Santo Tomás en el alma universitaria
Procuren los maestros elegidos
inteligentemente por vosotros, insinuar en
los ánimos de sus discípulos la doctrina de
Tomás de Aquino, y pongan en evidencia
su solidez y excelencia sobre todas las demás.
Las Academias fundadas por vosotros, o las que habéis de fundar,
ilustren y defiendan la misma doctrina y la
usen para la refutación de los errores que circulan.
(León XIII; Aeterni Patris)
He aquí el llamado del Papa León XIII, que exhorta a los cristianos a poner las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino como base de una educación verdaderamente católica. Aquel llamado cruzó el globo, para llegar hasta el fin del mundo. Allí encontró tierra fértil en los corazones de algunos hombres que tenían la preocupación por las almas de los jóvenes, a los cuales les tocaba formarse en un ambiente intelectual cada vez más secularizado y antirreligioso. Esos grandes hombres fueron los fundadores de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
El Chile de fines del siglo XIX seguía siendo un país predominantemente católico. Sin embargo, las corrientes liberales, cada vez más fuertes, arremetían contra la fe católica desde distintos frentes. En el plano cultural, influían por medio de la prensa y sociedades intelectuales, gozando además del control de la Universidad de Chile: paulatinamente se iba asentando en la educación chilena una cultura anticatólica. Por su parte, en el plano legislativo el liberalismo había sido exitoso en modificar las leyes en materia religiosa, quitándole influencia a la Iglesia, como fue el caso de la Ley Interpretativa del artículo 5° de la Constitución de 1833, y en las Leyes Laicas. Frente a esta situación surgió la necesidad de realizar una eficaz defensa de la libertad de la Iglesia, en especial, la libertad de enseñanza.
“Nada más noble y excelente, ha dicho el Angélico Doctor, que el afán del hombre por enriquecer su espíritu con variados conocimientos” —dirá Monseñor Joaquín Larráin Gandarillas en el discurso de inauguración el 8 de septiembre de 1888—
Frente a esta situación, emergió el anhelo de fundar una institución en la que se cultivaran los más altos conocimientos humanos a la luz de la fe, ya que “el temor de Dios es el principio de la sabiduría” (Prov. 1, 7), anhelo que se materializó con la fundación en 1888 de la (ahora Pontificia) Universidad Católica de Chile, por el entonces arzobispo de Santiago Mariano Casanova. Dicha institución, siguiendo la analogía que utiliza San Juan Pablo II, fue fundada con dos alas ―la fe y la razón―, por las cuales “el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad” (Juan Pablo II; Fides et ratio). En esa armonización y purificación mutuas, servirían como excelente guía los escolásticos, maestros del credo ut intelligam: “Nada más noble y excelente, ha dicho el Angélico Doctor, que el afán del hombre por enriquecer su espíritu con variados conocimientos” —dirá Monseñor Joaquín Larráin Gandarillas en el discurso de inauguración el 8 de septiembre de 1888— pero “ninguna ciencia ofrece a una alma joven verdades más luminosas, más importantes, de una aplicación más general y más práctica que la ciencia de la religión”. En la Universidad, religión y ciencia no serán incompatibles, como lo es para los modernos positivistas, sino complementarias, iluminándose la una a la otra.
De este modo, la Universidad Católica fue fundada, más o menos explícitamente, sobre la roca del Angélico Doctor. Sin embargo, hubo una comunidad de profesores y alumnos que recibió las enseñanzas de Santo Tomás de manera particularmente íntima: los miembros de la Escuela de Derecho. Derecho fue la primera facultad de la universidad, siendo inaugurada el 1 de abril de 1889 con 10 profesores y 50 alumnos, estructurado en 9 cursos, entre los que se encontraba el de “Derecho Natural” en primer año. Desde sus inicios, el tomismo se constituyó como un punto fundamental de la identidad de la nueva Facultad, pues fue desde este que la Escuela de Derecho forjó una visión católica de la realidad jurídica. También fue desde el tomismo que tomó la estructura y el lenguaje necesarios para defender el Derecho Natural. En este sentido, dice Ricardo Krebs que
La Facultad y sus profesores siguiendo las indicaciones y recomendaciones del Papa León XIII adhirieron plenamente al pensamiento tomista y vieron en sus principios la posibilidad de reconciliar los contenidos religiosos y humanísticos tradicionales con la nueva cultura científica. Desde una posición tomista defendieron la validez del Derecho Natural en oposición al positivismo jurídico que imperaba en la escuela de leyes de la universidad del Estado” (Krebs, R., et al; “Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile”).
