08 07 26 editorial cadaver corromperse

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Sobre la excomunión de los miembros de la Fraternidad San Pío X y la continuidad de la Tradición

El pasado 1 de julio, en el prado de Écône —el mismo en que el arzobispo Lefebvre rompió con Roma hace treinta y ocho años—, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X consagró cuatro obispos sin mandato pontificio [1]. La razón que adujo no fue, en primer término, litúrgica ni doctrinal, sino casi biológica: asegurar «la continuidad del ministerio de sus obispos». León XIV, en su carta del 29 de junio, había pedido a la Fraternidad que «diera marcha atrás» y había advertido que desgarrar «la túnica inconsútil de Cristo» sería pecado de extrema gravedad [2] ; escribió, con todo, «con ánimo paterno», y confió sus palabras al Corazón de María, «Madre del Buen Consejo». La súplica no fue escuchada: al día siguiente de la consagración, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe declaró que las consagraciones habían configurado el delito de cisma [3].

El Papa había reconocido sin reservas «el deseo de fidelidad a la Tradición» que anima a tantos fieles de la Fraternidad. Nadie con sentido histórico lo pondría en duda. La pregunta, por tanto, no es si aman la Tradición, sino qué se entiende por conservarla. Y para esa pregunta —quizá inesperadamente— podría haber una respuesta en una novela rusa.

En Los hermanos Karamázov, el stárets Zósima es un santo [4]. Cuando muere, el monasterio aguarda el milagro previsible: que su cuerpo, como el de los justos, no conozca la corrupción. Pero sucede lo contrario. El cadáver empieza a oler antes de tiempo, y el olor se vuelve escándalo público. Muchos sacan la conclusión más fácil: si el santo se corrompe, acaso no era santo; si el signo falla, acaso todo era mentira.

Vale la pena reparar en dónde está, exactamente, la tentación. No está en el cadáver que se pudre. Está, más bien, en haber necesitado un cadáver incorrupto para seguir creyendo. Dostoievski no destruye la santidad de Zósima: destruye una religiosidad que confunde la gracia con la ausencia de humillación. La fe que se apoya en el signo consolador —en la incorrupción como prueba— es todavía una fe no probada. La carne del santo se humilla; la Iglesia, en la historia, también.

Aliosha, el más joven de los Karamázov e hijo espiritual del stárets, conoce esa tentación por dentro. Su crisis es real —queda interiormente quebrado—, pero no lo conduce a negar a Zósima, sino a recibirlo más hondo. Zósima mismo, además, le había ordenado salir del monasterio; y Aliosha salió, no para pertenecer al mundo, sino para llevarle lo que había recibido. Adviértase la paradoja: la fidelidad al maestro no consistía en quedarse donde el maestro estaba, sino en ir adonde el maestro le mandaba. Calcar su modo de vida —su encierro— habría sido desobedecerle. Lo que obró en él ese tránsito —de la quebradura a la salida— no fue, por lo demás, un argumento, sino una escena; convendrá reservarla para el final.

Aquí cabría trazar —con toda cautela, sin forzar equivalencias entre personajes y actores— una posible analogía. Una sensibilidad muy respetable sostiene que las crisis posteriores al Concilio Vaticano II revelaron una ruptura objetiva. El reproche no es frívolo: hubo, en efecto, olor. Pero la conclusión podría ser la de los monjes precipitados: si lo recibido padece en la historia, conviene ponerse a salvo de ello. Aliosha —acaba de verse— no la sacó. Y esto es lo decisivo: La continuidad auténtica no es la ausencia de crisis, sino la permanencia transfigurada a través de ella. Manet idem subiectum: permanece el mismo sujeto, precisamente porque acepta atravesar la humillación sin dejar de reconocerse. Esto, en clave teológica, es lo que Benedicto XVI llamó —contra la «hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura»— la «hermenéutica de la reforma, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia»[5] : un sujeto que «crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo».

La continuidad no se mide, pues, por la inmovilidad de lo heredado, sino por la identidad del principio vivo que en ello late. Y ese crecimiento no es, necesariamente, mundanización, sino misión: la Tradición se desarrolla evangelizando el mundo, no amoldándose a él. San Pablo lo pidió con el verbo que Benedicto haría suyo: nolite conformari huic saeculo, sed reformamini [6] —no os conforméis a este siglo, sino transformaos—. Desde aquí, el conflicto de Écône se dejaría mirar de otro modo. No como el pleito entre la Tradición y la autoridad sino como dos maneras de reconocer la continuidad. ¿Reside en custodiar inmóvil cuanto se ha recibido, como si la vida de la Iglesia pendiera de su quietud? ¿O en permanecer unidos al mismo sujeto vivo —que venera el rito y lo transmite—, dejando que la Tradición despliegue expresiones nuevas sin perder su identidad? A la primera pregunta la Fraternidad respondió aquel día sin ambages: su superior exhortó a los nuevos obispos a «permanecer inmóviles» y a no «retroceder jamás»[7] . Es, dicho sin sombra de burla, una de las dos maneras de entender la continuidad —la que la fía a la quietud—; y es, punto por punto, la que Aliosha no eligió.

