2024 06 arcoiris

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Un símbolo para comprender los misterios de la luz, la vida y el amor fiel de Dios

Últimamente me ha pasado algo curioso con el arcoíris: cuando lo veo pienso cómo nuestra sociedad moderna está cambiando el significado de las cosas que hizo Dios, cosas especiales, extraordinarias y maravillosas.

Sabemos que el arcoiris es un fenómeno natural que se observa en el cielo, normalmente posterior a una lluvia, cuando las gotas de agua actúan como pequeños prismas a la luz solar que las atraviesa. Al hacerlo en un determinado ángulo, la luz se divide en los colores que la componen, formando un arcoíris. Un fenómeno bellísimo, digno de contemplación.

Durante la historia fueron muchos los significados que se le dieron al arcoiris. En los mitos nórdicos, por ejemplo, lo llamaron Bifrost, el puente entre Midgard (el mundo humano) y Asgard (el reino de los dioses). Para los griegos, era el puente entre el cielo y la tierra, símbolo de Iris, mensajera entre los hombres y los dioses (y a quien se remonta su origen etimológico). De acuerdo con la revelación cristiana el arcoíris también tiene un significado como un símbolo de la gloria de Dios presente en la creación.

A nosotros, los cristianos, el arcoíris nos remite al relato del diluvio, presentado en el Génesis. Dios, luego de hacer caer el diluvio, salvó, por medio del arca, a Noé y a su familia. Fue en ese momento en el que el Señor estableció una alianza con Noé, cuyo signo es “mi arco en las nubes, que servirá de señal de la alianza entre yo y la tierra. Cuando yo anuble de nubes la tierra, entonces se verá el arco en las nubes, y me acordaré de la alianza que media entre yo y vosotros” (Gn. 9, 13-15). Así, luego del gran diluvio que ha significado el exterminio de la vida en la tierra, Dios establece una alianza con Noé: una promesa de nunca volver a realizar semejante castigo. El arcoíris es el signo que nos hace recordar esta alianza entre Dios y los hombres. Es la primera alianza del Antiguo Testamento y viene acompañada de la bendición de Dios a Noé y a sus hijos, junto al mandato de “Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra” (Gn. 9,1). De este modo, y en su origen, el arcoiris nos remonta también a la familia.

Durante la historia fueron muchos los significados que se le dieron al arcoiris. En los mitos nórdicos, por ejemplo, lo llamaron Bifrost, el puente entre Midgard (el mundo humano) y Asgard (el reino de los dioses). Para los griegos, era el puente entre el cielo y la tierra, símbolo de Iris, mensajera entre los hombres y los dioses (y a quien se remonta su origen etimológico).

Ahora bien, no hay que quedarse únicamente en ese relato. El arcoíris, es, en su verdadero significado bíblico, signo de la inmensa gloria de Dios. Si se observan otros pasajes en los que se menciona este signo, encontramos, en primer lugar, el libro del profeta Ezequiel, quien dice: “Como el aspecto del arcoíris que aparece en las nubes en un día lluvioso, así era el aspecto del resplandor en derredor. Tal era el aspecto de la semejanza de la gloria del Señor. Cuando lo vi, caí rostro en tierra y oí una voz que hablaba”(Ez. 1, 28). Es la gloria de Dios tal como la contempló el profeta: semejante a un arcoíris.

Y no solamente aparece esta figura dentro del Antiguo Testamento. También en el Nuevo aparece como una figura relevante asociada a la Majestad de Dios. En el Apocalipsis se dice: “El que estaba sentado era de aspecto semejante a una piedra de jaspe y sardio, y alrededor del trono había un arcoíris, de aspecto semejante a la esmeralda”(Ap. 4, 3). Es la descripción del trono de Dios, Rey de todo el universo.

Decíamos que el arcoíris, como fenómeno natural, es el resultado de la división de la luz por atravesar las gotas de agua. Con esto presente, detengámonos en una frase que se reza en la oración del “Credo de Nicea-Constantinopla” (también conocido en Latinoamérica coloquialmente como “el credo largo”). Cuando habla de Jesucristo, dice que es “Dios de Dios, Luz de Luz”. Semejante referencia a la luz la vemos también en el primer capítulo del evangelio de San Juan, que dice

Todo se hizo por Ella [(la Palabra)], 
y sin Ella nada se hizo.
Lo que se hizo en ella era la vida,
y la vida era la luz de los hombres;
y la luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la vencieron” (Jn. 1, 3-5).

Cristo es el Logos por el cual todas las cosas comienzan a existir, y es también la Luz que nos da (su) vida. Por tanto, esta Luz de Dios es un llamado a la vida que, como se dice al comienzo del relato de la alianza entre Dios y Noé, es una vida fecunda. Existe, por tanto, una íntima conexión, que se nos revela en Cristo, entre la luz y la vida, entre nuestra creación como un orden del Logos y el fin natural de la fecundidad.

Tenemos entonces, por un lado, a Dios que es luz. Por otro lado, falta el agua que sea el prisma que nos muestre la gloria de esa Luz. ¿Cuál es esa agua? En el diluvio, el agua era signo de muerte, así como el Mar Rojo para el pueblo de Israel. Sin embargo, Cristo la transforma en agua de vida. Unirnos a su muerte es el camino para la verdadera vida. El bautismo es sumergirse en las aguas de la muerte para resucitar con Cristo. El agua pasa, así, de ser signo de muerte a ser signo de vida: agua que brota del costado de Cristo y que nos hace hijos de Dios. Dios (que es luz) nos limpia por el agua del bautismo y se manifiesta en nosotros la gloria infinita del Creador.

Por tanto, en el arcoíris encontramos un signo potentísimo del amor, de la misericordia y, sobre todo, de la gloria de Dios. Es signo de Dios, luz que nos salva de las tinieblas del pecado original por medio del agua del bautismo y nos lleva a la vida.

Al mirar el arcoíris, debemos reconocer y contemplar la gloria de Dios. Primeramente, como símbolo de la alianza del Padre con la humanidad y su promesa de no volver a destruir la Tierra. Es, bajo ese respecto, recordatorio de la fidelidad y protección de Dios. Un Dios que es creador y Señor de la vida. Luego, y principalmente, es signo de la infinita gloria del Señor, que se manifiesta al hombre por medio de su Hijo Jesucristo, que es la Luz del mundo y que nos llama, por medio del bautismo, a ser sus hijos, y siendo hijos, herederos del cielo.

Dios (que es luz) nos limpia por el agua del bautismo y se manifiesta en nosotros la gloria infinita del Creador. 

En este mes de junio, mes del Sagrado Corazón, hay que mirar el arcoíris con alegría y como aquello que, al contemplar, nos haga recordar que el Dios de la vida es fiel, Dios es bueno y se ha cubierto de gloria infinita. Tengamos presente las palabras de San Pablo: “El mismo Dios que dijo que «del seno de las tinieblas brille la luz», la ha hecho brillar en nuestros corazones. Para iluminarnos con el conocimiento de la Gloria de Dios, que está en el rostro de Cristo” (II Cor 4, 6).

Autor: Domingo Ibarra Infante

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