G. K. Chesterton y san Francisco de Asís
Chesterton disfrutó durante toda su vida de una amistad con san Francisco de Asís. Cuando era un niño pequeño, mucho antes de tener siquiera una noción de la naturaleza del catolicismo, sus padres le leyeron la historia de un hombre que había renunciado a todas sus posesiones —incluso a la ropa que llevaba puesta— para seguir a Cristo en santa pobreza. Desde el momento en que Gilbert, con los ojos muy abiertos, oyó por primera vez la historia de san Francisco, supo que había encontrado un amigo. Así, mucho antes de someterse a la razón de Roma, Chesterton ya había sucumbido al encanto de Asís.
Quizás inevitablemente, al asombro infantil le siguió la duda adolescente. Mientras avanzaba a tientas hacia la madurez, a comienzos de la década de 1890, Chesterton sucumbió temporalmente al seductor poder de los decadentistas. Bajo la carismática e iconoclasta seducción de Oscar Wilde, el mundo de su juventud parecía sometido a la enloquecida y enloquecedora influencia de quienes preferían las sombras del pecado y el cinismo a la luz de la virtud y la verdad. El propio romanticismo se había puesto la máscara de la oscuridad. En esta atmósfera cargada de tinieblas, el joven Chesterton escribió un poema sobre san Francisco de Asís, publicado en noviembre de 1892. Las preguntas que formulaba constituían una búsqueda de respuestas en un mundo dominado por la duda:
¿No surge acaso una pregunta de su palabra de «hermano, hermana», que viene de aquel soñador solitario del que hoy nos apartamos,
si acaso las vidas que conmovieron a nuestros hermanos han de dejarnos a las puertas de la oscuridad?
¿Qué sería el cielo si todo lo que amamos quedase enteramente atrás?
¿Es la casa luminosa de Dios lo que habitamos, o una bóveda de oscura confusión…?
Este poema, dedicado al «soñador solitario» de Asís, ilumina la oscuridad de la adolescencia de Chesterton. El joven poeta, buscando dar sentido a las visiones contrapuestas de la realidad que competían por su adhesión, comenzaba a percibir que los decadentistas habían expulsado al hermano Sol para poder adorar a la hermana Luna. A los tres años de la publicación de este poema, la decadencia wildeana se había podrido en la sordidez de los tribunales de policía. El propio Wilde se arrepentiría y sería recibido en la Iglesia Católica en su lecho de muerte. En su conversión no hacía sino seguir a muchos de los otros decadentistas, tanto en Inglaterra como en Francia, quienes, habiendo metido los pies en las antesalas del infierno, habían decidido, prudentemente, que no era un lugar donde desearan pasar la eternidad. Baudelaire, Verlaine, Huysmans, Beardsley, Johnson y Dowson habían seguido todos el «camino decadentista hacia Cristo», arrepintiéndose de sus pecados y abrazando el perdón amoroso que se encuentra en la Madre Iglesia. Paradójicamente, el camino hacia Cristo había de encontrarse siempre en la moral cristiana implícita en buena parte del arte de los decadentistas, en particular, y de manera más memorable, en la obra maestra de Wilde, El retrato de Dorian Gray. Dicho sea de paso, y continuando el inciso «decadentista», John Gray, un joven amigo de Wilde que fue la inspiración original de «Dorian», también se convirtió al catolicismo. Pasó a estudiar para el sacerdocio en Roma y fue párroco en Edimburgo hasta su muerte en la década de 1930. La verdad, al parecer, no solo es más extraña que la ficción: ¡tiene además un final más feliz!
La propia respuesta de Chesterton, y su réplica, al decadentismo de la década de 1890 se encuentra en su novela El hombre que fue Jueves. Mientras que los decadentistas —tomando su propia inspiración perversa del romanticismo oscuro de Byron, Shelley y Keats— habían arrancado las máscaras de la «realidad» y habían descubierto la oscuridad, Chesterton arrancó las máscaras de la «realidad» (de los «anarquistas» de su novela) y descubrió la luz. Al despuntar el nuevo siglo, Chesterton había salido del sueño irreal de la decadencia hacia el despertar real de una percepción cristiana del cosmos. En ese viaje de la oscuridad a la luz tuvo, como aliado y compañero constante, al «soñador solitario» de Asís. El 1 de diciembre de 1900, un día después de que Wilde muriera católico en París, Chesterton, que aún no era católico, cantaba las alabanzas de san Francisco en un artículo publicado en The Speaker.
Para la mayoría de las personas […] hay una contradicción fascinante en la posición de san Francisco. Expresó, con un lenguaje más elevado y audaz que cualquier pensador terrenal, la idea de que la risa es tan divina como las lágrimas. Llamaba a sus monjes los saltimbanquis de Dios. Nunca olvidaba deleitarse con un pájaro que pasaba como un destello ante él o con una gota de agua que caía de su dedo: fue, quizás, el más feliz de los hijos de los hombres. Y, sin embargo, este hombre fundó indudablemente todo su orden sobre la negación de aquello que consideramos las necesidades más imperiosas; mediante sus tres votos de pobreza, castidad y obediencia se negó a sí mismo, y negó a quienes más amaba, la propiedad, el amor y la libertad. ¿Por qué los espíritus más generosos y poéticos de aquella época encontraron su ambiente más propicio en estas terribles renuncias? ¿Por qué aquel que amaba allí donde todos los hombres eran ciegos procuró cegarse allí donde todos los hombres amaban? ¿Por qué fue monje y no trovador? Estas preguntas son demasiado amplias para responderlas plenamente aquí, pero en cualquier vida de Francisco al menos deberían haberse planteado; sospechamos que, si fueran respondidas, descubriríamos de pronto que también se ha resuelto buena parte del enigma de esta sombría época nuestra.
