2025 02 13Carreno 1

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Tomás de Aquino y su aporte para las ciencias biológicas

1. La Biología de nuestro tiempo y su herencia decimonónica

José María Petit Sullá declaró, hacia fines del siglo pasado, que el hombre moderno no vive tanto de la ciencia, como de los productos técnicos que ella genera. No es de extrañar que así ocurra. La ciencia, en su sentido clásico (cognitio rerum per causas) implica un esfuerzo, una rigurosidad y una disciplina intelectuales que la aleja, por momentos, de las multitudes. La ciencia es ardua. Es cierto que algunos de sus resultados, especialmente en la esfera de las ciencias naturales, pueden cautivar a las masas, pero las más de las veces se trata de excitaciones de orden imaginativo, que poco y nada tienen que ver con la actividad científica misma. Los divulgadores lo saben, y por eso, no escatiman en recursos efectistas al momento de erigir sus narrativas, que además adornan con una buena dosis de culto a la personalidad.

Por mi parte, estoy convencido de que en realidad tampoco parece ser la tecnología misma, en sus muchos pormenores, lo que despierta el interés del público general, sino los productos comercialmente disponibles que ella entrega a un mercado de consumo siempre hambriento de primicias. Nuestros jóvenes saben describir en detalle las especificaciones del modelo de teléfono celular que les gustaría adquirir, pero no tienen ni la más remota idea de lo que sucede dentro de ese pequeño artilugio al que le ofrecen sus mejores horas de descanso, y acaso algunas más.

En este contexto cultural, en el que se entremezclan en proporciones variables el mercantilismo, el consumismo, el escepticismo, el pragmatismo y la franca pereza intelectual, se genera naturalmente una brecha entre el verdadero estado de nuestros conocimientos científico-naturales y las expectativas de la población general. En efecto, no son pocos los estudiosos que ven un cierto estancamiento en la Física, después del apogeo alcanzado en las primeras décadas del siglo XX. Desde entonces ha sido la Biología la que la ha relevado como la prima donna de las ciencias naturales, papel que quedó bien instaurado en el imaginario colectivo con la descripción, en 1953, de la estructura en doble hélice del ADN por Watson y Crick. La Biología Molecular reclamaba así su mayoría de edad, con la promesa de revelarnos los secretos más íntimos de la vida corpórea ―la única, dicho sea de paso, cuya existencia admite una ontología materialista que se presenta como constitutiva de la “actitud científica”― y de entregarnos alivios y curas a toda clase de enfermedades y padecimientos. La segunda mitad del siglo XX presenció el despliegue y proyección de este enfoque a las más diversas subdisciplinas biológicas, y su momento de esplendor vino con la publicación de la secuenciación del genoma humano, el año 2003, liderado por un consorcio público-privado estadounidense.

Tampoco parece ser la tecnología misma, en sus muchos pormenores, lo que despierta el interés del público general, sino los productos comercialmente disponibles que ella entrega a un mercado de consumo siempre hambriento de primicias.

Si de números se trata, nada hace pensar que la Biología esté dispuesta entregar pronto su cetro. El verdadero ejército de investigadores que se dedican a ella en el mundo y la ingente infraestructura e institucionalidad que los Estados y las universidades reservan para su cultivo auguran un porvenir brillante. Los datos que aporta la cienciometría apuntan en el mismo sentido. Según un estudio serio al que tuve acceso hace algún tiempo, la cantidad de artículos publicados en Biología y Medicina al año supera al de todo el resto de las ramas del saber juntas. Las nuevas tecnologías que pone a disposición del establishment científico el así llamado programa de inteligencia artificial presagian nuevos logros y alimentan las más disparatadas elucubraciones de corte transhumanista.

Dime de lo que te jactas, y te diré de lo que careces… El aforismo popular describe inmejorablemente el contraste entre ese “pensamiento crítico” que supuestamente queremos promover en nuestros hijos, y la acogida complaciente y servicial que le brindamos a relatos culturales de toda índole sin someterlos a un examen previo. Esto es lo que sucede, a mi modesto entender, con esa supuesta buena salud de que goza hoy la Biología. Entiéndaseme bien. No pretendo restarles mérito a los protagonistas de la Biología Molecular, ni tampoco obviar los innegables avances que ella significó en el plano teórico y en el práctico para nuestro conocimiento de la vida orgánica. Lo que pongo en cuestión, en cambio, es el vigor intelectual de una disciplina que, bajo una coraza de logros técnicos, no muestra desde hace décadas ningún signo de verdadera renovación.

