2025 12 06MistralFranciscana 1

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Su poesía, hoy

A ochenta años de otorgarse el Premio Nobel a Gabriela Mistral, conviene revivir su memoria e indagar su vigencia. Últimamente se la ha recordado eminentemente en su faceta política, social y biográfica. Sin perjuicio de ser necesarios dichos homenajes, se podría prevenir del carácter doblemente parcial de los mismos y contrastarlos con la necesidad de un homenaje a lo fundamental: su poesía.

En primer lugar, los tributos suelen reducir la figura de la laureada. Reconociendo la dificultad que presenta para un homenaje abarcar todos los matices de una personalidad, lo cierto es que Mistral era un sujeto particularmente variable, complejo e incluso conflictuado. Esto se plasma en una poesía que transitó diversas etapas, según postula Luis Vargas Saavedra con amplia conformidad de la crítica mistraliana. Véase por ejemplo el contraste entre sus sucesivos poemarios Desolación (1922), Tala (1938) y Lagar (1954). Asimismo, se plasma en una hablante lírica —la voz que habla en el poema— oscilante, titubeante o desintegrada. Adriana Valdés sostiene esto particularmente respecto de Tala, proyectándolo Grínor Rojo a la totalidad de la obra.

No es extraño encontrarnos con una Mistral de dos caras parcialmente verdaderas.

A ello se le suma que quienes rinden el homenaje aplican su propio sesgo. Entonces, no es extraño encontrarnos con una Mistral de dos caras parcialmente verdaderas. Una madre de la patria en el sentido tradicional de la época y una voz que quisiera prestarse a los pueblos originarios. Una Mistral que renegaba del feminismo de su época y una Mistral protofeminista. Una católica laica franciscana que recitaba el Antiguo Testamento de memoria —especialmente los Salmos, que marcarían el ritmo de sus versos— y una seguidora de corrientes esotéricas y teosóficas —en boga entre los autores modernistas de la época—. Una Mistral arraigada en el terruño del Elqui y una “vagabunda” entre fantasmas, ambas facetas convivientes en el mundonovismo latinoamericano, como se aprecia en “La fuga” de Tala. Una diplomática y una exiliada. Una dama tímida e imponente. Una comisionada de Vasconcelos y una voz que solitaria se levanta contra la persecución de los cristeros en México —como se manifiesta en su artículo sobre el Santo Cura de Ars (1926)-.

Dichas perspectivas no son falsas, sin embargo, no son absolutas. Mientras algunas cobran mayor fuerza según transcurre la vida, otras atraviesan su curso cual vertiente subterránea, pero ninguna es comprensiva de la personalidad en su totalidad. Convendría que cada discurso, en aras de la honestidad del mismo, explicite su enfoque o faceta a rescatar para ahondar en ella sin pretensiones ilusorias, pero con auténtica rigurosidad y libertad.

Hacen falta homenajes en la materia que le mereció el Premio: su poesía.

En segundo lugar, hacen falta homenajes en la materia que le mereció el Premio: su poesía. En un “país de poetas” que se honra de haber dado a luz al primer Nobel latinoamericano, deberíamos explotar con mayor ahínco las virtudes de dicho  género. No sólo para promover el talento de nuestra tierra, sino para atender a la sabiduría y consejo que ofrece el arte de la palabra a una época y sociedad en que la voz “donosa y llana” es amenazada por la cultura de la imagen y lo instantáneo.

“Donosa y llana” eran los calificativos con que Mistral elogió el habla de San Francisco de Asís, paradigma de poeta mistraliano que mediante la palabra precisa se torna “suavizador del pulso violento del mundo”. Mistral, situada entre el vocablo “preciosista” del modernismo y la experimentación de las vanguardias, se diferencia de aquellos movimientos buscando la palabra precisa para nombrar las cosas y las emociones, renovándolas desde una sensibilidad auténtica. La palabra precisa pacificaría el mundo al descubrir la gran analogía entre todo lo existente, una idea vigente entre varios autores de su época. En medio del mundonovismo, movimiento nostálgico del terruño, Mistral busca la palabra precisa para nombrarlo, descubriendo en la actitud vital del poeta una clave para alcanzarla. Un paradigma de dicha actitud lo encontraría en Francisco de Asís. De él, dice en “Los pies” de sus Motivos de San Francisco:

Las hierbas solían gemir en las tardes dulcísimas por su recuerdo: Por dónde andará ahora el pobrecillo, sólo él atraviesa sin doblarnos. Y es que pensaba que la excelencia de las manos está en que toquen sin tocar, como el aliento, y la de las plantas en que resbalen sobre el mundo.

