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Alberto Wagner: filosofía, historia y visión hispanoamericana

Es normal oír en diferentes entornos los lamentos de vivir en un mundo más conectado pero no más unido. Tal vez la mayor demostración puede ser la actual cultura de conflicto, que lamentablemente —beneficios aparte, claro está— suele causar las redes sociales, en las cuales se llegan a crear trifulcas virtuales por banalidades. Una de las principales armas a esgrimir por estos espadachines del teclado son las usuales afrentas a la nacionalidad de los interlocutores, lo que suele crear una percepción aventurada; es decir, que la edad de las redes alimentó más prejuicios que un siglo de conflictos bélicos en nuestro continente. Pero este artículo no tiene como objetivo hacer un análisis estadístico de esta clase de tendencias, sino contrastarlo con un personaje de gran lucidez, que presenció un mundo que se unía por las comunicaciones pero más amable.

Criado en aquel entorno de la alta sociedad limeña, visitó por vacaciones familiares Chile cuando las relaciones entre ambos países no eran las mejores, además de las muy ocasionales visitas a la familia de su padre en Suabia.

Alberto Wagner de Reyna nació un 7 de Junio de 1915 en Lima, siendo su linaje una mezcla particular entre la raigambre burgués y liberal de su padre alemán farmacéutico ―contando entre sus ancestros conjuradores liberales que participaron en las revoluciones de 1848― y la devoción de su madre criolla, perteneciente a una antigua familia de Lima ―siendo su abuelo materno un diplomático que le dejó huella en su futura carrera―. Frente a ambas naturalezas en su familia él comentaba:

Hasta 1935 fui a la vez peruano y wurttenbergués por nacimiento. Esa bivalencia o duplicidad no implicó un desgarramiento, gracias a la figura de Carlos V. Desde mi adolescencia concilié ambos extremos —lo hispanoamericano y lo alemán— en la satisfacción de ser un súbdito póstumo del César, de suerte que cada vez que me encuentro ante un Tiziano que lo representa —sea con lanza y coraza, sea en su sillón de real enfermo— siento una profunda emoción (Wagner, A.; “Bajo el Jazmín”). 

Criado en aquel entorno de la alta sociedad limeña, visitó por vacaciones familiares Chile cuando las relaciones entre ambos países no eran las mejores, además de las muy ocasionales visitas a la familia de su padre en Suabia  Pero el aún joven Alberto Federico residió de modo estable en el Perú por lo que no fue ajeno a sus cambios sociales. Ya en 1932, cuando ambicionaba estudiar en la antigua y emblemática universidad de San Marcos, presenció tanto el fallido intento de asesinato al presidente Sánchez Cerro como los choques juveniles originados por el creciente sindicalismo de cuño aprista, llegando a ser obligado a participar en las guardias estudiantes cuando ocuparon el claustro universitario.

Frente a aquel desorden fue uno de los tantos que decidió ser parte del claustro fundador de la Pontificia Universidad Católica del Perú, que entre su plana mayor contaba al célebre hispanista José de la Riva Aguero y Osma, a quien él aún muchacho frecuentó en su círculo intelectual. En aquellos ambientes presenció las aparentes las respuestas políticas que teorizaba la juventud perteneciente a las élites peruanas:

En este movimiento de élite ―de “niños bien” si se quiere― pero con segura doctrina y grandes figuras nacionales como respaldo, representa un papel significativo la Universidad Católica. Hasta donde se juntaban los rastros de la Acción Francesa, el humanismo democrático de Maritain, simpatías subyacentes a la vida nacional del momento (años del conflicto de Leticia entre Perú y Colombia). (Wagner, A.; Idem).

Desde la Facultad de Derecho y como escribano en el ministerio de Relaciones Exteriores estimuló sus percepciones políticas, también llegando a escribir para la prensa. En 1934 fue escogido para tomar clases de intercambio en Alemania con amparo del cuerpo diplomático peruano. No sabía que este evento daría un giro decisivo a su vida.

Fue a estudiar a la Universidad Alexander Humboldt de Berlín, en una Alemania donde recién consolidaba su poder el nacionalsocialismo, y bajo sus propias palabras aún “no impedía que mucha gente expresara su opinión y asumiera actitudes independientes”. Se inscribe en clases de Derecho y Filosofía, donde notaba la animadversión del régimen a diferentes profesores, por su afiliación política o por ser judíos, intentando como extranjero desmarcarse de tales polémicas, además de adentrarse a los círculos católicos del momento. Trabó cercanía con el padre Romano Guardini ―uno de los tantos marginados― que dictaba clases gratuitas, y le ayudó a cultivar el interés por la liturgia católica y a acercarse las actividades de grupos católicos, como Pax Romana, y a frecuentar los salones del Instituto Iberoamericano. Entre aquellos afanes, unos amigos le recomendaron conocer a un profesor que daba clases en Friburgo de Brisgovia: Martin Heidegger.

