septiembre 10, 2026• byÁlvaro Ferrer
Un hijo no es una tarea a repartir
En enero de 2023, en una casa de Duxbury, Massachusetts, una mujer llamada Lindsay Clancy mató a sus tres hijos; era enfermera de partos, el juicio comenzó en julio y, mientras escribo, el jurado todavía delibera. No es del caso que quiero hablar, sino de lo que se dijo del caso.
Lo primero que ocurrió, apenas se leyeron en el tribunal sus diarios, fue que miles de mujeres se reconocieron en ellos: el horario de las siestas anotado al minuto, la culpa por el destete, el miedo de arruinar el desarrollo de una criatura por no haber hecho bien alguna cosa que los libros de expertos mandaban hacer. Una socióloga, Ashley Frawley, lo describió el mes pasado y su observación es más fina que el escándalo: quienes leyeron esas páginas no leyeron la confesión de una desconocida, sino algo que ellas mismas podrían haber escrito. Fue un enorme espejo cultural. De esa identificación no nacía una tesis, sino una compasión; y la compasión, al buscar dónde apoyarse, encontró una sola palabra disponible para remediar el peso que esa mujer cargaba sola: corresponsabilidad.
La palabra es buena y lo que nombra es justo, y nada de lo que sigue va contra ella. Que un padre mude, cocine, se levante de noche y vaya al control del hijo sano no es una gentileza que concede; y cómo se distribuya eso dentro de una casa pertenece a la prudencia de dos personas que se conocen y que difícilmente serán conocidas mejor por una ley que pretenda exigirlo.
Mi pregunta aquí es por lo que hay que dar por descontado para que repartir sea la palabra que soluciona el asunto. Porque repartir es lo que se hace con una carga, y una carga es aquello que puede pasar de unos hombros a otros sin dejar de ser lo mismo; el vocabulario viene del trabajo y al trabajo le calza con exactitud, pues hay allí una tarea, la tarea tiene un peso, y el peso debe distribuirse con justicia.
Pero falta saber si el hijo es una tarea, un proyecto a optimizar.
La cultura que Frawley retrata supone que sí lo es: si se administran bien el sueño, la leche, el apego, las pantallas y los hitos, si la planilla doméstica está equilibrada se obtiene un resultado, y si el producto falla, el fracaso tiene un nombre y un rostro. La técnica deja de servir a la maternidad y comienza a juzgarla. Pero eso ya no es amar a alguien; es fabricar algo. El artesano quiere que su obra salga bien hecha, y la quiere así según las reglas de su arte; la madre, en cambio, quiere el bien de su hijo, porque se ama a un hijo simplemente porque es hijo.
Vale la pena mirar despacio un ejemplo antiguo, porque no es el que uno esperaría: cuando santo Tomás pregunta si es más propio de la caridad amar o ser amado, y responde que amar, busca una prueba y va a encontrarla donde nadie la buscaría: en las madres que entregan sus hijos a una nodriza. Los aman, dice tomándolo de Aristóteles, y ni siquiera pretenden que les correspondan. Ahí está la prueba que buscaba: la madre no es paradigma del amor porque haga más por el amado, sino porque su amor subsiste aun sin reciprocidad. No eligió a la mujer que no se despega de la cuna, que habría sido el ejemplo obvio y el más conmovedor; eligió a la que ha soltado, y la eligió porque en ella el amor queda a la vista desnudo, sin nada encima.
Porque casi todo lo que hay alrededor de un niño puede hacerlo otra persona: otros brazos lo levantan cuando llora y lo hacen igual de bien, otro pecho lo alimenta, otra voz le enseña las primeras palabras, otra mano le lava la cara, otra memoria lleva la cuenta de sus vacunas y sus tallas. Nada de eso es despreciable; todo ello es trabajo verdadero que admite ser puesto en otras manos, y de hecho lo ha sido en casi todas las épocas y en casi todos los pueblos, sin que a nadie se le ocurriera que aquellas mujeres hubieran dejado de ser madres. Se puede quitar de la maternidad, una por una, casi todas las tareas que asociamos a ella; y cuando se han quitado, queda lo que no se puede repartir. Ahí está la razón de que se la llame la que más ama, y no es que trabaje más o asuma más tareas.
Hay una palabra que dice todo esto mejor que cualquier argumento: una de las palabras con que la Escritura nombra la misericordia no viene del juicio ni de la voluntad, sino del cuerpo. Pertenece a la misma raíz que el nombre del útero, de modo que decir que Dios se compadece es decir, en el idioma en que fue dicho primero, que se le mueven las entrañas maternas. El latín conservó la huella y el Benedictus la canta todavía: per viscera misericordiæ Dei nostri, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios. Después la lengua prestó la palabra a todos, y así decimos con el Salmo que un padre se compadece; pero el nombre había nacido en otra parte.
No se trata de que una madre sufra más que un padre por el mismo hijo, porque a veces sufre menos y a nadie le corresponde medir eso. Se trata de que no sufre en el mismo sitio. El padre no llevó corporalmente al hijo dentro de sí: lo ama como hijo suyo, y puede padecer por él hasta dar la vida. La madre comparte todo eso, pero guarda además una memoria que su propio cuerpo conoció antes que ella pudiera nombrarla: hubo en ella un espacio que fue el lugar de ese hijo.
Lo que no se puede repartir no es una cualidad ni una intensidad ni un mérito: es una relación que tiene, además, un dónde.
De modo que la palabra corresponsabilidad no falla por lo que manda, sino cuando pretende decirlo todo. Para repartir hay que dividir primero, y esto no se deja dividir en partes. Puede repartirse todo lo que una madre hace. No puede repartirse quién es para su hijo. Quien reparte queda en paz cuando ha repartido bien; una madre puede estar perfectamente en paz con que el padre haga la mitad, más de la mitad o casi todo el trabajo doméstico, pero jamás podrá transferirle su maternidad. No es un peso demasiado grande para dos: es el modo entrañable en que ella es alguien respecto de otro.
Todo esto tiene arriba una figura. La Iglesia la llama Inmaculada, Asunta, Auxilio, Estrella del mar, y ninguno de esos nombres se mantiene en pie por su cuenta; todos penden de uno solo, definido en Éfeso hace mil seiscientos años, que no conmemora algo cumplido ni premia unos servicios prestados ni una lista de tareas asumidas. Los desterrados hijos de Eva llevamos mil años cantándoselo cada noche sin reparar en lo que decimos. La antífona junta las dos cosas sin dejarnos separarlas: Salve, Regina, Mater misericordiae. Su realeza no está al lado de su maternidad como otro honor añadido: reina porque es Madre. Y es Madre de misericordia, porque lo es de Aquel que es la Misericordia, y porque esa palabra, antes de significar compasión, nombraba en la lengua de sus padres el lugar donde ella lo llevó; por eso la invocamos para que vuelva hacia nosotros esos sus ojos. Y al final, no le pedimos cuentas de una obra bien hecha; le pedimos que nos muestre a Jesús, fruto bendito de su vientre.
Autor: Álvaro Ferrer Del Valle
Editor Revista Suroeste
Director Ejecutivo de Comunidad y Justicia
Last modified: septiembre 10, 2026





