agosto 13, 2026• byMatías Gaete
Reflexiones a partir de la génesis de la vida de santo Domingo
Podría surgir la inquietud respecto de la utilidad pedagógica de meditar la vida de un santo y su carisma cuando este vivió hace más de 800 años. La gran mayoría de cosas han sufrido un profundo cambio desde el siglo XIII, y sobre todo en materia de fe: la semilla de la gracia, que había caído en la buena tierra fértil de la Europa de antes, en donde dio innumerables y admirables frutos, se encuentra hoy día sofocada por los cuidados del siglo y la seducción de la riqueza (Mt 13, 22-23), ¡pero no muerta! pues siguen existiendo lugares en donde Cristo es el eje central de la vida y en los que la fe vivida de niño espera con ansias poder ebullir nuevamente. Sin embargo, el peligro del anacronismo se resuelve lo suficiente gracias a la consideración de que las cosas humanas y divinas son, en esencia, las mismas. El hombre presenta en todas las épocas el mismo corazón y el Dios inmutable siempre es el mismo, teniendo en cada época los mismos amorosos designios. Después de todo, la misericordia de Dios se extiende desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen (Sal 103, 17).
También debe considerarse que Dios, cuando regala un carisma a la Iglesia, si bien lo hace pensando sobre todo en el tiempo en que vivirá el padre del carisma, igualmente lo hace considerando el tiempo venidero, dentro del cual ese modo singular de imitar a Cristo seguirá dando sus frutos. El carisma que vino al mundo a través de Domingo de Guzmán no fue pensado únicamente para la situación crítica que vivía nuestra Madre a finales del siglo XII y comienzos del XIII, sino también para esos siglos restantes que precederán la parusía. Aprender de la vida de santo Domingo es, por tanto, entender el modo en que Dios quiso ayudar a la Iglesia de aquel tiempo y de la posteridad. Por lo demás, la meditación de su vida también es un ejercicio eminentemente contemplativo, pues en ella se logra vislumbrar un destello de la divina perfección y una dimensión de la personalidad humano-divina del Maestro.
Suele decirse que la vida de un santo comienza a gestarse desde sus orígenes. Dios, que con su Providencia ordena la vida de los hombres, hila la existencia de los justos desde su comienzo, y con ello también el carisma que entrega, en casos específicos, a través de ellos. En esa línea, una de las primeras cosas que nos dejan vislumbrar la misión predicadora de Domingo de Guzmán y su personalidad meditativa que la hacía posible, fueron los sueños que tuvieron de él su madre y su tía. La primera, mientras se encontraba embarazada, soñó al fruto de sus entrañas en forma de un perro que llevaba una antorcha entre sus dientes y que escapaba de su seno para abrasar toda la tierra amanecer (Fray Lacordaire, Enrique.; «Vida de santo Domingo de Guzmán»).
Lo dicho revela dos aspectos fundamentales del santo en comento. Domingo fue un gran predicador y mediante su labor sobrenatural logró derramar en el mundo la verdad salvífica que encendió la caridad de los hombres para elevarles hacia Dios. La figura del perro, por un lado, evoca la del guardián o centinela, que al igual que en la República de Platón resulta cariñoso con los amigos y furioso con los enemigos (Platón.; «República»). Y Domingo también fue así: un amante de la verdad y un celoso enemigo del error y la herejía. ¡Pero nunca enemigo de las personas en cuanto personas! A ellas siempre las amó con gran caridad. Se cuenta que durante una noche el santo tuvo que hospedarse en una posada y advirtió que el posadero era hereje; en vez de descansar y dormir, la gran caridad que había en su corazón lo movió a conversar con él e intentar acercarlo hacia la verdad plena, única en la que se encuentra la salvación; pasado las horas, el posadero se convierte antes del amanecer (Fray Lacordaire, Enrique.; «Vida de santo Domingo de Guzmán»).
