Espiritualidad litúrgica franciscana ante las catequesis de León XIV sobre la Sacrosanctum Concilium sobre el fomento y la reforma de la liturgia
El pasado 26 de agosto, el papa León XIV cerró en Roma un ciclo poco comentado fuera de los círculos eclesiásticos, pero que, a mí, como fraile franciscano y profesor de liturgia, me ha llamado mucho la atención: ocho catequesis de los miércoles dedicadas, una por una, a explicar la constitución conciliar sobre la liturgia, la Sacrosanctum Concilium. Sesenta y tres años después de aquel texto, la Iglesia sigue discutiendo, a veces con más fervor que caridad, cómo hay que celebrar la misa. Entre quienes añoran el rito antiguo como quien añora una lengua materna y quienes defienden cualquier «creatividad» pastoral en nombre de la cercanía, el debate lleva décadas repitiendo el mismo empate: ni la disputa jurídica ni la nostalgia han logrado apagarlo.
León XIV ha elegido otra vía, más lenta: no legislar sobre el síntoma, sino volver a explicar la fuente. Y lo que ha dicho en esos ocho miércoles dibuja un mapa preciso de las dos trampas en que suele caer este debate, y que, a mí, desde mi tradición religiosa y carismática, me resultan conocidas: el rubricismo frío, que ejecuta el rito con escrúpulo, pero sin alma, o como señalo en mis clases, una liturgia “aséptica” sin contaminación (los enfermeros me entenderán esta expresión) y el subjetivismo caótico, que convierte la liturgia en vitrina de quien preside colocándolo en el centro de las miradas. León XIV lo dice sin rodeos: ningún ministro es «dueño» del rito, ni puede modificarlo por iniciativa propia, porque la liturgia es patrimonio de toda la Iglesia y no de la sensibilidad de quien la preside en un momento dado; pero tampoco basta con cumplirlo, porque los fieles «no pueden ni deben permanecer mudos y pasivos» ni «espectadores mudos» de un rito que se celebra sin ellos. Ni rígidos ni sueltos: las dos cosas a la vez, o ninguna basta.
San Francisco de Asís resolvió esta misma tensión ochocientos años antes, con una economía verbal que le era propia. En su Carta a toda la Orden, al explicar a sus frailes cómo debían rezar el Oficio Divino, dejó una fórmula de apenas siete palabras en latín: vox concordet menti, mens vero concordet Deo, es decir, que la voz sintonice con el alma, y el alma sintonice con Dios. Es una cadena de tres eslabones. La voz, es decir lo que se dice, lo que se canta, la forma común que la Iglesia entera comparte, la ritualidad externa, corre siempre unida, viva, ligada a quien la pronuncia; por eso debe sintonizar con el alma. Pero tampoco basta con que haya coherencia entre lo que se dice y lo que se siente: el alma podría quedarse mirándose a sí misma, complacida en la calidad de su propia devoción. Por eso, a su vez, debe sintonizar con Dios mismo, más allá de la experiencia religiosa que de él se tiene. Hay, en otras palabras, dos concordancias y no una, y ninguna es prescindible ni intercambiable: se puede fallar por defecto de voz, o sea el ritualismo que reduce la oración a «un mero movimiento mecánico de los labios», como advertía el propio San Francisco, o por defecto de alma: la devoción que se repliega sobre sí misma y deja de mirar a Dios.
Conviene notar que el Poverello no inventa el problema: lo hereda y lo invierte. Seis siglos antes, la Regla de san Benito ya pedía una concordancia semejante para salmodiar, pero en sentido inverso: mens concordet voci, que la mente siguiera a la voz, que la disposición interior se ajustara a la acción litúrgica ya iniciada. Y cuidaba, además, con fruición la belleza del canto: sus cantores, sus himnos entonados por el abad, sus antífonas y aleluyas según el tiempo del año. San Francisco invierte esa fórmula y le añade un tercer término: vox concordet menti, mens vero concordet Deo. Exige más: que sea la voz la que siga al alma, y que el alma, a su vez, se olvide de sí misma para mirar a Dios. Desconfía, además, de esa misma belleza precisamente cuando se vuelve fin en sí misma: pide a sus frailes que son clérigos preferir la pureza de corazón que agrada a Dios a la melodía y al deleite de los oídos del pueblo. Y, sin embargo, hay aquí la reivindicación más exigente del canto: la tradición franciscana, que con Jacopone da Todi y tantos otros produjo una de las escuelas de himnodia más fecundas de la Edad Media, sabía que la belleza solo es plenamente sí misma cuando se subordina a aquello que está llamada a servir.
