9 de octubre de 2026• bySuroeste
Una reflexión sobre lo recibido el 12 de octubre de 1492
Cristóbal Colón firmaba de un modo extraño: bajo una pirámide de letras cuyo sentido todavía discuten los eruditos, escribía su nombre mitad en griego y mitad en latín, Xpo ferens, “el que lleva a Cristo”. No era una ocurrencia de navegante. La leyenda de su santo patrono contaba que un gigante se ganaba la vida pasando viajeros de una orilla a otra de un río, y que una noche cargó a un niño que a cada paso le pesaba más que en el anterior, hasta que, extenuado ya en la otra orilla, supo la razón: había llevado en hombros al que sostiene el mundo. Colón cruzó un río bastante más ancho. Buscaba la ruta del Gran Khan y el oro de Cipango, y aunque se equivocó de continente, acertó en la carga, de modo que el error geográfico más célebre de la historia bien pudo ser, a la vez, el transporte más exacto.
Cuando pisó la primera isla no le dio el nombre de un rey ni el suyo propio, sino el de San Salvador, y así la primera palabra cristiana pronunciada sobre estas tierras fue un título de Cristo. Ocurrió en octubre, un mes que también se equivoca, pues se llama octavo siendo el décimo, fiel al nombre que tenía cuando el año romano comenzaba en marzo. Para los antiguos cristianos, sin embargo, el octavo día era el de la resurrección, el que sigue al sábado y abre una semana que ya no termina; por eso hicieron octogonales las fuentes donde bautizaban, y por eso la Iglesia celebra todavía las octavas de Pascua y de Navidad. Un navegante que se equivoca de continente, en un mes que se equivoca de número: ambos errores terminan diciendo la verdad, porque lo que comenzó aquel día fue, antes que cualquier otra cosa, un bautismo. Y el portador, como el gigante del río, empezaba a descubrir a medio vado que era él quien iba siendo portado.
El Evangelio guarda una escena que se diría escrita para aquella travesía. Mientras la tormenta llena de agua la barca, Cristo duerme en la popa sobre un cabezal, como un pasajero más, acaso el más desentendido de todos; lo despiertan con miedo, increpa al viento y el mar se aquieta, y los discípulos, en lugar de preguntar qué ha hecho, preguntan quién es este, a quien obedecen el viento y el mar. El pasajero era el capitán. En la jerga de las flotas de entonces, la nave que guiaba a las demás se llamaba la capitana, y la de Colón llevaba por nombre Santa María.
La filosofía tiene nombre para esto. Distingue la causa principal, que obra por su propia virtud, de la instrumental, que obra movida por otra y alcanza un efecto que excede con mucho su poder, del mismo modo que no es el pincel quien pinta el cuadro, sino el pintor que se sirve de él. Así explica Santo Tomás que los sacramentos comuniquen la gracia por manos de hombres, e incluso por manos de hombres malos, porque quien bautiza es Cristo y el ministro no es más que su instrumento. Pero el instrumento pone también lo suyo, y lo suyo son a veces los defectos. Tomás recurre para decirlo a una imagen humilde: en el que cojea, la fuerza que mueve la pierna es buena, y la cojera procede de la tibia torcida, de suerte que nadie imputa la cojera a esa fuerza ni atribuye la marcha al hueso quebrado.
Hace unos meses, frente a las vitrinas del Museo Arqueológico de Madrid, el rey de España reconoció que en la Conquista hubo “mucho abuso”, y que las leyes dictadas con afán de protección no llegaron a cumplirse como se pretendía. Lo dijo con honradez, y cabría añadir que dijo también, sin proponérselo, la verdad entera del asunto: hubo una fuerza que movía y hubo una tibia torcida. Quien sólo mira la tibia exige perdón; quien sólo mira la marcha lo absuelve todo. La fe llegó a América cojeando, que es como ha llegado siempre a todas partes.
Si Cristo era el capitán, era también el conquistador, aunque haya que precisar enseguida de qué clase, pues ninguna palabra quedó más ensuciada en esta historia. Toda conquista humana sujeta al vencido, y ésta es la única que lo deja libre. “Confiad: yo he vencido al mundo”, dijo Cristo la víspera de su muerte, es decir, la víspera de su derrota; es un conquistador que vence dejándose vencer, y cuyo único territorio es aquel que se le entrega.
Quien dude de quién conquistaba podría hacer una prueba sencilla. Los reinos que España fundó se fueron hace dos siglos, y la fe, en cambio, se quedó; quítese la fe, y el mapa enmudece. Y no sólo el nuestro, donde sería de esperar, sino también el del norte, donde en tierras hoy protestantes o indiferentes las ciudades siguen llamándose Sacramento, Corpus Christi, Santa Fe, San Francisco o Los Ángeles. Retirada la fuerza, el vencedor cae en el olvido; solo sobrevive el nombre del que fue bienvenido. La primera palabra fue San Salvador, y la última en borrarse será quizá la de una ciudad de California que se llama Sacramento.
Están además los frutos, que son la prueba propuesta por el propio Evangelio para distinguir un árbol de otro. Una fe que sólo se impone no produce santos, y América los dio de todas las sangres: la primera canonizada fue una criolla, Rosa de Lima; Martín de Porres era hijo de un español y de una liberta negra; Juan Diego era indio; y esta misma tierra dio a Teresita de los Andes y a Alberto Hurtado. El injerto prendió en todas las ramas.
Si toda esta obra es de Cristo, podría preguntarse qué se le debe entonces a España, y la respuesta es que todo, aunque en su orden. Enseña santo Tomás que, después de Dios, el hombre es deudor sobre todo de sus padres y de su patria, porque son principio de su ser; y los padres no crean el alma de sus hijos, que viene sólo de Dios, y aun así se les debe la piedad. Agradecer al instrumento no le roba nada al agente principal, sino que es el modo humano de agradecerle a él. Por algo la lengua, que suele ser más sabia que los debates, dio en llamar a España la madre patria.
Queda decirlo, y la lengua en que hay que decirlo forma también parte de lo recibido. Gracias viene de gratia, que es el nombre latino del don, y cada vez que alguien en el suroeste del mundo agradece cualquier cosa, pronuncia sin saberlo la teología que le trajeron. No tenemos para pagar la fe otra moneda que la fe misma, porque la acción de gracias por excelencia, la eucaristía, llegó en el mismo barco que la palabra. Los galeones volvían a España cargados de plata, y esa plata se gastó hace siglos; lo que devolvemos ahora es lo único que no se agota al darse, una palabra, y la devolvemos en la lengua en que nos fue dicha: ¡gracias, España! Gracias por haber llevado, sin saber del todo cuánto pesaba, al que nos llevaba a todos.
Revista Suroeste
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Last modified: 9 de octubre de 2026





