02 06 26 editorial 187

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El retorno del Rey en el Magisterio de la Iglesia

Confesemos de entrada una pequeña miseria de lector: nadie, o casi nadie, lee las notas al pie. Las hojeamos, en el mejor de los casos, con esa desgana resignada con que se hojean los términos y condiciones de un contrato bancario, sabiendo que allí está, en letra pequeña, lo que realmente cuenta, y prefiriendo no enterarnos. El aparato crítico de un texto se nos presenta —sobre todo si el texto es solemne, y más aún si es magisterial— como una suerte de penitencia accesoria: ese pie de página donde el autor, en un gesto que se quiere de honestidad intelectual, deja constancia de sus deudas, pero donde con frecuencia se entremezclan, en proporciones difíciles de discernir, el escrúpulo legítimo del erudito y el pequeño orgullo del que quiere ser visto leyendo lo que ha leído.

Porque seamos francos: hay notas que iluminan y hay notas que apabullan. Hay notas que el lector agradece —cuando el autor le tiende la mano y le indica dónde encontrar la fuente, dónde profundizar, dónde verificar— y hay notas que parecen colocadas allí con la deliberada intención de recordarnos que somos lectores menores en presencia de una mente mayor. Hay notas que son ventanas, y hay notas que son murallas. Hay notas que dicen aquí está mi fuente, examínela usted mismo y hay notas que dicen, más bien, observe la altura de mi biblioteca. Hay quien las usa para sostener el argumento y hay quien las usa para decorar el escritorio. Y, entre unas y otras, hay esa enorme cantidad de notas perfectamente honorables pero perfectamente prescindibles, que profundizan cuestiones colaterales que nadie había preguntado, que matizan precisiones que nadie disputaba, que tejen una red erudita en torno a una idea que se habría entendido mejor sin tanto andamiaje.

Las encíclicas, en este sentido, no son una excepción. Doscientas veinticuatro notas tiene Magnifica Humanitas. Doscientas veinticuatro deudas reconocidas, doscientas veinticuatro autoridades convocadas, doscientas veinticuatro pequeñas oportunidades para que el lector apresurado pase de largo sin enterarse de nada. La mayoría son lo que es justo y cabe esperar: remisiones al Magisterio anterior, al Compendio, a Gaudium et spes, a Juan Pablo II citando a Pablo VI citando a Juan XXIII en una cadena de citas que se prolonga hasta los Padres. Otras son complementos culturales perfectamente legítimos —Arendt aquí, Platón allá— que sirven para mostrar que la Iglesia dialoga con la modernidad y con la antigüedad sin perderse en ninguna de las dos. Y otras, en fin, son ese tipo de profundización tangencial que sólo el especialista agradecerá y que el resto de los mortales saltaremos con la conciencia tranquila de quien sabe que la salvación de su alma no depende de haber leído la nota «73».

Pero hay una excepción. Hay una nota que merece ser leída despacio, y luego releída, y luego meditada en silencio, porque ella señala —desde mi pequeña mirada— la clave hermenéutica de toda la encíclica. No porque esconda nada: lo que la nota archiva está dicho en plena luz, en el cuerpo del párrafo 213, con todas las solemnidades del Magisterio. Lo que ocurre es que la nota firma el gesto: deja constancia bibliográfica de que un Pontífice, en el primer cuarto del siglo XXI, incorporó al cuerpo doctrinal de la Iglesia una sentencia salida de la boca de un personaje de ficción. La nota 187 no es un escondite: es un acta. Y conviene leerla como se lee un acta notarial: con la conciencia de que allí se está fechando algo que, en adelante, formará parte del registro oficial de la Doctrina Social.

Es la nota 187. No remite a un Padre, ni a un Concilio, ni a un Pontífice, ni siquiera a un filósofo: remite a un novelista inglés, católico, fumador de pipa, padre de cuatro hijos, que escribía a la luz de una lámpara cuentos de elfos para sus niños. Y en esa firma, aparentemente menor, hay una teología entera.

