16 07 26 el manto

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Virgen del Carmen, Reina de Chile, salva a tu pueblo que clama a ti

Antes de ser prenda, el manto es un gesto. Alguien advierte que otro tiene frío y echa sobre sus hombros la tela que traía encima; en ese movimiento, comienza la piedad del mundo. Cubrir a alguien es reconocerlo, tomarlo bajo custodia; decirle, sin decirlo: desde ahora respondo por ti. El primer manto de cada hombre son unos brazos y un paño tibio: antes de entender nada, supimos que estar cubiertos era estar a salvo, y que la intemperie era la primera forma del miedo.

Todo niño lo sabe sin que nadie se lo enseñe. Cuando el mundo se vuelve de pronto demasiado grande —un trueno, un desconocido, un perro que ladra—, el niño no corre hacia una puerta: corre hacia una falda, y se hunde en los pliegues de la madre como quien regresa al centro del mundo. Allí adentro no se ve nada, y por eso mismo se está a salvo; la tela que le cubre los ojos es la misma que le devuelve el valor. El primer santuario de todo hombre fue ese: un repliegue de paño con olor a madre, donde el miedo entraba grande y salía vencido. Después levantamos catedrales, pero no hemos hecho más que agrandar aquella falda.

La misma clase de tela nos recibe y nos despide. Envueltos llegamos al mundo, en el lienzo que abriga la carne recién estrenada; y envueltos lo dejamos, cuando alguien tiende una sábana sobre el que ya no siente el frío. El manto vela las dos orillas de la vida, como si nacer y morir fueran ambos un modo de entrar en lo desconocido, y a nadie hubiera que dejar cruzar ese umbral a cuerpo descubierto.

Entre una orilla y otra, el manto acompaña al que anda. El pastor y el peregrino no llevan casa: llevan un manto, que de día es sombra y de noche es cama, techo plegable que cabe en un hombro. Bajo su tela caben la lluvia, el sol y el sueño. El que camina sabe algo que los que tienen paredes olvidan: que el abrigo no es un lugar, sino algo que se lleva puesto, y que un hombre con su manto no está nunca del todo a la intemperie.

El manto también se hereda. Hay quien parte —hacia el destierro, hacia la muerte, hacia el cielo— y al partir deja caer su manto sobre el que se queda. La tela que abrigó a uno abriga después a otro, y en sus pliegues viaja algo que no es lana: un encargo, un aliento, una misión que no quiere interrumpirse. Recoger el manto del que se fue es aceptar seguir su camino. Por eso el manto caído del que asciende es siempre, para el que lo levanta del suelo, una vocación.

Y hay un poder que vive en el filo del manto. No en el centro, ni en el bordado, ni en la púrpura: en la orla, en el último hilo, en el borde que roza al pasar. La mano tímida que apenas alcanza a tocar la punta de la tela queda curada; la fuerza sale por donde nadie la buscaba. El manto enseña que lo que sana no siempre se agarra de frente: a veces basta rozar el borde de una presencia para que la vida regrese al cuerpo.

Los reyes lo saben, y por eso se cubren de púrpura; el manto es, desde antiguo, la señal del que manda. Pero existe una realeza distinta, y su manto la delata: no el que se alza sobre los súbditos como un estandarte, sino el que se inclina sobre ellos y los protege como un techo. Es el manto que reina cobijando, y no conozco otra grandeza que merezca de veras ese nombre.

Al final, cuando se ha subido por todos estos mantos, uno levanta los ojos y descubre que el mundo entero está hecho a su semejanza. La noche es un manto sobre la tierra cansada; la nube, un manto de agua tendido sobre el campo sediento; la nieve, el paño blanco con que los montes se cubren para dormir. Todo lo que ampara quiere parecerse a una tela extendida, como si la creación repitiera, en cada cosa que cobija, un mismo gesto original.

Y es entonces, sólo entonces, cuando el corazón entiende hacia dónde venía ascendiendo. Todos esos mantos —el que abriga, el que esconde al niño en sus pliegues, el que vela las dos orillas, el que acompaña, el que redime, el que se hereda, el que sana en su borde, el que reina inclinándose— no eran sino ensayos, balbuceos de la tela, figuras dispersas de un manto que los reúne a todos. Hay uno que no se compra ni se recibe de los hombres, sino que se abre solo, de par en par, sobre el que reconoce su indigencia. A ese manto ha vuelto Chile una y otra vez, en su fundación y en sus pruebas, con la certeza sencilla del que sabe dónde guarecerse. Y a él volvemos ahora, en este año que celebra un siglo desde que le ceñimos una corona: no para admirar la tela, sino para meternos debajo. Pongamos otra vez la patria, y cada uno su propia intemperie, bajo el manto de la Virgen del Carmen.

Autor: Álvaro Ferrer del Valle

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