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Los Chesterton y la vocación permanente del amor conyugal

La Iglesia ha considerado la posible canonización de Gilbert Keith Chesterton. Dado que fue un hombre casado, debemos contemplarlo en el contexto de su matrimonio y reconocer el importante ejemplo que representa hoy para nosotros sobre lo que significa fundar una familia —aun cuando circunstancias naturales impidan concebir hijos, como le sucedió a él— y sobre lo que implica vivir la vida cristiana laical como cabeza de familia.

Hoy en día, el matrimonio se encuentra bajo ataque. Se ha perdido el respeto por su carácter sacramental. Su definición como un compromiso de por vida entre dos personas de distinto sexo, fundado en un voto mutuo ante Dios, sus familias y sus amigos, ya no se considera un ideal en nuestra sociedad. Incluso los diccionarios reflejan ya una modificación dictada por las modas en la definición de la palabra.

Según Chesterton, el matrimonio es lo único que puede salvar a nuestra sociedad, siempre y cuando lo consideremos como una institución y un sacramento, y no como una mera palabra, tal como se lo trata en Hollywood y en Washington. Chesterton creía en la definición tradicional del matrimonio, es decir, como fundamento de una familia. La familia es la unidad básica de la sociedad, el ladrillo con el que se construye una comunidad. Las familias fuertes forman comunidades fuertes que, a su vez, fortalecen la nación. ¿Qué podemos hacer para alentar y evangelizar a nuestras familias y comunidades, de modo que fortalezcamos nuestra debilitada sociedad?

Necesitamos mirar más de cerca a Chesterton y a su esposa, Frances; debemos contemplar con mayor atención su matrimonio. ¿Podría la unión de Gilbert y Frances ser el ejemplo que nuestra sociedad necesita hoy para revertir las tendencias empeñadas en destruir la familia?

Nuestros padres y todos nuestros antepasados hicieron votos. Chesterton afirma que los votos de nuestros ancestros constituyen la democracia de los muertos. Nuestros antepasados optaron por la vida con sus propias vidas. Después de todo, aquí estamos nosotros: ejemplos vivos de sus matrimonios y familias. La historia de toda sociedad humana nos muestra que las personas forman familias, y que esas familias dan origen a la siguiente generación, y así sucesivamente. La sociedad actual, en cambio, parece empeñada en fracturar las familias, repitiendo el mantra de que el divorcio es la respuesta, de que la felicidad personal está por encima de todo y de que los hijos estarán bien. Pero los pedazos rotos no pueden ni podrán formar una sociedad sólida.

El voto matrimonial es una vocación para toda la vida. Como creemos en la caída del hombre, sabemos que el divorcio es una realidad. Sin embargo, el ideal sigue siendo un matrimonio feliz y para siempre. Y ese ideal, dice Chesterton, es lo que devuelve la salud a la sociedad. Porque allí donde hay matrimonio y se funda una familia, el mundo se vuelve más sano.

A nuestra sociedad le fascina la libertad: la libertad de romper votos y compromisos. Pero esto no es verdadera libertad; es tiranía. Los corazones que sobreviven a un divorcio, a una separación o incluso a una nulidad viven en el desgarro, no en la plenitud. ¿Cómo restauramos, entonces, el ideal? Manteniendo la fe en el ideal del matrimonio feliz y guardando nuestros propios votos. Sabemos que tendremos tiempos buenos y malos. No será fácil, pero nada que valga realmente la pena lo es. Quizás hayamos fallado en el pasado, pero hoy podemos renovar nuestro compromiso con el voto que hicimos.

El ejemplo de Gilbert y Frances Chesterton nos enseña que la verdadera entrega mutua, sostenida durante toda la vida, trae felicidad y fortalece el mundo que nos rodea. Un matrimonio sólido influye en nuestros amigos, en nuestras familias y en nuestras comunidades. Cuando Gilbert se comprometió, le escribió a Frances que anhelaba que incluso los siberianos y los tasmanios supieran de su compromiso y se alegraran por ello. Quería que el mundo entero se regocijara a causa de la nueva entrega que se hacían el uno al otro.

Chesterton nos recuerda que nuestros matrimonios verdaderamente llevan felicidad al mundo entero. Y cuando los matrimonios se quiebran, llevan tristeza al mundo entero. Por eso debemos sostener el ideal e intentar vivir como lo hicieron Gilbert y Frances. Pero ¿cómo hacerlo?

En primer lugar, haríamos bien en repasar nuestros votos matrimoniales: esos que hicimos y que prometimos guardar durante toda la vida, hasta que la muerte nos separe. Prometimos ser fieles, lo que significa que nuestro cónyuge sería la única persona a quien entregaríamos nuestro amor. «En las buenas y en las malas» significa que, cuando las cosas se pongan difíciles —y se pondrán—, eso no será una excusa para divorciarse. Sabemos de antemano que habrá tiempos buenos y malos, y nos comprometemos a permanecer durante los malos, salvo en casos de abuso, por supuesto. «En la salud y en la enfermedad»: la mayoría de los esposos está preparada, al menos en cierto grado, para cuidar al otro ante una enfermedad física, pero retrocede ante la idea de permanecer junto a alguien que atraviesa una enfermedad mental. En el matrimonio no existe tal distinción: nosotros permaneceremos.