Esto nos ayuda a recordar que el diálogo caritativo, fundado en la verdad, es capaz de mover a las almas hacia las enseñanzas de la Verdad hecha Hombre y mediante ello salvarlas, contando siempre con el indispensable auxilio de la gracia, la que impulsa las gestas, las mantiene operando y las culmina. ¡Cuán fácil es esa obra en el hoy! A veces solo basta un café o una caminata para que se forme un ambiente propicio para una conversación honesta y edificadora.
La espiritualidad dominicana siempre ha entendido que la verdad es luz salvadora (Fray Garrigou-Lagrange, Reginald.; «Carácter y Principios de la Espiritualidad Dominicana»): la verdad de Jesús como Salvador es la piedra angular de la redención. E inclusive la verdad natural opera como salvadora de nuestra naturaleza herida, aunque en menor medida y en un orden distinto. El conocimiento de lo verdadero va transformando el espíritu y lo sana: la inteligencia se perfecciona y los afectos se ordenan.
Un punto importante a considerar es que este conocimiento de lo verdadero no se reduce a una mera cognición sino que viene acompañado de un cálido amor. Esta conjunción entre conocimiento y amor era llamada contemplación por los medievales, quienes también recordaban que esa verdad conocida y amada debía ser compartida, pues esta, en cuanto bien de la inteligencia y el corazón, clama por expandirse, y esto por su misma naturaleza de bien que le hace ser difusivo de sí. Fiel ejemplo de esto lo fue santa María Magdalena y la samaritana a quien Cristo le pidió de beber; estas mujeres compartieron con ímpetu la verdad que contemplaron en Jesús.
Volviendo al sueño, también resultan sumamente reveladoras las figuras de la antorcha y el fuego abrasador. Estas imágenes dicen relación, como pudimos adelantar mínimamente, con la caridad que se despertaría en el corazón de los hombres por causa de la verdad que se llegaría a predicar por boca de Domingo, verdad que también iluminaría y guiaría como lo hace la antorcha.
La caridad, por ser una virtud infusa, depende tanto en su nacimiento como crecimiento del obrar divino. La prédica, por sí misma, no genera caridad, pero si es una predilecta ocasión para ello. Por esa razón resulta tan importante la labor de los predicadores, quienes mediante su amoroso ladrido dan a conocer las verdades que deben ser aceptadas y queridas; ladrido que a veces se presenta como una advertencia o un llamado que saca de la indiferencia y que impide, como lo recordaba en su famosa sentencia santa Catalina de Siena, que el mundo se deteriore: «¡Basta de silencios! ¡Gritad con cien mil lenguas! porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!».
No se requiere de una exhaustiva observación del mundo para concluir que requiere de muchos ladridos de verdad que lo salven de la oscuridad del error y el laberinto ideológico. Y para emprender esta misión de ser luz del mundo no se necesitan gestos heroicos o extraordinarios, aunque a veces Dios los pida, sino tan solo una palabra o una reflexión mencionada en la sobremesa que cale como semilla fecunda en la tierra fértil del alma que Dios había predestinado para comenzar o profundizar su camino de conversión en ese momento.
Podría llegar a pensarse que el sueño que acabamos de describir y “desmenuzar” desencadenó la mayor de las alegrías en la madre de Guzmán, la Beata Juana de Aza. Después de todo, significó proféticamente la gran misión de su hijo. Pero esto no fue así. Es más, en su momento le produjo a la ahora feliz mujer un susto y desasosiego. Ella lo entendió como un mal presagio; muy entendible, pues el perro, el fuego y el mundo pueden significar también una especie de destrucción global. Pero esto, permitido por la Providencia, fue el camino que “debía” tomar la historia para darle a este gran santo su nombre, Domingo, palabra que nos recuerda el día de la semana en que la Palabra encarnada volvió glorificada a la tierra de los vivos; misma Palabra que el santo ensalzó durante toda su vida mediante hermosas y profundas palabras. Y esto porque Juana de Aza, en su intento de encontrar consuelo ante el aparente mal presagio del sueño, recurrió a santo Domingo de Silas, quien había sido un insigne y distinguido Abad; y hallando la buena mujer lo que buscaba, decidió poner a su hijo dicho nombre con el fin de honrar al santo.
