16 0626 chesterton umbral casa

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Un atisbo al alma de quien cooperó en la conversión de tantos

El siguiente aviso de C. S. Lewis debería figurar, con letras rojas, en la solapa de todo libro de Chesterton: que el joven deseoso de seguir siendo un ateo respetable haga el favor de vigilar sus lecturas. Lo decía por experiencia propia, como quien señala un tramo de hielo después de haberse caído en él. Lewis abrió El hombre eterno siendo un incrédulo competente y lo cerró con la incómoda sospecha de que el cristianismo, además de consolador, era verdadero. No fue el único accidente. Marshall McLuhan entró en la Iglesia en 1937 confesando que, de no haber tropezado con Chesterton, habría seguido siendo agnóstico por muchos años. Dorothy Sayers, Dale Ahlquist, una procesión de nombres que ya nadie termina de contar. Si la santidad se midiera por estadística de conversos, Chesterton tendría altar propio, y con vidriera.

Y sin embargo Roma no tiene ninguna prisa. La causa ni siquiera se ha abierto formalmente [1]. Aquí está la primera paradoja, y es de las buenas: lo que en cualquier otro oficio sería el currículum decisivo —la cosecha, los resultados, la conversión de multitudes— es justamente lo que vuelve a la Iglesia más lenta, no más rápida. El mundo canoniza por el éxito. La Iglesia, que es más vieja y más sabia, desconfía de él.

Desconfía con razón, y con una razón que parece un chiste y es un dogma. Aprendió hace siglos que un hombre puede encender hogueras en las almas ajenas sin calentar la propia. El don de la palabra —enseña Tomás— se da para los demás, no para santificar al que habla; es una de esas gracias «gratis dadas» que pasan por el alma como la luz por el vidrio, sin quedarse. Caifás profetizó sin saberlo y sin merecerlo, y nadie ha propuesto su canonización. Y, por si quedara duda, el mismo Señor que nos dio la regla —«por sus frutos los conoceréis»— se apresuró a quitarnos la versión cómoda: tres versículos más abajo advierte que vendrán hombres alegando profecías y milagros hechos en su nombre, y les dirá que nunca los conoció. De modo que el Maestro que nos manda mirar los frutos nos prohíbe, en la misma página, la lectura perezosa de la regla. El fruto que delata al árbol no es la muchedumbre que alimentó, sino la clase de árbol que es.

Y aquí la cosa se pone, como diría Chesterton, alegremente seria. Porque conviene mirar no cuántos convirtió, sino hacia qué. Un hombre meramente ingenioso hace discípulos de su ingenio, y deja tras de sí pequeños escépticos brillantes, copias de su propia astucia. Chesterton hacía discípulos de la gratitud. Lewis confesó algo que ningún silogismo explica: que lo quería por su bondad, aun teniendo su cristianismo por una desgracia. McLuhan no dijo que Chesterton lo hubiera convencido, sino que le había impedido que la desesperación se le hiciera costumbre. Eso ya no es una partida ganada: es una herida curada. Y aquí asoma el quid filosófico, dicho sin solemnidad: se puede falsificar un razonamiento, pero no se puede falsificar la alegría de un hombre durante cuarenta años. El ingenio se imita; el gozo, no: el gozo se contagia, y sólo contagia quien lo tiene. El vino sabe a la viña; de lo que abunda en el corazón habla la boca, y nadie rebosa de lo que no tiene dentro. Cuando el fruto tiene forma de caridad —cuando sana, cuando da esperanza, cuando deja a la gente más agradecida de lo que la encontró—, la explicación más sobria de esa forma es que había caridad en la raíz. No es prueba. Es sabor. Pero el sabor es una pista que ningún tribunal serio desprecia.

Hay además una pista que el ingenio no sabe fingir: la constancia. Un carisma parpadea; un hábito arde parejo. Cualquiera sostiene el buen humor en una comida con amigos y cerveza; sostenerlo cuarenta años, contra el cansancio de la columna diaria, la deuda, la enfermedad y la polémica perpetua, ya no es talante: es virtud. Y eso, ni más ni menos, es lo que la Iglesia entiende por heroísmo en la virtud: no el gesto alto y aislado, sino el bien obrado pronta, fácil y gozosamente, lo mismo en lo extraordinario que en el tedio de los miércoles. La alegría de Chesterton no fue fuego de artificio para las grandes ocasiones; fue una brasa doméstica y terca, encendida cada mañana sobre la cuartilla en blanco. Esa terquedad de la dicha es la huella de un hábito, no de un humor.

Y está el modo de sus combates, que es quizá la pista menos sospechosa de todas, porque el don de la palabra sirve para refutar a un hombre, no para quererlo. Chesterton libró las polémicas más ásperas de su tiempo —contra Shaw, contra Wells, contra media intelectualidad de Londres— y salió de casi todas con los adversarios vueltos amigos. A Shaw, su contrario de por vida, lo quiso como a un hermano: discutían en los periódicos y cenaban juntos sin rencor. Y Wells, el ateo, le escribió en 1933 que, si al cabo su «ateología» resultaba falsa y la teología de su amigo verdadera, confiaba en colarse en el cielo, sencillamente, como amigo de Chesterton. Discutían, dice el cronista, pero nunca reñían. Eso ya no lo regala ningún carisma: querer al hombre que uno acaba de demoler en letra impresa es un acto, y tiene nombre teológico. Un argumento se gana; que el enemigo derrotado llore en tu funeral se conquista de otra manera, y por otra virtud.