«Te amaré y te honraré todos los días de mi vida». No es fácil cumplir los votos. Pero cuando hacemos una promesa, debemos pensar en la seriedad de lo que estamos haciendo. Si hemos firmado un acuerdo prenupcial, ya nos hemos preparado para el divorcio. Y si el divorcio se contempla como una opción futura, las promesas y los votos se hacen sin tener presente el compromiso para toda una vida, por lo que no nacen de un corazón sincero. Unos votos que admiten de antemano su propia ruptura no pueden honrar a una persona durante toda la vida.

El matrimonio es la unión de dos personas incompatibles, y todo su propósito consiste en luchar y sobrevivir a esa incompatibilidad, dijo Chesterton. También afirmó que el matrimonio es un duelo a muerte que ningún hombre de honor debería rechazar. Y amar, según Chesterton, significa amar lo que no es amable. A veces nuestro cónyuge nos resultará difícil de amar, pero es precisamente ahí cuando el amor encuentra su verdadero sentido. Porque, a decir verdad, también habrá momentos en que nosotros seremos difíciles de amar. Si amamos solo cuando es fácil, cualquiera puede hacerlo —dijo Jesús—, incluso los publicanos. Cuando el amor se vuelve difícil, entonces se transforma en virtud. Y así es como nosotros, los cristianos —chestertonianos—, debemos amar.

Es posible que conozcas un matrimonio infeliz. Es posible que tú mismo estés en uno. Quizás te acaban de invitar al segundo o tercer matrimonio de un amigo. Quizás tus mejores amigos acaban de decirte que se van a divorciar. Los matrimonios rotos y los cónyuges separados se han convertido en la norma en nuestra sociedad. Pero esa es una norma contra la que debemos luchar con todas nuestras fuerzas. El matrimonio es demasiado importante como para dejar que Hollywood, Washington o Santiago decidan qué es y cómo funciona. Debemos ser los corazones fieles, los herederos de Gilbert y Frances Chesterton. Debemos guardar nuestros votos para toda la vida y ayudar a otros a hacer lo mismo.

Existe una respuesta a la crisis matrimonial, y esa respuesta es la oración. ¿Y a quién acudir mejor en oración que a una pareja que se mantuvo fielmente casada? ¿Qué pasaría si Gilbert y Frances, juntos, fueran un matrimonio amigo en el cielo al que pudiéramos acudir cuando las uniones de nuestros amigos atraviesan dificultades? Juntos, Gilbert y Frances nos ofrecen un excelente ejemplo de un matrimonio fiel y de corazón sincero.

Gilbert y Frances Chesterton se casaron en 1901 con la esperanza de formar una familia numerosa. Frances le contó a una amiga que había querido tener siete hermosos bebés. Inesperadamente, y después de ocho años y tres operaciones, descubrieron que eran infértiles.

La infertilidad es una prueba y, sin duda, uno de esos momentos malos mencionados en los votos matrimoniales. Quizás conozcamos matrimonios que se han divorciado por esta causa, o cónyuges que se han vuelto amargos o resentidos debido a ella. Algunos han caído en la depresión, o en cosas peores. Pero no Gilbert y Frances.

Gilbert y Frances aceptaron la carga inesperada de la infertilidad abriendo las puertas de su hogar a los hijos de amigos, vecinos y parientes. Consideraron la adopción, pero finalmente decidieron que, en lugar de eso, tratarían a cada niño que entrara en su casa como a un huésped bienvenido. Jugaban, inventaban pequeñas obras de teatro con juguetes y diseñaban vestuarios y escenografías. Frances servía té y galletas, y organizaba pijamadas, algunas de las cuales duraban semanas, meses y, en un caso, años. Cuando el esposo de una prima de Frances abandonó a su familia, Gilbert y Frances asumieron el papel de padrinos. Dejaban que los niños los visitaran cuando quisieran, pagaban su educación y los colmaban de amor.

Los Chesterton llegarían a ser padrinos de al menos veinticinco jóvenes. Fueron, verdaderamente, buenos tíos.

Dado que Gilbert y Frances celebraron treinta y cinco años de vida matrimonial, y como siempre parecieron felices juntos, alguien podría suponer que nunca atravesaron tiempos difíciles, enfermedades o sufrimientos. Nada podría estar más lejos de la verdad.

Primer ejemplo: cuando se casaron, los Chesterton eran bastante pobres. Gilbert apenas comenzaba su carrera y todavía no era el escritor popular en que llegaría a convertirse. Frances se casó con él creyendo que sería un poeta famoso, y que juntos llevarían una vida tranquila, dedicada a la poesía y a la familia.