Esta doctrina nació de una experiencia corporal intensísima que sus biógrafos describieron con un asombro que todavía se nota en el modo en que escriben y no de una reflexión especulativa. Uno de éstos, Tomás de Celano, el primero en poner por escrito la memoria viva de quienes convivieron con Francisco, dejó una frase que ha quedado como emblema de toda su espiritualidad: Francisco había convertido en lengua todo su cuerpo, como el biógrafo sugiere. Rezaba con el cuerpo entero. Durante el rezo de las horas, guardaba una postura de máxima reverencia, y se negaba a apoyarse en muros, aunque le aquejaran graves dolencias en los ojos, el estómago, el bazo y el hígado; una vez, viajando a caballo bajo una lluvia torrencial, se apeó del animal para rezar el Oficio Divino de pie en pleno camino, empapado, antes que descuidar la dignidad del rito. Se arrodillaba ante el misterio eucarístico, se postraba en tierra buscando que la humildad del cuerpo correspondiera al afecto del corazón, alzaba las manos al suplicar. Nada de esto era, según sus propios hermanos, «gesticulación teatral»: era la sincronización exacta entre cuerpo y espíritu que su fórmula latina resumiría después con precisión quirúrgica.
León XIV ha insistido, además, en que tradición y progreso no se contradicen. Recuerda que ya Pío XII enseñaba que «la Iglesia crece y se desarrolla también en lo que toca a la sagrada liturgia», y toma de Benedicto XVI una imagen feliz para explicar el equilibrio: la tradición es «un río que lleva su fuente y tiende hacia la desembocadura» —ni lago estancado, ni corriente sin origen, sino memoria que avanza sin dejar de ser la misma agua—. Por eso el Concilio pudo pedir, sin contradecirse, «conservar la tradición y apertura al legítimo progreso» (SC 23): hay un núcleo que ninguna generación puede tocar, y hay formas que la Iglesia misma puede revisar cuando el bien de los fieles lo pide, siempre desde dentro y por desarrollo orgánico, nunca por ocurrencia individual.
San Francisco ofrece, sin saberlo, la ilustración más nítida de ese mismo principio, y conviene decirlo con claridad, porque el nombre de Francisco de Asís se usa a veces para justificar justo lo contrario de lo que él vivió: la idea de un santo «a-litúrgico», despreocupado del rito, para quien solo importaría la espontaneidad del Espíritu y del menosprecio de la forma litúrgica. La evidencia dice lo contrario. El iniciador de la fraternidad de frailes menores, el que dormía al raso y pedía limosna, fue en materia litúrgica un hombre de obediencia eclesial: en su Regla bulada obligó a sus hermanos clérigos a rezar el Oficio «según la ordenación de la santa Iglesia romana», adoptando el rito de la Curia romana pontificia sin inventar nada propio, y llegó incluso a mitigar las restricciones de la pobreza para permitirles poseer los costosos libros litúrgicos necesarios. Un hombre que prohibía a sus frailes tocar el dinero hizo una excepción explícita para los breviarios. Fue, en casi todo lo demás, el espíritu más disruptivo de su siglo, y sin embargo entendió que la novedad evangélica y la fidelidad a la forma recibida se sostienen y no son opuestos, como el cauce sostiene al río sin dejar de ser el mismo río. Quien cree que se puede ser franciscano en la pobreza y arbitrario en la liturgia no ha entendido a san Francisco: su libertad evangélica no se ejercía contra la forma común de la Iglesia, sino dentro de ella, y por eso podía ser tan radical en la pobreza y tan disciplinado en el culto.
Esa doble exigencia: fidelidad a la forma común, habitada con toda el alma, es lo que el Papa León XIV ha querido recordar en agosto recién pasado con otras palabras. Cuando explica que los signos litúrgicos «no son un revestimiento exterior del ministerio sacramental» sino que «significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre», está diciendo, en el registro de la teología sacramental, lo mismo que Francisco vivía cada vez que se arrodillaba: que el gesto no ilustra una gracia que existiría igual sin él, sino que es el cauce mismo por el que esa gracia llega. Cuando insiste en que el hombre contemporáneo, ante un mundo secularizado, necesita «volver a ser capaz de símbolos» y participar «con todo el ser: cuerpo, mente y corazón», está diagnosticando una atrofia que Francisco, con su cuerpo entero convertido en lengua, ya prevenía en el siglo XIII. Y cuando recuerda que la Eucaristía transforma a quien la recibe hasta hacerlo semejante a lo que recibe, retoma la misma convicción que llevaba a Francisco a barrer con sus propias manos las iglesias descuidadas que encontraba en sus caminos: no se venera con descuido lo que se cree capaz de transformarnos.