Como dijimos al comienzo, no fue solo la madre de Domingo quien tuvo un sueño sobre su persona, sino que también su tía, a quien los historiadores decidieron designar con la expresión de “mujer piadosa”. Ella soñó que sobre la frente del nacido había una estrella radiante. Dicho sueño, al igual que el primero, fue profético, pues se dice que el más noble de los Guzmanes siempre tuvo un esplendor en su frente que atraía los corazones de quienes lo miraban (Fray Lacordaire, Enrique.; «Vida de santo Domingo de Guzmán»).
Esta tía fue el instrumento que Dios escogió para hacer ver el don del Espíritu Santo que más se dejaría ver en el santo: el don de ciencia. Este dispone a los hombres a proponer las verdades de la religión que deben ser conocidas y que esta propuesta sea hecha a todos (Fray Garrigou-Lagrange, Reginald.; «Carácter y Principios de la Espiritualidad Dominicana»). El don de ciencia permite enunciar la verdad salvífica con fidelidad y nitidez, de modo tal que a las personas les llegue la verdad cristiana de manera cristalina e íntegra, sin mancha ni imperfección. Esto último hace recordar las palabras dirigidas por San Pablo –a quien el Señor pone de ejemplo a Catalina de Siena para mostrarle la claridad de entendimiento que habían llegado a tener los Frailes al principio de la Orden, claridad que en los tiempos de la santa se encontraba oscurecida por la soberbia– a los colosenses en las que les indica que hay que enseñar con toda sabiduría para que los hermanos lleguen a la madurez de su vida (Col 1, 28). Esta sabiduría plena que exige san Pablo dice relación, de acuerdo con un cierto punto de vista, con la comprensión profunda de lo esencial de la verdad evangélica, la ciencia de la Cruz, la que debe ser enseñada como síntesis de justicia, misericordia y gloria. Mediante ella Cristo redimió al cautivo y a quien todavía era enemigo (Romanos 5,10); satisfizo la justicia divina, congraciando de ese modo la voluntad de su Padre; y consiguió coronarse con el título del más excelso amante. El que enseña esto debe hacerlo siempre con la consciencia de que a cada persona o grupo se le tiene que hablar a su manera, dándoles primero leche y luego alimentos sólidos (Cor 3, 1-2), según sea el nivel de perfección espiritual en el que se encuentren.
Predicarle a “cada quien según su manera” significa adecuarse al ethos de cada uno, y por eso san Pablo mencionaba la Ley Antigua y a los Profetas cuando hablaba con judíos y al Dios escondido cuando conversaba con paganos-griegos.
¡Nosotros debemos hacer lo mismo! Al filósofo se le acerca al Señor mediante la sana sabiduría natural; al observador haciéndole ver el «peso» de lo que significa que el mundo esté ordenado, de lo cual surge la necesidad de que exista una Inteligencia ordenadora; al poeta mediante las maravillas de la creación; y al común y corriente a través de las hermosuras del amor y la vida, que le hacen disgustarse con la idea de que todo sea efímero y perecedero. Y así sería la realidad si no hubiera un fundamento último que haga de salvaguarda del sentido y el valor de las cosas. Todo esto es importante de tener en cuenta en la retórica y pedagogía evangélica, aunque sepamos que en último término todo es gracia.
Cuando Domingo cumplió la edad de 7 años fue enviado a las dependencias de su tío, sacerdote de Cristo, para que comenzase su educación. Llegado a la edad de 15 años se dirigió a la Universidad de Palencia donde estudió 4 años de Filosofía y Letras y 6 años de Teología Sagrada. Y aunque el estudio fue una realidad esencial en la vida de Guzmán, cuestión que lo sigue siendo para todos sus hijos espirituales, no fue lo que ocupó el lugar principal de su corazón. Se cuenta que mientras cursaba sus estudios surgió una hambruna que movió al santo a vender sus libros para poder ayudar a los pobres (Fray Lacordaire, Enrique.; «Vida de santo Domingo de Guzmán»), hecho que recuerda que cualquier acto de caridad en esta vida es más valioso que cualquier acto de conocimiento que podamos tener de Dios (Fray Garrigou-Lagrange, Reginald.; «Carácter y Principios de la Espiritualidad Dominicana»).