Segundo ejemplo: Frances padeció problemas de salud durante la mayor parte de su vida. Tenía una pierna más larga que la otra, por lo que cojeaba. Además, sufría otros problemas de salud y con frecuencia permanecía en cama, débil y con dolores. Gilbert, a pesar de su fama de hombre robusto, amante de la buena mesa y la bebida, tampoco gozaba de buena salud y se enfermaba a menudo. Ambos se turnaban para cuidarse durante enfermedades, accidentes y operaciones. Frances fue sometida a intervenciones quirúrgicas a causa de su infertilidad; además, contrajo una gripe que derivó en neumonía. Se le inflamó el apéndice y tuvieron que extirpárselo. Gilbert se quebró la muñeca, se torció un tobillo y pasó por numerosas intervenciones dentales. En 1915 se desplomó y estuvo a punto de morir a causa de una dolencia cardíaca y hepática que lo dejó muy debilitado. Ese año estuvo enfermo desde Navidad hasta Pascua. Frances lo cuidó hasta que sanó.

Y a pesar de su fama de «alegre periodista», Gilbert recibió bastantes críticas. No todos sentían simpatía por él ni apreciaban sus escritos. Quienes reseñaban sus textos a veces se quejaban de un exceso verbal, de su abuso de la paradoja, o murmuraban que sus creencias religiosas influían demasiado en él. Su carácter alegre es prueba de fortaleza y paciencia frente a la adversidad.

El matrimonio es una vocación, y nuestro cónyuge es nuestro camino de salvación. Gilbert y Frances se eligieron mutuamente, quizás sin advertirlo del todo, porque cada uno vio en el otro a alguien capaz de completarlo y hacerlo mejor. Cada uno aportó sus propios dones al matrimonio, y cada uno ayudó al otro en aquello que le faltaba. Frances era una devota anglocatólica cuando conoció a Gilbert, que entonces era teísta, aunque no pertenecía formalmente a ninguna confesión religiosa. Para cuando se comprometieron, Gilbert ya era cristiano: Frances había influido en él. Más tarde le dedicaría su poema épico, La balada del caballo blanco, con estas palabras: «A ti, que me trajiste la cruz». Veinte años después, Gilbert se convirtió al catolicismo e influyó, a su vez, en Frances. Ella se convertiría cuatro años más tarde.

Tomados de la mano, Gilbert y Frances caminaron juntos por la vida. La fe era importante para ambos y nunca dejaron de hablar sobre Dios. Los dos cultivaron la gratitud: agradecían tenerse el uno al otro y agradecían también por su matrimonio. Ambos fueron humildes. Frances lo fue tanto, que le pidió a Gilbert que no escribiera sobre ella en su autobiografía. Como consecuencia, su vida ha permanecido envuelta en cierto misterio hasta ahora. También cultivaron una inocencia propia de los niños. Permanecieron abiertos al romance y a la aventura, y conservaron siempre la capacidad de asombro. Todo eso mantuvo su matrimonio vivo y joven, y los ayudó a atravesar la enfermedad y el sufrimiento.

Gilbert y Frances tuvieron un matrimonio alegre y de corazón sincero. Nos ofrecen un excelente ejemplo de una vida conyugal arraigada en la fe y profundamente entrelazada. Frances es un gran ejemplo para las mujeres, aunque casi nadie lo sabe, porque llevó una vida muy silenciosa en comparación con la de Gilbert. Pero ambos trabajaron como un equipo, y su matrimonio fue ejemplar; por eso, juntos, resultan todavía más poderosos como auxilio espiritual para los matrimonios que cada uno por separado. Creo que todavía hoy ayudan a las parejas que acuden a ellos. Esto podría ser una respuesta a la crisis del matrimonio; una respuesta para quienes buscan redefinirlo; una respuesta para nuestros amigos y familiares cuyos matrimonios atraviesan graves dificultades.

Por ahora, Gilbert y Frances no son aún santos oficialmente reconocidos. Ambos fueron buenos y fieles servidores de Cristo, y vivieron vidas virtuosas. Como no han sido consagrados formalmente, todavía no están tan ocupados. Si conoces un matrimonio que parece perdido, este es el momento perfecto para acudir a Gilbert y Frances Chesterton. Como escribió Gilbert, «la esperanza significa esperar cuando la situación parece desesperada». Acude a ellos con confianza, sobre todo si la situación parece no tener remedio.

Imiten a Gilbert y Frances, así como ellos imitaron a Cristo. Háganse amigos de ellos en el cielo y pídanles ayuda por los matrimonios que conocen y que hoy atraviesan dificultades. Si salvamos un solo matrimonio, fortalecemos a toda la sociedad.

Autor: Nancy Carpentier Brown

Autora de The Woman Who Was Chesterton, la primera biografía dedicada a Frances Blogg,
esposa de G.K. Chesterton, y cofundadora de la Frances Chesterton Rosary League.

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