Tenemos un nuevo San Francisco en Chile

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El hermano capuchino Fray Francisco Valdés Subercaseaux

El 5 de enero de 1982, en la parroquia de Pucón, se ofreció una misa por un antiguo párroco recién fallecido, Fray Francisco Valdés Subercaseaux. Monseñor Parzinger, obispo de la Araucanía, comenzó el elogio del difunto diciendo: «¡Tenemos un nuevo San Francisco en Chile!».

¿Un san Francisco chileno? ¿Quién era este sencillo franciscano capuchino? Misionero de la Araucanía, párroco de Pucón, primer obispo de Osorno… El padre Pancho, como le llamaban con cariño sus feligreses, realmente siguió los pasos de su padre espiritual, el Poverello. El testimonio de su vida nos recuerda cómo la espiritualidad del santo de Asís siempre es tan actual para la Iglesia.

¿Cómo se puede ser un «nuevo San Francisco»?: un ideal para todos los tiempos

Hace 800 años, Dios llamó a Francisco: «Francisco, vete y repara mi Iglesia, que, como ves, está a punto de arruinarse toda ella» (San Buenaventura, Leyenda Mayor, II, 1). Y él, como sabemos, respondió con una propuesta innovadora para atender a las necesidades de su tiempo. Se necesitaba una predicación que saliera al encuentro; se necesitaba pobreza, humildad y oración ante la corrupción; se necesitaba obediencia a la Iglesia. ¿Y qué mejor regla para ello que el mismo Evangelio?:

​La regla y vida de los Hermanos Menores es esta, a saber: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad. (Regla Bulada, I)

Así nació el ideal seráfico: Una vida que, encendida por el fuego de la caridad, se entrega por completo a la misión, en total pobreza, oración y desprendimiento de sí. Es una vida que, por amor a la Iglesia y al prójimo, se entrega por la paz y el bien, pax et bonum.

Con este estricto seguimiento del Evangelio, el Poverello nos enseña una nueva manera de imitación de Cristo hasta la cruz, un modelo que trasciende a las circunstancias del siglo XII. Inauguró un camino que, desde entonces, nos ha regalado a múltiples hombres y mujeres que, como «nuevos Franciscos», se han hecho otro Cristo. Y uno de ellos fue Fray Francisco Valdés.

El llamado por el camino franciscano

El padre Pancho nació el 23 de septiembre de 1908, con el nombre de Maximiano, en el seno de una familia acomodada y profundamente cristiana. A pesar de tener a su alcance cuanto el mundo podía ofrecer, decidió abandonarlo todo para consagrarse a Dios en servicio al prójimo, replicando lo que había ocurrido en Asís hace siete siglos.

¿Cómo explicar una decisión tan radical? Él mismo, en sus memorias y cartas (que encontramos en la biografía hecha por su hermana Margarita), nos narra el camino de su vocación. El llamado inició cuando, a los 19 años, viajó a Roma con su familia. Ahí, asistió a las celebraciones de los 700 años de la muerte de san Francisco de Asís. Esta experiencia le generó una profunda impresión. El santo «comenzó a envolverlo en sus redes» y «pasó a ocupar el primer lugar en su imaginación», moviendo una inquietud por conocerlo y comprenderlo. (Valdés Subercaseaux, Margarita: «Fray Francisco Valdés Subercaseaux. Misionero de la Araucanía y primer obispo de Osorno»).

Empezó a investigar, a leer y a conocer distintos franciscanos, que lo hacen cautivarse por ese ideal seráfico. Reconoce en los hermanos menores, como una constante distintiva, un estado de pobreza estricta siempre acompañada de una profunda alegría. Esa «predicación silenciosa», de la que hablaba san Francisco, se le hacía tremendamente atractiva.

El momento que lo llevaría a su decisión de abandonarlo todo no sería muy distinto al de su padre espiritual. El santo de Asís, conmovido al encontrarse con un leproso, iniciaría una vida de pobreza para estar en total disponibilidad de quien más lo necesitara. Por su lado, para Maximiano, este «campanazo», como él mismo dice, fue cuando se encontró con la siguiente noticia en Roma: «Misiones de Araucanía, Chile. Voraz incendio destruyó convento de San Francisco en Valdivia. Mueren […] misioneros capuchinos».

