Mirar al santo para contemplar a Cristo
Tengo un amigo fraile franciscano que fue consultado por su vocación: «¿por qué te hiciste franciscano?». Él, con mucha humildad, contestó: «La verdad, es que yo quería parecerme a Jesús. Busqué un día en internet quien había sido la persona que más se pareció a Jesús y se decía que fue san Francisco de Asís. Y pensé: ‘Si san Francisco de Asís es quien más se pareció a Jesús, entonces me hago franciscano’». Esta anécdota tan sencilla nos muestra de manera especial en qué consiste la grandeza de San Francisco de Asís: se disminuyó a tal punto a sí mismo para que Él creciera (Jn 3, 30) que llegó a encarnar en esta vida la afirmación paulina «ya no vivo yo, sino es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20).
Precisamente, quien mira con ojos de fe al santo de Asís no contempla únicamente a un hombre amante de la naturaleza, humilde, pobre, penitente, sino que descubre, reflejado en su vida, el rostro mismo de Cristo. San Francisco no buscó nada: ni ser seguido por los hombres ni ser admirado por el mundo; su única y constante aspiración fue conformarse en todo a Cristo y vivir la radicalidad del Evangelio.
Este año celebramos el octavo centenario de su muerte. Hace cien años, con ocasión del séptimo centenario, el papa Pío XI publicó la encíclica Rite expiatis, en la que se desarrolla esta profunda identificación de san Francisco de Asís con Jesucristo. En dicho documento, el Pontífice recordó que en este santo ha brillado de modo especial la imagen de Cristo:
ningún otro Santo hubo en el cual la imagen de Cristo Nuestro Señor y la forma de vida del Evangelio haya brillado más exacta y más expresiva que en Francisco. Por lo cual el que se llamó a sí mismo Pregonero del Gran Rey, él mismo ha sido con acierto llamado otro Cristo, porque apareció a sus contemporáneos y a los venideros como Cristo vuelto a la vida: de donde se siguió que viva hoy ante los ojos de los hombres y que vivirá para toda la posteridad.
Existen en la vida de san Francisco múltiples episodios que demuestran esta realidad de ser otro Cristo. Me detengo únicamente en dos. En primer lugar, aquella cuaresma en la Isola Maggiore situada en el Lago Trasimeno, donde durante los cuarenta días y cuarenta noches hizo oración y penitencia, llevando consigo únicamente dos pequeños pedazos de pan. Llegado el Jueves Santo fue recogido por uno de sus hermanos frailes quien pudo observar que había comido únicamente la mitad de uno de los dos panes. Se dice que evitó el ayuno completo para alejar de sí el «veneno de la vanagloria» (Florecillas, capítulo VII).
El segundo episodio, que lo muestra claramente como imagen viva de Cristo, es haber recibido la gracia de los Santos Estigmas de la Pasión. En el Monte Alvernia –en Italia–, narra san Buenaventura, 2 años antes de morir y en oración por la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, san Francisco tuvo una visión y recibió del cielo las llagas de la Pasión de Cristo en sus manos, pies y costado, quedando como un vivo reflejo de la Crucifixión. ¿Qué mayor semejanza que experimentar, por Gracia de Dios, los dolores carnales de la Pasión de nuestro Señor? En sus momentos finales, solicitó que le leyera el Evangelio de San Juan a partir del capítulo 13, que comienza con las palabras: «Sabiendo Jesús que había llegado su hora…».
San Francisco nos enseña que la vida cristiana es aquella en que miramos a Cristo y, con ayuda de Su Gracia, amamos como Él amó. Por eso el cristiano busca imitar a Jesús. En esta misma línea, bien decía el Papa Francisco a los jóvenes en su visita a Chile, invitándoles a preguntarse constantemente: «Allí donde estés, con quien te encuentres y a la hora que te encuentres: ¿Qué haría Cristo en mi lugar?».
La vida de san Francisco de Asís es un testimonio de la belleza del Evangelio vivido con radicalidad. Al contemplar al santo de Asís, nuestra mirada no se detiene en él, sino que se eleva directamente hacia Cristo. Y la gran alegría está en que san Francisco no fue ni es «más grande» que otro cristiano. Como todos: «llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros» (2 Cor 4, 7).
Abogado. Miembro del equipo judicial de Comunidad y Justicia
Last modified: 2 de octubre de 2026





