Escritorio del Editor
“Después de Dios,
a quienes más se debe el hombre
es a sus padres y a su patria”
(Santo Tomás de Aquino,
Th., II-IIae, q. 101, art. 1, co.).
La hermosura de la virtud no se ve solamente en los más perfectos. En ocasiones, figuras que tienen hondos defectos pueden enseñarnos mucho con sus palabras y sus obras. Boromir, en “El Señor de los anillos”, es uno de estos personajes que ―en medio del claroscuro de su carácter― nos muestra la excelencia propia de un soldado que ama a su patria. Luego de su grave caída, por la cual quiso quitar el anillo a Frodo, tuvo que combatir contra una horda de orcos que se aproximaron a Parth Galen, donde se encontraban los miembros de la comunidad del anillo. Un orco le disparó con su arco, tumbando al señor de la Torre Blanca.
A una milla, tal vez, de Parth Galen, en un pequeño claro no lejos del lago, [Aragorn] encontró a Boromir. Estaba sentado de espaldas a un gran árbol, como si descansara. Pero Aragorn vio que estaba atravesado por muchas flechas de plumas negras; aún tenía la espada en la mano, pero rota cerca de la empuñadura; el cuerno partido en dos estaba a su lado. Muchos orcos yacían muertos, amontonados a su alrededor y a sus pies. Aragorn se arrodilló a su lado. Boromir abrió los ojos y se esforzó por hablar. Por fin le salieron palabras lentas. “Intenté quitarle el Anillo a Frodo”, dijo. “Lo siento. He pagado”. Su mirada se desvió hacia sus enemigos caídos; al menos veinte yacían allí. “Se han ido: los medianos (Halflings), los orcos se los han llevado. Creo que no están muertos. Los orcos los ataron”.
En su agonía ―con flechas atravesando su torso sufriente y el cuerno, que era el orgullo de su casa, partido en dos― el hijo del Senescal reconoce arrepentido su culpa, y además se preocupa por el destino de los Hobbits, “los Medianos”. Ya se ve con esas palabras que no era un personaje corrompido enteramente por la maldad; a fin de cuentas, del relato no parece seguirse que quería el anillo para su propia ambición, sino más bien como un medio para alcanzar la victoria a su pueblo. Sus ojos cansados se cerraron, como si ya quisiera entregarse a los brazos de la muerte inminente, pero surgen entonces sus últimas palabras:
“Adiós, Aragorn. ¡Ve a Minas Tirith y salva a mi pueblo! He fracasado”.
“No”, dijo Aragorn, tomándole la mano y besándole la frente. “Has conquistado. Pocos han obtenido tal victoria. Quédate en paz. Minas Tirith no caerá”.
Boromir sonrió.
Un último adiós dedicado al que estaba llamado a ser el rey de Gondor. Sus últimas palabras hablan del amor a su pueblo. “Salva a mi pueblo”, dice Boromir. Y luego de escuchar a Aragorn afirmar que Minas Tirith no caerá, expira con confianza. En la escena de la película se agrega una frase final llena de emoción, que no se encuentra en los libros, con la que reconoce la legitimidad de su rey: “Yo te habría seguido: mi hermano, mi capitán, mi rey”. En todo caso, permanece incólume el sentido de virtud patriótica de la historia, que muestra a Boromir con sus luces y sombras, y que en su última hora su corazón se dirige hacia su tierra y su gente.
Un último aliento que revela su profundo honor, la belleza de su sacrificio, la totalidad de su entrega por su pueblo. Boromir responde así, no a una figura de un héroe perfecto ―pocos referentes de la política podrían realmente serlo―, pero sí de un líder cuyo corazón permanece fiel a su nación.
Un último aliento que revela su profundo honor, la belleza de su sacrificio, la totalidad de su entrega por su pueblo. Boromir responde así, no a una figura de un héroe perfecto ―pocos referentes de la política podrían realmente serlo―, pero sí de un líder cuyo corazón permanece fiel a su nación y que, en el momento decisivo, vela por ella. En este aspecto, precisamente para nuestros días ―en que, al decir de Juan Pablo II, vemos “este mundo dividido y turbado por toda clase de conflictos”―, Boromir representa un ejemplo de solidaridad, del empeño firme por el bien común, por “un destino común que construir juntos”, que exige “la consiguiente renuncia al propio egoísmo” (Juan Pablo II; Sollicitudo rei socialis).
Esa renuncia, que se desentiende del horizonte minúsculo del propio interés en pos del bien del todo, no requiere de la espada para ejercitarse, sino que debe ser firme y perseverante también en tiempos de paz. Así lo reconocía Gabriela Mistral: “A la nueva época corresponde una nueva forma del patriotismo”, pues “no es sólo en el período guerrero cuando se hace patriotismo militante y cálido”, sino que en “la paz más absoluta, la suerte de la patria se sigue jugando, sus destinos se están haciendo” (Mistral, G.; “El patriotismo de nuestra hora”). Cada una de nuestras acciones puede servir de ayuda para construir una patria más justa, una que no se cierra sobre sí misma, sino que tiene “abiertos sus brazos hacia todos los hombres de la tierra” (Mistral, G.; “El patriotismo de nuestra hora”).
Editor Revista Suroeste
Last modified: septiembre 25, 2024