En el instante, se sucedieron distintas escenas de su vida: Recordó a los misioneros capuchinos en la Araucanía que había conocido de pequeño, a las pinturas de su tío Pedro Subercaseaux de la vida de san Francisco, a su contacto con el pueblo mapuche cuando pasaba sus vacaciones en Purén… Con todo esto, se dio cuenta de la manera concreta en la que Dios lo llamaba a imitar el camino franciscano: «Decidí definitivamente mi vocación, resuelto a realizarla: franciscano, capuchino, misionero de la Araucanía».

Decidió hacerse otro fray Francisco, tomando su nombre, y se convirtió en el primer chileno capuchino. Fue ordenado sacerdote en 1934 y celebró su primera misa en Asís, que sería la fuente espiritual de todo su ministerio.

El desprendimiento de sí hecho misión

Al año siguiente, iniciaría su misión en Chile. Primero, en la Araucanía, donde sería párroco de Pucón entre 1943 y 1956. Luego, sería nombrado obispo de Osorno hasta su muerte, en 1982. Todo el que se encontró con él recuerda su labor por su especial preocupación y cariño. Y es que su pobreza le permitía esta disponibilidad tan radical que llamaba la atención de la gente. Se condice con el carisma de los hermanos menores: «En efecto, la santa pobreza, que llevaban como su única provisión, los convertía en hombres dispuestos a toda obediencia, fuertes para el trabajo y expeditos para los viajes» (Leyenda Mayor, IV, 7).

Monseñor José Manuel Santos, en 1982, dijo: «No hay rincón en la extensa parroquia que no sea visitado por su párroco, ni escuela que no haya escuchado sus lecciones de catecismo u hogar en que no se hable con cariño del padre Francisco. Todos reciben algo de él, su fe, su enseñanza, hasta la conducción material en sus cooperativas que estimula con cariño y asiste con fidelidad».

Sin importar el clima, recorría a pie o a caballo las distancias que fueran necesarias para visitar y traer la luz del Evangelio a todo el que lo necesitara. Y ahí destacó la cercanía que estableció con el pueblo mapuche. Aprendió su idioma para comunicarse con ellos y así pudo, entre varias cosas, traducir oraciones, confesarlos y hasta componer cantos en mapudungún para integrarlos en la liturgia. Estaba cumpliendo los mandatos de su fundador: «Y haced predicar y anunciar a todos los pueblos su alabanza, de modo que, a cada hora y cuando se tocan las campanas, siempre se rinda por todo el pueblo alabanzas y gracias al Dios omnipotente en toda la tierra» (Carta a los Custodios, I, 7-8).

Este amor y servicio también se vió en las fecundas iniciativas que llevó a cabo en el sector. Uno de sus grandes trabajos fue la fundación de un monasterio de clarisas capuchinas, a las que llamaría el «San Damiano» de Pucón. Siempre con la mente en Asís, no pudo olvidarse de Santa Clara. Bajo este ejemplo, estaba convencido de la necesidad de vocaciones de oración contemplativa, que son el sustento de la misión.

El celo que se manifiesta en toda esta labor explica que fuera elegido como primer obispo de Osorno en 1955, a los 48 años. Había mucho por hacer para reavivar la fe en la nueva diócesis. Podríamos decir que el Señor lo llamó a «reparar» la iglesia de Osorno. Y él respondió a este llamado para servir. «Dichoso aquel siervo que no es colocado en lo alto por su voluntad y siempre desea estar a los pies de los demás» (San Francisco, Admoniciones, XIX). La obra de monseñor Valdés, en sus 25 años de episcopado, fue extensa, revitalizando la región espiritualmente.

