26 06 26 luminoso cansancio amar

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Sobre la paternidad como escuela de entrega y felicidad

«La felicidad sólo es real cuando es compartida». Esa es la conclusión a la que llega Chris McCandless, el viajero estadounidense que dejó todo lo que tenía para emprender un viaje a Alaska y conectar con la naturaleza. Su vida quedó inmortalizada para siempre en el libro Into the Wild, que después fue adaptado al cine.

A lo largo de su viaje, McCandless conoce a personas de todo tipo: jóvenes y viejos, hippies y trabajadores. Todos dejan una marca en él, pero McCandless, movido por su afán de llegar a Alaska, los deja, sin excepción, atrás. Sin embargo, el mensaje que finalmente deja queda reflejado en la frase que el mismo McCandless escribe en los márgenes de su copia de Doctor Zhivago. «La felicidad sólo es real cuando es compartida». Lo escribe alguien que, habiendo establecido relaciones significativas con muchas personas, eligió la soledad, y la frase la escribe desde ahí, añorando a quienes libremente dejó atrás. Las siguientes líneas tienen relación con esta necesidad del ser humano a salir de sí mismo y darse a otro semejante a él. Esta necesidad encuentra incontables formas de ser saciada, pero quisiera detenerme de manera especial en una vivencia humana particularmente excelente: la paternidad.

Tomás de Aquino, complementando la visión de Aristóteles como animal político, declaró que el hombre es un ser social. Su visión, propia de la antropología cristiana, nos muestra que el ser humano tiene una interioridad tan vasta e inabarcable, que si nos miramos solamente a nosotros mismos estaremos intentando llenar un abismo sin fondo. Podemos intentar llenarnos de experiencias poderosas, de satisfacciones y de placeres, y aunque todo eso está bien, si solamente están dirigidas hacia nosotros mismos, terminamos dándonos cuenta de lo mismo que vio McCandless: que nada de eso es plenamente real, nada de eso nos llena verdaderamente, si no es compartido con alguien más.

Santo Tomás afirma que la persona es lo más perfecto en toda la naturaleza (S. Th., I, q. 29, a. 3). Con esto no hay que pensar que todas las demás criaturas son menospreciables, o poco importantes, sino que la máxima dignidad entre los seres pertenece al ser personal. El ser personal es único, irrepetible, abierto a la verdad gracias a su racionalidad y espiritualidad. Esto lo lleva a desarrollar un mundo interior que busca inevitablemente ser comunicado. Basta ver la experiencia cotidiana para corroborar esto: una persona que no se sabe escuchada está frustrada, enojada o triste, o todas las anteriores. Y no queremos ser escuchados por las piedras, ni por los animales. Queremos que nos escuchen los que son como nosotros.

Todo ser humano quiere ser feliz. El motor detrás de todas nuestras acciones, de todas nuestras decisiones, es llegar a aquello que llamamos felicidad, y el problema está en que no sabemos exactamente en qué consiste eso. En la Ética a Nicómaco, Aristóteles plantea algunos requisitos que la felicidad sí o sí debe cumplir: que responda a una actividad propia del hombre, que sea un fin en sí misma y no un medio para otra cosa, y que tenga cierta estabilidad y autosuficiencia. Si miramos la primera exigencia, es decir, que proceda de una actividad propia del grado de vida racional, nos encontraremos con que entonces, la felicidad debe tener que ver con la razón. Y, dentro de esta vida racional, podemos indagar aún más para darnos cuenta de que el ser racional es un ser personal, con una vida interior que mientras más se utiliza, más se desarrolla, como una olla en ebullición que siempre se mueve y siempre produce un calor que busca salir. Es importante considerar que el agua hierve de forma caótica y descontrolada, mientras que nuestra intimidad está empapada de razón. Sin embargo, la imagen demuestra con suficiente claridad que la felicidad no la encontramos tapando la olla y guardando toda esa actividad dentro nuestro: cualquiera que haya hecho exactamente eso con una olla hirviendo sabrá que el resultado es desastroso. Al contrario, hay que dejar que ese movimiento salga, que siga creciendo, y en la persona ese crecimiento cobra sentido pleno cuando es recibido por alguien que tenga la capacidad de hacerlo: alguien que comparta su misma dignidad, su misma profundidad, su misma apertura a lo infinito. Conviene aquí precisar que esto es un sencillo excurso de la antropología clásica, que hace más énfasis en la vida virtuosa que en la comunicatividad de la intimidad humana. Sin embargo, la vida virtuosa se da en la comunión con un otro, y es ese punto el que quiero resaltar.