Durante el invierno de 1935 estuvo aprendiendo con Heidegger en su seminario. Le sedujo su modo original de analizar a Leibniz y Kant, además de su método de trabajo y la metafísica ―cabe decir que entre el séquito del estudioso suabo se encontraban jesuitas interesados en sus apreciaciones, entre ellos el padre Rahner―. Este profesor llegó a ofrecerle al joven germanoperuano ser su alumno, pero debido a los compromisos en el Perú optó por regresar. Eso no quitó que la estampa de él se grabase indeleblemente en su pensamiento, ya que a su vuelta en la Pontificia Universidad Católica del Perú, en 1936, había preparado un monográfico introduciendo el pensamiento del filósofo alemán, llamado “La ontología fundamental de Heidegger”, además de preparar su tesis sobre él. Fue el primer trabajo heideggeriano en Hispanoamérica, lo que difundió esta vertiente de filosofía contemporánea en el Continente. Aquella relación con Heidegger continuó por décadas, mediante visitas ocasionales y correspondencia. Pero también publicó más adelante un librito llamado “Introducción a la liturgia”, tradujo unos textos de Santo Tomás junto con el prelado Luis Lituma y redactó un preludio a su traducción del Apocalipsis de San Juan.

Trabó cercanía con el padre Romano Guardini ―uno de los tantos marginados― que dictaba clases gratuitas, y le ayudó a cultivar el interés por la liturgia católica y a acercarse las actividades de grupos católicos, como Pax Romana, y a frecuentar los salones del Instituto Iberoamericano. Entre aquellos afanes, unos amigos le recomendaron conocer a un profesor que daba clases en Friburgo de Brisgovia: Martin Heidegger.

Recién egresado pudo dictar clases en su alma mater, en la Facultad de Letras, y buscarse un oficio. Comenzó a trabajar formalmente como ayudante en el Servicio Diplomático Peruano y participó de la conferencia Interamericana de Lima de 1938. De esta manera entró de lleno en una carrera en organismos internacionales.

En 1941 contrajo matrimonio con nadie menos que una nieta del héroe naval Grau, y al año siguiente tuvo su primera misión diplomática: la legación peruana al Brasil, que no le impidió seguir ejerciendo su labor intelectual. Allí pudo trabar amistad con el filósofo tomista Alexandre Correia y profundizar sus amistades entre personajes cercanos a la filosofía de Maritain. Tras cuatro años de servicio, fue llamado a observar otro evento decisivo para el mundo: la Conferencia de fundación de las Naciones Unidas a finales de 1945. Su participación le permitió pasar a trabajar a Suiza, donde ayudó en congresos internacionales católicos a título patrio y personal; por ejemplo, un congreso de filosofía presidido por Pío XII. También allí conoció al historiador suizo Gonzague de Reynold, quien había sido delegado cultural de la entonces muerta Liga de las Naciones, y que buscó hacer valer los intereses vaticanos en su administración. Reynold con el tiempo sería su amigo y redactaría el prólogo de “Destino y Evocación de Iberoamérica”, libro sobre la identidad de nuestro continente.

El golpe de Manuel Odría contra el Presidente José Luis Bustamante y Rivero en 1948 lo sorprendió en unas vacaciones en Lima. Estos acontecimientos ―al estimar el nuevo gobierno que no tendría ninguna simpatía con las izquierdas, por el entorno de su formación― lo llevaron a ser enviado a representar al gobierno peruano ante Chile. En realidad no era la primera vez en pisar al país vecino, al haber vacacionado en Chile en su niñez ―con no pocas anécdotas simpáticas de por medio―. A pesar de la historia reciente de aquellos años y de que el entonces presidente Gonzalez Videla aceptara exiliados políticos (entre ellos, miembros del APRA y al defenestrado ex-presidente Bustamante y Rivero), Wagner consiguió cultivar varias amistades con chilenos y defender la integridad territorial del Perú. Se ganó simpatías de muchos chilenos por el pasado hispánico compartido que evocaba el Perú, tanto entre los conservadores como entre liberales y figuras afines a las izquierdas:

El Perú significa, en Chile, tradición y abolengo. El virreinato del cual dependía la capitanía general representa el mayorazgo histórico, con su aura de títulos, órdenes nobiliarias, carrozas de gala y frivolidades dieciochesas. A ninguna familia de postín le faltaba un entroque que la llevara a un corregidor en la región andina o a un oidor de la audiencia limeña. (Wagner, A.; Idem).

