La creación como poema

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Sobre la impronta franciscana en Gabriela Mistral

Se cuenta que Mistral pidió ser sepultada con su hábito franciscano. Tenía uno porque pertenecía a la Tercera Orden Franciscana: sin dejar de ser laica, había resuelto adoptar una forma de vida inspirada en San Francisco de Asís. Esta decisión no fue un giro radical en su vida, sino el corolario natural de una admiración por el santo y de una sintonía profunda con su modo de comprender la realidad. Así, no parece exagerado decir que Mistral intentó mirar el mundo con los ojos de Francisco.

Lo anterior explica que aquella impronta aparezca temprano no solo en su obra, sino también en aspectos prácticos de su vida. Esto, pues la suya no fue una admiración pura ni principalmente intelectual, sino vital. En Mistral, por lo demás, esas distinciones son superfluas: no hay «cortadura entre oficio y moral», ni fisura entre «la calle y la sala de clases». De lo que se trata es, justamente, de «vivir las teorías hermosas».

En 1923, mientras vivía en México, Mistral comenzó a escribir sus Motivos de San Francisco (una especie de retrato del santo en prosa poética). Seguirá por años escribiendo estos Motivos, que son reflejo de la progresiva recepción del santo en Mistral[1]. Más adelante, cuando se suicida su querido sobrino Yin Yin —a quien Mistral había criado—, la poeta escribe la Oración a San Francisco por Yin, donde le reza al santo «decidle a Jesucristo: Aquí hay un niño que quiere entrar al reino de los cielos». Francisco aparece en otras varias de sus obras, en sus discursos, e incluso en su testamento: «La Medalla de oro y el pergamino que me fueron otorgados por la Academia Nobel se los lego al pueblo de Chile, bajo la custodia de la Orden de San Francisco». Y a los «niños pobres del pueblo de Montegrande» les lega dineros, bienes muebles e inmuebles por medio de la administración de la misma Orden, «que los recibirá y distribuirá». Como se ve, la influencia franciscana la acompañó hasta la muerte.

En estas líneas se intentará abordar algunos de los aspectos centrales del eco franciscano en Mistral. Lo anterior requerirá la transcripción de algunos pasajes que, tratándose de poesía o prosa poética, sería mezquino parafrasear. Vale pena comenzar este itinerario con una coincidencia biográfica: la centralidad de los salmos en la vida espiritual y literaria de ambos.

Los salmos: amigos de infancia

San Francisco y Mistral los conocían de memoria. «Francisco medita sobre todo con los salmos. Con ellos había aprendido a leer en la escuela. Por eso los sabe casi todos de memoria»[2]. Se ha dicho que en el santo «la memoria suplía los libros»[3]; si no los tenía a mano podía recitar la Escritura internamente. Esta familiaridad con los salmos permite comprender que Francisco haya escrito el Oficio de la Pasión del Señor, composición poética en que la pasión, muerte y resurrección de Cristo se narran con retazos de los salmos. Este «mosaico de versículos»[4] es quizá la muestra más clara del conocimiento que San Francisco tenía de ellos.

A Mistral los salmos le quemaron su corazón de niña a los diez años. Su abuela se los leía y hacía memorizar. Mistral dirá que estos llegaban a ella como un «chorro caliente de poesía». En su magistral escrito Mi experiencia con la Biblia, cuenta:

«Mi madre me mandaba a ver a la vieja enferma, y doña Isabel me ponía a sus pies en un banquito o escabel cuyo uso era sólo éste: allí se sentaba la niñita de trenzas a oír los Salmos de David. La nieta comenzaba a recibir aquel chorro caliente de poesía, de entrañas despeñadas por el dolor de un reyezuelo de Israel, que se ha vuelto el dolor de un Rey del género humano. Yo oía la tirada de Salmos que a unas veces eran de angustia aullada y otras de gran júbilo, en locas aleluyas que no parecían saltar del mismo labio lleno de salmuera.»

El punto podría resumirse así: pareciera que en las vidas de San Francisco y de Mistral, la primera aproximación a la fe fue en verso, y la primera aproximación a la literatura fue religiosa: es justamente en los salmos donde la fe se vuelve poema. La temprana cercanía de ambos con los salmos podría ayudar a explicar lo inescindible que considerarán la poesía de la fe; la belleza de la verdad.

De la belleza de las cosas a la verdad de Dios

La belleza de la Creación inspira a San Francisco a escribir su Cántico de las criaturas. Contemplar la belleza de cada una de ellas —el agua, el sol, la luna, el viento— reconduce su mirada al Creador. Así, para el santo, la belleza de la Creación se revela como reflejo de la verdad de Dios.