Esta armonía entre conocimiento y caridad efectiva hacia el prójimo fue sintetizada con mucha belleza por san Agustín, quien escribió lo siguiente en su Ciudad de Dios:
«Nadie debería dedicarse tan intensamente a la contemplación como para no preocuparse más de las necesidades del prójimo; ni darse tanto a la actividad hasta el punto de no tener más tiempo para la contemplación de Dios. El amor de la verdad busca el santo reposo, mientras la fuerza irresistible del amor pide la necesaria actividad. La alegría de aprender, sin embargo, nunca debería ser abandonada del todo» (Agustín;. La Ciudad de Dios).
La vida de fe puede llegar a exigir una sólida formación intelectual, y esta, una vez que es transfigurada por la gracia, se erige como un adecuado instrumento para discurrir y profundizar científicamente en las verdades reveladas. Esto, de suma importancia por lo demás, nunca nos debería hacer olvidar que la verdadera sabiduría sobrenatural y la más pulcra ciencia divina se obtienen, más que en los estudios, en la oración, lugar donde Dios las infunde a las almas humildes. Esto fue lo que le dijo el Señor a Santa Catalina de Siena, cuando refiriéndose a Tomás de Aquino le indicó que la gran luz sobrenatural y ciencia que había tenido este santo en vida la había obtenido más en la oración que en los estudios (Fray Garrigou-Lagrange, Reginald.; «Carácter y Principios de la Espiritualidad Dominicana»). Oración que en Domingo estuvo siempre presente. Se dice que el santo pasaba algunas noches sin dormir para dedicárselas a la oración y que mientras caminaba se le veía muchas veces absorto en la contemplación. Contemplación que no solo salvó su vida sobrenatural sino que también su vida natural, pues se cuenta que el brillo que tenía en su frente, signo de su profunda comprensión de las verdades de fe, lo salvó de un asesino que habían contratado los herejes.
De lo último se desprende la importancia del estudio y sobre todo de la oración, las cuales deben, en una vida santa y armónica, convertirse en servicio caritativo hacia los necesitados, en quienes está Cristo, objeto de contemplación predilecta para los estudiosos y hombres de oración. La verdad aprehendida tiene que «encarnarse». La Ciencia de la Cruz, cultivada por los seguidores del crucificado, no solo debe dar forma a nuestro intelecto y vida interior sino que también a nuestra vida exterior. ¡Debe convertirse en obras!
Luego de terminar sus estudios, Domingo ingresó a la edad de 25 años a una comunidad de canónigos regulares, instituciones que surgieron en parte por los consejos de los soberanos Pontífices para aumentar la disciplina eclesiástica. Esta vida en comunidad permitía el apoyo mutuo en las prácticas de piedad religiosa y era ocasión propicia para el crecimiento en la fraternidad, pobreza, paciencia y abnegación, frutos resultantes de ese sumo amor que se vive en los contextos familiares. Guzmán vivió durante 9 años de esta forma, y en el entretanto salía de su comunidad a predicar la palabra de Dios, pero siempre por dentro del territorio jurisdiccional del obispado de Osma, sede episcopal a la que respondía el prior de su comunidad, Diego de Azevedo, quien posteriormente llegaría a alcanzar la dignidad episcopal, introduciéndose así en la sucesión apostólica. Recién a la edad de 34 años Domingo tuvo su primera gran misión evangelizadora, que lo terminó llevando por las tierras de Languedoc en las que trabajó arduamente para hacer desaparecer del corazón de los hijos de Dios la herejía Albigense (Fray Lacordaire, Enrique.; “Vida de santo Domingo de Guzmán”).
