La banda sonora de nuestro propio fango

by

Del lamento de Mick Jagger al ego de Sinatra: cómo la música demuestra nuestra sed de eternidad y desenmascara la trágica ilusión de bastarnos a nosotros mismos

­­La música nunca ha sido un mero adorno estético ni un pasatiempo inofensivo para matar las horas de la tarde. Podría parecer, a primera vista, que la música popular no es más que una industria del entretenimiento o un desahogo emotivo para evadir la rutina. Sin embargo, si la escuchamos con atención, descubriremos la tesis contraria: es una de las manifestaciones más contundentes de que el ser humano fue creado para la eternidad, para Dios. Es precisamente en las frecuencias cotidianas del pop, el jazz o el rock and roll donde se expone con mayor nitidez nuestro deseo más hondo y, al mismo tiempo, donde queda en evidencia la trágica farsa de creernos dioses de nuestras propias vidas. A través de sus acordes y lamentos, la música desnuda nuestra libertad, mide el ancho de nuestro deseo y termina encarnando nuestra irreductible fragilidad material.

El propósito de estas breves páginas es recorrer esa geografía espiritual a través del testimonio acústico de épocas recientes. El argumento se despliega así: (I) la insatisfacción que gime en la música popular demuestra que llevamos un anhelo infinito que nada terrenal logra colmar; (II) ante esa constatación, la neutralidad es imposible, pues el hombre está constitutivamente dirigido a la adoración; (III) cuando la cultura moderna rechaza al Creador, entroniza al propio Yo (My Way), convirtiendo la autonomía radical en un aislamiento infernal; (IV) la liberación de ese ego no proviene de una evasión angélica o digital, sino de asumir la verdad de nuestra finitud hilemórfica y cantar desde el fango; para finalmente (V) entender que la fe consiste en afinar el instrumento golpeado e integrar nuestra voz rota a la gran polifonía del orden divino.

I. El tratado espiritual del rock and roll: ¿Can I Get Satisfaction?

Existe una ley elemental inscrita en la naturaleza humana: todo deseo innato se corresponde con un objeto real capaz de satisfacerlo. Si experimentamos hambre, existe la comida; si sentimos sed, existe el agua; si el cuerpo cae agotado, existe el descanso. Pero aquí es donde tropieza el hombre contemporáneo: ¿qué hacemos con el anhelo de eternidad que llevamos dentro y que ningún placer de esta tierra consigue calmar?

La demostración de esta grieta existencial no reside únicamente en la Biblia o en los tratados teológicos, sino en los lamentos más viscerales del rock. Cuando Mick Jagger ruge su mítico «I Can’t Get No Satisfaction» y repite con desesperada terquedad «I try, and I try», o cuando Bono confiesa en «I Still Haven’t Found What I’m Looking For» que ni la cima del éxito ni la devoción popular apagaron su vacío interior, no estamos ante un simple reclamo contra el consumismo.

El objeto de la voluntad humana es el bien universal, del mismo modo que el entendimiento busca la verdad absoluta. Por consiguiente, ningún bien particular o finito —sea la riqueza, el placer sensible o la reputación— puede colmar la capacidad apetitiva del alma; solo el Bien Infinito la satisface. Cuando Jagger canta que no encuentra satisfacción, está verificando experimentalmente –en carne y hueso– esta premisa. Siguiendo la intuición de pensadores como C.S. Lewis, Agustín de Hipona y Peter Kreeft, la banda sonora de nuestra época confirma que llevamos en el pecho un agujero con forma de cielo; si experimentamos una sed infinita que ni el dinero, ni el sexo, ni el poder pueden apagar, la conclusión es ineludible: fuimos creados para otro mundo.

II. La condena de la neutralidad y el cambio de amo: You Gotta Serve Somebody

Esa sed inagotable de infinito nos acorrala contra una verdad que a nuestra época le irrita profundamente admitir: el ser humano es incapaz de neutralidad espiritual; forzosamente va a adorar algo. Si no nos postramos ante el Creador, inevitablemente terminaremos rindiendo culto a criaturas finitas.

De nuevo, es la música la que profetiza este drama con crudeza. Bob Dylan lo cantó sin rodeos: «You gotta serve somebody / It may be the devil or it may be the Lord». En efecto, como subraya el obispo Robert Barron, adoramos a Dios o convertimos algo relativo en nuestro centro absoluto —sea el éxito, la reputación o el placer—, firmando nuestra propia esclavitud. Es decir, todo aquello que no se subordina a la Causa Primera termina reclamando para sí un absolutismo tiránico. De este modo, la neutralidad secular revela su absoluta falsedad teológica: cuando el hombre proclama su emancipación de Dios, no inaugura un reino de autonomía pura, sino que firma la servidumbre de sus propias apetencias. La pretendida autocracia del individuo no es más que un culto de palacio donde el siervo se arrodilla ante un altar ocupado por su propia sombra.

En efecto, de los amos posibles el más tiránico y seductor no lleva un rostro ajeno, sino el nuestro frente al espejo. El hombre contemporáneo, al huir despavorido de la autoridad de Dios, termina coronándose a sí mismo. Asume la trágica ilusión de que su propia voluntad es la única brújula válida, y es precisamente en ese altar del ego donde la falsa libertad entona su canto más lúgubre: «lo hice a mi manera».

