Los dos destinos de Pedro de Valdivia

by

De la historia al mito

Decía Jorge Luis Borges que cada uno se juega su destino en un único momento de su vida, un momento decisivo en el que de pronto el afectado sabe quién es en lo más profundo de su conciencia. Seguramente el escritor argentino solo pensaba en algunos individuos concretos, tal vez en aquellas personas que consideramos heroicas por algún motivo. Este razonamiento puede aplicarse a muchos personajes que han acabado sus vidas de un modo famoso y violento. Uno de ellos es Pedro de Valdivia.

Si lo pensamos un poco, existen realmente dos Valdivias: uno histórico y otro simbólico. Por un lado está el personaje que llega a Chile con un grupo de españoles, el hombre que resiste, conquista y acaba muriendo oscuramente en una emboscada. En ese instante decisivo, el de su muerte, quizá el veterano conquistador entendió el alcance de todos sus afanes humanos. Pero esa misma escena también ha quedado grabada para la historia. A partir de aquí viene el otro Valdivia, el héroe discutido o admirado que se ha ido construyendo a través de distintos lugares de la memoria: estatuas, ríos, epopeyas, plazas, ciudades, pinturas, sellos, billetes de banco, novelas, cómics o series de televisión, entre muchos otros. El significado de este segundo Valdivia es más ideológico o político que otra cosa.

El sujeto histórico, el Valdivia real que vivió hace cinco siglos, no resulta demasiado conocido entre la opinión pública. Si preguntamos a muchos, lo más seguro es que respondan que murió a manos de los indígenas, pero no ha quedado tanto rastro de sus hechos en la memoria colectiva chilena. Sobre este primer Valdivia se han ocupado historiadores y biógrafos. ¿Qué sabemos de él? Ni siquiera se ha alcanzado un consenso en torno a la fecha o al lugar preciso de nacimiento, un pueblo de la comarca de La Serena, en la provincia extremeña de Badajoz. Fue un individuo del que se tiene un conocimiento discreto en cuanto a fuentes directas se refiere. Aparte de lo que el propio interesado dejó escrito en sus cartas, nos han llegado tres crónicas contemporáneas de soldados que lo trataron, además de un interesante archivo, pero no comparable en cantidad con el que se tiene de la conquista de Perú o México. Por noticias que nos da el propio Valdivia, combatió en Europa antes de llegar a las Indias. Estaba casado cuando se enroló en las filas de Francisco Pizarro en Perú y pasaba de los cuarenta años cuando se lanzó a la aventura de la conquista de Chile, un territorio que había rechazado una expedición anterior comandada por Diego de Almagro.

Con un centenar de hombres y un número indeterminado de yanaconas atravesó épicamente el desierto de Atacama y no paró hasta llegar al Mapocho. En un antiguo asentamiento indígena fundó la capital del territorio con su correspondiente cabildo formado por gente de su confianza. Con ellos iba a seguir explorando y extender fronteras. Por supuesto, también pensó en un nombre: Santiago del Nuevo Extremo (más tarde, de Chile). En las semanas siguientes negoció con las naciones vecinas para que lo ayudasen en su empresa colonizadora, pero los indios bien pronto se dieron cuenta de que los españoles «eran codiciosos y muy mandones», como reconoce tranquilamente el cronista soldado Góngora Marmolejo. Aprovechando que Valdivia había salido de Santiago con un grupo de hombres, los indios asaltaron la ciudad y la destruyeron. Aunque al final los españoles consiguieron repeler el ataque, se quedaron completamente a la intemperie, sin alimentos ni techos donde cobijarse. En estos momentos es donde se aprecia el líder que fue el conquistador de Chile. Sabedor de que estaba en una desventaja tremenda frente a las poblaciones hostiles que los rodeaban, casi lo primero que hizo fue mandar a su hombre de confianza, Alonso de Monroy, a buscar refuerzos al Perú. Siempre ocurrente, con el poco oro que habían encontrado en unas minas cercanas, ordenó a seis de sus soldados que adornaran las cinchas, estribos y sillas de montar con aderezos de oro. Había que llamar la atención a los colonos del Perú para que vinieran a Chile.

