2025 10 29 arte originalidad 1

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Sobre la tradición artística y la imitación de Dios

En las primeras páginas de su Poética, define Aristóteles a la poesía como el arte que se dedica a la imitación (Aristóteles; Poética); esta idea no es suya, sino de Platón, quien consideraba la imitación como un género de poesía. Si bien esta definición establece portentosamente los límites del arte poético, hay que decir que cuando Aristóteles llamó a la poesía imitación, no quiso sino afirmar que era el arte en que los actores imitaban a la vida real. Tiene el espectador un anfiteatro en el cual se sitúan actores, y éstos imitan las obras y palabras de personas reales. Con justicia se ha de decir que el espectador está ante una imitación artística. Esta definición es, por lo tanto, además de obvia, aparentemente irrelevante para nuestro tiempo: ya no llamamos a la imitación «poesía», sino «teatro», mientras que el arte poético, no siempre apreciado en su dimensión fónica, se ha asimilado más bien al tesoro de las artes escritas. ¿Aún imita el poeta? En cierto sentido, todo arte es una imitación. Una sola vez ha sucedido que alguien haya podido crear ex nihilo, sin ningún tipo de principio material ni formal anterior; es decir, sin valerse de idea o palabra antecedente más que la propia. Nos lo refieren los primeros dos capítulos del Génesis, y aquel precursor no era sino el Logos, que es a la vez el Poeta en cuanto Creador y, especialmente, la Palabra. In principio erat Verbum (Jn 1, 1). Y también in principio creavit Deus caelum et terram (Gen 1, 1). En griego diríamos que en el principio Dios ἐποίησεν, del verbo ποιέω, «poiéo», de donde nos viene la palabra «poesía». Y a partir de aquel primer principio, no hubo otro principio en sentido estricto, pero lo que es más, no hubo otro creador en sentido estricto: cuando amaneció para Adán, éste debió de persuadirse de que todo cuanto pudiera crear con sus manos y su inteligencia ya era parte en cierto modo de los cielos y la tierra. Es decir: ya existía no solo su materia, sino que las mismas imágenes y nociones que pudiesen informar la materia de la obra artística habían sido ya conocidas en la mente del Creador y plasmadas en algún lugar de la creación. Todo lo que pudiera hacer el hombre, lo haría como artífice, creando a partir de los materiales existentes alguna cosa noble. No hubo tampoco otro Génesis (γένεσις, origen) en sentido estricto. Ese fue el único acto realmente originario. Aquí decimos con Maeztu que fue también el único acto original.

Desde entonces, el poeta (y por extensión el artista) solo sabe, a modo de discípulo, copiar a Dios. Es imitador especialmente en cuanto es imagen. Y no solo en el hombre, sino en toda la creación se representa la gloria de Dios como una cierta imitación: «in eis per quandam imitationem divina bonitas repraesentatur ad gloriam Dei» (de Aquino, Santo Tomás; Summa Theologiae, I, q. 65, a. 2, in c); Dionisio Areopagita llegaba a considerar esto la misma causa final de la creación, incluido y especialmente el hombre: «omnia enim facta sunt ut divinam pulchritudinem qualitercumque imitentur» (Dionisio Areopagita; De los Nombres Divinos), todo fue hecho para que imite de algún modo la belleza divina. Pero a diferencia de las demás criaturas, de Dios el hombre no solo ha aprendido el ser, sino también el crear; ni lo uno ni lo otro lo posee como propio, sino recibido de Dios mismo, de modo, dice Nicolás de Cusa, que la obra humana es solamente una comunicación y una participación del poder creador de Dios (de Cusa, N.; Dialogus de Ludo Globi). Y como el artista, ya discípulo, imita al Creador del mundo, se recrea consecuentemente en las cosas creadas, imitadoras a su vez de la Belleza de Dios. Por ello la poesía (y el arte —nuevamente—, por extensión) no se ocupa exclusivamente de las cosas sagradas, sino también de las profanas.

Aquí decimos con Maeztu que fue también el único acto original. 