Lo que dice Aristóteles no es solamente una afirmación de un hombre sabio que vivió hace más de dos milenios. Es particularmente interesante revisar el Harvard Study of Adult Development, que el año 2023 fue publicado en el libro The Good Life, de Robert Waldinger y Marc Schulz. Dicho estudio afirma ser la investigación más larga sobre la felicidad que jamás se ha hecho, analizando datos durante más de 80 años, y su principal hallazgo tiene una convergencia muy clara con lo que afirma la filosofía clásica: la clave para la felicidad está en llevar una vida donde no nos hemos encerrado en nosotros mismos, sino donde hemos construido relaciones interpersonales significativas, estables y fuertes.

Salir de nosotros mismos para lograr el encuentro con otro requiere cierta renuncia y también varios ajustes en nuestra propia vida. Sabemos que no basta con decir lo que queremos, sino que, si queremos que nos entiendan, tenemos que amoldarnos a quien nos escucha. Y, en el camino, nos damos cuenta de que el otro también tiene la misma necesidad de ser escuchado, y para establecer conexiones reales, tenemos que recibir también lo que él nos quiere dar. El concepto de renunciar a mí mismo para conectar con otro surge de nuestras propias necesidades como seres humanos, pero esta renuncia siempre implica cierta dificultad, y quizás no ha habido ninguna otra época en la historia donde sea más difícil que hoy. El discurso predominante es, justamente, el contrario a este aspecto de nuestra naturaleza. Según nuestra época, somos más felices en la medida en que nos pongamos a nosotros mismos en primer lugar. «Porque tú lo vales», nos dice L’Oréal a las mujeres. Y no nos están diciendo una mentira: es verdad que valemos, y que valemos mucho. Tenemos una dignidad inconmensurable, basada en ser hechos a imagen y semejanza de un Dios infinitamente perfecto, y todo ser humano es digno de ser amado de acuerdo a esa infinitud. Pero pasa que toda tentación siempre debe contener algo de verdad, y en este caso, esa verdad radica en que el amor a uno mismo debe estar en la raíz de todo otro amor. Es verdad que no se puede amar a nadie si primero uno no se ama a sí mismo. Tomás de Aquino hablaba de la necesidad de un amor hacia uno mismo, basándose en el mandamiento del Evangelio de «ama al prójimo como a ti mismo» (S. Th., II-II, q.25, a.4). El problema está en que, quizá, en nuestra época nos hemos quedado sólo en el amor a nosotros mismos, y hemos olvidado que este amor no es el último paso al que buscamos llegar, sino el primero: es la base que posibilita la salida hacia un encuentro real con el otro.

Así pues, nos vemos en una situación compleja para la felicidad humana en nuestro mundo actual. Tenemos la necesidad de abrirnos a otros, de salir hacia ellos y abrirnos a su amplitud personal, pero pareciera que casi todo está diseñado para ponernos a nosotros mismos en primer lugar. La publicidad y las comodidades que nos rodean nos empujan a satisfacer nuestras propias necesidades con el mínimo esfuerzo posible, y escapar de esta lógica implica trabajar de forma consciente por ir contracorriente. Ante esta realidad, se contrapone otra igual de humana: la paternidad, que hace chocar a la persona de lleno contra la verdad de que no podemos tener absolutamente todo bajo control en nuestras vidas. Es como un shock que obliga a los flamantes padres a salir de la cotidianeidad donde cada placer y satisfacción está a la mano, y enfrentarse al hecho de que ahora deben esforzarse para satisfacer necesidades que ni siquiera son suyas, sino de un ser pequeño e indefenso que depende totalmente de ellos. La paternidad nos enfrenta a una contradicción vital a la que nuestro mundo contemporáneo no nos prepara en lo más mínimo: hay una persona a la que amas más que nada en el mundo, pero al mismo tiempo que llena la vida de sus padres de alegría, también los llena de dolores de cabeza.