Alguien objetará —y con razón— que la Fraternidad no niega la continuidad del sujeto: no pone en duda que la Iglesia de hoy sea la Iglesia, ni que el Papa sea el Papa; su propia profesión de fe, publicada una semana antes de las consagraciones, reconoce al Romano Pontífice el primado «propio, supremo, pleno, inmediato y universal», y confiesa —con las mismas fuentes que estas líneas— que la Tradición «no es una memoria muerta, sino la transmisión viva» de la doctrina apostólica [8] . No se discute, pues, que la Tradición viva; se discute quién discierne, y cómo, si una novedad expresa el mismo sentido o lo traiciona. Y ahí precisamente muerde la parábola: ese discernimiento no puede adjudicárselo nadie por mano propia, porque no basta la fidelidad a una «Roma eterna» si para guardarla se quiebra la comunión con la Roma viva. La objeción es seria, y Aliosha no la resuelve; tampoco lo pretenden estas líneas. Lo que la escena ofrece no es la respuesta, sino el modo de sostener la pregunta: permanecer dentro del cuerpo que padece mientras se discierne, en lugar de ponerse a salvo de él. Porque la tentación que retrata Dostoievski no es la de una capilla ni la de un bando —acecha a toda comunidad cristiana, y a cada creyente—: es buscar la continuidad en un signo que no se corrompa, cuando sólo se guarda permaneciendo en el mismo sujeto vivo a través de la humillación.

Duele, además, a muchos, una asimetría que no debe despacharse con ligereza: que quien contradice abiertamente doctrinas asentadas apenas conozca corrección, mientras quien quiso custodiar la herencia sagrada carga hoy con la pena más grave [9]. La queja merece respuesta —con justicia y con caridad, no con desdén—. Pero adviértase que, aun concedida entera, no alcanza a la pregunta de estas páginas: la lenidad con unos no convierte en transmisión lo que en otros es embalsamamiento; a lo sumo, reclama que el mismo amor por el único sujeto vivo se exija en todas las direcciones.

La Tradición no es una cosa que se posea y se prolongue por cuenta propia: es, en su gramática misma, un entregar lo que antes se ha recibido —tradidi quod et accepi, escribe san Pablo—[10]; es en su raíz un verbo —traditio, acción de entregar— antes que un inventario. Transmitir no es congelar: es engendrar, y por eso sólo se transmite en comunión, nunca a solas. Garantizar la transmisión mediante un acto que prescinde de esa comunión encierra, si se piensa despacio, una suerte de contradicción insalvable: para preservar la continuidad se ejecuta, en el gesto mismo, una discontinuidad. No lo digo como reproche, sino como el filo exacto de la parábola de Zósima: querer asegurar por mano propia que el cuerpo no se corrompa es ya haber dejado de fiarse del principio que lo mantenía vivo. La incorrupción garantizada es, al cabo, una forma de embalsamamiento.

Falta la escena reservada, y es hora de leerla. Velando el cuerpo ya humillado de Zósima, Aliosha oye leer el Evangelio de las bodas de Caná. Y comprende algo que ninguna apologética le habría dado: que Cristo no vino a disminuir la vida, sino a colmarla, y que entró por una fiesta, por el vino, por la alegría de unos novios pobres. En Caná el agua no se queda en agua, se hace vino. La gracia, en consecuencia, no bautiza la mundanidad ni rebaja lo humano: lo sana, eleva y perfecciona, lo transfigura. Ésa fue la fuerza que lo puso en camino: junto a un cuerpo corrompido, el discípulo comprendió el signo del agua transfigurada.

Y en esa misma escena fue María quien dio la única indicación de la que todo dependía. No explicó el prodigio ni disipó el desconcierto de unos criados a quienes, para tener vino, se les mandaba acarrear agua; dijo solamente, señalando a su Hijo: «Haced lo que él os diga»[11] . Obedecieron, y el agua se hizo vino. Ese consejo no caducó el 1 de julio: sigue en pie después de la ruptura, como sigue en pie la esperanza con que el propio León XIV escribió —y la puerta que la propia declaración romana, cual madre solícita, dejó abierta[12] —. Quizá amar de veras la Tradición sea, al cabo, esa forma desnuda de fiarse: no velar un cuerpo para que no se corrompa, sino sostener la tinaja hasta que el agua vuelva a hacerse vino. Hacer, en fin, verdad aquello por lo que Él mismo oró: «que todos sean uno; como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» [13] —y beber juntos el vino nuevo.

Autor: Álvaro Ferrer del Valle

Editor Revista Suroeste
Director Ejecutivo de Comunidad y Justicia

 

Notas

[1] Las consagraciones se celebraron el 1 de julio de 2026 en el prado de Écône (Suiza), sede del seminario de la Fraternidad y mismo lugar en que Mons. Marcel Lefebvre consagró a cuatro obispos sin mandato el 30 de junio de 1988. Consagrante principal fue Mons. Alfonso de Galarreta, asistido por Mons. Bernard Fellay —los dos supervivientes de 1988—; los nuevos obispos: Pascal Schreiber, Michael Goldade, Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier. La motivación aducida por la propia Fraternidad fue asegurar «la continuidad del ministerio de sus obispos» (ACI Prensa, V. Cardiel, 1 de julio de 2026).

