El sabio activo

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Boecio y la educación liberal

Hace casi mil quinientos años, en un oscuro calabozo en Pavía, importante ciudad del reino de los ostrogodos en Italia, quien sería llamado por muchos como «el último de los romanos» halló su cruel destino en manos del verdugo. Torturado hasta el extremo, una soga ciñó esa cabeza, verdadera biblioteca universal, hasta que los ojos saltaron y el cráneo se fracturó.

Anicio Manlio Severino Boecio es recordado hoy principalmente en los manuales de historia de la filosofía. Su nombre aparece casi siempre de dos formas, ya sea como parte del epílogo del pensamiento antiguo, o como parte del prefacio de la filosofía medieval. En ambos casos, la mención es breve, casi nunca más que un párrafo dedicado, ya sea al romano clásicamente educado al servicio del rey bárbaro y que compuso un epítome del mundo clásico, o como un compilador del saber de sus antepasados, ansioso por mantener viva la llama del pensamiento griego en la creciente oscuridad de la edad media.

La realidad es un continuo, y las divisiones historiográficas y las etiquetas, útiles como pueden ser para simplificar información y transmitirla, no terminan de hacerle justicia. Antes bien, muchas veces, la división termina rompiendo aquello que, por su propia naturaleza, se resiste a la compartimentalización. La vida y obras de Severino Boecio son de tal calibre que merecen, luego del tratamiento superficial en que lo encontramos en un principio, un estudio que tenga en cuenta al hombre que, puesto en el cruce de caminos que es la historia, se alza con una estatura que opaca a tantos que lo han seguido a lo largo de los siglos.

Esa muerte que describimos en un principio fue precedida por la estrepitosa caída en desgracia de uno de los hombres más importantes de su tiempo. Tan solo unos años antes, Boecio gozaba del favor real. A comienzos del siglo había sido inscrito dentro del número de los senadores de Roma, no obstante su temprana edad. Un lustro después, lo que era una prometedora carrera se consumó en apoteosis gloriosa, cuando Boecio detentó las fasces consulares y patrocinó los juegos del año 510. Apenas dos años antes de morir, el recientemente nombrado magister officiorum[1] del rey ostrogodo, en la cima del poder, influencia y prestigio, vio a sus dos hijos inscribir sus nombres en los dípticos de los cónsules. Colmado de honores y beneficios, rodeado de amigos, fecundo en los estudios filosóficos, e igualado por su descendencia, a Boecio no le quedaba nada más que morir para sellar una vida digna del más feliz de los mortales.

Pero como la vida no se acaba sino con la muerte, la desgracia de Boecio comenzó cuando no murió en el cénit de la fortuna. Atrapado entre intrigas palaciegas y rodeado de enemigos, Boecio vio cómo, en el espacio de un año, todo cuanto lo engrandecía a ojos de sus congéneres le era arrebatado, y que su suerte era invertida por el mismo que lo había hecho grande.

Humillado, separado de su familia y amigos, despojado de sus libros y sus riquezas y a merced del arbitrio real, Boecio bien hubiera podido entregarse a la desesperación, o esperar abatido el golpe del verdugo. No fue así. Esos meses de encierro produjeron una de las obras más admirables que haya producido la mente humana. Una profunda y conmovedora reflexión sobre la Providencia, el gobierno divino del mundo y la fortuna del hombre es lo que contienen las páginas de la Consolación de la Filosofía. En ellas, revestidas de vívidas imágenes tomadas de la cultura clásica, Boecio nos muestra, en verso alternado con prosa, el orden del universo y el lugar del hombre en él.

Un solo tesoro permitió Teodorico a Boecio durante su cautiverio, y fue sencillamente porque no podía arrebatárselo. Por más extraño que suene a nuestros igualitarios oídos, la aristocracia romana, de la que la familia de los Anicios era entonces flor y nata, se veía a sí misma como la pars melior humani generis. Lo mejor de lo mejor, la porción escogida del género humano. Esa excelencia debía ir, naturalmente, acompañada de riquezas, honores y magistraturas, las que eran su revestimiento más apropiado, que demostraba la grandeza de quien los detentaba. Pero en su centro, el corazón de la excelencia del aristócrata romano era su educación, que le permitía dominarse a sí mismo, expresándose del modo más conveniente a su condición y, por medio de su experto dominio de las artes de la lógica, gramática y retórica, elevarse por sobre los demás hombres, dominarlos, y erigirse como un gobernante natural. Pero no era pura expresión vacía de contenido, como el mismo Boecio nos demuestra, sino que estaba fundada en el conocimiento de los autores clásicos, lo que los programas de las universidades llaman hoy los «grandes libros».

Pero Boecio no pasó a la historia solamente como el autor de una bella obra consolatoria en el umbral de la muerte. Durante su vida, a la par que ascendía célere los escalones del cursus honorum, Boecio tradujo y comentó un gran número de obras de Aristóteles[2], a la vez que escribió obras tanto filosóficas como teológicas de gran calado. Con naturalidad ajena a nuestra división de los saberes, Boecio se movía con comodidad entre la filosofía y la teología, como lo demuestran sus cinco Opúsculos teológicos, dos de los cuales, el Sobre la Trinidad y las Hebdómadas, fueron asiduamente comentados durante el milenio siguiente.

Merece la pena recordar a este hombre cuya vida encaja con ese modelo tan popular hoy, el del sabio activo que, a la par del estudio de las ciencias humanas y divinas, se entrega generosamente al servicio de los demás.

Precisamente la muerte de Boecio, causada por su negativa a traicionar a sus amigos senadores que estaban en conversaciones secretas con la corte de Constantinopla, nos sirve de aviso de que la vida está para apuntar alto, aunque a veces tengamos la mira puesta en el blanco equivocado.

Autor: Benjamín Cortés Gallardo

Licenciado y magíster en filosofía por la Universidad de los Andes. Candidato a doctorado en filosofía en la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino, Roma (Angelicum). Profesor en Uandes, UAI y Colegio Montemar. Organizador de Pro Civitate Dei.

Notas

[1] Especie de primer ministro y jefe del servicio civil, que tenía a su cargo la cancillería del rey.

[2] Su intento de traducir todas las obras de Platón y Aristóteles al latín y de comentarlas para demostrar sus similitudes sería truncado por su encierro y muerte. Aún así, la porción de las obras lógicas de Aristóteles que tradujo y comentó, junto con la introducción escrita por Porfirio, le ganó el mote de «maestro de lógica de la edad media».

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