Esto va en contra de todo lo que se nos propone actualmente. Incluso en relaciones de pareja, hoy en día se ha visto más de una vez una denuncia en contra del amor romántico, ese que propone que pongamos a la otra persona primero. En la paternidad, en cambio, es imposible huir de este aspecto del amor. Las necesidades humanas más básicas de los padres deben ser, muchas veces, pospuestas. ¿Tienes sueño? Bueno, resulta que tu hijo de tres meses tiene hambre. Y se asegurará, con su llanto, de que no concilies el sueño hasta que su hambre haya sido saciada. Probablemente son pocos los padres que, ante esta situación, puedan mantener la alegría y el buen ánimo (aunque, sin duda, hay gente muy virtuosa que lo logra). Sin embargo, incluso los que respondemos a todas las necesidades de nuestros hijos sin una sonrisa llena de ternura, sino con la mirada ausente propia del piloto automático que se asume para sobrevivir, no podemos negar que lo hacemos movidos por un amor más intenso y auténtico del que jamás imaginamos que podíamos sentir. ¿Es un amor lleno de comodidad y placer? Ciertamente no. ¿Es un amor, entonces menos pleno que el que podamos sentir por alguien que no me quite esos bienes? Jamás. Al contrario, sabemos que el amor que sentimos por esa criaturita inflama nuestro corazón de una manera que supera lo que las palabras pueden describir.

Así pues, ser padres viene a forzar de una manera casi impetuosa una serie de consideraciones sobre la felicidad que nuestra cultura actual dificulta mucho hacer. Incluso aunque tengas dinero y recursos, lo que facilita mucho la realidad de ser padres (puedes contratar enfermeras nocturnas, babysitters, expertos en estimulación temprana, y un largo etcétera), hay dificultades e incomodidades de las cuales es imposible esconderse. Basta con preguntar a cualquier mujer que haya estado embarazada. Y esto es una excelente noticia. Hoy en día las personas no se animan a tener hijos tan fácilmente como antes, y una posible causa radica en que el mundo actual contradice una gran parte de lo que significa ser padres. Pero, incluso con las dificultades propias de la paternidad, se alza por encima de ellas una realidad aún mayor: que, en el volcarse hacia el hijo por amor, los padres encontramos la respuesta a una llamada que responde a lo más profundo de nuestra naturaleza humana. Y en esa respuesta, encontramos una felicidad profunda y verdadera. Todos los sufrimientos y dificultades propios de la paternidad cobran así un sentido que va contra lo que el mensaje contemporáneo nos dice sobre el bienestar: si dichos dolores están fundados en el amor a un otro, si va más allá de mí mismo, forman parte de una felicidad indescriptible. Parece contradictorio que alguien que duerme tan poco, que no puede ir en paz al baño ni puede terminar de comer un plato de comida mientras aún está caliente pueda sentirse tan pleno y feliz. Y, sin embargo, bajo la locura de la lógica del amor, es perfectamente posible y así lo confirman incontables experiencias de tantos padres.

Las ideas que propongo no son una invitación a tener hijos a diestra y siniestra, buscando solucionar los problemas de nuestro mundo moderno. Contribuir a traer a una nueva persona a este mundo es, quizás, lo más milagroso en lo que podemos participar. Cada hijo es un alguien irrepetible que contribuye algo a la realidad que absolutamente nadie más puede hacer. Por lo tanto, la decisión de abrirse a la posibilidad de ser padres debe ser tomada con todo el peso que merece, y no como un medio para un fin, aunque ese fin sea la noble causa de ayudar a remediar la entrega de este mundo al placer y a la inmediatez. Lo que busco, en cambio, es abrir la reflexión sobre cómo todo ser humano, tenga o no tenga hijos, está hecho para ser feliz, y esa felicidad sólo se encuentra en la donación a un otro que sea, de alguna manera, tan “otro” como yo, es decir, que dentro suyo tenga una intimidad profunda, única e irrepetible que pueda recibirme a mí, y yo a él. Dicha donación se da en el amor al otro y encuentra numerosas expresiones, lo cual tiene todo el sentido del mundo, ya que, si por nuestra naturaleza estamos abiertos a la infinitud, también serán infinitas las maneras de llevar a cabo nuestra vocación. Entre ellas, quizá la paternidad es la que más claramente deja de manifiesto el llamado del ser humano a darse a los que ama para encontrar la auténtica felicidad.