Porque el Pontífice tenía, ciertamente, otras autoridades a las que recurrir cuando el algoritmo arrecia y los hombres se sienten polvo bajo las olas del silicio. Tenía a Agustín, que vio dos ciudades; tenía a Tomás, que desmenuzó el orden del amor; tenía a León XIII, su homónimo y predecesor en la inquietud por lo nuevo. Y, sin embargo, en el párrafo decisivo —cuando se trata de responder a la desesperación moderna, a esa rendición silenciosa del hombre ante las máquinas que parecen pensarlo mejor que él mismo—, el Papa abre las páginas de El retorno del rey y deja hablar a un mago. Y lo hace, conviene subrayarlo, sin disimulo: en el cuerpo del texto, presentando al autor por su nombre completo —«un escritor católico del siglo XX, John Ronald Reuel Tolkien»—, atribuyendo la sentencia «por boca de uno de los protagonistas de una de sus novelas». Nada de contrabando: proclamación, con archivo bibliográfico al pie.

Conviene saborear despacio esta paradoja: la encíclica más técnica del Magisterio reciente, la que trata de redes neuronales y de gobernanza algorítmica, encuentra su corazón pastoral en una conversación entre Pippin y Gandalf, bajo los muros de Minas Tirith, mientras Denethor se prepara para arder en su propio orgullo. El más alto magisterio de la Iglesia toca tierra en la Tierra Media. Es como si Roma, para hablar de Babel, hubiera necesitado mandar emisarios a la Comarca. Y, sin embargo, no hay en ello frivolidad alguna. Hay, al contrario, una astucia teológica absolutamente notable.

«No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza».

Gandalf hablaba a un senescal que, viendo el poder de Sauron extenderse como una marea negra sobre el mundo, había decidido que ya no valía la pena resistir. Denethor es el primer transhumanista del relato: hombre que, no pudiendo soportar la finitud, prefiere abolirse a habitarla. Tiene su Palantír —su pantalla, dicho sea sin forzar la analogía— y a través de ella se ha persuadido de que el adversario es invencible, de que el cálculo está hecho, de que la historia tiene su algoritmo y este no admite recurso en contra. La respuesta de Gandalf no es una arenga heroica ni una promesa de victoria. Es algo infinitamente más modesto y, por eso mismo, infinitamente más subversivo: no nos toca a nosotros dominar todas las mareas; nos toca el campo que conocemos. Hay una metafísica entera en esa preposición posesiva. El campo que conocemos. No los campos en general, no la humanidad en abstracto, no la marcha planetaria del progreso: el campo. El propio. El que se labra con las manos y se hereda con la sangre.

Aquí, y sólo aquí, comienza a comprenderse por qué León XIV decidió hacer entrar precisamente esta voz —y no otra— en el cuerpo de su encíclica. Porque la respuesta cristiana al paradigma tecnocrático no es —no puede ser— un contra-paradigma de la misma escala. No se combate a Sauron forjando otro Anillo más poderoso. No se responde a la pretensión algorítmica de modelar la totalidad de lo humano con una contra-totalidad eclesial que pretendiera, ella también, abarcarlo todo. Se responde, sencillamente, labrando el propio campo. Y el campo propio, para casi todos los hombres y casi todas las mujeres de la tierra, tiene un nombre antiguo y un olor a pan: se llama familia.

En este punto conviene hacer entrar a Santo Tomás. En la Summa —II-II, q. 26— se pregunta el Doctor Angélico si la caridad debe guardar un orden, o si, por el contrario, debe amarse a todos por igual. Y responde que la caridad tiene un orden, y que ese orden no es indiferente sino debido: que estamos obligados a amar más, en la sustancia misma del amor, a los consanguíneos que a los extraños. No es una concesión a la naturaleza caída; es la naturaleza misma del amor, que para ser real ha de ser concreto, y para ser concreto ha de estar situado. El que pretende amar a la humanidad sin amar primero a los suyos no ama más, ama menos: ama una palabra. Ama un sustantivo abstracto al que ningún rostro corresponde, y por eso ningún rostro lo interpela.

De manera que la «civilización del amor» que la encíclica invoca, y que el siglo XX confió a las grandes proclamas, descansa sobre una sintaxis humilde y precisa: el verbo conjugarse en primera persona, el complemento ser el rostro que está enfrente, el adverbio decir hoy. Toda civilización del amor que no comience por la mujer con quien se vive y los hijos a quienes se despierta para el colegio es un trampantojo. Magnífico, quizá. Eficaz para los discursos, ciertamente. Pero trampantojo al fin.