Estas palabras, que podrían haber servido de introducción a la biografía de san Francisco que Chesterton publicaría veintitrés años más tarde, indicaban que el santo había servido de antídoto contra el veneno de la década anterior.
En 1902, en Doce tipos, Chesterton volvió a ensalzar a san Francisco con una lucidez y una fe que habían estado casi enteramente ausentes de la ambivalencia interrogativa de su poema de diez años antes.
En julio de 1922, Chesterton fue finalmente recibido en la Iglesia católica. Ocho semanas después recibió el sacramento de la Confirmación y escogió Francisco como su nombre. Quizás sería fácil sugerir que el motivo evidente de esta elección era manifestar su amor y respeto por Frances, su esposa. Sin embargo, difícilmente podía sorprender que escogiera al santo que había sido el amigo de su infancia, el aliado de su confusa adolescencia y el compañero de su acercamiento a la fe. En cualquier caso, ambos motivos no se excluyen mutuamente. Al complacer a su esposa, también se complacía a sí mismo.
En la época en que fue recibido en la Iglesia, Chesterton ya proyectaba una extensa biografía de san Francisco, que se publicaría al año siguiente. Confirmando la importancia del santo, escribió que la figura de san Francisco «se alza sobre una suerte de puente que conecta mi infancia y mi conversión con muchas otras cosas». Teniendo presentes estas palabras, no resulta difícil imaginar que Chesterton emprendiera la escritura de San Francisco de Asís, tan poco después de su conversión, como un acto de agradecimiento al santo que, más que ningún otro, lo había acompañado en su camino hacia la fe.
La admiración que Chesterton sentía por san Francisco estaba inextricablemente unida a su convicción de que la inocencia infantil era superior a cualquier forma de cinismo. San Francisco y sus seguidores eran llamados los Jongleurs de Dieu, los Juglares de Dios, por la inocencia de su alegría y la alegría de su inocencia. “El jongleur era propiamente un joculator o bufón; a veces era lo que nosotros llamaríamos un malabarista”. Esta síntesis mística de risa y humildad —la creencia de que jugar y rezar van de la mano— constituía el secreto del éxito del santo. En último término, sin embargo, tanto la risa como la humildad hundían sus raíces en la gratitud porque, como advirtió Chesterton con su característica sagacidad franciscana: «No hay manera de que un hombre pueda ganarse una estrella o merecer una puesta de sol».
La vida de san Francisco escrita por Chesterton estaba destinada a convertirse en uno de sus libros de mayor éxito comercial y crítico. Típica de la entusiasta recepción de los críticos fue la opinión de Patrick Braybrooke, quien describió el libro como “asombrosamente brillante”: “La Iglesia católica ha encontrado en el señor Chesterton al mejor intérprete de su santo más grande”. En último término, sin embargo, el brillo del libro provenía de que desdibujaba la distinción entre lo chestertoniano y lo franciscano. Por momentos, resulta difícil distinguir entre la exposición que hace Chesterton del espíritu franciscano y su explicación de la filosofía chestertoniana. A lo largo de las páginas del libro, Chesterton persigue al santo y se lamenta de que todas las explicaciones de su carácter enigmático sean «demasiado insuficientes para resultar satisfactorias». El libro se despliega como un juego del escondite enviado por el cielo, semejante a la trama de El hombre que fue Jueves: el hombre que fue Francisco resulta tan difícil de atrapar como el hombre que fue Domingo. Sin embargo, tal como ocurre con la trama de la novela, hay algo emocionante en la persecución.
Cualesquiera que sean las limitaciones del libro como explicación plenamente satisfactoria del santo, sigue siendo una aventura y un relato romántico rotundamente logrados, fieles al verdadero espíritu franciscano y chestertoniano. De principio a fin, Chesterton juega al gato y al ratón con el Juglar de Dios. Y, conforme a la poesía del santo, poco importa que la hermana gata no consiga atrapar al hermano ratón. El encanto está en la persecución. A quienes vayan a leer por primera vez el San Francisco de Asís de Chesterton les aguarda un placer excepcional. Prepárense para quedar encantados. ¡Disfruten de la persecución!
Joseph Pearce
El original, en inglés, es la introducción del autor a St. Thomas Aquinas and St. Francis of Assisi, de G.K. Chesterton (Ignatius Press). Traducción de Revista Suroeste
Escritor británico, reconocido como uno de los biógrafos católicos más importantes del mundo. Ejerce desde 2012 como Escritor Residente y profesor de Literatura en el Thomas More College of Liberal Arts en Merrimarck, New Hampshire.
Last modified: 2 de octubre de 2026





