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Una reflexión con motivo del 80º aniversario de la consagración de Chile a los Sagrados Corazones de Jesús y María

«La devoción al Corazón de Cristo no es el culto a un órgano separado de la persona de Jesús. Lo que contemplamos y adoramos es a Jesucristo entero, el Hijo de Dios hecho hombre, representado en una imagen suya donde está destacado su corazón. En este caso se toma al corazón de carne como imagen o signo privilegiado del centro más íntimo del Hijo encarnado y de su amor a la vez divino y humano, porque más que cualquier otro miembro de su cuerpo es “signo o símbolo natural de su inmensa caridad”» [1].

Con estas palabras S.S. Francisco, en línea con todo el Magisterio Pontificio al respecto, resumió el sentido y objeto de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, esto es, volvernos en la fe al «amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8,39).

Es mirando a ese Corazón que en este artículo pretendemos reflexionar en la consagración al Corazón de Cristo, tanto la personal, familiar como especialmente la social, con motivo del 80° aniversario de la consagración de Chile a los Sagrados Corazones de Jesús y María.

1. El Corazón de Jesús nos ama y desea ser amado

Toda la historia de la salvación ha de comprenderse como una historia de amor de Dios en favor de la humanidad, ya desde la creación «a su imagen» (Gn 1,26) y pasando por la Antigua Alianza, que encuentra en el profeta Jeremías una hermosa síntesis: «Yo te amé con un amor eterno, por eso te atraje con fidelidad» (Jr 31,3).

Pero es en la plenitud de los tiempos, con Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, el Verbo Encarnado, que esta historia de amor alcanza su culmen y plenitud. «Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna»  (Jn 3,16).

A lo largo de su ministerio público y la proclamación-instauración del Reino de los cielos en la tierra, pero especialmente en su misterio pascual, manifiesta su amor salvador, misericordioso y de amistad: «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre» (Jn 15,13-15). Jesús nos salva, reconciliándonos con el Padre y compartiéndonos su propia vida, como el mejor de los amigos. «En esto hemos conocido el amor: en que él entregó su vida por nosotros» (1 Jn 3,16).

Es la convicción de san Pablo y que hacemos nuestra todos los cristianos: «La vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20).

Al mismo tiempo, es clarísimo en la revelación, que Jesús desea ser amado por los hombres. Es el primero y principal de los mandamientos.

Ya lo había anunciado en el Antiguo Testamento, como el núcleo de la respuesta que espera del Pueblo en la primera alianza: «Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos, y háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte» (Dt 6,4-7).

Ante una multitud de normas y mandamientos desarrollados en la vida del pueblo judío, Jesús es tajante: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?», Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22, 36-39).

Jesús, como es Dios hecho hombre, pide un amor privilegiado e incondicional hacia él: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10,37-39).

Desde este deseo de ser amado es que podemos entender el diálogo con la samaritana en Jn 4 «Dame de beber» y el «Tengo sed» (Jn 19,28) en la cruz. En el monte Calvario manifiesta su «amor hasta el extremo» y suplica como un mendigo: «ámame». Da el primer mandamiento en el Sinaí, nos lo recuerda con su enseñanza y en la cruz nos pide cumplirlo, dándonos al mismo tiempo con su gracia todo lo necesario para corresponder.

2. Santa Margarita María y las revelaciones en Paray-le-Monial

Es por medio de una religiosa de la Visitación de Paray-le-Monial, santa Margarita María Alacoque, en la segunda mitad del siglo XVII, que Cristo nos recuerda vivamente su amor: «Mi divino Corazón está tan apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular, que no pudiendo ya contener en sí mismo las llamas de su caridad ardiente, le es preciso comunicarlas por tu medio, y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos tesoros, que te descubro»; «He ahí este Corazón, que ha amado tanto a los hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor» [2].

Pero es también allí que nos recuerda el deseo de ser amado: «Si supieras cuán sediento estoy de hacerme amar de los hombres, no perderías medio alguno para ello». Y otras veces oía estas otras: «Tengo sed; me abraso en deseo de ser amado» [3]; «un vehemente deseo (…) que tiene de ser reconocido, amado y honrado de los hombres» [4].

Santa Margarita María comprenderá y así lo difundirá, que debía entregar su corazón al Señor: «Me pidió después el corazón, y yo le supliqué que le tomase. Le tomó e introdujo en su Corazón adorable, en el cual me le mostró como un pequeño átomo, que se consumía en aquel horno encendido» [5]. Será la primera, con ayuda de su director espiritual, san Claudio de la Colombiere en consagrarse al Corazón Sacratísimo de Jesús, y de allí va apareciendo la idea de la consagración de las familias y comunidades, hasta incluso llegar a pedir la consagración del reino de Francia, que estando prisionero Luis XVI tardíamente quiso hacer [6].