Cae por su peso Chesterton, ese hombre vasto en todos los sentidos. Nada más extraordinario, decía, que un hombre ordinario, su esposa ordinaria, y sus hijos ordinarios. Léase despacio. Hay aquí una de esas paradojas chestertonianas que no son juegos de palabras sino verdaderos relámpagos sobre el paisaje. Porque la modernidad nos ha enseñado que lo extraordinario está en otra parte: en el genio, en la celebridad, en el visionario tecnológico que mira el mundo desde su torre de cristal en Silicon Valley y planifica la próxima fase de la evolución humana. La modernidad nos ha persuadido de que la familia es lo banal, lo previsible, lo ordinario en el sentido peyorativo. Y Chesterton, con esa carcajada suya que era una forma de teología, nos contesta: precisamente. Precisamente por eso es extraordinaria. Porque sólo lo verdaderamente sagrado puede permitirse parecer ordinario. Sólo el Dios encarnado podía nacer en un establo y pasar desapercibido. Sólo el matrimonio puede contener, bajo la apariencia de una rutina, el milagro continuado de dos voluntades que cada día eligen no elegir a nadie y a nada más.

La familia es, en este sentido, la única institución verdaderamente revolucionaria que queda en pie. Y lo es por una razón que el mercado no comprende y el algoritmo no puede procesar: porque en ella las personas son insustituibles. La familia, sola, sostiene contra todo la afirmación escandalosa de que este hijo es este hijo y no otro, de que esta esposa es esta esposa y no otra, de que estos padres son estos padres y no podrían ser sustituidos sin que se rompiera algo que ninguna eficiencia puede reparar. La familia es la última fortaleza ontológica en un mundo que ha hecho de la fungibilidad su evangelio.

Por eso —y aquí está la clave que me parece que la encíclica insinúa—, la amenaza profunda de la inteligencia artificial no es laboral. No es económica. No es política. Es todo eso, por cierto, pero porque es, ante todo, ontológica. El algoritmo pretende ser, para el niño, lo que el padre ya no alcanza a ser por cansancio o por ausencia. Pretende ser, para la mujer, lo que el marido no escucha por distracción o por sordera. El algoritmo no compite con los padres en el terreno de la eficiencia: en ese terreno, ganaría sin esfuerzo. Compite —o pretende competir— en el terreno de los intersticios silenciosos del hogar con su murmullo permanente, hasta que el silencio mismo —ese silencio en que se forja la persona— quede colonizado. Y entonces ya no hará falta que el algoritmo nos esclavice por la fuerza: nos habremos entregado por aburrimiento.

Contra esto, ¿qué? Contra esto, dice León XIV citando a Tolkien, los campos que conocemos. Contra la pretensión imperial de una técnica que aspira a regir todas las mareas, la fidelidad doméstica, casi clandestina, de quien apaga el teléfono y cierra el computador para comer con sus hijos. Contra el Palantír que muestra el mundo entero a costa de hacer olvidar el propio umbral, la mesa de madera donde se reza una oración antes de partir el pan. Contra Babel —esa torre de soberbia fría y ciega como toda máquina—, Jerusalén: la ciudad que se reconstruye familia por familia, tramo de muralla por tramo de muralla, como en el libro de Nehemías que la encíclica evoca en sus primeras páginas.

Pero la cita contiene una segunda cláusula, más misteriosa todavía, que la encíclica recoge y que merece ser pensada despacio: dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza. Hay aquí una promesa escatológica disfrazada de consejo agrícola, y la astucia del Papa consiste, sospecho, en haberla colocado exactamente donde la colocó: en el cuerpo del párrafo, casi al final de un capítulo entero sobre la civilización del amor, allí donde el lector que llega hasta el último tramo encuentra, al cabo del recorrido, la imagen rectora.

Porque, ¿qué es esa tierra limpia que hay que dejar a los que vendrán? No es, ciertamente, una tierra geográfica. No es un patrimonio. No es siquiera, en primer lugar, una herencia cultural, aunque también lo sea. La tierra limpia que el cristianismo tiene por misión transmitir es algo infinitamente más íntimo y más radical: es el corazón mismo de los hijos, es decir, la cuestión decisiva de toda paternidad y de toda maternidad cristianas: ¿qué corazón estamos formando en los que vendrán después? ¿De qué materia será ese corazón cuando nosotros ya no estemos para custodiarlo? ¿De piedra o de carne? Hay corazones que se petrifican casi sin que nadie lo advierta, por simple negligencia ambiental, por exposición prolongada a la corriente fría de un mundo que castiga la ternura. Hay corazones de adolescente que ya están endurecidos a los doce años.

