Por la senda de la virtud

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La amistad de Francisco y Clara

Clara, durante años, pide comer con Francisco. Y durante años, Francisco se niega. Al final son sus propios compañeros quienes le reprochan, con cariño, esa dureza hacia «la hermana Clara», recordándole que es «una planta espiritual» suya. Francisco cede, por fin, y dispone que el encuentro sea en Santa María de los Ángeles, el mismo lugar donde, años antes, le habían cortado el cabello a Clara la noche de su huida hacia la vida religiosa. Y ahí, durante la comida, Francisco empieza a hablar de Dios con tal elevación que todos los presentes caen en éxtasis. Los vecinos de Asís, al ver un resplandor sobre el lugar, corren con cubos de agua creyendo que el convento arde. Cuando llegan, no encuentran ningún fuego que apagar: solo el fuego —ese otro fuego, el único que en realidad nunca se apaga— del amor de Dios ardiendo en dos almas a la vez (Florecillas de San Francisco, cap. XV).

Chesterton retoma esta misma escena como clave de toda la relación, y no es casualidad. Explica que el problema de los críticos modernos frente a esta amistad no es que duden de los hechos, sino que no creen que un amor celestial pueda ser tan real como uno terrenal; en cuanto se acepta esa posibilidad, dice, «el enigma se resuelve fácilmente». El mismo episodio del banquete, para él, es la mejor imagen posible de «esa pasión completamente pura y espiritual» que unió a los dos santos. El fuego que los vecinos temían y el fuego que en realidad ardía eran, curiosamente, la misma cosa vista desde dos lugares distintos: desde fuera, alarma; desde dentro, gozo.

Hay fundadores que inician su camino en solitario, y hay quienes lo recorren acompañados por una gran figura de santidad. A Benito lo siguió su hermana Escolástica, y de esa unión espiritual nacieron las dos ramas, masculina y femenina, del árbol benedictino. A Teresa la alcanzó Juan de la Cruz, y entre ambos reformaron el Carmelo por partida doble. A Francisco de Sales lo acompañó Juana Francisca de Chantal para dar vida a la Orden de la Visitación. A Don Bosco lo complementó la madre María Mazzarello. Pero de todas estas admirables colaboraciones, ninguna ha despertado tanta curiosidad, y tanta sospecha como la de Francisco y Clara de Asís.

Es como si Dios hubiese querido que a cada inspiración fundacional le siga la versión masculina y femenina. Y esto no debe sorprendernos, pues «el hermano ayudado por su hermano es fuerte como una ciudad amurallada» (Pr. 18,19) y «mejor son dos que uno… porque si cayesen, el uno levantará a su compañero» (Ecl. 4, 9-10))..

Pero para hablar con propiedad de esa amistad hace falta, primero, saber reconocerla. En la Suma Teológica (II-II, q.23, a.1), siguiendo a Aristóteles, Tomás explica que no todo amor merece el nombre de amistad: hace falta benevolencia, esto es, querer de verdad el bien del otro, y hace falta reciprocidad, fundada en alguna comunicación de bienes entre quienes se aman. Y como Dios nos comunica nada menos que su propia bienaventuranza, concluye Tomás con una audacia tranquila, sobre esa comunicación se funda la amistad más verdadera de todas: la caridad es, en sentido propio, amistad del hombre con Dios. Más adelante distingue la amistad humana virtuosa ( «algo consiguiente a la virtud», dice, más que virtud en sí misma») de la caridad, que sí es virtud plena porque no depende del mérito de nadie, sino de la pura bondad divina; y llega, en el artículo 8, a una fórmula que bien podría ser el lema de todo este artículo: la caridad es «forma de las virtudes».

Pues bien, podemos decir que lo que hubo entre Francisco y Clara, era sin duda, amistad. Lo que hubo entre ellos no fue que se encontraran y se agradaran, sino que quisieron exactamente lo mismo: entregarse a Dios sin reservas, sin cálculo, sin quedarse con nada para sí, el mismo ideal de pobreza radical, la misma sed de configurarse con Cristo pobre y crucificado, el mismo carisma vivido en dos claustros distintos. No se atrajeron el uno al otro: los atrajo lo mismo, y por eso se reconocieron. Es la intuición que recoge, siglos después, una ficción televisiva sobre ambos[1] en una escena que vale por un tratado entero: Clara sigue a Francisco por un prado, poniendo los pies, casi jugando, sobre las huellas que él deja. Él le pregunta si está siguiendo sus huellas. Ella responde que no: sigue otras, mucho más profundas. Francisco y Clara, como lo ha notado el padre Raniero Cantalamessa, no vivieron mirándose el uno al otro, sino mirando juntos hacia el mismo lugar[2]. Es, otra vez, la definición de Tomás hecha imagen: la amistad no nace de mirarse, sino de un bien compartido que se mira juntos.

