22 06 26 tomas moro buen siervo

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Una reflexión a propósito de la memoria de santo Tomás Moro —celebrada el 22 de junio— sobre la conciencia y la fidelidad

I. Una anécdota y un consejo crudo 

Hace un tiempo, me escribió un joven abogado mexicano. Me saludó con la familiaridad de quien guarda un buen recuerdo y me confesó algo inesperado: de todas nuestras conversaciones, lo que siempre recordaba era un consejo crudo que yo le había dado tiempo atrás: “al carajo tu fama”. Me aseguró que esa frase se le había quedado grabada y volvía a su mente constantemente.

Esta anécdota me volvió a la cabeza al reflexionar sobre la época en la que vivimos y, especialmente, sobre el santoral de Tomás Moro.

II. La intoxicación del aplauso contemporáneo 

Y es que vivimos intoxicados por el aplauso. Nos desvivimos por dejar un legado, por ser reconocidos, por acumular credenciales y evitar a toda costa la temida cancelación social o profesional.

Pasamos la vida construyendo una imagen pública, midiendo cada palabra para no ofender a la mayoría y asegurarnos un asiento en la mesa de los “influyentes”. Pero cada 22 de junio, el calendario nos regala un recordatorio incómodo que pone en jaque esta obsesión contemporánea: la memoria de Santo Tomás Moro.

III. El éxito terrenal de Tomás Moro 

Si alguien en la historia tenía motivos terrenales para aferrarse a su prestigio y a sus privilegios, era él. En la Inglaterra del siglo XVI, Moro lo tenía absolutamente todo: era un humanista aclamado, un abogado brillante, diplomático, Lord Canciller e íntimo amigo y consejero del rey Enrique VIII.

Era, digamos, la definición andante del éxito profesional, político y social.

IV. La firmeza frente a la corriente 

Cuando Enrique VIII exigió ser reconocido como cabeza suprema de la Iglesia en Inglaterra para poder divorciarse de Catalina de Aragón, casi toda la élite cedió. Eclesiásticos, nobles y figuras de inmenso poder doblaron la rodilla por conveniencia política, por cobardía o, como le sugirieron a Moro, por mero “compañerismo”.

Pero Moro no se dejó arrastrar. Y ojo, que no fue un exaltado que se lanzó de buenas a primeras a la oposición. Como bien reflexiona el obispo Robert Barron, Moro fue un hombre de mundo que intentó primero usar todo su conocimiento de la ley inglesa para mantener su integridad sin romper con el rey, siendo tan “sencillo como una paloma y astuto como una serpiente”. Fue solo cuando la situación se volvió un absoluto —”o lo uno o lo otro”— que decidió plantarse.

V. El peso y la verdad de la conciencia 

Se negó a aceptar el cambio político-religioso y el divorcio de Enrique VIII porque entendía algo que hoy hemos olvidado trágicamente: que la conciencia no es un capricho personal. Haciendo eco de las palabras del cardenal Newman, que el obispo Barron suele recordar, la conciencia es “el vicario aborigen de Cristo en el alma”, la mismísima voz de Dios resonando en nuestro interior.

Cuando los gobernantes abandonan esta conciencia en favor de sus cargos públicos, conducen a su país por la vía rápida hacia el caos. Como advierte el citado obispo, si olvidamos que nuestro país y nuestra política están bajo Dios, la ley y la política se vuelven absortas en sí mismas y terminan por autojustificarse.

VI. El precio de la fidelidad a la verdad 

Ante la presión de sus cercanos para que cediera, Moro respondió con ironía, cuestionando si, cuando él se fuera al infierno por violar su conciencia, esos colegas lo acompañarían allí por puro “compañerismo”.

A Tomás Moro no le importó ver su fama reducida a cenizas. Fue despojado de su cargo, perdió su dinero, y fue encerrado en una celda gélida y miserable en la Torre de Londres, donde pasaba los inviernos mirando al río a través de unas rejas estrechas. Tras un juicio en Westminster Hall plagado de artimañas, manipulación de jurados y maniobras legales sucias, fue condenado a muerte.

VII. Santidad y buen humor 

Pero lo más fascinante de este hombre es que su inmensa santidad jamás fue rígida ni amargada. Santa Teresa de Ávila rogaba a Dios que la librara de los “santos amargados”, y, fiel a este espíritu, Moro conservó su brillante sentido del humor hasta el último segundo.

En el mismo cadalso, a punto de ser decapitado, bromeó con su verdugo pidiéndole que apartara su barba para que no la cortara el hacha, ya que esta, según él, no había sido acusada de ninguna traición.

VIII. Los creyentes en la sociedad política 

Hoy, cuando un secularismo ideológico agresivo intenta empujar a la fe fuera del ámbito público, tratándola como si fuera un simple pasatiempo privado, un “hobby” de obras sociales, la figura de Moro nos recuerda que los creyentes deben ser en la sociedad política lo que el alma es en el cuerpo: su fuerza animadora y moral. Tal como lo señala la Carta a Diogneto (siglo II d.C.):

“[Los cristianos] viven en ciudades griegas y bárbaras […] dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; […] Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. […] Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. […] Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. […] El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero son los que mantienen la trabazón del mundo”.

IX. Actuar para el público correcto 

Este 22 de junio, al celebrar su santidad, sus últimas palabras deberían resonar para todos nosotros: “Muero siendo un buen siervo del rey, pero primero de Dios”.

¿Para qué sirve la fama si al final del día pierdes tu propia alma?

El obispo Barron suele ilustrar este conflicto evocando una escena magistral de la película Un hombre para la eternidad. En ella, un joven Richard Rich, devorado por la ambición y la ansiedad de estatus, le pregunta a Moro con frustración qué sentido tiene dedicarse a la enseñanza: «Si fuera un buen maestro, ¿quién lo sabría?» La respuesta de Moro es un dardo directo al corazón de nuestra cultura del postureo:

«Tú mismo. Tus amigos. Tus alumnos. Dios. No es un mal público ese».

El obispo da en el clavo al recordarnos que nuestra gran tragedia actual es exactamente la misma que la de Rich: vivir actuando para la galería y la tribuna del mundo, mendigando un aplauso efímero.

X. El valor de la integridad y fidelidad

En definitiva, en un mundo lleno de aduladores que cambian de bando y partido según sople el viento, santo Tomás Moro nos invita a sacrificarlo todo —el trabajo, la reputación, el estatus e incluso la vida— antes que traicionar la verdad. Literalmente todo, como Nuestro Señor lo demanda a los jóvenes (y no jóvenes) ricos; dentro de los cuales, por supuesto, me incluyo.

Su legado nos demuestra que la fama humana es pasajera, de cimientos débiles y que más vale conocer y amar a Dios que ser “conocido”, y que la verdadera grandeza radica en tener el valor de mandar la fama “al carajo” cuando lo que está en juego es tu propia integridad y la fidelidad al Evangelio.

Autor: Javier Mena Mauricio

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