Es interesante pensar que Dios no tuvo prisa en formar el alma del fundador de la Orden de Predicadores, realizando así las sabias enseñanzas del libro del Eclesiastés, que bien dice que “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora (…) tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado (…) tiempo de guardar, y tiempo de desechar” (Ecl 3:1-7). Y por eso nosotros no nos debemos abrumar si no descubrimos lo que Dios tiene preparado para nosotros de manera definitiva. Sigámosle en cada llamado; pisemos donde nos alumbre aunque el resto del camino todavía se encuentre oscurecido; vayamos a Él impulsados por el amor, aunque nuestra inteligencia no pueda comprender del todo el rumbo. ¡Filial confianza! Como niños en los brazos del Padre.
Ya en Languedoc, Domingo de Guzmán, Diego de Azevedo, unos Legados Pontificios y el resto de la comitiva, se entregaron totalmente a la misión evangelizadora para devolverles la verdad completa a sus hermanos extraviados. En ese tanto, tuvieron que aprender a usar el arma de la pobreza para desterrar los prejuicios que los herejes habían sembrado en el pueblo de Dios, perjuicios que, de algún modo, encontraban un verdadero fundamento en la mala realidad eclesiástica de aquellos entonces, pues se trataba de una época en la que gran parte del clero se encontraba sumergido en la avaricia de los bienes terrenales. Tanto así que era común encontrar en los monasterios caballos y perros de cacería, deporte de las familias nobles, quienes lograron adjudicar las altas dignidades eclesiásticas a su descendencia, y esto aunque ni siquiera hubieran alcanzado, en algunos casos, la edad madura. Y si la Iglesia sobrevivió a esto es porque está gobernada por el Espíritu Santo.
Con un renovado espíritu de sencillez y pobreza lograron esa virtud que los herejes solo imitaban, ganando de nuevo para la Iglesia de Cristo la confianza de sus redimidos. La virtud de la pobreza, tan necesaria para aquella reevangelización, la que además es un consejo evangélico que debe vivirse según el estado de cada uno, permite recordar con profundidad la verdad sobrenatural de que el cristiano encuentra su felicidad en Dios y que, a pesar de ser ciudadano de este mundo, su ciudadanía definitiva se encuentra en el Cielo. Es por esto que la abundancia de bienes materiales dificulta al no creyente a creer en lo predicado, en razón de la inconsistencia que este percibe entre lo que se predica y la forma de vida que lleva el predicador (Fray Irungaray, Gonzalo.; La Riqueza, la Pobreza y sus Remedios en las Homilías sobre San Mateo de Juan Crisóstomo). Esta verdad, que con mucha claridad se encontraba en la mente de Diego de Azevedo, maestro del buen Domingo, ya había sido dicha siglos antes por san Juan Crisóstomo:
«¿Cómo no tener por locura suma acumularlo todo donde se corrompe, y no dejar la mínima parte allí donde permanece intacto? ¡Y eso que allí hemos de vivir por toda la eternidad! De ahí que los gentiles no crean lo que decimos. Ellos quieren que les demostremos nuestra doctrina no por nuestras palabras, sino por nuestras obras. Pero cuando nos ven construir magníficas casas, y plantas jardines, y levantar baños, y comprar campos, no pueden persuadirse de que estamos preparando nuestro viaje a otra ciudad» (In Matt. Hom. 12.5 (232)).
El eco de estas palabras resuenan con fuerza en el mundo de hoy, en el que las riquezas ocupan el lugar más importante en la vida de las personas. Esto por el materialismo imperante, que hace pensar que la felicidad se encuentra en la acumulación de los bienes de la tierra y los placeres sensibles. Bien nos haría recordar para liberarnos de la esclavitud de lo material a un coetáneo de Domingo, hermano suyo en la reconstrucción de la Iglesia, Francisco de Asis, quien entendió que para poder “poseer” al Todo debía vaciarse de todo. Con su ejemplo nos mostró que es posible conquistar a la “Dama de la Pobreza” (Los Foyers de la Caridad.; Francisco de Asis).