Y ese «comunicarse un bien», que en Tomás suena a fórmula abstracta, tiene en la vida de los dos santos episodios muy concretos. Cuando Francisco duda si debe dedicarse solo a la oración o también a predicar, no decide solo: envía a fray Maseo a preguntar a Clara pidiéndoles que lleven la cuestión a Dios en oración. Los dos, por separado, reciben la misma respuesta: que Francisco no ha sido llamado solo para sí, sino para la salvación de muchos. Le confía, sin miedo, lo más íntimo de su ser, el discernimiento de su propia vocación. Y cuando, ya al final de su vida, quiso dejarle algo más que consejos, le escribió su Última Voluntad: no una regla, sino un ruego. Postrado, enfermo, la llama a ella y a sus hermanas «mis señoras», apelando irónicamente al título que ellas habían renunciado en el mundo, y les pide que perseveren siempre en la santa pobreza, que no se aparten de ella «por la enseñanza o consejo de quien sea». Clara guardó guardó estas palabras y posteriormente las incorporó a su propia Regla. Y en su Testamento le devuelve el homenaje con una palabra que lo dice todo: Francisco fue «columna» y «nuestro único consuelo… después de Dios» . Esto manifiesta que, para Clara, Francisco no era un par, sino el padre espiritual cuya ausencia deja a la comunidad naciente temblando como quien pierde el punto de apoyo.

Lo que tuvieron Francisco y Clara, en el sentido más estricto de la palabra, fue amistad. Veamos ahora, con ayuda esta vez de santa Teresa, que el tipo de amistad de estos santos era realmente una «amistad espiritual»

Teresa de Jesús, en el capítulo 7 de Camino de Perfección advierte que no basta con «tener a Dios» como idea general: hace falta también «tratar con sus amigos». Pero el amigo espiritual de verdad, insiste, no soporta la doblez ni el disimulo; pone como ejemplo a Mónica y Agustín; y se ríe del vocabulario blandengue de «mi vida», «mi alma», «mi bien», que tantas veces disfraza de amor lo que solo es ternura mal entendida. Su criterio central es el más luminoso de todos: la amistad de verdad no consiste en que «no se nos muera» el amigo, sino en preguntarse si él «se enriquece más en virtud».

La escasez de fuentes no permite reconstruir el trato cotidiano entre ambos, pero sí deja una pista: lo poco que sabemos habla de reserva, no de cercanía buscada. De su trato cotidiano se conservan muy pocas palabras, y es probable que no hubiera muchas más. Pero esa reserva no era frialdad: era, más bien, la forma que tomaba en Francisco una caridad que no necesitaba el afecto del otro para sostenerse. Y esa misma caridad, guardada durante años, es la que se revela entera al final: cuando ya no le queda nada que demostrar ni que temer, Francisco elige morir junto a Clara, en San Damián, y es ahí, cerca de ella, donde compone el Cántico del Hermano Sol. El rigor de toda una vida y la cercanía de la muerte no son dos actitudes distintas: son la misma caridad, vista primero de lejos y luego de cerca.Todo lo anterior sería una anécdota conmovedora si se quedara en Francisco y Clara. Pero no se queda ahí: es, en realidad, la forma concreta de algo que el propio Francisco quiso para todos sus hermanos, y que la Iglesia no ha dejado de proponer desde entonces como camino ordinario hacia Dios.

Francisco mismo lo escribió como norma de vida en la Regla no Bulada: que los hermanos se muestren familiares entre sí y se confíen sus necesidades, «porque, si la madre cuida y ama a su hijo carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno amar y cuidar a su hermano espiritual?». En palabras bíblicas es lo mismo decir: «El hermano ayudado por su hermano es fuerte como una ciudad amurallada» (Prov 18:19). En las Admoniciones añade otra prueba, complementaria a la que ya vimos: bienaventurado el que ama a su hermano tanto enfermo como sano, pues la amistad que no depende de lo que el otro puede devolver.

Con todo, conviene una última precisión, que las mismas fuentes franciscanas introducen y que salva a esta amistad de toda idealización ingenua. En el retrato ideal de quien debía gobernar la Orden se pedía, expresamente, un «hombre sin amistades particulares» para que el afecto no se volviera favoritismo. La distinción es importante, y es también, me parece, el mejor modo de cerrar el artículo: la amistad espiritual de la que hemos hablado no es una preferencia exclusiva y excluyente, sino, como decía Teresa, aquella que busca el bien del otro y, a través de ese bien, termina buscando el bien de todos.

Benedicto XVI explica que cuando dos almas puras, encendidas por el mismo amor a Dios, se encuentran, la amistad recíproca se vuelve un estímulo poderosísimo hacia la perfección. Y no es un caso aislado, también Francisco de Sales describía la amistad espiritual como aquello que hace que «dos, tres o más personas» lleguen a ser «realmente un solo espíritu»(Audiencia 15.10.2010).

Chesterton, siempre atento a lo humano en medio de la santidad, cuenta una escena que trae toda esta doctrina a tierra. Francisco, viendo a un fraile joven hundido en la melancolía porque cree que su superior lo desprecia, no lo consuela con generalidades piadosas, sino que le habla directamente, le dice que merece su amistad y su compañía, y lo invita, con esas palabras suyas tan sencillas, a «descubrir la fe a través de la amistad». Encontramos aquí la síntesis de la amistad entre Clara y Francisco: la amistad espiritual es esencial y es el camino más ordinario hacia Dios.

Autor: Rosario Izquierdo Ruiz-Tagle

Licenciada en Filosofía por la Universidad de los Andes (Chile). Integrante del Área de Investigación de Comunidad y Justicia (Chile).

Notas

[1] Francesco e Chiara, dir. Fabrizio Costa, 2007

[2] cf. https://www.assisisantachiara.it/a-proposito-di-francesco-e-chiara/

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