La cruz ante la medialuna

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San Francisco y la evangelización de los musulmanes

Este año en que la Iglesia celebra con gozo el octavo centenario de la muerte de san Francisco († 1226) parece un momento propicio para reflexionar sobre las diversas facetas de la personalidad amable y atractiva del Poverello. Este hombre que, a ejemplo de su Maestro, pasó haciendo el bien y predicando el Evangelio a todas las criaturas, tiene mucho que enseñarnos hoy en día, especialmente en el ámbito de la evangelización y el apostolado con los musulmanes. Frente a la expansión del islam por Europa, que en tiempos recientes ha generado un intenso y acalorado debate, el ejemplo de san Francisco supone un rayo de esperanza, al mostrarnos que el diálogo con el otro siempre es posible, a pesar de las múltiples y legítimas diferencias. Vale la pena, pues, detenernos un momento a considerar su espíritu misionero y las relaciones que entabló con aquellos, aun en medio de las hostilidades y la polarización derivadas de la Quinta Cruzada (1217-1221).

Comencemos examinando el motor que guió la vida de Francisco, la pieza clave que permite entender su incesante trabajo en pos de los demás: el apostolado. Este no debe confundirse con una especie de proselitismo, ya criticado años atrás por el papa Benedicto XVI, quien señaló que «la Iglesia no impone, sino que propone libremente la fe católica, sabiendo que la conversión es el fruto misterioso de la acción del Espíritu Santo». No se trata de «buscar nuevos socios para un club» ni de intentar atraer al mayor número de personas a nuestro «equipo» con el único objetivo de agrandar sus filas. El auténtico apostolado nace de una sobreabundancia de vida interior, de un deseo sincero de compartir con los demás la alegría que proporciona la fe en Cristo. Su raíz es el amor, que es por naturaleza expansivo y no puede ser contenido sin perder al mismo tiempo su esencia más profunda.

Al hablar sobre los amigos en su Ética a Nicómaco, dice Aristóteles que «aquello en lo que ponemos el atractivo de la vida es lo que deseamos compartir con ellos» (IX, 12, 1172a). Pues bien, la labor apostólica se relaciona justamente con esto y es lo que apreciamos al contemplar las páginas del Evangelio. Andrés llevó a su hermano Simón hasta Jesús, al igual que más tarde lo hizo Felipe con su amigo Natanael; la samaritana del pozo abandonó su cántaro y corrió a anunciar a sus paisanos lo que había descubierto; los compañeros del paralítico descolgaron a su amigo por el techo y lo pusieron frente al Maestro. A fin de cuentas, evangelizar no es más que eso: poner al otro frente a Jesús. Uno hace de intermediario pero es siempre el Señor quien produce la conversión; uno riega pero «es Dios quien da el incremento» (1 Cor 3,7). Así, al considerar el anhelo de Francisco por compartir el Evangelio hay que tener siempre presente esta búsqueda del bien del prójimo, ese deseo de compartir con él aquello que se sabe de gran valor, tal como había escrito años atrás san Gregorio Magno: «Cuando descubrís que algo os ha sido de provecho, procuráis atraer a los demás. Tenéis, pues, que desear que otros os acompañen por los caminos del Señor. Si vais al foro o a los baños, y topáis con alguno que se encuentra desocupado, le invitáis a que os acompañe. Aplicad a lo espiritual esta costumbre terrena y, cuando vayáis a Dios, no lo hagáis solos» (Homiliae in Evangelia, 6, 6)

San Francisco, ciertamente, no quiso ir a Dios en solitario, sino que procuró extender su invitación a la mayor cantidad de gente posible, incluida la población islámica. Las diferencias en materia religiosa y su condición de enemigos de la cristiandad no eran excusa para no hablarles del Evangelio. ¿Acaso estos no podrían repetir las mismas palabras de aquel etíope del que nos hablan los Hechos de los Apóstoles: «¿Cómo puedo entender si nadie me hace de guía?» (Hech 8, 31) ¿Qué tal si no se convertían por el simple hecho de no haber oído la Buena Noticia? Además, si para Francisco el Evangelio era el espejo en que se miraba, las palabras del Señor «Id por todo el mundo…» (Mc 16, 15) no podían sonar a sus oídos más que como una exhortación.

