septiembre 23, 2026• byRosario Izquierdo
La pedagogía de Fulton Sheen
Este jueves 24 de septiembre será beatificado el obispo americano Fulton Sheen. Son innumerables las virtudes y aportes a la Iglesia que realizó este hombre. Sin embargo, debiendo limitarme en el espacio, he seleccionado uno que me parece de los más fundamentales, y donde nos da especiales luces para nuestro mundo contemporáneo: la gran importancia que el obispo Sheen dio, primero, a su propia formación, y luego a transmitirla a los demás.
Fulton Sheen fue sobre todo un amante de Nuestro Señor. Pero el rostro de Jesucristo que quiso encarnar en su tiempo, para iluminar a su mundo, fue doble: el de Jesucristo como la Verdad, y el de Jesucristo como el Maestro, la Palabra de Dios que, hecha carne, se hizo adecuada a nuestros sentidos para manifestarse. No es casualidad que las dos cosas vayan juntas: quien ama de verdad la verdad no puede quedársela para sí, y quien enseña de verdad no hace sino continuar, a su manera, la obra del primer Maestro. Aprender y enseñar fueron, en Sheen, una sola vocación con dos momentos, y son también las dos partes de este artículo.
Sed de verdad, no de novedad
Desde muy joven poseía una gran inquietud intelectual, un deseo de conocer la realidad de las cosas. Desde pequeño, cuenta él, se hacía profundas preguntas, que formulaba tanto a sus compañeros como a sus padres. Comprendió la importancia del ocio como aquel tiempo que se dedica a la contemplación de las cosas que valen por sí mismas. Fue de especial luz, relata, encontrar la respuesta de sSanto Tomás: “El trabajo tiene un propósito; el ocio no tiene ninguno, y en la vida debe haber tiempo para cosas que no tienen un propósito” (Vasijas de barro, p. 21).
Ya en la universidad, lo rondaba permanentemente el pensamiento de no tener aún el suficiente conocimiento. Tanto así que, al finalizar su doctorado, le inquieta la idea de recibir el título, pues se considera totalmente indigno de él. En este contexto, el obispo Sheen sintetiza a uno de sus profesores el deseo que tiene acerca de su propia formación: “Me gustaría saber dos cosas. Primero, en qué piensa el hombre moderno. Segundo, cómo puedo hacer frente a los errores de la filosofía moderna a la luz de la filosofía de Santo Tomás” (Idem. P. 24).
Fulton Sheen supo ver el desafío de la modernidad. Reconoce, junto con la Iglesia, el valor de la doctrina del Aquinate. Es lo mismo que pediría después el Concilio, al recordar que fe y razón van armónicamente encaminadas a la verdad, que es una, “siguiendo las enseñanzas de los doctores de la Iglesia, sobre todo de Santo Tomás de Aquino” (Gravissimum Educationis, n. 10). Y es también lo que insistiría, años más tarde, la Sagrada Congregación para la Educación Católica, al recordar que “están plenamente justificadas y siguen siendo válidas las repetidas recomendaciones de la Iglesia sobre la filosofía de Santo Tomás” para la formación de los futuros sacerdotes (La enseñanza de la filosofía en los seminarios, 1972).
Pero frente al mundo que ha negado la filosofía del ser, Sheen no se espanta, no se atrinchera ni tampoco ataca. El amor a la verdad lo lleva a querer conocer el mundo, también con sus errores, a fin de poder conducirlo a la verdad.
Fulton Sheen era consciente de la exigencia de estudiar la verdad y no caer en la tentación de estudiar cosas de moda. Se lo formula así un científico universitario, a quien Sheen le había propuesto leer a Tomás de Aquino para aclarar algunos puntos de sus teorías, y este responde: “No estoy interesado, porque uno no se hace conocido en este mundo a través de la verdad, sino a través de la novedad. Y mi teoría es una novedad” (Idem. p. 26).
El fuego se enciende de pie
Pero un estudiante como Sheen no podía quedarse para siempre del lado de los que aprenden. Acabada su formación formal, comienzan sus años como profesor, y es ahí, delante de una clase, donde más aprende sobre el arte de enseñar.
