Una pedagogía de la vida contemplativa desde el punto de vista de la novedad cristiana
San Francisco de Asís nos dejó pocos escritos y —podríamos decir con cierta seguridad— menos todavía sobre educación. Lo que nos dejó fue un testimonio de vida. Esto evidentemente se presta para todo un folklore de interpretaciones fantasiosas. A riesgo de aportar una más de ellas, quisiera expresar algunos aspectos que, a mi modo de ver, san Francisco nos ha legado para la educación.
Para esto, quiero describir, grosso modo, un doble contexto histórico que permite comprender, según me parece, la particularidad histórica del Pobre de Dios.
San Francisco vivió en los siglos XII y XIII, en los «siglos de oro» de la Baja Edad Media, es decir, en una cierta madurez de la cultura medieval (pese a todas sus crisis). Si bien la cultura clásica fue asumida por una tendencia interna de la simiente cristiana, nos encontramos con una nueva cultura europea que nace de las ruinas de la Antigüedad grecolatina (a diferencia del contexto cultural, por ejemplo, de un san Agustín, hombre plenamente romano). Simplificando las cosas, podríamos decir que uno de los aspectos culturales determinantes que la Cristiandad heredó de la cultura clásica fue el descubrimiento del lógos (la palabra-razón), que se relaciona con la sjolé (el ocio), la bíos theoretikós (la vita contemplativa), la episteme (la ciencia), etc.; todo lo vinculado a la «suprema» facultad del hombre, el nous (la inteligencia), desde la cual se comprendía la plenitud de la vida humana. Esta herencia es, evidentemente, una conquista. Pero han tenido que pasar siglos de historia después de Cristo, para que el germen de la fe cristiana comenzara a comprender el significado de una plenitud de vida humana desde su propia identidad y virtud (proceso que dura hasta el día de hoy), en la que esa herencia clásica ha sufrido una radical transformación. Si se lee, por ejemplo, a Séneca, se comprenderá que, de alguna manera, la vida ociosa, la vida con tiempo para lo realmente divino, es, para los clásicos, solo posible para una clase privilegiada: aquellos que no dependen sustancialmente del trabajo. El hombre sencillo, que debe trabajar con las manos para ganarse el pan, es, de alguna manera, una especie de ciudadano de medio pelo, ubicado entre el esclavo y el hombre libre. La radical novedad del Evangelio (cosa de la cual seguimos —apenas— cayendo en la cuenta) es que la vida del Dios-hombre, el Lógos encarnado, comenzó en la sencilla casa de un carpintero (una especie de «maestro chasquilla») y, podríamos decir, una dueña de casa.
La segunda nota contextual que quería apuntar (que también es una cierta simplificación) es el hecho de una diferencia climática. En la Alta Edad Media, los primeros siglos de Cristiandad, el monacato, la vida religiosa, es heredera de la vida del desierto desarrollada en la Iglesia oriental. El desierto, por así decirlo, lleva de suyo a una vida ascética. El desierto es como la imagen del ascetismo: la carencia de bienes de este mundo, el trabajo del espíritu, la ausencia de vida exterior para adentrarse en la vida interior… No hace falta mucho para describir el contexto geográfico de Francisco; basta con decir que la zona de Umbría, en Italia, es casi justamente lo contrario del desierto. Asís es una cierta imagen del Paraíso: bosques, colinas, campos, arroyos, fuentes, animales, insectos, etc. Frente a la austera monotonía del desierto, los campos y bosques de Italia representan la riqueza y vitalidad de la variedad. Sin embargo, san Francisco fue ascético. El Pobre de Asís inauguró una cierta forma de comprender el ascetismo que no fue por ello menos ascética.
Teniendo en cuenta estas dos notas, paso a decir lo que, me parece, se puede desprender de la vida de san Francisco de Asís para la educación.[1]
La plenitud de vida humana, la imagen de Dios en el hombre, la participación en la vita divina, se ha abierto para todos, se ha vuelto posible para todos. En san Francisco, hombre —podríamos apuntar— sin un talento especulativo particular, se han borrado las fronteras entre una vida activa y una vida contemplativa. Por así decirlo, el Cántico de las criaturas es accesible a toda forma de vida, al carpintero, al campesino, al ciudadano, al monje, al laico, al académico, al «maestro chasquilla»… San Francisco no describe el mundo desde una mirada «científico-objetiva» (tampoco, por ello, «subjetiva»). San Francisco ni siquiera describe… habla de las cosas desde una vida intensa con ellas. Habla del mundo, de la existencia, desde un corazón enamorado. El Cántico de las criaturas, sin tener ningún refinamiento literario, nos habla de una más alta forma de poesía, aquella en la que las palabras brotan de un suelo fértil: un corazón agradecido. Y es una forma de poesía máximamente universal, accesible también a iletrados.