Así fue como Francisco se dispuso a poner por obra un deseo que llevaba años anidando en su corazón: llevar la palabra de Dios a los musulmanes. En 1212 había intentado predicar el Evangelio en Siria, pero una tempestad le había impedido llegar hasta allí. Al año siguiente quiso dirigirse a Marruecos con el mismo propósito, pero al enfermar en España se vio obligado a cancelar la empresa. No obstante, siete años después aquel deseo seguía tan vivo como siempre. En junio de 1219 Europa se encontraba inmersa en la Quinta Cruzada, empresa que el Papa Inocencio III había convocado algunos años atrás. Entre los soldados y comerciantes que ponen rumbo a Egipto, donde el ejército cruzado llevaba años intentando tomar una ciudad estratégica, viaja Francisco junto a doce compañeros. Su misión es clara: cruzar las líneas enemigas, internarse en territorio musulmán y predicar la palabra de Dios a los infieles, armado únicamente con la mansedumbre y la caridad de Cristo. El plan resultaba cuando menos temerario, considerando que, como señalan las fuentes, «se había desatado entre cristianos y sarracenos una guerra tan implacable, que, estando enfrentados ambos ejércitos en Damieta, no se podía pasar de una parte a otra sin exponerse a peligro de muerte» (San Buenaventura, Leyenda mayor de san Francisco, IX, 8)

Dice Tomás de Celano que, al conocer que los cristianos se disponían para la batalla y la toma de la ciudad, Francisco «se dolió en su espíritu». Le había sido revelado que el ejército cristiano acabaría siendo derrotado si entraba en combate ese día. Pero en vano intentó el santo disuadir a los cruzados de su plan, los cuales «se endurecieron en su corazón y no quisieron tomar en consideración el aviso» (Tomás de Celano, Vida segunda de san Francisco, IV, 30). El resultado fue desastroso: entre muertos y cautivos los cristianos perdieron unos 6.000 hombres.

Fue entonces cuando Francisco, acompañado por fray Iluminado de Rieti, emprendió el camino hacia las tierras del sultán al-Kamil. El plan parecía a todas luces una locura, pero Francisco no se volvió atrás. Una vez en tierras musulmanas, los guardias lo aprehendieron e interrogaron (no sin antes propinarle una buena paliza), hasta llevarlo finalmente a la presencia del soberano. Este lo recibió con toda clase de honores y se mostró bien dispuesto para oír lo que el misionero tenía que decir. Francisco le habló sobre la Santísima Trinidad y la figura de Jesús, y es de suponer que también respondiera a las preguntas más acuciantes del monarca. Desconocemos cuánto tiempo pasó entre los musulmanes, pero es un hecho que el encuentro causó una profunda impresión en el líder mahometano. Al-Kamil quedó cautivado al ver y oír a aquel hombre sencillo, que despreciaba las riquezas y exponía sus creencias con una convicción admirable; por eso no dudó en invitarlo a permanecer más tiempo en su corte. Sin embargo, cuando Francisco supo que el sultán no se convertiría, no quiso insistir y emprendió el camino de regreso. En medio de aquel clima de hostilidades, él y su compañero habían hecho lo imposible: ir desarmados al campamento enemigo y volver para contarlo.

A primera vista, el encuentro con al-Kamil podría parecer un fracaso rotundo: el sultán no se convirtió ni las hostilidades entre cristianos y musulmanes se detuvieron. Pero este episodio, que ocupa solo una pequeña parte en las biografías del santo, tiene un inmenso valor a nivel simbólico y ofrece interesantes puntos para reflexionar.

En primer lugar, la empresa de Francisco supuso el primer intento de adoptar una actitud de paz y amistad, en un momento en que las relaciones entre el mundo cristiano y el islámico eran particularmente tensas. Hasta la fecha, lo usual había sido el enfrentamiento armado, que llevaba años dándose en la península ibérica y recientemente en las cruzadas de medio oriente. La actitud de Francisco venía a decir que no era la espada sino el amor el que debía emplearse contra los infieles.