En vano pretende el artista hacer una obra más original que la creación del mundo. Alguno querría sortear el relato del Génesis para encontrar en el principio no más palabra que la suya propia. Querría erguirse en principio, poseer una palabra absolutamente creadora, decir lo que solo Dios puede decir: «Yo he creado de la nada». La originalidad no es valor supremo, ni siquiera valor si no en cuanto es capaz de expandir la riqueza de una tradición artística. Plantar una semilla entre las grietas de un risco es ciertamente original, pero no duradero; lo mismo edificar una casa al lado de un cráter es una cosa novedosa, pero no eficaz. El árbol sobre el peñasco gozará de cierto prestigio al principio en virtud de su rareza, pero se secará más temprano que tarde; sobre la casa no decimos más que es inhabitable. Más le valdría al hombre plantar una semilla junto a las demás y hacer un bosque, y construir su casa junto a las demás y hacer un poblado, pues las únicas cosas capaces de originar algo son aquellas que no se han separado de su origen. Los árboles dan fruto, pero no las ramas cortadas. Los artistas obsesionados con su propia originalidad son ramas cortadas de un árbol que se llama tradición; la raíz de una rama suelta es la nada. Volvamos a Maeztu: «se consumen en vano los talentos cuando buscan por los espacios vacíos la ori­ginalidad. El hombre no crea de la nada» (De Maeztu, R.; Defensa de la Hispanidad). Y como el arte solo puede imitar por cuánto hemos dicho ya, aquel que no quiera imitar no puede ser artista.

Las únicas cosas capaces de originar algo son aquellas que no se han separado de su origen.

Lo más trágico para él sería darse cuenta de que al sacrificar su arte a su originalidad, no gana en originalidad lo que pierde en arte. Ya hemos dicho que es imposible ser estrictamente original, pero el artista aún podría conformarse con ser al menos novedoso. Lo nuevo ejerce una misteriosa atracción en nosotros, hombres modernos. El mayor rasgo del hombre de nuestro tiempo es que es, ante todo y sobre todo, de nuestro tiempo. Lo nuevo se nos hace idéntico a lo mejor. Pero decir «nuevo» es llegar tarde, y decir «novísimo» es ya un oxímoron. Antes de que hayamos enunciado la palabra, las novedades ya han pasado a engrosar el número de las no-novedades. La vanguardia no es un barco, sino una ola; solo por un instante se puede estar delante de ella, y después arrasa. Hemos de persuadirnos que las cosas nuevas solo lo son para la generación que las vio nacer, y si queremos hacer una obra de valor para un gran público, como es común en los artistas, hemos de apelar también a la «democracia de los muertos» (Chesterton, G.K.; Ortodoxia) de la que hablaba Chesterton, el concierto de los hombres pasados, presentes y futuros. El fruto del afán de novedades es la irrelevancia; su obra solamente puede ser de interés, si acaso, para algunos de sus contemporáneos. Lo memorable no es tanto lo novedoso como lo eterno. Y solo una cosa es eterna; «solus aeternus Es» (San Agustín; Confesiones), confesó a Dios San Agustín. Y al mismo que llamó eterno lo llamó nuevo, acaso novísimo, y también antiquísimo: «pulchritudo tam antiqua et tam nova» (ibídem), ¡belleza tan antigua y tan nueva! Solo a Dios se le puede llamar novísimo porque nunca pasa, aunque nos preceda a todos. Por eso hay en la belleza, junto al asombro por la auténtica novedad, un sentido de misteriosa y permanente precedencia que nos hace decir con el Doctor de la Gracia: «Mecum eras!» (ibídem).  ¡Ya estabas conmigo!

Lo memorable no es tanto lo novedoso como lo eterno.

Valga de ejemplo el mito creacional del Silmarillion, (Tolkien, J.R.R.; El Silmarillion). Hay un Ser Supremo Creador, Eru, que se ha hecho para sí un coro de intelectos, y éstos cantan lo que contemplan en la mente de su Creador. Cada uno de estos seres, a quienes Tolkien llama ainur, canta aquello que es capaz de ver, y cada uno ve una parte distinta de la mente de Eru. Durante mucho tiempo se deleita Eru en el coro de sus criaturas, hasta que un día les encarga la tarea de crear lo que han cantado: el mundo de la Tierra Media. Así aparece la creación. Cada uno de estos seres, con su potencia creadora, trae a la existencia exactamente aquello que ha visto y cantado anteriormente. Aquí todo es tan antiguo y tan nuevo a la vez. Lo que existe ahora no existía ayer, salvo en la mente de Eru. Nada de lo que crearan les era totalmente ajeno, si bien nunca lo habían visto del modo en que lo hacían al plasmarlo. A uno de estos ainur, Melkor, se le antoja que puede cantar mejor que el coro de todos los demás ainu. Quiso crear no lo que había recibido de Eru, sino lo que pudiera concebir su propia inteligencia. Se pensaba un «genio original», cosa absurda para Maritain. El resultado fue que la armoniosa creación nueva envejeció; sus ríos se mancharon, sus bosques se secaron, sus días se nublaron. Ciertamente, era una idea original; ciertamente, no era una idea artística, ni mucho menos originaria.