Asumo el riesgo de incomodar la forma mentis del burgués: la primera obligación de los padres cristianos no es educar alumnos excelentes, profesionales competentes, ni ciudadanos útiles, ni menos personas felices en el sentido mundano del término. La primera obligación de los padres cristianos —la primerísima, la que precede a todas las demás y sin la cual todas las demás se vuelven secundarias o incluso frívolas— es procurar la santidad de sus hijos. No su éxito. No su seguridad. No su comodidad. No su mayor puntaje en la PAES y su admisión a «esas» universidades. Su santidad. Y esto es, en realidad, la única forma de paternidad que no termina disolviéndose en su propio pragmatismo. Porque un padre que no aspira a la santidad de su hijo —aunque sepa que esa santidad pasará por caminos que él no eligió y quizá ni siquiera entendió— está, en el fondo, entregando a su hijo al mejor postor: al ranking, al mercado, al algoritmo, al espíritu del tiempo, que siempre tienen ofertas más inmediatas y más vistosas que las Bienaventuranzas.

Por eso labrar el campo que conocemos significa, en su sentido más exacto, esto: trabajar día tras día, gesto tras gesto, palabra tras palabra, para que el corazón de los hijos no se endurezca. La pedagogía cristiana, en su núcleo, no es transmisión de información ni siquiera transmisión de «valores»: es custodia —conducción y promoción, dice Santo Tomás— de una capacidad de ablandamiento, indelegable a terceros y, menos, subordinada a que tales o cuales conductas sean o no declaradas ilegales.

No estamos labrando para nosotros mismos —el aviso es severo, casi conmovedor en su humildad: no veremos los frutos—. Estamos labrando para los que vendrán. Para esos hijos que mañana enfrentarán mundos que no podemos siquiera imaginar. Para esos nietos que todavía no han nacido y a quienes nuestro silencio o nuestra palabra, nuestra oración o nuestra omisión, les dejará una tierra cultivable o un desierto. La paternidad cristiana es, en este sentido, una agricultura de largo plazo: se siembra contra la propia generación, se cosecha en las siguientes, y la verdadera medida del oficio no es lo que vemos en nuestros hijos —que muchas veces nos desconcierta o nos hiere—, sino lo que nuestros hijos podrán transmitir, a su vez, a los suyos. Y esa cadena se llama, en su sustancia más íntima, santidad: la santidad doméstica, la santidad de los hogares, esa que hace que el corazón llegue blando a la edad adulta y blando a la vejez y blando, sobre todo, a la hora de la muerte.

He aquí, según veo, la misión que la encíclica entrega, sin disimulo alguno, en el párrafo que la nota 187 firma y archiva: padres y madres, custodiad la blandura del corazón de vuestros hijos. Protegedlos del endurecimiento del mundo. Llevadlos al sacramento que disuelve la piedra. Enseñadles a adorar, que es lo que ningún algoritmo podrá enseñarles nunca. Sobre esa tierra fértil —ese corazón de carne, ablandado por el fuego del Espíritu Santo en los hijos— está el presente y el futuro de la civilización del amor.

Porque si la «civilización del amor» dependiera de gestos espectaculares, casi todos estaríamos descalificados. Si la salvación del mundo se jugara en las salas elegantes donde se decide el futuro de la inteligencia artificial, los pobres y los pequeños estaríamos condenados al rol de espectadores. Pero el párrafo 213 dice exactamente lo contrario: dice que la batalla decisiva se libra en cocinas donde alguien lava los platos sin protestar, en dormitorios donde un padre se despierta a las tres de la mañana para consolar a un hijo, en mesas donde un matrimonio reanuda, después de la discusión, la dificilísima virtud de hablarse, y sobre todo en aquellas escenas mínimas y casi invisibles donde se está formando, sin testigos, el corazón de carne de la próxima generación.