Estos abundantes frutos se sostenían en una profunda vida de oración y penitencia. El mismo fundador de la orden explicó que, solo por medio de estas, pudo iniciar su obra:

El Señor me dio a mí, el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia de este modo: porque, como estaba en pecados, me parecía amargo ver a los leprosos; y el Señor mismo me condujo entre ellos, y ejercí la misericordia con ellos. Y, al separarme de ellos, lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura de alma y cuerpo. (Regla Bulada, V, 2)

Así, monseñor se negaba a sí mismo en constantes ayunos y en escasas horas de sueño por los demás. Le preguntaban cuánto dormía, y él simplemente respondía «lo suficiente». Y, cuando descansaba, solía hacerlo en el piso con un tronco como almohada. Esta es la forma en la que lograba mantener su sencillez y humildad. Muchas veces, cuando iba a Roma, tenía que demostrar que era obispo enseñando su anillo, ya que ahí no se acostumbraba a ver a uno sin su capa morada y usando sandalias con una cruz de madera. Cuando la comunidad de Osorno organizó una gran celebración para honrar a su obispo en sus bodas de plata, su hermana le preguntó «¿Cómo pudiste soportar tantas alabanzas y permanecer ausente de lo que decían de ti?» y él respondió «Muy fácil, yo no soy el que ha hecho todo esto. Es el Señor; sólo soy su instrumento». «Bienaventurado el siervo que no se tiene por mejor cuando es engrandecido y ensalzado por los hombres, que cuando es tenido por vil, simple y despreciable. Porque cuanto es el hombre ante Dios, tanto es y no más…» (Admoniciones, XIX, 1-4).

Pax et bonum: la vida entregada por el ideal franciscano

Pero donde realmente se entregó por la paz y el bien fue en sus esfuerzos para lograr el fin del conflicto austral entre Chile y Argentina. ¿No es acaso, la paz, el bien de pueblos enteros en «la tranquilidad del orden» (La Ciudad de Dios, XIX)? Por eso, monseñor Valdés llegó al culmen de su vocación franciscana en su entrega por ella. Lo dió todo para procurar todos los medios para la paz, imitando el mismo espíritu con el que san Francisco viajó a Oriente para los mismos fines:

Avanzó sin temor alguno entre las tropas enemigas, no con armas humanas, sino revestido con el escudo de la fe y la oración, dispuesto a entregar su propia sangre con tal de ganar aquellas almas para Cristo y sembrar la paz. (Leyenda Mayor, IX, 5)

Él fue el iniciador de la vía de la mediación papal. En un ambiente de guerra inminente, movió cielo, mar y tierra para proponer esta alternativa como última esperanza. Buscó y escribió a embajadores, a la Santa Sede, y a los mismos jefes de Estado de los países respectivos. El lenguaje que utiliza en sus diversas cartas son un eco de las palabras utilizadas por el santo fundador en la Carta a las autoridades de todos los pueblos, producto de su experiencia en Oriente. Así lo podemos ver en la siguiente carta dirigida los gobernantes de ambas naciones, con fecha del 25 de octubre de 1978:

Excelentísimos señores, con el respeto que me inspira vuestra investidura y la humildad propia de un servidor del Evangelio me permito dirigirme a vuestras Excelencias en nombre de Cristo y del pueblo de Dios allende y aquende Los Andes. Tienen un solo Dios y Padre, son hermanos por este y por otros títulos de nobleza nacional, se aman, y por pequeñeces inexplicables se hallan a un paso de una hecatombe fratricida. […]

La solución está en manos de los jefes máximos, de ambos Presidentes: unirse y unir el destino de ambos pueblos evocando solemnemente la mediación del Santo Padre Juan Pablo II, vicario de Cristo.

Así como están las cosas, no se ve otra solución. No es lícito mirar con indiferencia un horizonte donde se prepara una hoguera. Nada se pierde asegurando la paz. Los antiguos, cegados por la miopía nacionalista, decían fanfarrones: «si quieres la paz, prepara la guerra». Hoy la experiencia universal con sus millones de víctimas, sus ruinas, sus atrasos y sufrimientos inútiles, enseña otra cosa, en confirmación del Evangelio: «si quieres la paz, prepara la paz; si quieres la guerra, prepara la guerra».