Se manifiesta aquí una reminiscencia veterotestamentaria (Deuteronomio 32,1-3 [1]), herencia de su abuela Isabel Villanueva, quien la introduciría en el Antiguo Testamento y la obligaría a aprender los Salmos de memoria. Ritmo monótono de melopea que encuentra sus ecos en la canturía materna que acuna todo lo existente —así se aprecia en el poema “Meciendo” de Ternura—. La palabra es bálsamo de arrullo y consuelo y quisiera ser cómo la harina que:

resbala con más silencio que el agua y puede caer sobre un niño desnudo y no lo despierta. (…) Y si la dejáis solita con el mundo, ella lo alimentará con su pecho redondo. (…) hijita con la que los vientos juegan sin verla, tocándole el rostro sin conocérselo. La clara harina. Se la puede espolvorear sobre la pobre tierra envejecida y negra, y ella le dará unos campos grandes de margaritas o la decorará como la helada. (“La harina”)

Quisiera la materia que eligió Cristo para transubstanciarse que la comprendiéramos un poco mejor a través del poema en prosa “La harina”. Recordemos que Mistral describió la Eucaristía como “la presencia más sensible de Dios entre nosotros”. Y la materia sensible, para ella, no era cualquier cosa, sino motivo de dedicación poética.

 Mistral describió la Eucaristía como “la presencia más sensible de Dios entre nosotros”.

Ahora bien, corresponde diferenciar el “bálsamo de consuelo” de un cúmulo de cursilerías. El consuelo se derramaba en ocasiones, sin pretender malversarse en un exceso de vanidades superfluas. En la palabra donosa y llana el bálsamo se dosifica, comprendiendo también austeridad, pasión y vorágine.  Recordemos que el Nobel le fue otorgado a Mistral, en parte, “por su poesía lírica, inspirada en poderosas emociones”. La poesía lírica es aquella que se centra en el hablante en primera persona, quien da a conocer su emocionalidad e identidad. Mistral podía tornar de cantar la vida tierna a la vorágine del duelo. No deja de hacerle eco a San Francisco en esto. Erich Auerbach diría de él, que

el hombre que escribió estas líneas precipitadas está tan claramente arrebatado por su tema, éste lo llena tan por completo, y la necesidad de comunicarlo y de ser entendido es tan avasalladora, que la parataxis se convierte en un arma de la elocuencia. Como las olas que se renuevan siempre con la misma violencia y azotan una rompiente.

Si bien Mistral recorrió diversos caminos y abarcó diversas facetas, el pobrecillo de Asís abarcó su vida como una corriente subterránea que en ocasiones surgía. No por nada dice arrodillarse ante el crucifijo cuando obtiene el Premio Nobel, e indica en su testamento que “la medalla de oro y el pergamino que me fueron otorgados por la Academia Nobel, se los lego al pueblo de Chile, bajo la custodia de la Orden de San Francisco” de Chile. A la Orden le serían legados los derechos de autor de la obra para que “reciba y distribuya todos los dineros que se aporten o donen por las obras editadas o publicadas y los entreguen a los niños pobres del pueblo de Monte grande, Valle de Elqui, Chile”.

Mistral podía tornar de cantar la vida tierna a la vorágine del duelo.

En suma, la poesía lírica de Mistral se proyecta hacia antiguo en su herencia judeocristiana, así como hasta la actualidad conservando su vigencia al apelarnos en una época en que las emociones son reducidas a datos y objetos de consumo. Contrarresta la celeridad contemporánea, que sólo tiene tiempo para ver y no oír. Propone una palabra que, investida de ritmo, recupera un tiempo dilatado sin miedo al silencio. Desafía a volver sobre nosotros mismos y recuperar la contemplación, el valor y dominio de una emocionalidad explotada, sin excluir el anonadamiento ante la misma. Anuncia la reconquista de la emocionalidad en toda su complejidad de las garras del reduccionismo. Y es que la poesía lírica, y en particular la de nuestra laureada, desafía la alienación individualista logrando el milagro casi imposible que es la comunicación de la interioridad.

Autora: Catalina Muñoz Riquelme

Notas

[1] Escuchad, cielos, y hablaré;
oye, tierra, los dichos de mi boca;
descienda como lluvia mi doctrina,
destile como rocío mi palabra;
como llovizna sobre la hierba,
como sereno sobre el césped;
voy a proclamar el nombre del Señor:
dad gloria a nuestro Dios.

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