Pero que ningún lector apresurado lo entienda al modo de los humanistas y librepensadores: los campos que conocemos no se labran sin el Labrador. No hay fidelidad pequeña que no sea, en el fondo, fidelidad participada. No hay matrimonio que dure sin la sangre del Cordero corriendo por debajo. No hay paternidad que engendre verdaderamente vida sin la Paternidad eterna que la sostiene desde antes de todos los siglos. Y no hay, sobre todo, corazón de piedra en un hijo que se vuelva corazón de carne si no es porque, en algún momento, otro Corazón —traspasado por una lanza, abierto de par en par sobre la tierra reseca de la historia— derramó sobre él el agua y la sangre que lo ablandaron, y porque el Espíritu Santo —ese Fuego de Pentecostés que sigue descendiendo donde se le invoca— encontró en él, gracias a unos padres que lo prepararon en silencio, materia capaz de arder. Si el Señor no construye la casa —dice el Salmo, y lo dice con esa contundencia que la liturgia repite cada miércoles en las Completas—, en vano trabajan los que la construyen. En vano. La palabra es terrible y misericordiosa a la vez: terrible porque desmiente todo pelagianismo doméstico, misericordiosa porque libera a los padres cansados —es decir, todos— de la carga imposible de tener que salvarse a sí mismo y a los suyos.

El hombre que pretende sostener a su familia con sus solas energías —y aquí toda alma honesta sabe de qué hablo— termina, antes o después, como Denethor: contemplando su propio Palantír interior, persuadido de que el adversario es invencible, prefiriendo el fuego al cansancio. Pelagio nunca ha podido con un solo matrimonio que durase cincuenta años. Y es que la fidelidad ordinaria —esa que Chesterton llamaba extraordinaria— no es una virtud natural perfeccionada: es una virtud sobrenatural disfrazada de costumbre.

El realismo de no ser capaces de hacer el bien que queremos sino el mal que no queremos obliga a volver, una vez más, al centro. Al verdadero centro, que no es Tomás, ni Chesterton, ni Tolkien, ni siquiera la familia como institución natural: es Cristo. Y conviene volver con palabras suyas, porque las mías son vacías. Sin mí, nada podéis hacer. No «poco». No «menos». Nada. Es la sentencia más radicalmente realista que se ha pronunciado nunca sobre la condición humana, y la modernidad la ha escuchado como si fuera una hipérbole devocional cuando es, literalmente, la verdad radical de nuestra situación.

Esto es lo que la modernidad no logra entender: el sacramento del matrimonio no es un contrato natural y civil bendecido; es una participación, modesta pero verdadera, en las nupcias del Cordero. Por eso —y sólo por eso— labrar el campo que conocemos es posible. No porque seamos fuertes. Somos débiles. No porque seamos virtuosos. Somos pecadores. Sino porque hay Alguien que ya labró antes, y mejor, y para siempre, el campo definitivo —y no era de golf—: el del Calvario, donde la finitud humana —la misma finitud que Denethor no pudo soportar— fue asumida, abrazada, transfigurada por un amor que no era de este mundo. La familia es el primer lugar donde esa buena noticia se encarna cada día, en la repetición humilde de los gestos que parecen no contar para nadie y cuentan, en realidad, para todo. De ahí que las «fidelidades pequeñas y tenaces» que León XIV nombra no sean —no puedan ser— meras virtudes adquiridas por costumbre. Son la manera concreta en que el Espíritu Santo, dos mil años después de Pentecostés, sigue descendiendo sobre los hogares donde se le invoca, permitiendo extirpar el mal en el campo que conocemos.

Eso es lo que firma la nota 187. Ahí está Gandalf hablándole a Denethor, y a través de él —en plena voz magisterial, no en susurro—, el Papa León hablando a cada uno de nosotros, en esta hora en que las pantallas brillan más que las estrellas. Magnifica Humanitas no es, según pienso, un documento sobre la inteligencia artificial. Es un documento sobre el corazón humano, sobre cómo evitar que se petrifique bajo la presión del silicio, sobre cómo transmitirlo a la generación siguiente todavía blando, todavía permeable, todavía capaz de ser inflamado. La IA no es el enemigo: la IA es el síntoma. El enemigo verdadero es la petrificación. Y el remedio verdadero —el único remedio, no hay otro— es Cristo que sigue diciendo a cada hogar lo mismo que dijo a sus discípulos la última noche: permaneced en mi amor. Porque sin esa permanencia, sin esa savia, sin esa Presencia escondida pero real, ninguna marea será dominada, ningún bien haremos en los días que nos toque vivir, ningún mal será extirpado en los campos que conocemos, y ninguna tierra limpia para la labranza será dejada para los que vendrán.

Autor: Álvaro Ferrer del Valle

Editor Revista Suroeste
Director Ejecutivo de Comunidad y Justicia 

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