Hay, por último, una dimensión eclesial en todo esto que no conviene pasar por alto. Si la liturgia pertenece a la Iglesia entera y no a la sensibilidad particular de quien la preside, como insiste León XIV, entonces cualquier fractura en el modo de celebrar no es solo un problema de gusto estético, sino una herida en el lugar mismo donde la Iglesia se constituye como tal, celebración tras celebración. San Francisco, que tenía plena libertad para inventar un rito propio y eligió en cambio la obediencia al Rito Romano, entendió esto antes de que tuviera nombre técnico: la novedad de un carisma no se demuestra inventando formas litúrgicas, sino habitando con todo el ser las que se han recibido de toda la Iglesia.
Esto tiene, además, una consecuencia formativa que atañe directamente a quienes enseñamos teología y liturgia en la universidad y en otros espacios de formación. Es fácil escribir con sofisticación sobre la teología del signo sacramental sin haber experimentado en el propio cuerpo lo que significa arrodillarse hasta que duelen las rodillas, o sostener una hora de oración bajo la lluvia por fidelidad a un compromiso ya asumido. San Francisco recuerda, y León XIV lo confirma desde el magisterio, que la reflexión sobre el rito solo alcanza su verdad plena cuando se hace desde dentro del rito mismo, y no desde la distancia de quien lo observa como un fenómeno cultural interesante. El coro, podría decirse, precede al aula; y sin el coro, el aula corre el riesgo de hablar con precisión de algo que ya no termina de comprender.
Creo que este debate se resuelve menos con argumentos técnicos o con motu proprio, aunque también haga falta legislar, que con algo más simple e incómodo a la vez: recuperar la costumbre de rezar con el cuerpo entero, sin reclamar a Dios la incomodidad de estar de pie cuando toca, la humildad de arrodillarse cuando toca, el silencio cuando toca callar. Un mundo que ha perdido buena parte de su capacidad de leer símbolos necesita reeducarse en algo elemental: que un gesto litúrgico es el lugar donde esa fe, si es verdadera, se hace real y no es una decoración prescindible de una fe que sería solo interior.
¿Y cómo se asume esto, en concreto, quien lee esta página un domingo cualquiera y no tiene que resolver el debate, solo vivirlo? Yo propondría tres gestos sencillos. El primero es resistir la tentación de volverse «consumidor litúrgico», yendo de parroquia en parroquia, de capilla en capilla, a buscar el rito que más se acomode al propio gusto, en lugar de habitar con fidelidad la comunidad y el rito que la Iglesia local ofrece: la obediencia a esa forma común, más que la búsqueda de la celebración perfecta, es ya un acto de fe. El segundo es cuidar el cuerpo en la misa, es decir llegar a tiempo, ponerse de pie y de rodillas con toda la atención que el gesto pide, no solo por costumbre, para que la voz no corra sola. Y el tercero, quizás el más franciscano de los tres, es no quedarse en espectador ni siquiera del propio descontento: participar, cuando se pueda, en los equipos de liturgia, los consejos parroquiales o la catequesis litúrgica, esos lugares modestos donde la comunidad discierne juntos cómo celebrar, para que la sintonía entre voz y alma no dependa solo del fervor privado de cada fiel, sino se construya, pacientemente, en fraternidad.
Siete palabras latinas escritas para resolver un problema concreto de disciplina coral entre unos frailes mendicantes del siglo XIII siguen, ochocientos años después, señalando la salida de un debate que seguimos sin cerrar: ni la voz sin el alma, ni el alma sin la voz, y ninguna de las dos sin Dios.
Autor: Fr. Cristián Eichin Molina, OFM
Fraile franciscano y sacerdote. Es Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y Master en Liturgia por el Instituto Católico de París. Es Vice Gran Canciller de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.
Last modified: 2 de octubre de 2026