La cantidad de artículos publicados en Biología y Medicina al año supera al de todo el resto de las ramas del saber juntas. Las nuevas tecnologías que pone a disposición del establishment científico el así llamado programa de inteligencia artificial presagian nuevos logros y alimentan las más disparatadas elucubraciones de corte transhumanista. 

En mi opinión, la Biología del siglo XXI vive de ideas heredadas de los siglos XX y XIX y, sobre todo, de un sustrato materialista y mecanicista que la domina y permea sin contrapesos. No es casualidad que la palabra sacrosanta en toda investigación biológica que se precie de tal sea “mecanismo”. Por cierto, quien no pretenda develar el “mecanismo” que subyace a un determinado fenómeno biológico, se ve expuesto a que su estudio sea catalogado como meramente “descriptivo”, un calificativo que muchos especialistas recibirían como un insulto. Vista desde esta perspectiva más amplia, nuestra Biología no es sino una profundización de la tesis que ve en los seres vivos unos conglomerados de componentes que interactúan entre sí. Si para la fisiología decimonónica esos componentes eran órganos y tejidos, hoy son más bien moléculas y átomos, pero el enfoque sigue siendo, en lo fundamental, exactamente el mismo.

No se puede negar la existencia de sanos intentos de superación de lo que se ha denominado el enfoque reduccionista molecular. La Biología Sistémica, recuperando el papel que le cabía antaño a la Fisiología, busca hoy implementar una aproximación “holística” de los procesos biológicos, consciente de que la disecación de los vivientes orgánicos en sus partes componentes no puede ser el horizonte último de una auténtica ciencia de la vida. Dicho en términos simples, no nos basta con tener todas las piezas del puzle: hay que armarlo en algún momento. Para ello, esta subdisciplina emplea sofisticados y elegantes modelos matemáticos-computacionales que, sin duda, entregarán sus frutos en los años venideros. Con todo, debe admitirse que la ontología en la que descansa esta nueva rama sigue siendo la misma. Por muy holista que se declare en su aproximación metodológica, lo cierto es que las propiedades emergentes que se pretende hallar en los “sistemas biológicos” ―comenzando por la vida misma― son, en definitiva, concebidos como estrictamente dependientes de la composición molecular. El todo es más que la suma de las partes, según este enfoque, pero no hay nada en él que no remita, en definitiva, a esas partes y a sus mutuas interacciones.

2. ¿Es la vida una mera propiedad?

En lo que sigue, invito al lector a que tomemos un nuevo punto de partida. Mi invitación comporta una paradoja, porque la “novedad” que lo llamo a explorar se encamina a cumplir nada menos que ocho siglos de recorrido. Se trata del pensamiento que nos ha legado Tomás de Aquino respecto de la vida y el viviente, que a su vez remite al de otro autor previo, Aristóteles. Habrá quien inmediatamente abandone la lectura de estas páginas, extrañado de que se pretenda hallar algo realmente nuevo en el campeón de la teología católica, un pensador que nació, pensó, escribió y murió en el espesor del siglo XIII, esto es, en el apogeo de esa era oscura en la que la razón fue subyugada por las supersticiones y los poderes eclesiásticos.

La Biología del siglo XXI vive de ideas heredadas de los siglos XX y XIX y, sobre todo, de un sustrato materialista y mecanicista que la domina y permea sin contrapesos. No es casualidad que la palabra sacrosanta en toda investigación biológica que se precie de tal sea “mecanismo”.

Es poco lo que puedo hacer en estas líneas para desarraigar tales prejuicios, más allá de recomendarle a quien los padezca que consulte la gigantesca bibliografía disponible en materia de filosofía medieval. Si lo hace, descubrirá un período de casi mil años, en el que se entrecruzan tradiciones filosóficas y religiosas de diferente factura y talante, dando forma a un cuadro cuya complejidad y vitalidad no tienen nada que envidiarle al de la modernidad. Pero en fin, no es mi propósito el levantar aquí una defensa sistemática de la altura especulativa de la filosofía medieval, sino argumentar en favor de la virtualidad del pensamiento del Aquinate en lo que a la vida se refiere. Al proceder así, no me mueve una agenda reaccionaria, sino por el contrario, propositiva, pues como lo intentaré ilustrar en lo que resta de este ensayo, pienso que una de las ventajas del pensamiento del Aquinate reside justamente en su versatilidad, es decir, su capacidad para incorporar verdades y aportes de otras tradiciones sin incurrir, por ello, en ninguna clase de sincretismo.