Una de las primeras influencias del tomismo en la facultad fue la del teólogo y jurista Rafael Fernández Concha, que si bien no fue profesor de la Facultad, su manual fue el utilizado por el primer profesor de Derecho Natural, Luis Barros Méndez. El legado de Fernández Concha continuó por uno de sus más grandes discípulos, don Roberto Peragallo, profesor de Derecho Natural y Derecho Penal de la Facultad por casi 50 años. Una de sus obras más notables es su estudio “Iglesia y Estado” (1923) encargado por la Iglesia frente a la posibilidad de que se realizara la separación de esas dos instituciones. También en esta época enseñó el profesor Carlos Domínguez Casanueva.
En la segunda mitad del siglo XX destacaron dos profesores que se dedicaron tanto a la Historia como a la Filosofía del Derecho: don Hugo Tagle y don Crescente Donoso. El primero tuvo como discípulos a José Joaquín Ugarte y el actual obispo de San Bernardo, Monseñor Juan Ignacio González. Por otro lado, don Crescente Donoso Letelier elaboró el programa del curso de Fundamentos Filosóficos del Derecho que sirve como base para el que dictan los profesores actuales, tal como lo conocemos hoy, con una fuerte formación filosófica: contando con unidades de filosofía de la naturaleza, antropología, metafísica y teología natural. Don Crescente es recordado como uno de los maestros que más marcó y dejó discípulos, siendo algunos de ellos Álvaro Ferrer, Raúl Madrid, Alejandro Miranda y Marco Antonio Navarro. Otro profesor contemporáneo fue Fernando Moreno Valencia, personaje genial y autodidacta que dictó clases en varias universidades chilenas, y que le hizo clases a Cristóbal Orrego. También en esta época dictaron clases dos destacados actores de la política nacional: el profesor Julio Philippi Izquierdo —con el curso “Filosofía del Derecho”, que se impartía en el último año— y el profesor Gonzalo Ibáñez Santa María.
Derecho fue la primera facultad de la universidad, siendo inaugurada el 1 de abril de 1889 con 10 profesores y 50 alumnos, estructurado en 9 cursos, entre los que se encontraba el de “Derecho Natural” en primer año. Desde sus inicios, el tomismo se constituyó como un punto fundamental de la identidad de la nueva Facultad, pues fue desde este que la Escuela de Derecho forjó una visión católica de la realidad jurídica.
También hubo algunas influencias “extrínsecas” que enriquecieron la tradición tomista de la Facultad. Por un lado Juan Antonio Widow, recientemente fallecido, sobre todo con su libro “El hombre, animal político”, que fue un indispensable en la formación en filosofía política de muchos alumnos. La Facultad tiene el honor de contar como profesores con uno de sus hijos, Felipe Widow Lira, y uno de sus sobrinos, Gonzalo Letelier Widow. Por otro lado, gran influencia ejerció el Padre Osvaldo Lira SS.CC. , que nos legó su ontología de la ley y su estilo directo pero de gran sensibilidad. Todos estos profesores fueron maestros de los que conocemos hoy.
Entre los profesores más recientes, tenemos a José Joaquín Ugarte, Raúl Madrid, Cristóbal Orrego, Felipe Widow, Álvaro Ferrer, Antonio López, Leonardo Bruna, Gonzalo Letelier, Carlos Casanova y Julio Alvear. A estos profesores se ha unido una joven generación entre los cuales se cuenta —por nombrar solo a los que actualmente están impartiendo el curso— a León Carmona, Juan Sebastián Squella, Sebastián Guijarro, Aldo Bersezio y Alexander Stehr. Cada uno de ellos aporta un sello propio a esta viva tradición, haciéndola siempre actual y transmitiéndola a las nuevas generaciones.
La belleza del alma tomista de Derecho UC radica en que esta no solo estuvo presente en los albores de la Universidad, sino que es un legado que ha sido sucesivamente recibido y entregado por generaciones de maestros y discípulos, en profunda amistad académica, unidos como eslabones de una valiosísima catena aurea. En la Facultad de Derecho de la Universidad Católica se ha forjado y alimentado por décadas una verdadera tradición tomista. Con tradición no nos referimos al “cult0 estéril a una cosa irremediablemente pasada y muerta” (Eyzaguirre, J.; “Hispanoamérica del dolor”). La llamamos tradición precisamente porque es un legado que está vivo, que goza de movimiento inmanente, que rebosa vitalidad: mantiene su esencia y, al mismo tiempo, integra en él elementos nuevos. “Tradición es aquello que sin perder su inmutabilidad intrínseca presenta en el curso de la historia manifestaciones de diversidad analógica” —dirá el profesor de la facultad, Jaime Eyzaguirre (Eyzaguirre, J.; ídem)—. La tradición, al decir del Padre Osvaldo Lira, constituye el alma, la forma sustancial, de una comunidad —en este caso, de la Facultad—, manifestándose a través de su historia (cfr. Lira, O.; “Nostalgia de Vázquez de Mella”).