Con su humilde transparencia, narra una oportunidad en que, esmerándose mucho en preparar una clase, no fue capaz de comprender del todo su contenido. Durante la clase intentó, por supuesto sin éxito, dar a entender a los alumnos aquello que ni él había comprendido. Para su sorpresa, al salir escuchó a un alumno que elogiaba al profesor por la clase que acababa de impartir: “Ese día aprendí que cuando uno es confuso, pueden tomarte por erudito” (Idem. P. 43).
Quien enseña comunica un verbo interior que ha generado previamente al adquirir aquel conocimiento. Así, el arte de enseñar consiste en transmitir al estudiante los propios silogismos por los que uno adquirió la ciencia, para que luego el alumno la genere por sí mismo. Si el profesor no ha comprendido primero aquello que quiere transmitir, su clase se convertirá en mera palabrería, en palabras vacías, carentes de significado. Es el riesgo del mundo moderno, donde aquel que habla de un modo incomprensible es tomado por erudito, cuando el verdadero sabio es precisamente aquel que puede conducir al alumno hacia la verdad, haciéndole ver lo que él mismo vio primero.
Siendo joven profesor, pide a un cardenal un consejo para enseñar. Sheen recuerda su respuesta: “Le daré dos. Manténgase siempre actualizado: tiene que saber lo que el mundo moderno está pensando. Lea su poesía, su historia, su literatura; observe su arquitectura y su arte; escuche su música y su teatro. Y luego sumérjase de lleno en Santo Tomás y en la sabiduría de los antiguos, y así podrá refutar sus errores. Segundo consejo: tire sus apuntes al final de cada año. No hay nada que destruya tanto el conocimiento de un profesor como el hábito de conservar los apuntes y repetir las mismas clases al año siguiente” (Idem. p. 43).
Sheen siguió estos consejos. Cada año preparaba distintos artículos de la Suma Teológica, a fin de ir profundizando en nuevos conocimientos y así mejorar como profesor. Era tan consciente de la importancia de su propia formación para formar a otros, que todos los años dedicaba meses solo a preparar sus clases: “Es muy sencillo para un profesor volverse un intelectual oxidado cuando no está en constante estudio y estímulo” (Idem. p. 44).
Sheen había comprendido la gran responsabilidad que implicaba enseñar, y el valor de conducir a otras personas hacia el conocimiento de la verdad, formando sus intelectos para que en el futuro fuesen buenos sacerdotes, filósofos o teólogos. Todas esas horas dedicadas a estudiar y a preparar sus clases no son más que una muestra de lo que él mismo confirma: “Sentía una profunda obligación moral hacia los estudiantes” (Idem. p. 47).
Sabía que la enseñanza llega a puerto solo si el profesor ha comprendido antes, profundamente, su materia. Cuanto más arraigada y honda es la palabra interior del maestro, más fecundo es el acto de enseñar. Por eso se negaba a las clases leídas. Antes de entrar al aula había releído sus apuntes hasta el punto de poder emanar ese verbo interior, esa concepción interior: “Así como una madre no olvida al hijo que lleva en su seno, tampoco un orador puede olvidar al hijo de su mente” (Idem. p. 48). Siendo así, ¿para qué necesitaría los apuntes durante la clase? El profesor solo está listo para enseñar cuando ha hecho suyo el conocimiento: “Al final llegaba un punto donde el tema era mío, como si fuera comida digerida, no comida en un estante” (Idem. p. 48).
Sheen tenía, además, otras costumbres más prácticas, y no por eso menos reveladoras. Se había autoimpuesto, por ejemplo, la regla de dar siempre las clases de pie, nunca sentado: “No se puede encender un fuego sentado. Si los estudiantes debían aguantar mis clases, yo debía aguantarlas de pie por ellos” (Idem. p. 47). Y cuando el típico bullicio de una sala de clases empezaba a asomar a causa del alumno que se distrae, que se fatiga mentalmente, Sheen recomienda bajar la voz, sin que el estudiante sienta que se está perdiendo de algo, y así vuelva a poner la atención en las palabras del profesor (Idem. p. 50).