Es en Paray-le-Monial, que Jesús muestra y da su Corazón abrasado en amor, pero al mismo tiempo pide que le demos el nuestro como respuesta de amor a su amor. Es allí donde podemos afirmar que nace la forma de devoción que se ha extendido en la espiritualidad católica y ha sido largamente enseñada, aprobada y promovida por los Romanos Pontífices, desde Pío IX que consagró la Iglesia al Sagrado Corazón (1856), pasando por León XIII que consagró todo el género humano a ese Divino Corazón (1899), hasta la última encíclica de Francisco (Dilexit nos en octubre de 2024), y que tiene en la consagración uno de sus elementos fundamentales.

3. La consagración al Corazón de Cristo

«Puesto que el Sagrado Corazón es el símbolo y la imagen expresa de la caridad infinita de Jesucristo, caridad que nos incita a devolverle amor por amor, es natural que nos consagremos a este corazón tan santo. Obrar así, es darse y unirse a Jesucristo» [7].

La Consagración al Sagrado Corazón de Jesús es la forma de saciar la sed de amor del Señor. Él nos revela su amor, el amor de su Corazón, y nos pide que le amemos, con todo el corazón, con nuestra consagración personal, familiar y social.

Es una entrega total, en cuerpo y alma, un abandonarse sin reservas ni limitaciones en el amor de su Corazón y su providencia en cuanto a lo que disponga de acuerdo a su santísima sabiduría y amable voluntad. Es poner en práctica consciente, solemne y vitalmente el primer mandamiento, con todo el corazón…con todo lo mío.

Así lo explicaba León XIII: «Dios y Redentor a la vez, posee plenamente y de un modo perfecto, todo lo que existe. Nosotros, por el contrario, somos tan pobres y tan desprovistos de todo, que no tenemos nada que nos pertenezca y que podamos ofrecerle en obsequio. No obstante, por su bondad y caridad soberanas, no rehusa nada que le ofrezcamos y que le consagremos lo que ya le pertenece, como si fuera posesión nuestra. No sólo no rehusa esta ofrenda, sino que la desea y la pide: “Hijo mío, ¡dame tu corazón!”. Podemos pues serle enteramente agradables con nuestra buena voluntad y el afecto de nuestras almas. Consagrándonos a Él, no solamente reconocemos y aceptamos abiertamente su imperio con alegría, sino que testimoniamos realmente que si lo que le ofrecemos nos perteneciera, se lo ofreceríamos de todo corazón; así pedimos a Dios quiera recibir de nosotros estos mismos objetos que ya le pertenecen de un modo absoluto» [8].

La primera parte de la oración de consagración de santa Margarita María es muy expresiva al respecto: «Yo (Nombre), me dedico y consagro al Sagrado Corazón de nuestro Señor Jesucristo, le entrego mi persona y mi vida, mis acciones, penas y sufrimientos, para no querer servirme de ninguna parte de mi ser sino para honrarle, amarle y glorificarle. Esta es mi voluntad irrevocable: ser toda de Él y hacerlo todo por su amor, renunciando de todo corazón a todo cuanto pueda disgustarle».

Es una entrega de todo y con toda confianza: «Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío» es su jaculatoria característica. Es un acto de santo abandono en su amor divino y humano. Mirando el Corazón del Buen Pastor podemos recitar confiadamente el Salmo 23: «El señor es mi pastor, nada me puede faltar. Él me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre. Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza» y me permito añadir: tu Corazón, tu amor, me infunde confianza y paz.

Ahora bien, esta consagración está llamada no sólo a hacerse de modo personal, «de corazón a Corazón», sino que, como el hombre, creado y amado por Dios Uno y Trino, es por naturaleza sociable, también las familias, comunidades e instituciones están invitadas a entregarse por completo, en sus miembros y actividades, reconociendo el amor del Señor, y poniendo toda su confianza en él.

4. La consagración social: «Venga a nosotros tu Reino»

Siguiendo el camino iniciado por el Corazón de Jesús es que también se fue desarrollando las consagraciones de reinos y naciones. Particularmente ante el avance del liberalismo laicista que pretendía separar las sociedades e individuos de Cristo, repitiendo aquella máxima diabólica «non serviam» (no serviré) y «no queremos que este reine sobre nosotros» (Lc 19,14), muchos países, algunas veces encabezados por sus autoridades civiles y en otras con sólo las autoridades eclesiales, fueron consagrándose al Sagrado Corazón de Jesús, como expresión del reconocimiento de su soberanía divina y como súplica confiada en que extienda su reino sobre ellos. La primera de estas consagraciones nacionales fue la de Ecuador, realizada en 1874 por su presidente, Gabriel García Moreno; le siguieron muchas otras, como Colombia (1902), España (1919), Polonia (1920), México (1924) y Argentina (1945), entre otras. En estos días, el 11 de junio, la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos ha consagrado su país al Corazón del Señor, con motivo de los 250° aniversario de su independencia.

En Chile, el Episcopado nacional, reunido en el primer concilio plenario chileno, consagró el país a los Sagrados Corazones de Jesús y María el 22 de diciembre de 1946, en una Misa solemne en la Iglesia Catedral de Santiago, presidida por el cardenal José María Caro, arzobispo de Santiago y legado pontificio para ese primer concilio plenario.