Además, casi por primera vez en la historia de las grandes conquistas de América, en lugar de esperar a que el maná cayera del cielo (o que los indios los mantuvieran, que venía a ser lo mismo), Valdivia puso a trabajar a su gente, tanto españoles como yanaconas. Escribió más tarde que su trabajo consistió en ser:

capitán en la guerra y ser el primero en los peligros, porque así convenía, padre para favorecerlos con lo que pude y dolerme en sus trabajos, ayudándoselos a pasar, como de hijos, y amigo en conversar con ellos, jumétrico [geométrico] en trazar y poblar, alarife [ingeniero] en hacer acequias y repartir aguas, labrador y gañán en las sementeras, mayoral y rabadán en hacer criar ganados y, en fin, poblador, criador, sustentador, conquistador y descubridor.

Esas palabras nacían de su experiencia de oficial en los tercios de Italia, donde las cualidades de un buen capitán se valoraban en la medida en que abarcaban aspectos tanto éticos como militares en el trato con la tropa. Una y otra vez se implicó personalmente en la supervivencia suya y la de la comunidad a su cargo.

En la década siguiente Valdivia consiguió consolidar su dominio sobre el centro de Chile y avanzó hasta el sur. A la altura del río Bío Bío fundó Concepción en 1550. Desde entonces hasta su muerte se consagró a fundar otros asentamientos en el sur a costa del pueblo mapuche. Ni Cortés ni Pizarro se atrevieron a fundar una ciudad con su propio nombre. Valdivia, al modo de los generales romanos, sí lo hizo. En este gesto descansa también el vértigo fundador de sus últimos años. Buena parte de las ciudades más importantes del Chile actual se originaron durante su gobierno, por más que, a lo largo de su turbulenta historia, fueran arrasadas por terremotos o ataques mapuches. Ahí se revela que era perfectamente consciente de ser el líder de una comunidad humana que se iba a instalar en aquellas tierras. Y no era otro el lugar donde quería quedarse hasta el fin de sus días y pasar a la Historia. En esto es igual a Cortés o Pizarro. Así lo escribe a Carlos V en un párrafo revelador:

Mi interés no es comprar un palmo de ella [de tierra] en España, aunque tuviese un millón de ducados, sino servir a Vuestra Majestad con ellos y que me haga mercedes en esta tierra [o sea, en Chile] para que después de mis días, gocen mis herederos y quede memoria de ellos y de mí en adelante.

Poco después Valdivia iba a encontrarse con ese instante fundamental, ese instante borgiano en el que se decide el destino del personaje. En una tarde de las navidades de 1553, marchó con una partida escasa de hombres a sofocar una rebelión en el fuerte de Tucapel y nunca regresó. Ni él ni ninguno de los españoles que lo acompañaban. Los únicos supervivientes, dos indios yanaconas o auxiliares, dijeron que había sido tomado prisionero y muerto a manos de los enemigos. Pronto se movieron diferentes versiones de lo ocurrido, unas que hablaban de una muerte rápida y otras que se recreaban en torturas espantosas. Una cosa es cierta: se lo tragó el agujero negro de la Historia.

Este dramático final se ha inscrito a fuego en la memoria sobre Valdivia. Es la imagen más potente que ha dejado a la posteridad. El tiempo humano esconde paradojas sobre las que es bueno meditar de vez en cuando. Aquel hombre que ganaba siempre en sus batallas, aquel que gritaba poco tiempo antes «¡Por fin empiezo a ser señor!» cuando vio cómo llegaban las primeras grandes remesas de oro, acabó asesinado por unos individuos anónimos, ya que ni siquiera todas las crónicas se ponen de acuerdo en la identidad del verdugo.

¿Cómo influyó este acontecimiento en la valoración de Valdivia? Aquí es cuando se empieza a formar el segundo destino de su vida. Desde luego, de forma inmediata sus circunstancias no le ayudaron a pasar a la fama al mismo nivel que Cortés o Pizarro. Actuaron en su contra, por lo menos, tres hechos indudables: que Chile fuera un territorio periférico en el imperio, que no aportaba la misma riqueza que Perú o Nueva España, y que su final fuera morir a manos de los naturales.