¿Por qué me parece esto relevante para la educación? Porque veo al menos dos problemas actuales en nuestra manera de comprender nuestra formación escolar: (1) que es, la mayoría de las veces, exclusivamente académica, y (2) que, siendo casi exclusivamente académica, la mayoría de las veces, es tremendamente superficial o, mejor dicho, desarraigada. Nuestra formación escolar, en Chile, sigue desconociendo (insisto, no siempre) la pluralidad de «carismas» de trabajo en este mundo. Ello se expresa en la universal aspiración que tenemos los chilenos hacia la universidad y una cierta tendencia hacia la minusvaloración de lo técnico. Esto puede parecer contradictorio con la radical orientación utilitaria con la que concebimos nuestra formación, sin embargo, me parece que no lo es. La descripción de un excesivo academicismo al que me refiero tiene que ver con un modo de concebir la formación, no con su finalidad. En este exclusivismo académico, muchos jóvenes quedan catalogados simplemente como estudiantes mediocres, cuando en realidad ocultan una preciosa vocación. Nuestra educación conlleva, por así decirlo, una suerte de amor predilecto por los ojos y un cierto desprecio por las manos, como un resabio degenerado de un elitismo intelectual clásico.
Esto puede parecer un problema accidental, pero a través del segundo problema se verá su sustancialidad. Esa forma exclusivamente académica de la educación es como una suerte de chapuceo superficial por un sinfín de cosas. Hablamos de un montón de «conocimientos», se aprende un montón de «materias» con sus respectivos lenguajes técnicos, se desarrollan múltiples «habilidades», sin embargo, permanecemos totalmente distanciados de las cosas mismas. A mi modo de ver, el problema de nuestra formación académica se puede comprender plenamente desde la categoría heideggeriana de la habladuría.[2] Hablamos no tanto desde una relación original con las cosas, desde una relación vital con aquello con lo que nos ocupamos, sino que hablamos de lo que ya se ha hablado. Hablamos de todas las cosas desde una repetición carente de intuiciones. Hablamos de conocimientos y no conocemos. Dice Heidegger: «puesto que el hablar ha perdido o no ha alcanzado nunca la primaria relación de ser con el ente de que se habla, no se comunica en la forma de la apropiación originaria de este ente sino por la vía de una difusión y repetición de lo dicho».[3] Nuestros jóvenes «aprenden» en toda clase de textos elaborados «pedagógicamente» teorías físicas, químicas y biológicas, «aprenden» a cuidar el medio ambiente, «conocen» cómo se desarrolla la vida político-democrática y cuáles son sus derechos, «saben» de teorías lingüísticas bajo las cuales pueden clasificar toda la producción literaria; sin haber nunca tocado la tierra, sin haber experimentado un elemento, sin haber cuidado el crecimiento de la vida, sin gozar de un paisaje, sin experimentar lo que significa la preocupación por el bien común, sin haber saboreado un poema… El porcentaje de analfabetismo nunca ha sido tan bajo en nuestro país, y, sin embargo, nuestra habla nunca ha sido tan pobre. Esta habladuría, además, opaca toda capacidad de asombro, porque «descubre» todas las cosas como algo ya descubierto, sin misterio. La habladuría habla de todo, se pronuncia sobre todo, de todo tiene opinión «crítica», y, sin embargo, nos hace incapaces de distinguir lo que conocemos de lo que no.
Entre un joven que ha crecido recibiendo educación básica, media y superior, y un joven analfabeto que ha crecido en el campo o en las montañas, no sé cuál lleva una mayor plenitud de vida, de conocimiento, de comprensión del mundo. No importa si se estudia una carrera más académica o más práctica, nuestros jóvenes crecen sin detenerse ante el mundo, sin gozar de las cosas, sin descubrirlas a través de un oficio intenso y lleno de amor hacia los entes, oficio desde el cual puede uno donarse a los demás. Crecen en un trato superficial, turístico y chapucero con el mundo, las cosas y las personas. Somos una generación chapucera. Eso se refleja, a mi modo de ver, en la relación extrínseca y efímera que transparentamos hacia el trabajo y la constante búsqueda de huida del mismo para acceder a una «vida plena». Nuestra vida va siempre mirando un paso delante, pero no tiene suelo sobre el cual pisar. Huimos del trabajo, pero tenemos que trabajar para poder huir. Queremos llevar, por tanto, una vida que no tenemos. ¿No es esto agotador?