Falta el escrutinio, que es la prueba más larga y la más cruel, porque la santidad se quiebra sobre todo por la hipocresía: por la grieta entre lo que un hombre enseña y lo que un hombre es. El argumento aquí se construye al revés, por lo que no aparece. Los biógrafos han cavado —Maisie Ward primero, el propio instructor de la causa después—, y cuanto más cavan, más coincide el hombre con su doctrina: la misma gratitud, la misma humildad, la misma risa; ninguna doble vida, ninguna crueldad guardada en un cajón. La mayoría de los ídolos menguan cuando uno se acerca; Chesterton es de los rarísimos que crecen. Cuanto más se examina la lámpara, menos parpadea.

Casi. Porque una columna chestertoniana que se respete no puede maquillar al difunto, porque al propio Chesterton le gustaban las gárgolas, y solía decir que la catedral es lo bastante honrada como para esculpir sus demonios en el tejado, a la vista de Dios y de los pájaros. Esculpamos, pues, la gárgola. El mismo hombre que en 1933 juró que él y Belloc morirían defendiendo al último judío de Europa repitió, con una terquedad que duele, el viejo infundio sobre los judíos ricos, y lo coló incluso en los artículos donde condenaba a Hitler. Las dos cosas son verdad a la vez, y ése es el escándalo y también la humanidad. Conviene además retirar de la mesa una defensa endeble que sus devotos repiten: la supuesta «exoneración» de la Wiener Library nunca existió en los términos en que se la cita, y la propia institución lo ha desmentido[2] . No se honra a un candidato a los altares con coartadas frágiles; se le honra con la verdad, que es lo único que la santidad ha pedido siempre. Porque —y esto es lo que los acusadores apresurados olvidan— la virtud heroica no es la impecabilidad. Ningún santo fue inmune a los prejuicios de su esquina del mundo. Lo que la Iglesia pregunta no es si el hombre tuvo manchas, sino si tuvo, habitualmente y hasta el heroísmo, la caridad. Y eso es precisamente lo que una causa sirve para averiguar: si la gárgola era el rostro del hombre o sólo una piedra fea en un tejado por lo demás amplio y luminoso. Esa pregunta no se contesta a gritos en los periódicos. Se contesta mirando despacio.

Conviene, en fin, separar los dos cerrojos que en 2019 mantuvieron la puerta cerrada, porque no son de la misma llave. Que faltara un patrón claro de vida interior, o que pese la sombra del antisemitismo, son cuestiones sobre el hombre, y sólo una indagación honrada y lenta puede zanjarlas. Pero el otro reparo —que no hay culto local en Beaconsfield— no dice nada sobre Chesterton: dice algo sobre nosotros. Un culto no se decreta, pero tampoco se hereda como un defecto: se enciende. El tiempo, la peregrinación, las oraciones de quienes le deben la fe pueden suplir con creces un culto ausente; lo que ni el tiempo ni las peregrinaciones pueden fabricar es una virtud heroica que no hubiera estado allí. De los dos cerrojos, uno es de Dios y el otro es nuestro. Y es de mala educación quejarse de una puerta cerrada cuando uno tiene la mano sobre la llave.

¿Qué ganan, entonces, los frutos para Chesterton? No un halo: una audiencia. No la sentencia, sino el derecho a ser oído. Son humo bastante para encender la lámpara de una indagación, no fuego bastante para declarar santa la hoguera. Y aquí cae la última paradoja, que es la más hermosa de todas. Que la Iglesia, hasta ahora, se niegue a deslumbrarse con los frutos de Chesterton es el cumplido más chestertoniano que podría hacerle. Porque él se pasó la vida diciendo que lo que importa no es el conquistador, sino el niño que da gracias antes de tirar del petardo; no el efecto brillante, sino la raíz humilde; no el éxito, sino el asombro. Al rehusar canonizarlo por sus resultados, Roma no hace sino tomarse en serio su propia doctrina. El hombre que nos enseñó a no fiarnos del mero triunfo está siendo medido, gracias a Dios, por una Iglesia que no se fía del mero triunfo: ni siquiera del suyo. Es, según se mire, la ironía más cruel o la justicia más delicada; y Chesterton, que sabía que ambas suelen ser la misma cosa vista desde el valle y desde la cumbre, se habría reído con esa risa suya que hacía temblar las sillas.

Queda, pues, una puerta entreabierta. No sabemos todavía si el hombre que llevó a tantos a Casa se arrodillaba él mismo al llegar. Pienso que sí. Pero una puerta entreabierta es la cosa más esperanzadora del mundo, porque tiene exactamente la forma de una invitación. Y hacer esperar a un hombre en el umbral de su propia casa, demorado por la misma alegría que él dejó entrar, es una broma tan redonda y tan llena de sentido que sólo pudo haberla inventado Dios. O, en su defecto —y por gracia participada— el propio Chesterton.

Autor: Álvaro Ferrer del Valle

Editor Revista Suroeste
Director Ejecutivo de Comunidad y Justicia

Notas

[1] La indagación preliminar encargada en 2013 por Mons. Peter Doyle (diócesis de Northampton) al canónigo John Udris concluyó en agosto de 2019 con la decisión de no abrir la causa, aducidas la ausencia de culto local, la dificultad de destilar un patrón de espiritualidad personal y la cuestión del antisemitismo. El propio obispo señaló que un sucesor podría reabrirla.

[2] La atribución de una «exoneración» a la Wiener Library procede de M. Coren, Gilbert: The Man Who Was G. K. Chesterton (1989). La propia Wiener Library ha negado haber emitido tal defensa (cf. The Jewish Chronicle, 2013). Conviene, pues, retirarla de la argumentación.

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