En segundo lugar, el actuar del santo indica la forma correcta de entablar relaciones con el islam y, en términos generales, con las demás religiones. Al tratar con los musulmanes, Francisco expuso la fe cristiana tal cual era, sin caer en el llamado irenismo doctrinal, que es una de las tentaciones más frecuentes del diálogo interreligioso. Aquel consiste en suprimir o minimizar diferencias sustanciales con tal de tender puentes entre dos tradiciones religiosas. Con su testimonio, Francisco mostró que un verdadero diálogo no exige renunciar a las certezas de la propia fe, sino a proponerlas con sencillez y respeto.

Por otro lado, Francisco jamás intentó forzar al sultán a abrazar la fe cristiana, pues sabía que la libertad es el requisito indispensable de toda auténtica conversión. Su encuentro con el soberano no solo marcó un hito en las relaciones entre el cristianismo y el islam sino que se convirtió en un referente para la misión entre los sarracenos, en un estilo «que invita a no avasallar imponiendo la verdad sino a orar a Dios, pidiendo vivirla con alegría y confianza, sin ocultar la propia identidad cristiana» (Rocha, E: «Verdad y Vida»)

El encuentro de 1219 no fue para Francisco una experiencia aislada, sino una ocasión de aprendizaje en la que pudo madurar su idea sobre la misión y el trato con el mundo islámico. Esto se vería reflejado en la primera regla de 1221, en la que decidió incorporar un capítulo específico para orientar a los hermanos que se dirigían a los musulmanes. Allí les aconseja que «no entablen litigios ni contiendas» con ellos, que «confiesen que son cristianos» y que, «cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador, y para que se bauticen y hagan cristianos» (San Francisco, Regla no bulada, XVI, 6-7). Pues no es solo por la palabra, sino también por el ejemplo como deben anunciar a Cristo, «Príncipe de la paz».

Como hemos visto, la relación de san Francisco con el islam está indisolublemente ligada al aspecto de la misión. Cada vez que se habla de los musulmanes en las biografías del santo es siempre en relación con el deseo de aquel por evangelizarlos. Este fue su gran anhelo, el mismo que intentó transmitir a sus hermanos de Orden. Años después, un terciario franciscano, Ramón Llull, al considerar el modo de recuperar los santos lugares, propondrá un método inspirado en el espíritu del Poverello:

Vi que los Caballeros mundanos iban a Ultramar y a Tierra Santa, imaginándose que la recuperarían por la fuerza, hasta que, al fin, todos se agotaban allí sin lograr conseguir su propósito. Por eso pensé que esta conquista no debía realizarse más que como Tú la hiciste, Señor, con tus Apóstoles, es decir, mediante el amor, las oraciones y la efusión de las lágrimas (…) Así, pues, que los santos caballeros religiosos se pongan en camino, que vayan a predicar a los infieles la verdad de la Pasión y que hagan por Tu amor lo que Tú hiciste por amor a ellos. (Libro de la contemplación, CI, 10)

Con el correr del tiempo, la presencia de los hermanos menores en Oriente fue afirmándose y, en 1342, por medio de las bulas Gratias agimus y Nuper carissimae, el papa Clemente VI les asignó el encargo de custodiar Tierra Santa. Hoy en día, con establecimientos en Israel, Jordania, Egipto y Siria, los frailes siguen cumpliendo fielmente su misión, conservando los lugares santos y evangelizando con la misma sencillez con que su fundador se presentó ante al-Kamil en 1219.

Han pasado varios siglos desde aquel encuentro en Damieta, pero el gesto de Francisco no ha perdido su valor ni dejado de iluminar las relaciones entre cristianos y musulmanes. Su ejemplo de comprensión y apertura hacia el Islam, manteniendo siempre las propias convicciones, es una invitación a mirar a estos como hermanos, no enemigos, y a rogar para que algún día puedan ellos también gozar de la plenitud de la verdad, confiando en que, como dijo el Maestro, «todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama se le abrirá» (Mt 7,8).

Autor: Tomás Hameau Davanzo

Licenciado y Magíster en Historia de la Universidad Católica de la Santísima Concepción. Doctorando en Historia de la Universidad de los Andes.

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