 «La propia tradición no es sólo el mejor maestro, sino un camino medio andado y la indica­ción del que ha de andarse» (De Maeztu, R.; Defensa de la Hispanidad).

Contra este afán hay un antídoto. «Nihil innovetur, nisi quod traditum est» (De Cartago, San Cipriano; Epístola 74). Nada se innove sino lo que ha sido transmitido. Cada uno de los artistas está insertado en una tradición estética que empieza con el Creador y desciende hasta él por medio de incontables artistas que han recibido y entregado algo de su obra. Ningún buen artista ha renunciado a ser original. A lo que han renunciado todos los buenos artistas ha sido a comenzar de cero. Dante llama a lo suyo un «dolce stil nuovo» (Alighieri, D.; Purgatorio), un dulce estilo nuevo, y se coloca a sí mismo en su Divina Comedia (con modesta modestia, pensarán algunos, pero no sin tino) como el sexto gran poeta de la historia (Alighieri, D.; Inferno). Le perdonamos que se sepa a la vez el fundador de una nueva escuela y el heredero de una tradición antigua, e incluso que se sepa uno de los mejores de su gremio. No le perdonaríamos que se creyera el más grande en singular, ni mucho menos el primero o el último. Si se hubiera considerado un genio original, como Melkor, ninguno de nosotros sabría quién fue Dante. Para ser esto que fue Dante, o al menos su sombra, es preciso recordar que «la propia tradición no es sólo el mejor maestro, sino un camino medio andado y la indica­ción del que ha de andarse» (De Maeztu, R.; Defensa de la Hispanidad), como sentenciaba Maeztu. Además de la consciente dependencia de Dios y la atenta admiración de Su obra, no hay mayor tesoro de inspiración artística que los probados maestros de las distintas tradiciones literarias, especialmente la propia. A esto lo llamaba Maritain la «via disciplinae» (Maritain, J.; Arte y Escolástica), que no es sino la vía del discípulo. El discípulo recibe de sus maestros la técnica y sobre todo el espíritu requeridos para una gran obra artística. Esto no es un obstáculo a la originalidad ni mucho menos, sino su condición; ya dice el filósofo francés que las verdaderas nodrizas de la originalidad son la disciplina y la tradición. Quien pretenda empezar de cero, prescindiendo de la herencia que han labrado sus antepasados artistas, ha de saber que su final, así como su fin, es la mera vanidad.

Para imitar hay que aprender a ver; para ver hay que buscar, y sobre todo hay que encontrar.

Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Dostoyevski, podrán ser cumbres, pero no muros. No se puede subir más alto que ellos, pero sí se puede ir más allá de ellos. Advierte Maeztu que «la tradición, como corriente histórica, no sólo nos sitúa con justicia en nuestra actualidad, sino que nos orienta hacia lo porvenir. Hasta sus mismas lagunas parece que nos están señalando la región a donde debieran aplicarse nuestras facultades creadoras» (De Maeztu, R.; Defensa de la Hispanidad). Hay aún potencia creadora en la creación y en la tradición artística de la Cristiandad. Basta que el poeta, el pintor, el cantor, el escultor, se empeñen en sacar lo nuevo y lo viejo, como el buen amo (Mt. 13, 52); que se bañe asidua y constantemente en las fuentes mismas de la belleza, que es la Belleza Misma de la Trinidad, y que recorra sus cauces y sus ríos, remoje los pies en sus orillas y se sumerja en sus lagunas, que vea e imite la danza de sus peces y el canto de sus pajarillos; que sepa imitar a su Creador, a la creación y a los maestros. Para imitar hay que aprender a ver; para ver hay que buscar, y sobre todo hay que encontrar. Acaso caiga en cuenta con sus hermanos, los que hablaban la lengua de Virgilio, de que inventar nunca es inventar, sino descubrir. Solo así podrá ver la Belleza siempre antigua y siempre nueva que encontró San Agustín, y esa Belleza nos recordará que lo importante no es el arte, ni el artista, ni el artificio, ni nada de lo que concierne directamente a la imitación, sino Aquel a quien toda la creación imita difusa e imperfectamente, quien dijo: «Yo Soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin» (Ap. 22, 13).

Autor: Javier Murillo Campos

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