[2] León XIV, Carta al Reverendo Padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (29 de junio de 2026), texto oficial en vatican.va. De ella proceden asimismo las expresiones citadas más abajo: el reconocimiento de «la adhesión a la vida litúrgica, el compromiso en la formación sacerdotal, el celo apostólico y el deseo de fidelidad a la Tradición».

[3] Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Nota explicativa (Boletín de la Sala de Prensa de la Santa Sede n. 0568, 2 de julio de 2026, firmada por el card. Víctor M. Fernández): el acto configuró el «delito de cisma» (cf. can. 751; Juan Pablo II, Ecclesia Dei, 3); los ministros de la Fraternidad han de tenerse por cismáticos, sujetos a la excomunión del can. 1364 §1 —además de la excomunión latae sententiae del can. 1387 (antes can. 1382), en que los seis implicados incurrieron ipso facto por la consagración sin mandato—. Respecto de los laicos, la pena alcanza sólo a quienes se adhieran formalmente en las condiciones de la Nota del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos de 1996, que el Dicasterio hace suya, y se pondera caso por caso: serían imputables, p. ej., los inscritos en su Orden Tercera o quienes participan habitualmente compartiendo formalmente sus posiciones; no, quienes acuden por motivos litúrgicos o espirituales sin rechazar el Magisterio ni la autoridad del Papa. La penitencia y el matrimonio administrados o asistidos por dichos ministros son inválidos.

[4] F. M. Dostoievski, Los hermanos Karamázov. El olor de corrupción del cuerpo del stárets y la escena de las bodas de Caná, en el libro VII («Aliosha»), caps. 1 y 4. Se cita Cf., por paráfrasis, sin reproducción literal del texto.

[5] Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana con motivo de las felicitaciones navideñas (22 de diciembre de 2005), texto oficial en vatican.va: frente a la «hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura», la «hermenéutica de la reforma, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo».

[6] Rom 12, 2 (Vg.): «nolite conformari huic saeculo, sed reformamini in novitate sensus vestri». La reforma paulina —reformamini— no es acomodación al siglo, sino transformación interior ordenada a la misión; consuena, no por azar, con la «hermenéutica de la reforma» de la nota precedente.

[7] En la ceremonia, el superior general de la Fraternidad, P. Davide Pagliarani, justificó las consagraciones invocando un «estado de necesidad» —argumento que la Santa Sede ha reiterado que no resulta aplicable— y exhortó a los nuevos obispos a «permanecer inmóviles» y a no «retroceder jamás» (ACI Prensa, V. Cardiel, 1 de julio de 2026).

[8] Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Profesión de fe católica (Menzingen, 24 de junio de 2026), 154 puntos: n. 17 (la Tradición «no es una memoria muerta, sino la transmisión viva» de la doctrina apostólica; el Magisterio propone la misma verdad eodem sensu eademque sententia, con cita de san Vicente de Lerins y de Dei Filius, cap. IV); nn. 73-75 (primado del Romano Pontífice «propio, supremo, pleno, inmediato y universal»); n. 82 (el mismo sujeto enseña la misma verdad a través de los siglos); nn. 4 y 151 (fidelidad a la «Roma eterna»).

[9] La objeción ha sido formulada, entre otros, por Mons. Joseph E. Strickland, obispo emérito de Tyler, en sus mensajes sobre la Fraternidad del 3 de febrero y del 25 de junio de 2026.

[10] 1Cor 15, 3 (Vg.): «tradidi enim vobis in primis quod et accepi» —«os transmití lo que a mi vez recibí»—: la traditio presupone siempre una acceptio, y por eso es esencialmente comunional. La noción de una «contradicción performativa» de la Fraternidad ha sido desarrollada por Vigilius, «La contradicción performativa de la FSSPX» (Wanderer, 15 de junio de 2026), aunque por otra vía —la discusión sobre el alcance de la autoridad papal—, aquí deliberadamente dejada de lado.

[11] Jn 2, 5 (Vg.): «Quodcumque dixerit vobis, facite» —«Haced lo que él os diga»—. Son, según la tradición exegética, las últimas palabras de la Virgen que registran los evangelios. León XIV cierra su Carta (n. 2) confiando sus intenciones «al Corazón Inmaculado de María, Madre del Buen Consejo».

[12] La propia Nota del Dicasterio (n. 3) se cierra prometiendo que la Iglesia, «como madre solícita», acogerá «con sincero afecto y viva solicitud» a cuantos deseen volver a la plena comunión. La Santa Sede ha establecido además la vía concreta del retorno: carta manuscrita al Santo Padre, profesión de fe y fórmula de adhesión, con recepción ad experimentum por el Ordinario del lugar; no se creará una nueva comisión del tipo Ecclesia Dei (Vatican News, julio de 2026).

[13] Jn 17, 21 (Vg.): «ut omnes unum sint, sicut tu, Pater, in me, et ego in te, ut et ipsi in nobis unum sint: ut credat mundus quia tu me misisti».

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