Nada se pierde con la paz. Ninguna gloria mayor para ambos presidentes que mostrar ante el mundo ansioso por aprender cómo se superan los conflictos, cómo se prepara con sabiduría el mañana de las naciones. […]

[…] Asegurar una vez más la paz de nuestras naciones será una muestra auténtica de cordura, fuerza moral, superación espiritual y seguridad social para un porvenir humano y crisitano.

Señores presidentes, la historia, voz de Dios, demostrará si los gobernantes están a la altura de su misión de conducir a sus pueblos hacia el verdadero progreso, acogiendo sus anhelos de paz, de hambre de tranquilidad y de amor.

Que Dios ilumine a vuestras excelencias,

F. Francisco Valdés Subercaseaux

Obispo de Osorno.

Y, como sabemos, se logró la mediación y, junto a ella, la paz, firmada en 1984, después de seis años de negociaciones. Pero monseñor Valdés sacrificó mucho más para asegurar este éxito: ofreció su vida por ello. «El buen Pastor dio su vida por sus ovejas. Nadie tiene mayor amor que este: dar la vida por sus amigos» (Regla no Bulada, XVI, 4).

En diciembre de 1981, se le diagnosticó un cáncer gástrico y se le declaró un máximo de dos meses de vida. Su hermana Margarita lo acompañó durante sus últimos días en el Hospital San Francisco de Pucón (fundado por él). Ahí ella se enteró de esta gran verdad. Él, sin fuerzas para escribir por sí mismo, le pidió escribir un telegrama en respuesta al cardenal Baggio, en donde pedía la bendición papal y le comunicaba cómo ofrecía su vida y sufrimientos para el éxito de la mediación y la paz. Su hermana quedó profundamente conmovida.

Murió dos días después, el 5 de enero de 1982. Margarita relata sus últimos momentos, de un profundo significado:

Comenzó a respirar más fuerte y más rápido. Entonces pedí al padre Remo que rezara las letanías de los santos. […] Este comenzó a rezar las letanías de la Virgen. Una por una se sucedían. A ellas contestábamos: «¡Ruega por nosotros!». Cuando llegó la invocación «¡Reina de la paz!», Francisco movió su cabeza como si alguien lo llamara desde el lado derecho, esbozó una sonrisa y se quedó inmóvil.

Dado este gran sacrificio, podemos unirnos a las palabras que escribió el santo de Asís en una escenario similar: al final de su vida, enfermo y tratando de evitar la guerra en su ciudad.

Alabado seas, mi Señor, por los que perdonan por tu amor y sufren enfermedad y tribulación.

Bienaventurados aquellos que las sufren en paz,

pues por ti, Altísimo, coronados serán. («Cántico de las Criaturas»)

¡Alabado sea el Señor por nuestro hermano, fray Francisco Valdés Subercaseaux! Su testimonio nos lleva a afirmar que realmente, aunque hayan pasado 800 años desde su muerte, san Francisco continúa bendiciendo nuestra historia con abundantes gracias. ¡Y qué regalo nos ha dado a los chilenos con su hijo, el padre Pancho! Debemos compartir su historia porque es un ejemplo vivo de que el ideal seráfico no sólo sigue siendo muy actual, sino que también muy necesario. Nos ha enseñado la necesidad de los frutos de una vida desprendida de lo material, una vida que se niega a sí misma, una vida de oración, de humildad, penitencia, de profundo celo misionero, misionero de la paz… Esto es lo que el mundo necesita hoy: «nuevos Franciscos», fieles dispuestos a seguir el camino de Cristo en el Evangelio. Y, tal como hizo monseñor Valdés, nosotros debemos plantearnos cómo podemos vivir este mismo espíritu para mayor gloria de Dios y para la salvación de las almas.

Autor: María de los Ángeles Puelma Salas

Estudiante de Licenciatura en Historia, Universidad de los Andes. Ayudante de Historia del Mundo Antiguo.

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