Quien logró demostrar la simpatía en buscar el pasado común fue el médico Alvaro Covarrubias Pardo, nieto del diplomático Alvaro Covarrubias. El doctor le abrió un abundante archivo familiar para buscar la correspondencia del exilio del caudillo conservador Manuel Vivanco. Entre aquellas amistades resonarán nombres conocidos al lector, como el historiador Jaime Eyzaguirre, ya que en su revista nuestro personaje publicó sus primeras investigaciones históricas; el bibliotecario Raúl Silva Castro, gracias a la ayuda del cual logró sumergirse en el mundo común de los archivos relegados de las interacciones entre personajes peruanos y chilenos; o el filósofo Juan de Dios Vial Larraín. Chile dejó huella en el diplomático peruano, pues allí, además de cultivar amistades decisivas, adquirió el gusto de la historia.

Decidió escribir un discurso protestando bajo el argumento de por qué Iberoamérica no debe ser considerada como parte del tercer mundo. Lo leyó un doce de octubre de 1971 para el Centro Iberoamericano de Hamburgo. El discurso le ganó injustamente la acusación de imperialista y entreguista.

En 1962, tras su labor diplomática en Chile, fue nombrado secretario general de Relaciones Exteriores de la Cancillería peruana, y abocó sus esfuerzos a reformarla y hacerla más efectiva. También fue pionero de las misiones diplomáticas a África. En 1964, coronando su carrera diplomática, fue nombrado delegado permanente en las reuniones de la UNESCO en París. Buscó plegarse al celo de conservación cultural de la organización, sin dejar notar las tentaciones por parte de otros representantes de imponer una filosofía humanista y universalista. Entre los opositores a tal postura, nos cuenta el propio Wagner, se encontraba Jacques Maritain:

El hecho que en los primeros años estuviera la dirección general confiada a un científico de alta calidad, sir Julian Huxley, imprime un cierto aire cientificista a la Unesco. Deseaba él que esta se desarrollara algo así como una filosofía propia —un “humanismo evolucionista”— basada en los descubrimientos y el rigor de la ciencia, que habría de llevar a una ética, universal e irrefutable, en que pudieran asentarse las bases de la paz.
A esta evolución conceptual se opusieron algunas delegaciones, en especial la francesa, que en la figura de Jacquez Maritain, tuvo en 1947, su eminente portavoz […] su tesis fue que la Unesco no debería elaborar una filosofía sino acoger en su seno todas las corrientes del espíritu, ser una caja de resonancia de ellas, en la cual se diseñara la vía de una acción común para la paz y el adelanto de las artes y las ciencias, temperamento que fue adoptado por la conferencia general (Wagner, A.; Idem).

A pesar de ser parte de las reuniones y trabar amistad con diversos miembros, sean delegados americanos, europeos o africanos, Wagner de Reyna nota la deriva que sucede a mediados de los sesenta, que tornaría a la UNESCO en una agencia politizada, de corte “desarrollista” y “anti colonialista”. También en esos años se produjo la entrada de países africanos y, con ello, el auge de las acusaciones de tribalismo y favoritismo, que causaron el alejamiento de Gran Bretaña y Estados Unidos en los ochenta, y con ello una notoria merma del financiamiento para sus iniciativas. Wagner siempre lamentaría tales problemas, lo que no quitó que hasta su muerte colaborara abiertamente con la organización.

Estas posiciones notorias se reforzaron cuando para finales de los 60 fue nombrado embajador en la República Federal de Alemania. En aquel entonces el Perú sufrió el golpe de Estado del general Velasco Alvarado, quien, a diferencia de otros espadones, tomaba posiciones izquierdistas y alineadas a una identificación con el tercer mundo. Aunque al principio don Alberto no se opuso al plan de reforma agraria, su conciencia histórica supo que el tercermundismo dialéctico es una burda trampa, y decidió escribir un discurso protestando bajo el argumento de por qué Iberoamérica no debe ser considerada como parte del tercer mundo. Lo leyó un doce de octubre de 1971 para el Centro Iberoamericano de Hamburgo. El discurso le ganó injustamente la acusación de imperialista y entreguista, y provocó que lo saquen de su puesto en Alemania Occidental.

Con esa reputación de reaccionario, fue enviado a Colombia, al parecer poco entusiasta del régimen velasquista. Pero en 1975 volvió a ser desplazado, en esta ocasión entre la Yugoslavia titoísta y la Albania de Hoxha. En el régimen de Tito, sede del movimiento no-alineado, presencia desde una posición aparentemente cómoda los juegos de influencias de la Guerra Fría y la aparente hermandad del sur global, con esta apreciación suya:

América había cambiado el “sesgo de la historia” y nuestros países ibéricos, con su independencia, habían hace casi dos siglos producido una mutación en ella. Se había así creado un tercer extremo ―aunque débil― en el bipolarismo de Europa y Oriente, en el cual sería útil hacer un distingo entre nosotros y los Estados surgidos de posguerra [….].