En su Decálogo del artista, Mistral comienza diciendo «Amarás la belleza, que es la sombra de Dios sobre el universo». Hay ahí una verdad metafísica, que se ha elaborado filosóficamente de formas tanto más enrevesadas. Mistral escribe esta verdad al modo del salmista, como replicando esa alianza entre poesía y fe que los salmos habían sellado en ella. En el segundo «mandamiento» de este decálogo, sigue Mistral: «No hay arte ateo. Aunque no ames al Creador, lo afirmarás creando a su semejanza». Así, la poeta comprende que la belleza es un atributo divino, y que todas las cosas bellas lo serán por participación en la belleza de Dios.

Por otro lado, pareciera que para San Francisco y para Mistral, la poesía no es solo una forma posible de decir la verdad, sino que es el modo de decir las verdades más altas; aquellas que la prosa no alcanza a asir. De algún modo, ambos se rebelan ante la enemistad entre poetas y filósofos: los versos no confunden al alma, sino que la elevan hacia la Verdad.

Cabe agregar que Mistral no solo buscaba esta belleza en la naturaleza y en la historia, en la poesía y en las ciudades, sino que en cada una de sus clases («toda lección es susceptible de belleza»). Consideraba que esta era una cualidad ineludible para, precisamente, transmitir lo verdadero. De este modo, por ejemplo, en sus Palabras a los maestros, escribe que «Cristo no divorció la hermosa intención de verdad del deseo de hermosura y gracia verbal». Por último, en La enseñanza, una de las más altas poesías, se manifiesta de modo notable esta relación, y se atisba, además, el influjo franciscano:

«(…) siento yo que la belleza es tan educadora como la lógica. (…) Quien ha hecho clases lo sabe. Sabe que la hermosura es el aliado más leal de la virtud y que al maestro más reacio a la poesía se le hace pura poesía la clase cuando explica con altura, eso sí, con toda su alma, el Sermón de la Montaña. Porque para enseñar esto hay que tener a Cristo en el corazón, y tenerlo es ser un poco franciscano o teresiano, es decir, poeta».

Como se adelantó al inicio de este punto, para San Francisco la mayor manifestación de la belleza de Dios es su creación. Merece la pena detenerse específicamente en la relevancia de las criaturas en la espiritualidad de San Francisco, para luego apreciar cómo eso resonó en Mistral.

Alabado seas Señor por las criaturas

El Cántico de las criaturas no es un Cántico a las criaturas, sino a Dios. Basta leer sus primeras líneas para notarlo:

Altísimo y omnipotente buen Señor,
Tuyas son las alabanzas
La gloria y el honor y toda bendición.

A ti solo, Altísimo, te convienen
Y ningún hombre es digno de nombrarte.

Alabado seas, mi Señor,
en todas tus criaturas
especialmente en el señor hermano Sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.

Y es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.

Francisco alaba a Dios por las criaturas: las contempla y ve en ellas la «significación» divina. Por eso, la mirada no se estanca en las cosas, sino que estas son como el lente por el que Francisco mira a quien las creó. El Cántico mantiene en lo sucesivo la misma estructura: alaba a Dios por el fuego, por el viento, por el agua, por la luna y las estrellas, por las nubes y la tierra, ¡por la muerte corporal!

Lo anterior contribuye a descartar las lecturas panteístas que se han hecho de la visión franciscana: «tuyas son las alabanzas», «A ti solo, Altísimo, te convienen». Por lo demás, ya en los salmos se puede encontrar un tipo de alabanza similar, en que el motivo que lleva a ella son las criaturas, pero el alabado es el Creador. El ejemplo más claro es el salmo 104:

¡Cuán grande eres, Señor mi Dios! (…)

Tú hiciste la luna para medir los tiempos;
el sol sabe cuándo debe ocultarse.
Dejas caer las sombras, y anochece;
y entonces corretean los animales salvajes. (…)

¡Tus obras, Señor, son innumerables!
¡Todas las hiciste con gran sabiduría!
¡La tierra está llena de tus criaturas!
 ¡Vean el vasto mar! ¡Contemplen su grandeza! (…)

¡Sea tu gloria eterna, Señor! (…)
Señor, ¡toda mi vida te cantaré!
Dios mío, ¡yo te cantaré salmos mientras viva!