Para colmo, el momento de su muerte coincide con un estado muy delicado de las relaciones entre los conquistadores y la corona, ya que unos y otra están pugnando por el control de la tierra en Indias. Los conquistadores debieron enfrentarse a los intereses de la monarquía católica y del Consejo de Indias. En batallas legales que tuvieron poco de épicas, escribieron numerosos memoriales a la corona y sus representantes (a veces, con la longitud de una crónica, como las de Cortés) y redactaron documentos judiciales para hacer valer lo que consideraban sus derechos de conquista. En ocasiones la tensión se estiraba tanto que ellos o sus herederos se rebelaron contra el rey, tal el caso famoso de las guerras civiles del Perú o la conjura abortada de Martín, el hijo de Hernán Cortés en México. En todos los casos salieron derrotados. Estos hechos históricos llevaron a que en la segunda mitad del siglo XVI se los acabase viendo entre las élites peninsulares como unos aventureros capaces de desafiar a la corona.

Para muchos contemporáneos suyos Valdivia no fue en absoluto un héroe. El gran poema épico culto de la literatura en español, «La Araucana» de Alonso de Ercilla, lo ningunea al empezar con la emboscada y el asesinato de Tucapel. Ercilla reserva amargos versos al primer gobernador de Chile, quien habría recibido un justo castigo a su ambición y su soberbia cuando se confió en castigar el alzamiento con una fuerza escasa de número:

Valdivia, perezoso y negligente,

incrédulo, remiso y descuidado,

hizo en la Concepción copia de gente,

más que en ella, en su dicha confiado.

Con estos versos se amartillan unos cuantos clavos en la memoria de Valdivia. De hecho, su muerte marca el origen de un larguísimo periodo de resistencia mapuche al imperio. A lo largo de doscientos cincuenta años el dominio español se detuvo en el límite del Bío Bío.

Sin embargo, el Valdivia simbólico va a ir variando su mensaje a lo largo del tiempo. Ya los historiadores criollos y españoles empiezan a valorarlo positivamente un siglo después de su muerte. Este intermedio purificador perdura hasta la proclamación de la independencia. Lo notable del caso de Valdivia, frente al de otros conquistadores (en especial, Cortés en México), es que su gran reivindicación sucede con la constitución del Estado chileno decimonónico, casi al mismo tiempo en que se consagra la ocupación de la Araucanía. A partir de entonces, su imagen aparece en sellos y billetes de banco, circula en pinturas sobre el periodo colonial o decora manuales de historia escolar. Un dato en el que no se suele reparar es que, antes del Estallido de 2019, había una docena de estatuas suyas repartidas por todo Chile. De pocos conquistadores se puede decir esto.

Más allá de los méritos o limitaciones objetivos de un personaje, las circunstancias de cada estadio histórico determinan su puesto dentro de la política de su tiempo y más tarde en la memoria colectiva. En 1876 el ya general Cornelio Saavedra, el ingeniero de la derrota mapuche, descubría la sábana que envolvía un monumento en el Cerro de Santa Lucía de la capital. Era la primera estatua dedicada a Valdivia. Este no posaba en actitud guerrera, sino a modo de varón reflexivo. Como puede advertir cualquiera que se acerque al Cerro hoy en día, Valdivia mira hacia abajo mientras sostiene un rollo de papel en el que se despliega el texto fundacional de la ciudad. No es un violento soldado, sino un hombre sabio que medita una acción trascendental. Por eso está contemplando un punto en el mismo Cerro donde empezó la fundación de su ciudad.

El significado de padre fundador ha rescatado durante mucho tiempo la memoria oficial de Valdivia en Chile. Uno de los principales valedores de ese pasado fundacional, hispano y aristocrático, es el historiador y ensayista Jaime Eyzaguirre. Mediante un estilo tan elegante como apasionado, en su biografía «Ventura de Pedro de Valdivia» (1946) elabora un retrato al pastel del conquistador de Chile. «Alma de artista», «hombre del Renacimiento», «esteta del gobierno y de la guerra», «señorío innato», «mente creadora», «arquitecto de la nación»: Eyzaguirre no retrocede ante ningún epíteto. Su invención de un caballero conquistador convierte a Valdivia más en una Idea que en un ser humano. Por eso puede justificar sus tejemanejes, perdonarle su célebre adulterio con Inés Suárez o pasar por alto (gran elipsis) los detalles de la muerte de su héroe. La inspiración de este libro alcanza incluso a un best seller del otro lado ideológico como es la novela «Inés del alma mía» de Isabel Allende, quien lo cita directamente entre sus fuentes.

