28 07 26 accion oracion santa marta

by

Una reflexión a propósito de la fiesta de santa Marta

El 29 de julio de cada año la Iglesia celebra la fiesta de santa Marta y resulta oportuno volver la mirada hacia Betania. En esta pequeña aldea, situada a escasos kilómetros de Jerusalén, Marta compartía su hogar con sus hermanos Lázaro y María. Su propio nombre, de origen hebreo o arameo, significa “señora” o “jefa de hogar”, un título que describe con exactitud a la mujer diligente y responsable que nos presentan los Evangelios. En esa casa Jesús encontraba un lugar de descanso y hospitalidad.

El pasaje más recordado sobre ella nos relata una de las visitas de Jesús. Mientras Marta se afanaba en quehaceres para atender a su invitado con la mejor disposición, su hermana María se sentó a los pies del Señor para escuchar sus enseñanzas. Superada por la carga de trabajo y sintiéndose sola en la tarea, Marta se queja ante Jesús y le pide que intervenga para que María la ayude. La respuesta es clara y precisa: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada” (Lc 10, 41b-42).

Es fácil identificarse con la inquietud de esta dueña de casa. A menudo, en nuestro legítimo afán por trabajar, por cumplir con nuestras responsabilidades o por participar activamente en la acción, nos llenamos de ansiedad. El trabajo nos absorbe y las urgencias del día a día amenazan con desplazar lo verdaderamente importante. Sin embargo, la corrección de Jesús no busca anular el valor del trabajo ni menospreciar el esfuerzo del servicio y la hospitalidad.

El Papa Benedicto XVI, reflexionando sobre este mismo pasaje en un Ángelus de julio de 2010, explicaba con mucha claridad esta tensión. Señaló que las palabras de Cristo no encierran ningún desprecio por la vida activa, ni mucho menos por la generosa hospitalidad, sino un reclamo al hecho de que la única cosa verdaderamente necesaria es escuchar la Palabra del Señor. El Pontífice advierte que, sin el amor que nace de Dios, hasta las actividades más nobles pierden su sentido y no dan alegría; sin esa raíz, todo nuestro hacer se reduce a un activismo estéril y desordenado.

Aquí se encuentra un principio fundamental para el compromiso de cualquier cristiano. La acción y el servicio a la sociedad, para que den frutos reales y duraderos, deben sostenerse necesariamente en la oración. Si vaciamos nuestras obras de su dimensión sobrenatural manifestada en el encuentro personal con Cristo en la oración, la caridad cristiana se debilita y termina agotándose ante las primeras dificultades. Como enseñó el mismo Benedicto XVI en una audiencia de abril de 2012, no debemos perdernos en el mero activismo, sino permitir siempre que nuestra actividad sea iluminada por la Palabra de Dios para aprender así la verdadera caridad. Nuestro compromiso en el mundo, entonces, no es una mera suma de buenas intenciones sociales, sino el desbordamiento sobrenatural de un corazón que primero -sin lógica temporal o cronológica- ha sabido guardar silencio en la oración.

Afortunadamente, Marta supo integrar esta lección, uniendo su carácter servicial a una fe personal sólida y madura. No se quedó solo en la mujer de los quehaceres. Fue ella quien, frente al dolor por la muerte de su hermano Lázaro, salió al encuentro de Jesús para pronunciar una de las profesiones de fe más simples y precisas del Evangelio. Ante la pregunta del Señor, ella responde: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo” (Jn 11, 27). Al final, en medio del sufrimiento y el dolor de la muerte, Marta supo mantener una esperanza segura, apoyada únicamente en Cristo.

La figura de santa Marta nos ofrece así una orientación para nuestra propia vocación cristiana. Nos muestra que la acción y la contemplación no son incompatibles, sino realidades que se necesitan y se nutren mutuamente. La vocación cristiana de entrega a los demás solo se sostiene en el tiempo cuando nace de un espíritu que, a ejemplo de María, sabe detenerse a rezar, y que, con la misma fuerza de Marta, sabe confiar plenamente en Dios frente a las dificultades. Es, en definitiva, la intimidad con Dios lo que sostiene nuestras obras y nos permite amar verdaderamente no solo a quienes buscamos servir sino también lo que hace cada uno para dar ese servicio. 

Autor: Domingo Ibarra Infante

Síguenos:
(Visited 17 times, 17 visits today)

Comments are closed.

Close