02 07 26 san pedro

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Una reflexión a propósito de la solemnidad de san Pedro y san Pablo

Ante las dos columnas

A pocos días de pasada la solemnidad de san Pedro y san Pablo —a quienes la Iglesia suele llamar «las dos columnas», esas que contempla juntas sin confundirlas—, mi primer impulso fue escribir sobre ambos, cediendo más bien a la costumbre de volver sobre el paralelo clásico entre el pescador de Galilea y el apóstol de los gentiles.

Pablo aparecía con la fuerza de un destino natural. Su figura apela de inmediato a quien busca el orden de las ideas: es el hombre que pensó y formuló muchas de las verdades teológicas sobre las que todavía descansa nuestra fe. Me atraía la hondura del antiguo Saulo de Tarso, aquel perseguidor incansable que, camino a Damasco, cayó derribado por una voz que atraviesa los siglos y todavía hoy interpela a la humanidad: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9, 4).

Sin embargo, siempre terminaba volviendo a San Pedro. Cuanto más repasaba las cartas paulinas, con mayor nitidez mi imaginación dibujaba al rústico pescador siguiendo los pasos de Jesús. Pablo exigía el asentimiento del intelecto; Pedro encontraba, casi sin pedir permiso, el acceso directo al corazón.

Tal vez esta preferencia radique en que la figura de Pedro, aun en el papel, conserva el espesor entrañable y a veces áspero de la condición humana, ofreciéndonos un espejo cercano donde nos vemos reflejados: en la audacia de su entusiasmo desbordante, pero también en la gravedad de sus caídas rotundas y en el misterio de esas constantes vueltas a Cristo; porque Pedro cae, pero siempre se levanta.

El pescador de Galilea

Antes de que su nombre quedara unido para siempre a las llaves del Reino y a la sucesión apostólica, Pedro fue Simón: hijo de Jonás, pescador de Galilea. Vivía arraigado en un mundo de exigencias domésticas, con casa, familia y afectos concretos que los evangelistas no dudan en evocar al recordar que Cristo entró en su hogar para sanar a su suegra. Su primer encuentro con el Maestro comenzó lejos de toda solemnidad abstracta, la jornada en que su hermano Andrés le anunció haber encontrado al Mesías. Andrés, que venía de seguir a Juan el Bautista, había estado presente cuando el profeta alzó la voz para señalar a Cristo como el que ha de venir.

Sin embargo, la vocación tomó forma definitiva entre la madera húmeda de una barca y el trabajo extenuante de hombres acostumbrados a ganarse el pan cada madrugada. En ese escenario de redes remendadas y jornadas estériles, Cristo irrumpe para alterar la cotidianidad de sus vidas. Es ahí donde pronuncia aquel encargo desmesurado que transfiguraría el oficio en misión: «Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5, 10).

Aquellas redes abandonadas en la playa eran mucho más que herramientas de trabajo; dejarlas implicaba soltar la seguridad tangible del pan y el amparo de la familia. Era arrojarse, sin mapas ni programas, al vértigo de una voz que ensanchaba el corazón hacia lo desconocido. Desde ese momento, revestido con su nuevo ministerio como pescador de hombres, Pedro seguiría los pasos de Jesús, dedicando su vida a anunciar el Reino y a recoger las almas para Dios.

Tú eres piedra

Ese mismo pescador que aprendió a soltar sus amarras recibe, en el camino hacia Cesarea de Filipo, un encargo mayor: la misión de ser roca visible de la Iglesia. Es allí donde Jesús interroga de manera directa a los suyos con una pregunta que atraviesa las épocas y cae sobre cada pueblo y generación como si fuera pronunciada por primera vez: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?» (Mt 16, 15).

Ante ella, Simón da el paso al frente para declarar: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). A esa confesión sucede la réplica de Jesús, que le confiere en ese instante su segundo y más célebre nombre mediante una promesa fundacional cuyo peso todavía estremece la historia:

«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16, 17-19).

La certeza de Pedro no brota de la razón; le es dada desde el Padre, naciendo del espíritu y del amor. Su fe no se sostiene en una abstracción teórica, sino en la adhesión absoluta a la persona de Jesucristo. Santo Tomás de Aquino, al recoger la voz de los Padres de la Iglesia en su Catena Aurea, permite vislumbrar la continuidad viva de este misterio: el modo en que un humilde hombre de la periferia recibe una misión que lo excede infinitamente. Es una tarea que solo se sostiene desde la confianza en la gracia, un don divino que actúa a través de él sin borrar jamás su frágil condición humana.

La fragilidad del hombre

Nos fascina la grandeza de este momento, pero a menudo olvidamos que la piedra es también un hombre que vacila. Es el mismo Pedro que, según narra el Evangelio, camina sobre las aguas y empieza a hundirse cuando siente la fuerza del viento y aparta su confianza de Jesús (Mt 14, 28-31), recordándonos que bastan el cansancio o el ruido del mundo para que el abismo reclame nuestras antiguas caídas.