Ya entrando en materia, debo partir por aclarar que sería pretencioso intentar cubrir en estas breves páginas la cabalidad de la reflexión de Tomás acerca del viviente. Para eso se necesitaría una monografía (que, de hecho ―se me disculpará esta inocente autopromoción―, escribí y publiqué hace algún tiempo). Para los efectos de esta discusión, por lo tanto, me centraré en tres puntos fundamentales de dicha reflexión. El primero de ellos tiene que ver con la idea de la vida que desarrolla Tomás de Aquino en su obra. En el imaginario contemporáneo prospera una idea frankensteiniana del fenómeno vital; según ella, la vida no es sino una propiedad que emerge en sistemas suficientemente complejos e integrados, y por eso, no hay nada que impida que, ensamblando componentes, como lo hizo el científico de la novela de Shelley, eventualmente fabriquemos seres vivos artificiales. En claro contraste con esta imagen, que dicho sea de paso, mucho tiene de superstición mecanicista, el Aquinate afirma que la vida es el ser (esse) del viviente. ¿Qué quiere decir esto? Pues que la vida, en estricto rigor, no es algo que se tiene, sino algo que se es (en términos más técnicos: la vida no es un predicado accidental, sino substancial). No se trata, entonces, de que una bacteria “tenga algo” de lo que una piedra carece; lo que sucede, más bien, es que esa bacteria “es más” que la piedra, en el sentido más rotundo de la expresión. Aunque el tema trasciende el horizonte de este ensayo, vale la pena notar, de pasada, que lo mismo vale para el conocimiento, pues este tampoco es una propiedad, sino un modo de vivir y, por tanto, de ser, más intensivo y pleno.

Una de las ventajas del pensamiento del Aquinate reside justamente en su versatilidad, es decir, su capacidad para incorporar verdades y aportes de otras tradiciones sin incurrir, por ello, en ninguna clase de sincretismo. 

Ahora bien ―y este es el segundo punto en el que quiero detenerme―, la vida, como perfección, no se realiza, según Tomás, de modo unívoco, sino análogo. Así, y en contraposición a la homologación de los vivientes que nos proponen las teorías evolutivas modernas, Tomás, como muchos de sus contemporáneos, defiende la existencia de una jerarquía vital. En esta gradación es posible admitir una primera división entre un tipo de vida intelectual y una corpórea. La segunda, que es la que ahora nos ocupa directamente, es comprendida por Tomás de Aquino siguiendo los lineamientos de la teoría hilemórfica aristotélica. Analizando el cambio, el Estagirita llegó a identificar a los cuerpos como substancias compuestas, es decir, como entes en los que se pueden identificar dos principios, a saber, la forma (morphé) y la materia (hylé). El primero es el principio actualizador y, en el caso de los seres vivos corpóreos, vivificador, y por eso, se la denomina también como alma (psyqué); la segunda, en cambio, es un principio potencial, que no puede existir por sí mismo, sino en cuanto es actualizado, vivificado y determinado por la forma. Para despejar todo asomo de dualismo, no obstante, Tomás de Aquino reitera en más de una ocasión que la materia y la forma así concebidas no son dos cosas que puedan encontrarse en los seres vivos, sino dos dimensiones, aspectos o principios que los constituyen intrínsecamente.

Los vivientes corpóreos, entonces, son seres compuestos de forma (alma) y materia, pero también entre ellos pueden establecerse una jerarquía interna. El Aquinate, siguiendo a Aristóteles, reconoce tres grados fundamentales, el de la vida vegetativa, el de la sensitiva o animal, y el de la vida humana. La base de esta distinción no es primariamente morfológica ni fisiológica, sino operativa. Este es el tercer punto de la propuesta tomasiana de la vida que me interesa subrayar. En efecto, veíamos que los vivientes son seres o entes en un sentido intensivo. Un ser vivo es más que uno no vivo. ¿Pero cómo podemos reconocerlos? Ante todo, dirá Tomás, por sus actos. La actividad vital, en este enfoque, se distingue de los actos propios de entes inertes por su autonomía y su inmanencia. Supuesto que su entorno se lo permita, un ser vivo ejerce su actividad vital ex se, es decir, por sí mismo y desde sí mismo, y por eso, el árbol que vive en mi jardín no necesita que lo asesore o le dé ánimos para nutrirse: basta con que le provea las condiciones oportunas, y él hará lo que tiene que hacer, porque su actividad es autónoma. Y cuando lo haga, el efecto de su nutrición no será para otro, sino para ese mismo árbol, porque su actividad es inmanente. Lo mismo vale para todas las operaciones o actos vitales. En el cuadro clásico, también de herencia aristotélica, se dice que los vivientes vegetativos se nutren, crecen y se reproducen; las bestias, además de las actividades vegetativas, también sienten, apetecen y se mueven; y el hombre, en fin, sumadas a todas las anteriores, entiende y quiere.