Volvamos ahora a Mistral. El último «mandamiento» de su Decálogo del artista reza así: «De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño, e inferior a ese sueño maravilloso de Dios, que es la Naturaleza». Son innumerables los escritos mistralianos sobre todo tipo de plantas, montañas, mares, flores, frutos y animales. Solo a modo de ejemplo, Mistral escribió muchos Elogios: del fuego, del agua, de la arena, de las piedras. Los Recados —pequeños textos en prosa— también son incontables: sobre el queltehue, el colibrí, las estrellas, el albatros, la papaya, la papa (y, puesto que hay que «vivir las teorías hermosas», Mistral fue una eximia jardinera).

Como en San Francisco, las cualidades de la naturaleza vuelven la mirada de Mistral hacia Dios («El romero jesucristiano, gratuito como Jesucristo, y con Él sin alabanza» o «Un lirio, dirías tú, mirándolo abrirse, es el semblante de Cristo, o, mejor, su mejilla puesta en el viento»). Quizá lo que mejor permite hacer un paralelo con el Cántico de las criaturas es un extracto del Poema de Chile:

Gracias le daba al Señor

por todo y por esta hazaña.

Le agradecía la lluvia,

el buen sol, la trebolada,

la lluvia, la nieve, el viento

norte que nos trae el agua.

Le agradecía los pájaros,

la piedra en que descansaba,

y el regreso del buen tiempo.

Todo lo llamaba «gracia».

Así, también como Francisco, Mistral no agradece a los pájaros, sino a Dios por ellos. Pero hay algo más: la poeta admirará profundamente el trato íntimo que tiene Francisco con las criaturas. Por un lado, el santo las llama hermanas («hermano sol», «hermana luna», «hermano viento», «hermana agua»). Por otro, como cuentan sus biógrafos, se comunica con ellas. En la obra de Mistral encontramos ambos elementos. Esto se puede ver —a modo de ejemplo— en otro pasaje del mismo Poema de Chile. En esta obra, la voz poética se intercala entre un niño atacameño y su madre. En un momento, el niño le pregunta a la madre con quién habla, si solo él está a su lado:

¿Con quién hablas, dime, cuando

Yo me hago el que duerme…. y oigo?

Será con los animales,

La hierba o el viento loco

La madre le responde:

Porque todos están vivos

Y a lo vivo le respondo

También le contesto a lo mudo,

Por ser mis parientes todos (…)

Pero ellos contestan

Sólo cuando no les hacen daño

No los hostigó mi Santo

Francisco y les dijo hermanos

Por último, en los Motivos de San Francisco se hace especialmente claro que este rasgo franciscano en Mistral no proviene de la coincidencia, sino de la admiración:

«Otros santos no eran así, Francisco; descuidaban o desdeñaban su lenguaje con sus hermanos inferiores, cuidando solo el del Señor. También era esto parte de tu elegancia,

de tu gayo espíritu. Ni conversando con los surcos del campo te pudieron ver burdo, mi Pobrecillo. Has de enseñarme esto también, Francisco, que es otra forma profunda de dulzura.»

Todo lo anterior permite sostener que, para San Francisco y para Mistral, el mundo no es algo que distraiga de la contemplación de Dios, sino justamente el modo de acceder a Él; no es un entorpecimiento en el camino al cielo, sino un anticipo. Esto explica que Mistral, en Los motivos, haya dicho que para Francisco «los cinco sentidos eran divinos». Así, las cosas de este mundo no ensucian, sino que limpian (solo a modo de ejemplo, para Francisco el agua es casta; para Mistal es «bautista y dulce»).

En las primeras líneas del Cántico citado se esboza ya lo siguiente: la gran admiración que las criaturas suscitan en Francisco no se explica solo por su resplandor estético, sino también por su utilidad. A este tema se refiere el último punto.

Toda la naturaleza es un anhelo de servicio

Retomemos algunos versos del Cántico de las criaturas:

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento

y por el aire, y la nube y el sereno, y todo tiempo,

por todos ellos a tus criaturas das sustento.


Alabado seas, mi Señor, por la hermana agua,

que es muy útil, humilde, preciosa y casta.


Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,

por el cual iluminas la noche,

y él es bello, alegre, robusto y fuerte.

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana madre tierra,

que nos sustenta y gobierna,

y produce diversos frutos con flores de colores y hierba.

En estas líneas se aprecia una estrecha unión entre la utilidad y la belleza. Como se ve, el agua es al mismo tiempo útil y preciosa; el fuego ilumina la noche y es bello; la tierra nos sustenta y produce flores de (inútiles) colores. De algún modo, San Francisco trastoca la romantización de la inutilidad de las cosas: ¡el agua es útil y preciosa! Así, la funcionalidad no degrada a la criatura —el agua es también casta—, sino que es en parte lo que explica su belleza.