La grandeza y necesidad de estas consagraciones públicas de las naciones, y de sus renovaciones, podemos encontrarla en un doble motivo.

El primero es que, «como enseña la doctrina católica tradicional, no sólo el hombre individual debe rendir un culto auténtico a Dios, sino que también socialmente considerado» [9], y mediante este acto se le da ese reconocimiento público y social debido a Jesucristo como Rey, «Rey de amor», aceptando solemnemente su amor, soberanía, dominio o imperio sobre toda la sociedad y en cada una de sus dimensiones, como en las leyes, la educación, la economía, la familia, etc. Cumplimos su deseo: «Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana» (Mt 11,29-30). La sociedad desea asumir el yugo de Cristo, que no es un gobierno despótico, sino de amor servicial: «el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud» (Mc 10,43-45).

Expresión sintética de lo anterior son aquellas palabras de la oración de consagración del género humano al Sagrado Corazón compuestas por León XIII: «tuyos somos y tuyos queremos ser». Proclamamos su soberanía y pedimos que la ejerza en la nación.

Un segundo motivo de la consagración social es que implica una súplica llena de confianza al amor de Cristo para que conceda todos los bienes sociales a la patria, nos alcance el apreciado bien común, que implica la verdadera paz y justicia. Es la rogativa colectiva de «Venga a nosotros tu Reino», un reino, como dice el prefacio de la Solemnidad de Cristo Rey, que es «un reino eterno y universal: el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz”.

Los grandes anhelos sociales sólo serán colmados al consagrar la patria al Sagrado Corazón y vivir plenamente esa consagración. Es lo que profundamente enseñaba el papa Pío XI con su lema: «La Paz de Cristo en el Reino de Cristo».

Qué esperanza más grande despierta esta consagración: «¡Oh, qué felicidad podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades se dejaran gobernar por Cristo! Entonces verdaderamente (…) se podrán curar tantas heridas, todo derecho recobrará su vigor antiguo, volverán los bienes de la paz, caerán de las manos las espadas y las armas, cuando todos acepten de buena voluntad el imperio de Cristo, cuando le obedezcan, cuando toda lengua proclame que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre» [10].

Por otra parte, apartados del Señor, desconociendo su soberanía y amor, no se alcanza el verdadero progreso social, sino que todo lo contrario, lo cual tristemente vemos a diario y que proféticamente avisaba Pío XI: «Los amarguísimos frutos que este alejarse de Cristo por parte de los individuos y de las naciones ha producido con tanta frecuencia y durante tanto tiempo, (…) los volvemos hoy a lamentar, al ver el germen de la discordia sembrado por todas partes; encendidos entre los pueblos los odios y rivalidades que tanto retardan, todavía, el restablecimiento de la paz; las codicias desenfrenadas, que con frecuencia se esconden bajo las apariencias del bien público y del amor patrio; y, brotando de todo esto, las discordias civiles, junto con un ciego y desatado egoísmo, sólo atento a sus particulares provechos y comodidades y midiéndolo todo por ellas; destruida de raíz la paz doméstica por el olvido y la relajación de los deberes familiares; rota la unión y la estabilidad de las familias; y, en fin, sacudida y empujada a la muerte la humana sociedad» [11].

5. Conclusión: consagrarnos al amor de su Corazón

Para volver sin temor y con absoluta confianza a Jesucristo Rey y alcanzar todos los frutos de su redención, es que Él nos ha revelado los misterios amorosos de su Corazón, pidiendo que le amemos con todo lo nuestro. Nos invita así a una vida de amistad con Él, que implica necesariamente reciprocidad; se nos presenta como un sediento, pero que, al tratar de darle de beber con nuestra vida, es en definitiva Él quien nos sacia completamente: «El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí» (Jn 7,37).

Entregarnos al amor de su Corazón en lo personal, familiar y social es el fin de la consagración, y podemos renovarla constantemente diciéndole: «tuyos somos y tuyos queremos ser».

Bibliografía

Francisco. (2024). Dilexit nos. Carta encíclica sobre el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo.
León XIII. (1899). Annum Sacrum. Carta encíclica sobre la consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús.
Pío IX. (1856). Decreto de extensión de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús a la Iglesia Universal.
Pío XI. (1925). Quas Primas. Carta encíclica sobre la realeza de Jesucristo.

Autor: Padre Álvaro Aedo González

Notas

[1] Francisco, Enc. Dilexit nos 48.
[2] Ambos textos son citados por Dilexit nos 119 y 121.
[3] Carta 135.
[4] Carta 131.
[5] Citado en Dilexit nos 123.
[6] Canals, Francisco. “Sentido y alcance de la consagración pública al corazón de Jesús y su actualidad” en Cristiandad, n°716-717, pág. 7.
[7] León XIII, Enc. Annum Sacrum, citado en Dilexit nos nota al pie 69.
[8] León XIII, Enc. Annum Sacrum 7.
[9] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica 2105.
[10] Pío XI, Enc. Quas Primas 19.
[11] Pío XI, Enc. Quas Primas 24.

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