Ciertamente los valores simbólicos y políticos no siempre se llevan bien con las lecturas rigurosas de la historia. Los apologistas de Valdivia creen ver un deslumbramiento personal del conquistador ante la belleza sobrecogedora del paisaje. Como suele ocurrir con cualquier discurso nacionalista, la singularidad de la geografía es uno de los grandes argumentos para afirmar la propia identidad. Se ha dicho que Valdivia, como padre fundador de la patria, habría visto antes que nadie la hermosura del país. Por eso escribiría cosas como estas: «Tierra llana, sanísima, de mucho contento», con solo «cuatro meses de invierno no más», donde «podría darse todo género de ganado y plantas que se puede pintar» gracias a la abundancia de pastos y sementeras. Habría, además, tanto oro que pareciera que a la patria chilena «la crio Dios adrede para tenerlo todo a la mano». Salvador de Madariaga hablaba del «conquistador conquistado» para referirse al amor que los caudillos españoles habrían sentido por el paisaje americano. Sin embargo, antes de lanzar las campanas al vuelo, hay que pensar en quién es el destinatario de tales alabanzas. No se trata de un amigo íntimo, sino del emperador Carlos V, a quien hay que convencer de la bondad de sus nuevos dominios para que permita traer nuevos colonos. Esta fue, en realidad, la verdadera preocupación de Valdivia, quien debía luchar por sobrevivir con sus escasos compañeros en una tierra alejadísima de los centros de poder.

Por supuesto, también hemos asistido a una demonización de su figura que ya tiene antecedentes lejanos en las polémicas entre Andrés Bello y Lastarria a cuenta del pasado colonial de Chile. El caso de Valdivia, como el de cualquier conquistador español en América, ha generado polémicas como si la resonancia de sus hechos viniera de ayer mismo, y esta fuera únicamente negativa. Los decapitadores de estatuas claman que fue un genocida, aunque sería interesante preguntarles sobre sus lecturas de Góngora Marmolejo o de Mariño de Lobera. Sin embargo, la principal objeción contra la demolición de los monumentos no se relaciona con el conocimiento más o menos precario de los hechos. La cuestión decisiva tiene que ver con que el viento terrible de la Historia puede cambiar de dirección en cualquier momento. Es el problema de pensar el pasado solo en términos de una fabricada memoria colectiva y no desde el análisis sereno de los acontecimientos.

Hasta el siglo XXI las políticas de la memoria en Chile habían sido asunto del Estado, y de ahí que Valdivia hubiera sido promovido como el héroe fundacional de una nación que se definía desde arriba como orgullosamente hispana. Sin embargo, la tendencia de las últimas décadas en todo Occidente, incluido Chile, ha ido cambiando. Se ha ido favoreciendo un discurso en el que las minorías étnicas o sexuales reclaman el monopolio de la memoria. Estas ahora discuten el relato oficial y proponen desmontarlo completamente otorgando la voz a los perdedores.

Esta ética del vencido, que descalifica cualquier otra legitimidad que no sea la suya, da lugar a una tensión difícilmente superable. De un lado, hay un grupo que se adjudica la dignidad del pueblo al que dice representar, pero casi de inmediato reacciona otro grupo, igualmente interesado en ser la voz del «auténtico» pueblo. Este se pregunta si los argumentos memorialísticos del contrario son legítimos, y se plantea una discusión que poco tiene de científica. «La apropiación de la historia por parte de la memoria es también la apropiación de la historia por parte de la política», dice David Rieff. En consecuencia, las verdades de la memoria histórica reflejan la misma transitoriedad de los discursos políticos. A las alturas en que se escriben estas líneas, las circunstancias chilenas hacen augurar un cambio de ciclo. Si se llegara a este caso, no sería extraño que su memoria se metamorfoseara de nuevo. Es pronto para saberlo, pero algo es seguro: el mundo polarizado de hoy ayuda a que los relatos míticos se enfrenten sin cesar.

Autor: Javier de Navascués

Catedrático de Literatura Hispanoamericana, Universidad de Navarra.

Síguenos:
(Visited 6 times, 7 visits today)

Comments are closed.

↑
Close