El tomismo de Derecho UC tiene un cierto sentido militante, en el mejor sentido de la palabra. Quizás por el contexto en el que nació la Facultad, esta siempre ha tenido la conciencia del deber de anunciar a tiempo y destiempo la Verdad, el Bien y la Belleza, contra viento y marea, muchas veces como una vox clamantis in deserto (Mc. 1, 3).
La tradición tomista de la Facultad tiene sus colores propios, tiene su “pluma propia, firme e inconfundible” (Eyzaguirre, J.; “Hispanoamérica del dolor”) que la distingue del tomismo que se desarrolla en otras instituciones académicas. Es con ese sello original con el que Derecho UC se ha elevado como uno de los centros de pensamiento tomistas más importantes del país.
En primer lugar, el tomismo de Derecho UC se caracteriza por su ortodoxia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Cada profesor tiene acentos propios, pero un tesoro que la Facultad se ha preocupado de custodiar es la fidelidad a la Iglesia Católica. Esa lealtad es la que ha permitido a la Facultad ser protagonista de la defensa de la postura de la Iglesia cuando esta ha sido cuestionada en el ámbito público y en el ámbito académico. Esa ortodoxia ha sido acompañada por una vigorosidad admirable: el tomismo de Derecho UC tiene un cierto sentido militante, en el mejor sentido de la palabra. Quizás por el contexto en el que nació la Facultad, esta siempre ha tenido la conciencia del deber de anunciar a tiempo y destiempo la Verdad, el Bien y la Belleza, contra viento y marea, muchas veces como una vox clamantis in deserto (Mc. 1, 3).
Por otro lado, esta tradición de la Facultad de Derecho de la UC es hija tanto del tomismo como de la aproximación jurídica propia del tiempo en el que fue fundada. El tomismo del cambio de siglo —en gran medida fruto del renacimiento que impulsó la encíclica Aeterni Patris— es conocido como el “tomismo de la manualística”, refiriéndose al tipo de textos que se usaban en aquella época para formar a los alumnos del Seminario, colegios y universidades. Estos materiales de lectura no eran muy distintos a los textos análogos de otras disciplinas, ya que respondía a un paradigma intelectual de la época que pretendía utilizar los métodos de las ciencias exactas para el estudio de las humanidades.
Este tipo de tomismo en ocasiones ha sido caracterizado como frío, racionalista, en exceso esquemático —como si el mundo fuese una máquina—, e intelectualista, dejando poco espacio a la prudencia, siendo que el Derecho es un arte (ars boni et aequi). Aunque muchas de esas etiquetas son injustas, esas tendencias propias del tomismo decimonónico fueron siendo depuradas poco a poco al pasar las generaciones, perdurando algunos de sus elementos más valiosos: el orden y la estructura que tantos agradecen para “armar la cabeza”.
En ese sentido, un elemento que distingue al tomismo de la Facultad es que su enfoque es más jurídico, y por lo tanto, riguroso y estructurado. No solamente por su contenido ―por ejemplo, la ontología de la ley (heredada de Fernández Concha y, sobre todo, del padre Lira), que hace de puente entre la metafísica y la moral―, sino también por su método. El ser un tomismo desarrollado dentro de una Facultad de Derecho ha influido decididamente en su fisionomía. Esa precisión propia del abogado, en el que cada palabra importa le ha dado una fuerza especial al tomismo de Derecho UC. En la Facultad se estudia el Derecho Natural “en serio”: es de los ramos más importantes de primer año, y el que sirve como filtro para quienes pasarán al segundo. “¡Si pasaste Fundamentos [Filosóficos del Derecho] ya vas bien!” —dice una querida canción de la Facultad—. Siendo que la díada de los cursos de “Fundamentos Filosóficos del Derecho” y “Derecho Natural” tienen la titánica tarea de ser, por un lado, un curso de formación general filosófica-tomista, y por otro lado, de instruir a los alumnos en la doctrina tomista sobre el Derecho Natural, los contenidos se estudian con una profundidad y detención admirables, que solo es posible debido al tiempo y prioridad que se le destina a estos cursos.