El itinerario de Pedro avanza de este modo entre la confesión de la fe y la fragilidad del temperamento, haciéndose evidente en el lavatorio de los pies, cuando se resiste a que el Maestro se incline ante él, o en el huerto, donde desenvaina la espada para defender a Jesús según la lógica torpe de la violencia humana, intentando salvarlo de la cruz que precisamente había venido a abrazar.

Todo este vaivén interior confluye en la escena de la noche de la traición, donde el alma de Pedro no se derrumba en un debate teológico, sino que cede poco a poco ante la incomodidad de unas conversaciones menores con criados y guardias junto al fuego. Al negar tres veces conocer al Maestro, movido por el miedo y buscando refugio en el anonimato, Pedro experimenta entonces la más amarga de las heridas: descubrir que, cuando el temor pesa más que la fidelidad, también el que ama es capaz de traicionar lo amado.

El canto del gallo irrumpe entonces como un relámpago que quiebra la noche y empuja a Pedro a salir para llorar amargamente. Es un llanto que brota de la vergüenza de saber que su falta no ha sido un simple tropiezo más, sino una renuncia consciente frente al mismo Hijo de Dios; una certeza desgarradora que hace la caída infinitamente más dura. Imaginar a Pedro, confrontado con el peso de su propia fragilidad en ese instante tan dolorosamente humano, no puede sino conmovernos profundamente.

Apacienta mis ovejas

La restauración final, que culmina esta serie de tres misiones, acontece en la orilla del lago Tiberíades bajo la luz del amanecer, en un paisaje que recuerda al de la primera llamada en Galilea. Jesús resucitado no formula cargos ni exige garantías imposibles a Pedro, sino que vuelve tres veces sobre la llaga con variaciones de una única pregunta esencial: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn 21, 16).

Desarmado de sus antiguas presunciones y entristecido por la insistencia del Maestro, Pedro ya no promete prisiones ni martirios. Entrega, en cambio, su propio amor a la mirada absoluta del Señor al responder: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero» (Jn 21, 17).

Tras esta humilde confesión desde la herida, Pedro recibe aquel triple y definitivo encargo: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 17). Al conjugar los verbos del Maestro —apacentar, cuidar, pastorear—, la misión se aleja de cualquier noción de dominio y se revela como una tarea de pura entrega. Implica nutrir con la verdad, proteger contra la intemperie y acompañar, con paciencia, el paso del rebaño. Tal vez por eso pocos títulos expresan mejor la verdad de quien ocupa su cátedra que aquel que la tradición ha consagrado para sus sucesores: siervo de los siervos de Dios.

Esta sucesión de nombres y ministerios —pescador de hombres, roca, pastor— no responde a un proceso de maduración o crecimiento; es, de manera radical, una iniciativa soberana de Cristo. Por eso, la firmeza de la roca de la Iglesia no se asienta en la ilusión de una piedra sin grietas, sino en un hombre atravesado por el perdón, cuya autoridad se convierte en servicio porque conserva intacta la memoria de haber sido salvado de la noche. Aquí resplandece la teología de la gracia: aquella que no contradice la naturaleza humana ni la anula, sino que la eleva y la perfecciona. Pedro llegó a ser todo lo que, dadas sus miserias y caídas, le era imposible alcanzar por sus propios medios. Su transformación no es el triunfo de un mero empeño humano, sino el fruto del abandono confiado en Cristo, donde el don divino fecunda la tierra precaria del discípulo.

Volver desde la noche

Al contemplar la figura de Pedro, resulta liberador comprender que el Evangelio no fabrica santos de porcelana. Al contrario, deja a la vista de todos las redes remendadas y las lágrimas de la negación, enseñándonos que la debilidad pesa, pero nunca dicta la última palabra. Mirar el espejo de su vida nos obliga a pensar en nosotros mismos. Nos recuerda de forma entrañable que, aun siendo vasijas de barro, si dejamos que la gracia nos moldee podemos llegar a ser aquello que Dios ha dispuesto para nosotros.

La Iglesia, mirada desde su primer vicario, nos impide absolutizar nuestras propias faltas y nos recuerda que, a pesar de haber buscado calor en fuegos equivocados o haber mirado el viento con cobardía, el camino de regreso hacia el Maestro siempre permanece abierto. Lejos de rebajar la exigencia de la santidad, la historia de Pedro nos demuestra que Dios no busca hombres perfectos, sino corazones dispuestos a dejarse mirar por Cristo y a amarlo con la misma radicalidad con la que el Apóstol lo amó hasta el final.

Pedro llegó a ser roca y pastor sin dejar nunca de venir de aquella orilla de Galilea, uniendo en su propia carne la confesión de la fe, la misericordia del Maestro y la tarea de confirmar a sus hermanos. Su extraña y reconfortante cercanía radica justamente ahí: en haber estado al comienzo de todo el misterio eclesial y, al mismo tiempo, permanecer de un modo entrañable cerca de nuestras propias e imperfectas vidas.

Autor: Francisco Javier Valdés Costa

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