamos, no sepamos sus nombres y ni siquiera su existencia. Ante Dios nunca serán héroes anónimos.

Y no pensemos tampoco que, por ocurrir lejos de nuestras casas, el tema no va con nosotros y el Señor no nos pide lo mismo. «Por causa de mi nombre os perseguirán». Todos estamos llamados al martirio, igual que esos cristianos de Irak. A vivir y a morir por Él. Aunque no siempre del mismo modo.Queda claro que a nosotros no nos pide la sangre que a tantos otros sí, al menos por ahora, pero sí nos pide la vida. Y la pregunta que tenemos que hacernos es: «¿estoy dispuesto a entregársela?». Da miedo, pero el testimonio de tantos cristianos perseguidos nos enseña que es una entrega que va acompañada de mucho gozo. El Señor no ha abandonado a esos cristianos que viven peor que las ratas que corren por nuestras ciudades. Ellos mismos no se cansan de repetir: «Nunca nos hemos sentido abandonados por Dios». ¿Por qué iba a abandonarnos a nosotros? Pero claro, si corremos en dirección contraria a Él, poco puede hacer. Corramos a sus brazos como nuestros hermanos de Oriente.

La fe es confianza, y para que uno pueda confiar en su mujer, en sus amigos o en Dios, ante todo tiene que abandonarse. Porque es en el abandono donde descubrimos que el otro sigue ahí y nuestro amor crece. Abandonémonos, pues, en el Señor, porque de ese modo hasta la vida más infeliz se transforma en una vida llena de luz.

Autor: Jaume Vives

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