Esto ha dotado a los abogados egresados de la Facultad de un sólido andamiaje mental, que no solo se ha manifestado en la filosofía del Derecho, sino también en otras áreas de la disciplina. Es notable que, al leer algunos textos de profesores y exalumnos, se aparecia un lenguaje, estructura, y, en ocasiones, premisas tomistas, sin necesidad de que las conclusiones lo sean. De este modo, la tradición tomista no sólo ha sido cuna de desarrollo del pensamiento de esa corriente en la Facultad, sino que ha salido a la discusión pública. En ese sentido, la matriz tomista de quienes han pasado por Derecho UC ha cumplido un rol muy relevante a la hora de defender distintas posturas; algunas veces alineándose con el tomismo clásico, y otras veces usando sus conceptos para fundamentar tesis heterodoxas o que derechamente se alejan de él.
Uno de los elementos más valiosos de la tradición tomista de Derecho UC es su celo apostólico. El contenido del curso, por su naturaleza, muchas veces atrae por sus cualidades intelectuales, pero trae oculto un misterio mucho mayor: el misterio de Dios que, como dice San Juan, Charitas est (1 Jn. 4, 8).
Ejemplos de esto existen de muy diversa índole. En el ámbito judicial, es notable la jurisprudencia que acude a la equidad natural por parte de exalumnos y profesores jueces. También el tomismo ha tenido su rol en la doctrina jurídica, como la fundamentación del Derecho Administrativo por parte del profesor Eduardo Soto Kloss y la argumentación de posiciones doctrinarias de Derecho Civil por parte del profesor José Joaquín Ugarte. También ha tenido relevancia en la discusión pública, desde variadas posiciones. Ejemplos de esto, no exentos de polémica, son la definición de cómo entendía la Facultad la catolicidad de la UC en su declaración emitida tras la Reforma Universitaria de 1967 (véase: San Francisco, A.; “Juventud, rebeldía y revolución: la FEUC, el reformismo, y la toma de la Universidad Católica de Chile”), y la defensa de la legitimidad del 11 de septiembre de 1973 y de la Constitución de 1980 a partir del Derecho Natural, también en declaraciones de la Facultad (véase: “Revista de Derechos Fundamentales”, N°9, 2013). También el tomismo ha sentado las bases de movimientos políticos que nacieron o se desarrollaron de manera importante en Derecho UC (como la Falange Nacional y el gremialismo). Además, en los últimos años han surgido dentro del Departamento distintas instancias que han buscado explicar la realidad política desde la cosmovisión tomista, como lo fue el Grupo de Formación para la Acción Política (del que posteriormente surgió el movimiento político Solidaridad, así como la Corporación Comunidad y Justicia).
Por último, uno de los elementos más valiosos de la tradición tomista de Derecho UC es su celo apostólico. El contenido del curso, por su naturaleza, muchas veces atrae por sus cualidades intelectuales, pero trae oculto un misterio mucho mayor: el misterio de Dios que, como dice San Juan, Charitas est (1 Jn. 4, 8). Para muchos, el tomismo de la Facultad, más que entregarles un sistema filosófico, ha sido puerta para el encuentro con el Maestro, que nos amó hasta la muerte y muerte de Cruz (Fil. 2,8). Y esto no puede ser coincidencia, ya que Santo Tomás, antes que filósofo, y antes aún que teólogo, fue santo: el más sabio entre los santos y el más santo entre los sabios. En ese sentido, el curso de Fundamentos Filosóficos del Derecho, gracias a la misericordia y gracia de Dios, ha sido un instrumento, imperfecto por cierto, para numerosas conversiones por parte de los alumnos: y no hay nada más valioso que eso para una Universidad Católica.
Así, miles de alumnos han recibido la antorcha de la tradición tomista de Derecho UC, con el llamado de hacerla crecer, enriquecerla y traspasar lo que les fue dado, teniendo como misión “hacer universidad” al modo de Santo Tomás:
Tomando, pues, confianza de la piedad divina para proseguir el oficio de sabio, aunque exceda a las propias fuerzas, nos proponemos la intención de manifestar, en cuanto nos sea posible, la verdad que profesa la fe católica, eliminando los errores contrarios; porque, sirviéndome de las palabras de San Hilario, “yo considero como el principal deber de mi vida para con Dios esforzarme por que mi lengua y todos mis sentidos hablen de Él”. (Santo Tomás de Aquino; Summa Contra Gentiles, L. I, c. 2)
Autor: Rosa María Puelma Salas
Profesora del Departamento de Fundamentos del Derecho, Facultad de Derecho UC
Secretaria de redacción de la Revista Suroeste
Last modified: noviembre 27, 2025