Muchas veces, para huir de ese trabajo, vamos a la naturaleza. La naturaleza refleja un ritmo constante, calmado y suave que contrasta con nuestro ritmo vital. Sin embargo, huimos como turistas hacia la naturaleza, porque somos incapaces de incorporar nuestro trabajo, nuestra ocupación, en ese ritmo. Nuestra relación con la naturaleza es todavía superficial, extrínseca. El campesino no huye a la naturaleza, vive en un ritmo con ella.
Es curioso, pero se dice en el Génesis que Dios trabajó en un ritmo cósmico. Luego descansó. Y delegó al hombre un dominio con las manos sobre su obra. El trabajo en la tierra existía antes del pecado original. No es una consecuencia suya.
Séneca, en cierta forma, rechazando la vida negotiosa (ocupada, trabajosa), también huía.
Sin embargo, san José fue carpintero.
Insisto, el Cántico de las criaturas no es ni una obra ilustre de literatura, ni científica, ni filosófica, ni teológica, ni nada. Pero habla de un conocimiento pleno, de una vida poética, accesible tanto al leñador como al botánico, al médico como al biólogo, al panadero como al químico, al constructor como al ingeniero, al mecánico como al físico, al barrendero como al político.
Sin querer secularizar el ejemplo de san Francisco, me parece que algo de esta vida enamorada de las cosas en una relación intensa, detenida y oficiosa, se percibe en la película japonesa Perfect Days de Wim Wenders. El personaje principal, limpiador de los baños públicos de Tokio, posee una plenitud de vida de la que carecen la mayoría de nuestros jóvenes con educación superior, incluso los más afortunados. Me da la impresión que este hombre podría prorrumpir en el Cántico a las Criaturas tanto en medio del aseo como en su hora de descanso contemplando los árboles.
¿Cómo se puede aplicar esa forma poética de vida en un currículum escolar? Es difícil determinarlo y posiblemente no exista una especie de respuesta única. Algo me dice que no tiene que ver con un currículum, sino con la vida de quienes educan.
Respecto a la forma de vida religiosa en el contexto de la región de Umbría, me parece que nosotros, los chilenos, herederos de una tierra privilegiada en belleza, podemos aprender algo de Francisco sobre nuestra forma de vivir la fe, que tiene que ver con el conocimiento poético antes descrito.
Intentaré ser breve. La renuncia del cristiano al mundo tiene que ver, paradójicamente, con un amar el mundo «hasta el extremo». Por otra parte, sin cierta renuncia al mundo, tampoco se le podría amar en la forma de un poeta. Además, dicha renuncia se transforma en un desencarnado espiritualismo, si no se arraiga en la comprensión de que «Dios es amor» y la vida espiritual es una relación «esponsal» que Dios ha querido sostener con el hombre en el medio de su ser-en-el-mundo, razón por la cual Dios se ha hecho hombre.
Creo que todo radica en comprender que la vida plena que transparenta san Francisco es fruto de una comprensión del Dios-Lógos, la Verdad, el Creador de todas las cosas como Amor, Persona, Vida. Por eso era capaz de venir al mundo en un pesebre. Esto hace radicalmente universal el acceso a una vita divina.
Yo no veo cómo la educación cristiana pueda fructificar sin un entusiasmo por el mundo que Dios nos ha dado, sin un amor apasionado por esta tierra, con sus montañas, bosques, sierras, desiertos, valles, campos, lagos y mares; y sin un agradecimiento profundo por estas manos que nos han sido dadas para trabajarla.
Insisto, después de todo, san José fue carpintero.
Autor: Pedro del Río de Murtinho
Arquitecto de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Doctor en Filosofía y Máster en humanidades en la Universitat Abat Oliba CEU. Director Colegio san Francisco de Asís y profesor de Historia de la cultura y Arte en el mismo colegio.
Notas
[1] Estas intuiciones provienen, en gran parte, de las charlas de dos amigas mías sobre san Francisco de Asís: Sofía Strobl y María José Viveros.
[2] M. Heidegger, Ser y tiempo, §35.
[3] Idem.
Last modified: 2 de octubre de 2026





