2025 12 09 patriotismo mistral 1

by

Algunas pinceladas sobre la chilenidad de nuestra Nobel

Gabriela Mistral, aunque nómada, fue una mujer patriota. Las razones para sostener esto son muchas, y están dispersas en su vida y obra. Su Poema de Chile, editado póstumamente por Doris Dana, recoge más de cien poesías en que Mistral recorre el país de sur a norte, y de cordillera a mar. Sería un error sostener que este gran poema —escrito durante sus largos años en el extranjero— es un puro halago geográfico, pero incluso si lo fuera, para Mistral es prácticamente inescindible la belleza de la bondad; lo bello de lo digno de ser amado (“amarás la belleza, que es la sombra de Dios sobre el Universo”, dice en su notable decálogo del artista).

A pesar de las quejas que tuvo sobre Chile, no dejó de amar a su Patria, por muchas razones… entre otras, por ser suya.

Como tantos —¿como todos?—, Mistral tenía quejas sobre su país, y reconocía que “mis opiniones sobre la política y la educación nuestra pueden caer mal en Chile”. Por ejemplo, le exasperaban las trabas burocráticas y las críticas en su contra por no haber estudiado pedagogía (“Yo no tengo el título, es cierto; mi pobreza no me permitió adquirirlo y este delito, que no es mío sino de la vida, me ha valido el que se me niegue, por algunos, la sal y el agua”). Le molestaba también el feminismo chileno, del que decía que —las palabras son suyas— “Tiene más emoción que ideas, más lirismo malo que conceptos sociales; lo atraviesan a veces relámpagos de sensatez, pero no está cuajado. (…) Hasta hoy el feminismo de Chile es una especie de tertulia, más o menos animada, que se desarrolla en varios barrios de la capital”. Era crítica también de “la ignorancia de las masas” y decía que eso era “un motivo bien explotado de inferioridad nacional que nuestros enemigos presentan ante las grandes naciones para degradarnos”, pero que ante dicha crítica “no podemos defendernos; nuestros servicios están muy lejos de tener el brillo de nuestro Ejército y nuestra marina”.

Sin embargo, sus quejas sobre Chile deben mirarse a la luz de al menos tres factores: primero, Mistral —¿como todos? — tenía quejas sobre muchas otras cosas: sobre su salud, sobre sus finanzas, sobre algunas personas que pasaron por su vida, sobre las tantas conferencias que le pedían o sobre las tantísimas cuestiones que le parecían frívolas. Segundo: a pesar de las quejas que tuvo sobre Chile, no dejó de amar a su Patria, por muchas razones… entre otras, por ser suya. Esto último, que quizá podría sonar hoy a chauvinismo, está lejos de serlo. Ella misma parece hacerse cargo de esa posibilidad cuando dice, al hablar sobre la obra de Pedro Prado, “Sin patriotería, que yo la tengo menos que nadie, me he dicho, al leer un libro de Prado: ‘Ya hay literatura chilena que mostrar a los nuevos´”. Por último, sus quejas muchas veces eran lamentos, como una niña que se queja por su madre enferma. O sea, le dolía Chile precisamente porque le importaba. 

Amó a Chile a cuerpo entero; no como quien ama una idea, y no solo como musa inspiradora de versos.

Mistral, entonces, no ama su patria por considerarla perfecta, ni tampoco la ama de modo “patriotero”. Con todo, la ama. La palabra amor podrá sonar a algunos un exceso cuando el objeto de amor no es una persona, pero la misma Mistral eligió repetidas veces esa voz —sin dilapidación ni desperdicio— para referirse a su tierra e incluso a su bandera. Las palabras nuevamente son suyas: “Las mujeres no sabemos sino eso: amar, a un hombre, a una obra, a una tierra”, le comentaba a su amiga María (una mujer de Rapallo que le vendía el pan durante sus años en Italia). La misma palabra usa al final de su Juramento a la Bandera: “jurados quedaron mi amor y mi fidelidad a su bandera”.

Así, aun estando por años tan lejos de su Chile, no dejó de amarlo y, por lo tanto, de extrañarlo. Amó a Chile a cuerpo entero; no como quien ama una idea, y no solo como musa inspiradora de versos. Las referencias posibles son muchas, pero hay algunas especialmente poderosas: “Me viene a los sentidos el hambre de la patria corporal”, escribía desde Petrópolis en 1945, y “Ya tengo en Chile la leyenda de descastada a la cual su país no le importa, y no podía aceptar aquello”, decía años antes desde Génova.

En los diarios y correspondencia de sus años lejos, se ve que los asuntos de Chile la mantenían preocupada (“me han caído encima los sucesos de Chile”, decía en 1933 desde Italia) y ocupada (“tengo siempre alguna diligencia (…) con universidades y colegios a favor de chilenos”, se lee en una carta de abril de 1947, escrita mientras trabajaba como cónsul de Chile en Estados Unidos). Esto no era sino la continuidad de la preocupación y ocupación que tuvo mientras vivía en Chile: años de clases en ciudades a lo largo de todo el país (Elqui, Temuco, Punta Arenas, Santiago, por nombrar algunas), enseñando a niños, a presos y a obreros, enseñando “en el patio y en la calle como en la sala de clases (…), con la actitud el gesto y la palabra”.

Mistral comprende que es Dios el que le dio una patria, y que precisamente su pertenencia a esa patria la vuelve una mujer americana.

El patriotismo de nuestra hora es precisamente un llamado a ser patriota, pues “no es sólo en período guerrero cuando se hace patriotismo militante y cálido”. En este breve texto, Mistral explica las virtudes que requiere el patriotismo de su tiempo. Además, en esas líneas Mistral admira especialmente nuestra historia: “Nuestra historia nacional no necesita ser cantada en un poema para embellecerse. Es hermosa como un canto, de su primera a su última página”, “para dar en una narración a nuestros hijos la llamarada del heroísmo, no necesitamos recurrir ni a Grecia, ni Roma, si Prat fue toda Esparta”.

Por último, sería un error pensar que el cristianismo o el americanismo fervorosos de Mistral dieron con deshacer su patriotismo. En efecto, Mistral comprende que es Dios el que le dio una patria, y que precisamente su pertenencia a esa patria la vuelve una mujer americana. Quizá el mejor compendio de estas últimas ideas son las líneas finales de su mencionado Juramento a la Bandera:

“En este juramento todos los otros van. A mi madre que me soñó puro y a mi padre que me soñó fuerte estoy jurándoles sobre este pliegue ardiente. Y juro a Dios, que eligió para mí esta raza y este signo.

En la guerra y en la paz, próspero o infeliz, presente o ausente de esta tierra, jurados quedaron mi amor y mi fidelidad a su bandera.”

A ochenta años de su premio Nobel, quizá la mejor “actividad conmemorativa” sería leerla sin censura.

Autora: Rosario Corvalán Azpiazu

Síguenos:
(Visited 148 times, 1 visits today)

Comments are closed.