Al igual que Cicerón en la retórica, recomienda también usar el sentido del humor en las clases. Ya lo había notado Aristóteles, y Tomás lo recoge en la Suma bajo el nombre de eutrapelia, esa virtud que modera el juego y la diversión según la razón, y que hace posible, como dice sSan Agustín, que “el sabio relaje de vez en vez el rigor de su aplicación a las cosas que debe hacer” (Suma Teológica, II-II, q.168). Sheen aplicaba esta misma sabiduría en el aula: “Además de usar el humor al comienzo de las conferencias, también solía hacer alguna broma o dos más adelante, y así cambiar el ánimo, aliviar la tensión y dar al público un momento de relajación” (Idem. p. 50). Como recuerda Casiano, un arco no puede mantenerse en tensión demasiado tiempo sin romperse: tampoco el alma puede perseverar en la búsqueda del bien y la verdad si no se le da un respiro.
A fin de que el conocimiento calara en el alumno, hacía precisamente lo que sSanto Tomás enseña que hace el maestro: manuducere, conducir como de la mano hacia el conocimiento (Suma Teológica, I, q. 117). También en sus programas de radio, dirigidos a un público sin conocimientos previos de filosofía o teología, los conducía desde lo conocido a lo desconocido, y así llegaba a hablar de las grandes verdades de la fe cristiana, conduciendo al rebaño hacia las fuentes de la vida eterna (cf. Idem. p. 61). Pero conducir a otros hacia esas fuentes solo es posible para quien primero ha bebido de ellas.
Vasija de barro enamorada
Por más que profundizaba en los estudios, el obispo Sheen nunca perdía de vista Quién era la fuente de toda verdad. Por eso llevaba todos sus temas a la oración, sabiendo que frente al Santísimo Sacramento encontraría más luces que por el camino ordinario. Él mismo lo narra: “El papa Juan Pablo II siempre tiene a mano una libreta o agenda cuando está en presencia del Santísimo Sacramento; también yo lo he hecho toda mi vida, seguro que por las mismas razones: un enamorado siempre trabaja mejor cuando el Amado está con él” (Idem. p. 64).
Como buen obispo y pastor, Sheen siempre alentó a los seminaristas y sacerdotes a no descuidar la permanente educación. No por casualidad: como recordaría después el propio magisterio, la teología “clarifica y ahonda el sentido de las leyes de la salvación y de la vía del progreso espiritual”, y esto vale sobre todo “para la formación del futuro sacerdote en una clara y sólida piedad” (La formación teológica de los futuros sacerdotes, 1976). En Sheen, estudio y oración eran inseparables.
Decíamos al comienzo que Sheen manifestó a Cristo como Verdad y como Maestro. Es hora de recoger la segunda mitad de esa frase: Cristo es por excelencia el primer Maestro, y toda educación, en el fondo, no hace más que participar de su obra. “La evangelización es inseparable de la educación formal, al menos desde que el Verbo se hizo carne. Ni siquiera la Eterna Sabiduría pudo permanecer en el interior de la Trinidad, sino que salió de ella para ser un Maestro ambulante, un educador sin límites” (Idem. p. 84). “Los profesores universitarios se marchitan por no compartir su conocimiento con la gente común. El Logos, la Palabra de Dios, sentado con un niño, permanecerá por siempre como la misión de la educación: hay que compartirla, al igual que la riqueza” (Ibid).
Si bien Fulton Sheen fue un enamorado de la verdad, no deja de ser interesante la intuición que iba calando más y más con los años en su corazón: la importancia de amar. Es cierto que Cristo ha venido a enseñarnos al Padre, pero sobre todo nos ha revelado su amor. Por eso, hacia el final de su vida, Sheen podía escribir: “Cuanto más tiempo vivo en este mundo, más me convenzo de que es ante las injusticias que debemos comenzar a amar” (Idem. p. 123). Vasijas de barro, en efecto: lo que queda, al final de tanto estudio y tanta cátedra, no es la erudición, sino el amor que esa vasija alcanzó a contener.