Este trabajo apostólico, impulsado y fortificado por la pobreza vivida, no estuvo exento de milagros, pues en las conferencias en las que participaba Domingo y los Albigenses resultaban victoriosos los católicos aunque el juez escogido hubiera sido un distinguido hereje. También sucedió que, con la finalidad de comprobar la veracidad de las doctrinas expuestas en el contexto de las conferencias celebradas, unos jueces decidieron quemar los escritos hechos por cada una de las partes. Resultó que el escrito hecho por santo Domingo fue expulsado por las llamas, mientras que el confeccionado por los albigenses fue quemado por el fuego (Fray Lacordaire, Enrique.; «Vida de santo Domingo de Guzmán»).
Fue en esta misión apostólica, guiada por Dios con sabiduría y abundancia de gracias, en la que santo Domingo de Guzmán tuvo la idea de formar una Orden que se dedicara a la predicación. La espiritualidad que el santo en comento trajo al mundo bebió totalmente de la historia de sus orígenes y fue coronada en el combate espiritual habido en Languedoc. Esta forma de vida siempre estuvo marcada por una asidua mortificación que no impedía la actividad apostólica, una gran valoración de la perfección natural que no impedía reconocer la total y radical primacía de la gracia, y una armonización misteriosa entre la vida contemplativa y la activa, orientada esta última a la predicación. La vida de Domingo fue, en ese sentido, una fiel imitación de la vida del Maestro (Fray Garrigou-Lagrange, Reginald.; «Carácter y Principios de la Espiritualidad Dominicana»).
Santa Catalina de Siena retrató muy bien en sus escritos espirituales el tesoro de vida espiritual que a través de Domingo vino al mundo. Y como siempre viene bien leer los escritos de los encendidos en caridad, y mucho más todavía cuando proceden de experiencias místicas, hacemos bien con citar para finalizar una de las conversaciones que la santa dominica tuvo con el Señor:
«Mira a Francisco con qué perfección y perfume de pobreza, con las margaritas de la virtud, ordenó la navecilla de su Orden… Todas las virtudes reciben vida de la Caridad y, sin embargo, como te he dicho en otro lugar, a uno corresponde más una y a otro otra y, sin embargo, todas se fundan en la Caridad. Así ocurre aquí. Al pobrecillo le correspondió la verdadera pobreza, poniendo el fundamento de su navecilla en ella… Y si te fijas en la navecilla de tu Padre Domingo, mi amado hijo, él organizó la Orden con perfecto esmero, pues quiso que los suyos atendieran solo a mi honor y a la salvación de las almas por medio de la ciencia… Tomó la luz de la ciencia como finalidad más propia suya para extirpar los errores que habían surgido en aquel tiempo. Tomó el oficio de mi Hijo Unigénito, el Verbo… El fue una luz que yo ofrecí al mundo por medio de María… ¿En qué mesa hace comer a sus hijos la luz de la ciencia? En la mesa de la Cruz… Hoy día… en razón de la soberbia, algunos convierten la luz en tinieblas… No digo “por culpa de la Orden”, que en sí tiene toda delicia. Pero al principio no era así; cuando se hallaba en flor, había hombres de gran perfección. Se parecían a san Pablo; con tal claridad en su entendimiento… Mira al glorioso Tomás, que con los ojos de su relevante inteligencia se veía en mi Verdad como en un espejo, por lo que adquirió la luz sobrenatural y ciencia infusa por gracia, por lo cuál obtuvo él más por medio de la oración que por el estudio humano» (Diálogo, Tratado de la obediencia, c. V, n 158).
Bibliografía
Enrique Domingo Lacordaire, Vida de Santo Domingo de Guzmán, Editorial Difusión, Buenos Aires.
Reginald Garrigou-Lagrange, Carácter y Principios de la Espiritualidad Dominicana, Traiditio Spiritualis Sacri Ordinis Praedicatorum.
Santa Catalina de Siena, El Diálogo: Tratado de la obediencia.
Gonzalo Irungaray, La Riqueza, la Pobreza y sus Remedios en las Homilías sobre San Mateo de Juan Crisóstomo, Tésis para optar el grado de Magister en Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile, 2025.
Los Foyers de la Caridad, Francisco de Asis, Colección Honor de Dios.
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Last modified: agosto 13, 2026