3. Tomás de Aquino y las Ciencias Biológicas de nuestro tiempo

Sí, lo sé. Con este breve compendio de biofilosofía tomista he puesto a prueba la paciencia del lector. Pero me parece imprescindible para mostrar la novedad y el contraste entre el enfoque tomista de la vida corpórea y la filosofía de corte materialista y mecanicista que ha elegido una porción mayoritaria de biólogos modernos para fundamentar su trabajo científico. Pues repárese en que la Biología es una ciencia particular y que, como todas las de su tipo, no puede prescindir de un conjunto de presupuestos acerca del mundo, del conocimiento humano y, por supuesto, acerca de su objeto de estudio. Esos presupuestos son, quiérase o no, filosóficos. Subrayo este punto para mostrar que no es impensable otro tipo de Biología que, sin dejar de ser plenamente científica, se asiente sobre una ontología diferente de la que hoy se asume acríticamente. Semejante empresa no implicaría echar por tierra los logros de las tres últimas centurias, como algunos se temen. Eso no pasaría de ser un disparate. Lo que bajo el mecanicismo se la logrado no es poco y puede rescatarse desde una matriz de inspiración aristotélica y tomista, si se aquilatan e interpretan bien esos logros. En efecto, si se lo entiende como una metáfora, el mecanicismo encierra una verdad, y es la siguiente: los seres vivos corpóreos están hechos de partes, y las máquinas también. Pero de ahí, a afirmar que los seres vivos son máquinas, hay un non sequitur insoslayable.

Una disciplina que, como lo he sostenido aquí, necesita remozar sus categorías intelectuales para sondear la dosis de misterio y de maravilla que siempre entraña la vida. Una filosofía abierta al ser, como lo es la que lleva el nombre de Tomás de Aquino, podría ser una excelente compañera en ese viaje.

¿Pero qué, en concreto, puede aportar una filosofía como la de Tomás de Aquino a nuestra comprensión de la vida orgánica? En el curso de los últimos años he intentado responder a esta pregunta al hilo de cuestiones como el origen y evolución de la vida en nuestro planeta, el surgimiento y estatus de la mente animal y, más recientemente, el envejecimiento. De una u otra manera todas ellas me han conducido al tópico que actualmente investigo, a saber, el de la organización biológica. Como es sabido, desde la década del 70 de la centuria pasada la Biología teórica ha venido explotando la idea de la vida como un sistema recursivo, es decir, como un sistema complejo que produce sus propios componentes, y que al hacerlo, se constituye como una unidad y como un agente. La intuición es sin duda vigorosa, y cuenta con antiguos e ilustres antecedentes filosóficos. Pero los modelos desarrollados se encuentran con dificultades a mi juicio insolubles a la hora de explicar cómo pudo constituirse una tal unidad operativa en primer lugar. Descartado, por implausible, un ensamblaje simultáneo, solo queda asumir una organización paulatina. Pero para que exista viabilidad biológica esa organización debe poseer un umbral mínimo, cuyo ensamblaje simultáneo es también improbable.

A mi modo de ver, la teoría que aquí he descrito cuenta con recursos para enfrentar no solo ese problema, sino otros derivados de él. Al decir esto no sugiero que se traslade, así sin más, una noción filosófica, como lo es la de forma substancial, al plano de las discusiones biológicas. Lo que me parece importante, en cambio, es incluir en esta clase de aproximaciones la necesidad de un principio causal respecto de la organización misma. A mi modo de ver, la consideración de este aspecto fundante de la vida, así como la centralidad de las facultades y operaciones vitales, podría iluminar muchas de las cuestiones con las que la Biología ha de enfrentarse en los años que siguen, incluyendo entre ellas procesos multicausales como la senescencia, o patologías complejas y multifactoriales como el cáncer y las enfermedades neurodegenerativas. La principal beneficiada de este trabajo sería una disciplina que, como lo he sostenido aquí, necesita remozar sus categorías intelectuales para sondear la dosis de misterio y de maravilla que siempre entraña la vida. Una filosofía abierta al ser, como lo es la que lleva el nombre de Tomás de Aquino, podría ser una excelente compañera en ese viaje.

Autor: Juan Eduardo Carreño

Instituto de Filosofía y Facultad de Medicina, Universidad de los Andes

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