III. «I did it my way»: el himno oficial del infierno

El drama estalla cuando el individuo, en un arrebato de soberbia, rechaza servir para erigirse como su propia deidad. Aquí la canción popular funciona como el termómetro perfecto para medir la idolatría moderna. Probablemente no existe manifiesto más depurado de esta autonomía radical que el célebre «My Way» de Frank Sinatra.

Esta pieza demuestra cómo el hombre busca proclamarse su propio juez y redentor, despreciando cualquier necesidad de arrepentimiento (basta escuchar ese altivo «Regrets, I’ve had a few / But then again, too few to mention»). En términos estrictos, «My Way» es la escenificación perfecta de la soberbia: aquel apetito desordenado de la propia excelencia donde el individuo rechaza quedar sujeto a la regla de la razón divina. Coincido plenamente con la lectura de Peter Kreeft cuando cataloga esta exaltación del ego —esta obstinada negativa a pronunciar las palabras de quien se arrodilla— como el himno oficial del infierno.

Vivir bajo el delirio de que hacer las cosas «a mi manera» nos construirá un Edén privado es la fórmula perfecta para el aislamiento definitivo. Es la tragedia de ganar el mundo entero, pero perder el alma en el intento.

IV. Cantar desde el barro: la rebelión de la carne contra el ego

Ahora bien, si logramos desmantelar la ilusión sinatriana de bastarnos a nosotros mismos, surge la pregunta fundamental: si no somos dioses ni espíritus autónomos, sino criaturas vulnerables, ¿cómo podemos alabar lo infinito?

Aquí es donde nuestro tiempo vuelve a naufragar. Vivimos en una cultura descorporizada que detesta la materia, que busca evadirse en lo digital y sueña con inteligencias sin cuerpo. Sin embargo, la música nos recuerda que nuestra adoración exige el esfuerzo físico del pulmón, el sudor y las cuerdas vocales. No somos ángeles asépticos ni bestias mudas; habitamos esa frontera misteriosa donde la carne se une –inseparablemente– al espíritu. Renunciar a la idolatría del ego implica abrazar nuestra fragilidad material y aceptar que cantamos desde nuestra propia limitación.

Cabe ilustrar este misterio recurriendo a la agudeza del filósofo Fabrice Hadjadj sobre la figura del sapo bufo. Pardo, achaparrado y sumido en la ciénaga, el sapo es la antítesis del ave inmaculada. Y, sin embargo, desde la oscuridad de su fango, infla el pecho y croa hacia las estrellas. Ese es exactamente nuestro lugar teológico: nosotros cantamos desde el barro. Nuestro canto es una rebelión orgánica contra la frialdad técnica de un mundo que pretende planificaro todo sin plenificar nada.

Nuestra alabanza es bella no porque pretenda una pureza angelical o matemática, sino porque es verdaderamente humana: una voz encarnada en el fango. La voz rasposa y gastada de Bob Dylan conmueve porque canta con el timbre de un hombre herido; la tensión vocal de Bono en los agudos es el dolor de la carne suplicando redención, y el quejido disonante de Jagger en Satisfaction es la banda sonora de un corazón que grita desde su imperfección. Nuestra alabanza debe atravesar la disonancia porque el propio Verbo encarnado descendió a nuestro fango para asumir nuestra herida.

V. Coda: afinar el instrumento en la antesala del Cielo

Llegados a este punto, la pretensión de cantar como solistas autosuficientes se desmorona. Nuestra existencia herida no es un accidente absurdo, sino el ensayo general de una liturgia cósmica.

La gran tragedia moderna es querer ser un solista en un universo pensado como polifonía. Así como Melkor, en la mitología de Tolkien, intentó imponer su voluntad discordante sobre la magna música de los Ainur, el infierno es ese eco sordo y frío donde el individuo se canta a sí mismo en la más atroz soledad. El Cielo, por el contrario, es el contrapunto supremo donde nuestras voces rotas encuentran su sitio al sumarse a la comunión de los santos.

La fe es, en definitiva, el arte de afinar el alma: la recta ordenación de nuestros afectos hacia el Fin Último. Como imaginaba el poeta John Donne en su lecho de muerte, nuestra única tarea en la tierra consiste en «afinar el instrumento en la Puerta». La tradición de la Iglesia no nos pide que resi nomos la verdad a la mera «sinceridad» de decir lo que sentimos —como Sinatra o las consignas del individualismo contemporáneo—, sino, como enseñaba San Benito, que nuestra mente se eleve y concuerde con la voz de la liturgia.

Frente a un mundo digital, solitario y ruidoso, la verdadera rebeldía no es gritar con arrogancia que vivimos a nuestra manera. La auténtica revolución es rendir el ego, sumar nuestra voz ronca y herida al gran coro de la historia y descubrir que la Canción que nos hace verdaderamente libres nunca fue la nuestra.

Autor: Javier Mena Mauricio

Abogado del Área Judicial de Comunidad y Justicia

Síguenos:
(Visited 1 times, 1 visits today)

Comments are closed.

↑
Close