Finalmente, es necesario hacer referencia al motivo último por el cual esa llamada a ser don para los demás responde tan cabalmente a nuestro afán de felicidad. Los que tenemos la gran fortuna de haber recibido el regalo de la fe creemos firmemente en que no nos hemos creado a nosotros mismos, y que detrás de nuestra creación no hay una especie de fuerza extraña y desconocida, sino una persona. Y no cualquier persona, sino La Persona: Dios mismo, que en el colmo del amor dice, en el relato del Génesis, «hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza» (Gn 1, 26). Es por esta semejanza que podemos conocer la verdad, que tendemos hacia el bien, y que gozamos con la belleza. Es por esta semejanza que estamos abiertos al amor. Y, de forma especialmente relevante para los temas aquí tratados, no hay que olvidar que estamos hechos a imagen y semejanza de un Dios que no es un Dios solitario, sino que Él mismo es comunión perfecta de personas. El misterio de la Santísima Trinidad es, en muchos sentidos, totalmente incomprensible para la razón humana, pero deja un mensaje que sí es muy claro: Dios, ejemplo de amor perfecto, es comunión. Y nosotros, hechos como Él, tenemos en lo más hondo de nuestro ser la necesidad de darnos a otro y de entrar en comunión con otras personas.

Como siempre, Dios no se deja ganar en generosidad. Los padres que aman profundamente a sus hijos ya tienen ante sí esa felicidad inefable que resulta de un amor verdadero y desinteresado. Pero cuando esos padres han abrazado la fe, ese mismo amor se multiplica de maneras que trascienden toda la imaginación humana. Los mismos sufrimientos que conlleva la paternidad, mencionados anteriormente, ya no sólo cobran sentido por el amor que se tiene por el hijo, sino que además quedan afianzados en la lógica del amor redentor de Cristo por su Iglesia. Ya no se sufre sólo por amor al hijo, sino también por amor a Aquél que sufrió primero por nosotros. Y en la entrega que vivimos por nuestros hijos, los padres experimentamos el gozo de vivir esa comunión que busca asemejarse a la comunión trinitaria.

Antes señalé que todos estamos hechos para hacer un don de nosotros mismos y entregarlo a otro que lo quiera recibir. Esto se puede observar y corroborar en lo que la misma naturaleza humana nos dice: basta con mirar cómo funcionamos los seres humanos, y cuáles son nuestras tendencias. Pero esta idea cobra una fuerza potente e imparable cuando es alumbrada por la fe. San Juan Pablo II lo afirmó con una claridad que yo jamás podría lograr con mis palabras, por lo que me valgo de las suyas: «El hombre se convierte en imagen de Dios no tanto en el momento de la soledad, cuanto en el momento de la comunión. Efectivamente, él es “desde el principio” no sólo imagen en la que se refleja la soledad de una Persona que rige al mundo, sino también y esencialmente, imagen de una inescrutable comunión divina de Personas» (Juan Pablo II, Audiencia general, 14 de noviembre de 1979). También lo afirma el Papa León XIV en Magnifica Humanitas, al recordar el fundamento primero de la Doctrina Social de la Iglesia. Nos enseña que esta «nos conduce al corazón mismo de nuestra fe: el misterio del Dios viviente, revelado en Jesucristo como comunión de personas; Padre, Hijo y Espíritu Santo: amor en relación, que se da recíprocamente y se comunica al mundo. (…) El ser humano está llamado a la comunión con Dios y “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo”; su vocación más profunda es la de entrar en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido.» (Magnifica Humanitas, n. 48).

Como tan bellamente nos recuerda san Agustín en el primer libro de sus Confesiones, hemos sido hechos para Dios. Así pues, todos estamos llamados a tender la mano para entrar en comunión con Él. Y Dios ha querido para sus hijos que estemos rodeados de otros como nosotros para que encontremos, en la comunión con ellos, un signo y participación de nuestra comunión con Él. Los que somos padres tenemos el gozo infinito de contar con nuestros hijos como un recordatorio constante de para qué hemos sido hechos, y cuál es el sentido de nuestros esfuerzos: vivir con amor a otros para el Amor con Dios.

Autor: Francisca de los Hoyos

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