En la práctica, africanos y asiáticos desconfiaban de los latinoamericanos (en quienes se subsume a los caribeños, que sí tienen vínculos estrechos con ellos) y nos consideraban un conglomerado amorfo e indisciplinado. (Wagner, A.; Idem).

Compaginó su actividad de embajador en Yugoslavia con viajes diplomáticos entre ambos continentes, en una época que para él sería de aparente decepción por la deriva de las organizaciones mundiales, sin ser demasiado crítico con las mismas. A pesar de su cercanía a la UNESCO (llegando a ser miembro ejecutivo de 1976 hasta 1980) con preocupaciones de la época (como el pacifismo) se puede notar entre sus memorias un grado de desilusión entre sus comentarios, tanto como en la organización interna, también como la hostilidad de diferentes países a la posición de la UNESCO.

Por ello no es extraño que, tras finalizar su período, Su Santidad Juan Pablo II lo convocara en 1984 para formar parte del Consejo Pontificio para la Cultura, por su experiencia en los campos diplomático y académico. El Consejo, que buscaba respuestas para dilemas del siglo ―problemas de los cuales don Alberto no era ajeno― y cómo la Iglesia debe actuar en respuesta. Véase por ejemplo el asunto de la secularización y el relativismo, que Heidegger mismo buscaba entender con sus análisis del nihilismo desde la posguerra: fue tratado por el pensador peruano en uno de sus últimos libros, titulado “La poca fe”, que buscaba entablar un diálogo entre la razón, la fe y la técnica, frente a una modernidad secularizadora.

Véase por ejemplo el asunto de la secularización y el relativismo, que Heidegger mismo buscaba entender con sus análisis del nihilismo desde la posguerra: fue tratado por el pensador peruano en uno de sus últimos libros, titulado “La poca fe”, que buscaba entablar un diálogo entre la razón, la fe y la técnica, frente a una modernidad secularizadora.

En los años finales de su vida,a pesar de no ser un crítico frontal, explícitamente se muestra descontento respecto de los entramados de las agencias globales. Un ejemplo anecdótico es su crítica al incentivo del turismo en su tiempo en la UNESCO, debido a que llevaba a la pérdida de la identidad y a banalizar los valores de las poblaciones que dependían mucho de ella. Pero más importante que aquella postura sensata es que se haya interesado en contrastar a la globalidad vacía frente a un caudal hispano ―permitiéndome la licencia, con inclusión del Brasil—. Por eso Wagner critica (en un artículo publicado por la Revista Verbo el 2002) la cultura del consumo en nuestra región:

En este Occidente marginal que es Iberoamérica, como suele acontecer con otras marginalidades, se conserva en su pureza, en su espontaneidad original, su tradición cultural, en este caso el espíritu de Occidente. Gracias al aporte indígena (que no lo niega sino más bien pone de relieve), gracias a la cercanía a la naturaleza ―lo étnico y telúrico― sobrevive, con mayor intensidad que en sus centros de gravedad, la auténtica esencia de Occidente. Se puede decir que ―entre los dos océanos― ha servido de “arca” Iberoamérica ―como la de Noé en el diluvio para salvar esa esencia. Pese al mestizaje y otras singularidades de su cultura, en Iberoamérica ha funcionado en forma más superficial la “autotraición” que hemos señalado. Si bien recubierta por el mismo paneconomismo que otras regiones del globo, éste le es accesorio y accidental: tras manifestaciones que parecen emparejar a Iberoamérica con el resto de Occidente, persisten vivas en lo sustancial las esencias matrices de éste. (Wagner, A.; “Bases para un enfoque iberoamericano de la cultura actual”).

Fue la conclusión esencial de sus ideas estimuladas por décadas, ya que al ser parte del patrimonio cristiano, los países americanos tienen un rol importante frente a la secularización experimentada, contra cuyas consecuencias seguimos luchando, con la mejor devoción y comprensión de nuestra naturaleza particular, sin deshonrar nuestra idiosincrasia propia.

Llegó al fin de su vida terrenal un 9 de agosto del 2006 en París, dejando para nosotros la estela de un hombre que consideraba que nuestras patrias eran capaces de ser más influyentes en el escenario mundial por nuestra riqueza espiritual, especialmente valiosa en la crisis presente, además de ser un testigo cercano del cambio de época, donde formuló que modos de lidiar con temas presentes. Y en especial, que buscó demostrar unidad en lo particular, sea entre las patrias hispanoamericanas o en el mundo católico, llegando a la ironía de mostrar un mundo más unido a pesar de ser menos comunicado.

Autor: Ángel N. Salas Torres

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