En las primeras líneas de El placer de servir, Mistral sentencia: «Toda la naturaleza es un anhelo de servicio». Y sigue con una enumeración que recuerda al Cántico franciscano: «Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco». Es interesante notar que, inmediatamente después de haber constatado que toda la naturaleza sirve, la poeta espeta estas famosas líneas:

Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú; donde haya un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú. Sé el que aparte la piedra del camino, el odio de los corazones y la dificultad en los problemas. Hay una alegría en ser sano y en ser justo; pero hay, sobre todo, la hermosa, la inmensa alegría de servir.

Pareciera que su admiración ante el servicio de las criaturas, la mueve a ensalzar también el servicio humano. En el mismo texto, Mistral corona la reconciliación utilidad-belleza diciendo «Es tan bello hacer lo que otros esquivan». Asoma aquí un rasgo típicamente mistraliano: la naturaleza como pedagoga. En sus Observaciones pedagógicas, aparecen de igual modo encadenadas estas dos ideas: por un lado, «en la naturaleza todo ejecuta un servicio: la flor perfuma y la nube riega». Por otro, «No hay nada más alto que servir. El ser que vale más no es el que más piensa, no es el que más siente, sino el que más sirve».

En Los motivos de San Francisco se revela con claridad la admiración de la poeta por el santo en esta materia. Retomemos el ejemplo del lirio:

Un lirio, dirías tú [refiriéndose a San Francisco] mirándolo abrirse, es el semblante de Cristo (…). Me está enseñando el hermano lirio que debo ser perfecto en mis pequeñas acciones (…) Y el hermoso lirio sirve, aunque no lo creas, tiene suspendido el rocío que así no cae en la tierra. Como una mano lo tiene suspenso. Y hay muchas criaturas que sólo existen para tener una cosa suspendida.

Este último pasaje condensa todo lo que se ha expuesto en este punto: primero, la belleza del lirio remite a la belleza divina. Por otro lado, el lirio sirve —sostiene el rocío— y es, al mismo tiempo, hermoso. Finalmente, ese servicio se presenta como una lección que mueve también a servir.

Conclusión

En Los motivos de San Francisco, Mistral dedica largas páginas de admiración a la entrega franciscana: «Nosotros llamamos caridad a poner en la mano extendida una moneda grande o a pagar una cama de hospital. Tú no. Cuando dabas, eras tú mismo lo que dabas. Conociste la lepra y te quedaste sentadito horas y horas lavando la podre. Parecía que eras tú mismo el agua y el aceite; y también la venda».

Como se dijo al inicio de este ensayo, la admiración de Mistral por San Francisco no fue puramente intelectual o literaria: la poeta aborrecía la frivolidad, visitaba cárceles, enseñaba por el día a niños y por las noches a obreros. De este modo, ella también intentó encarnar ese anhelo franciscano por participar del servicio que prestan todas las criaturas.

Todo lo anterior puede ayudar a disipar ciertas lecturas caprichosas que se han hecho de Mistral los últimos años. Como tantos poetas, Mistral tuvo momentos de inquietas búsquedas espirituales, de curiosidad y simpatía con religiones orientales, incluso de reconocidas confusiones. Ella misma escribirá más adelante que «una amiga mejicana, católica absoluta, me ayudó mucho a pasar de aquel semibudismo —nunca fue total, nunca perdí a mi Señor J.C.— a mi estado de hoy». Mirar su constante y ascendente camino franciscano ayuda a poner las búsquedas orientalistas en su debido lugar.

En Mistral, el cinto franciscano no fue un mero accesorio. Tampoco las criaturas fueron para ella meras musas. Como se ha visto, se aproximó al mundo —y, así, a Dios— de un modo eminentemente franciscano. Mistral, tan poeta como cristiana, encontró en Francisco un custodio amoroso de la belleza y de la verdad.

Autor: Rosario Corvalán Azpiazu

Abogada. Investigadora del Instituto de Estudios de la Sociedad, IES

Notas

[1] Para una mayor comprensión de la historia de esta obra, ver Vargas Saavedra, Luis: Gabriela Mistral en el espíritu de San Francisco. Disponible en: https://www.humanitas.cl/arte/gabriela-mistral-en-el-espiritu-de-san-francisco

[2] Leonardo Lehmann, OFMCap. Disponible en https://www.franciscanos.org/temas/lehmann01.htm

[3] Tomás de Celano. Vida segunda de San Francisco. Disponible en: https://www.franciscanos.org/oracionfcana/esser-grau01.htm

[4] Leonardo Lehmann, OFMCap. Disponible en https://www.franciscanos.org/temas/lehmann06.htm.

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