El Corazón de Cristo como el fundamento de la Esperanza
I.- Consideraciones aristotélicas de la amistad
Dentro de la Ética Nicomáquea —tratado capital en lo tocante al estudio del obrar humano—, Aristóteles dedica dos de los diez libros de esta obra a investigar acerca de la amistad. Y es que la amistad, según la concibe el Estagirita, se cuenta entre los mayores bienes que le han sido concedidos al género humano.
Entendida como benevolencia recíproca y conocida, la amistad es esto: querer a otro, que este a su vez haga otro tanto conmigo y que esta situación no sea inadvertida. Ahora bien, esta mutua benevolencia no es casual, como si las amistades surgieran de la nada. Por el contrario, la amistad siempre florece en torno a algo tenido en común. En la mayoría de los casos, señala Aristóteles, en torno al mutuo agrado o a la mutua utilidad. Y así, pues, las formas más comunes de amistad son la amistad por placer y la amistad por utilidad. La primera forma es más frecuente en los jóvenes, mientras que la segunda, en los ancianos.
Ahora bien, porque ni el placer ni la utilidad son estables, las amistades que producen respectivamente tampoco lo son. Así las cosas, estas amistades suelen ser superficiales y, muchas de las veces, efímeras, de donde se sigue que, propiamente hablando, no son verdaderas amistades. Si acaso reciben ese nombre, no es sino por una concesión al uso habitual del lenguaje. Concesión, huelga decirlo, que no significa en modo alguno que deban despreciarse. Aunque no sea una perfecta amistad, ¿quién nos reprochará desearle el bien al jardinero o al peluquero y que este haga otro tanto con nosotros?
Ahora bien, si intentásemos realizar el mismo ejercicio con un verdadero amigo, nos daremos cuenta de que la situación se torna diametralmente opuesta: por más razones a las que hagamos mención, ninguna de ellas será suficiente para explicar la amistad. Y es que no hay nada distinto del amigo que dé cuenta de por qué se le ama.
Naturalmente, las amistades por placer o utilidad no son malas, tan solo sucede que no son amistades perfectas. Y es que, en ellas, aunque realmente se ama al amigo —en el sentido de que no es un amor fingido—, él no es el último término de ese amor: se le ama en vistas de algo más. Prueba de esto es que, quitado el placer o la utilidad que procura la amistad, esta se acaba. En las amistades verdaderas, en cambio, el amor al amigo no depende de algo distinto del amigo, sino que, por el contrario, es querido por sí mismo.
Tanto las amistades útiles como las amistades placenteras encuentran su razón de ser en algo distinto del amigo. Y así, pues, si nos proponemos buscar la causa de que queramos a un amigo útil o placentero, de seguro que la hallaremos, casi sin esfuerzo. Ahora bien, si intentásemos realizar el mismo ejercicio con un verdadero amigo, nos daremos cuenta de que la situación se torna diametralmente opuesta: por más razones a las que hagamos mención, ninguna de ellas será suficiente para explicar la amistad. Y es que no hay nada distinto del amigo que dé cuenta de por qué se le ama. En esta línea, y a modo de paréntesis de la exposición aristotélica, resultan particularmente elocuentes las palabras de Montaigne, quien tras examinar los posibles motivos que lo amistaron con su más grande amigo, confiesa que «si me instan a decir por qué le quería, siento que no puede expresarse más que respondiendo: porque era él, porque era yo» (Michel de Montaigne, Ensayos).
En una amistad verdadera, no hay más motivo que el mismo amigo para justificar que se le quiera. Es decir, hay un amor desinteresado. De ahí que, señala Aristóteles, en esta clase de amistad buscan más los amigos dar que recibir; se empeñan más en amar que en ser amados. Y se empeñan a un punto tal, que es signo de una verdadera amistad que los amigos comiencen a rivalizar en el amor. Es decir, que comiencen a competir para favorecer cada uno más al otro. Comentando esta idea, escribe Cicerón que los amigos «a fin de rivalizar en el amor, [van] haciéndose más propensos a procurar favores que a exigirlos, dándose así entre ellos un torneo de virtudes» (Cicerón, La amistad).
Con todo, existe una amistad aún más deseable y aún más excelente: la amistad que no une a dos hombres, sino que une lo humano y lo divino. Aristóteles, consciente de la excelencia y perfección que habría en la amistad entre un hombre y un dios, trata sobre ella en más de alguna ocasión.
Compiten, entonces, los amigos por procurarse el bien, pero no compiten como si se tratara de una imposición forzada o de una carga. Muy por el contrario, para estos amigos resulta sumamente grato obrar así, puesto que la amistad los ha unido hasta el punto de que cada uno empieza a alegrarse en las alegrías y a dolerse en los dolores del otro como si fueran propios. Y, en cierto sentido, lo son, puesto que con el paso del tiempo van paulatinamente dejando de vivir vidas separadas para ir viviendo cada vez más una misma vida en conjunto. De los que antes eran dos, resulta por efecto de la amistad que comienzan a ser como uno solo. Y así, pues, escribe Aristóteles que, «del mismo modo que cuando queremos contemplar nuestro propio rostro lo miramos dirigiendo la vista al espejo, así también cuando queramos conocernos a nosotros mismos nos reconoceremos mirando al amigo. Pues el amigo es, como decimos, otro yo» (Aristóteles, Ética Nicomáquea).
Véase cuán amable y cuán deseable es un verdadero amigo, hasta el punto, señala Aristóteles, de que «nadie elegiría vivir sin amigos, aunque poseyera todos los demás bienes» (Aristóteles, Ética Nicomáquea). En efecto, se trata de un bien eminentísimo… aunque, debe decirse, no sea el más alto. En efecto, la amistad a la que hemos venido refiriéndonos resulta, como se ha mostrado, sumamente excelente y deseable. Con todo, existe una amistad aún más deseable y aún más excelente: la amistad que no une a dos hombres, sino que une lo humano y lo divino. Aristóteles, consciente de la excelencia y perfección que habría en la amistad entre un hombre y un dios, trata sobre ella en más de alguna ocasión.Sin embargo, por lo que dista el cielo de la tierra, la considera imposible. Y así, pues, el Estagirita —junto con el mundo griego, en general— se muestra desesperanzado respecto de la posibilidad de alcanzar ese bien tan excelso; ese bien, nos atrevemos a decir, superior a cualquier otro imaginable.
II.- “A vosotros os he llamado amigos”
En lo que al hombre concierne, la infinita distancia que lo separa de Dios es, en efecto, insalvable. De ahí que la desesperanza del mundo griego sea comprensible. Albergar humanamente la esperanza de una amistad con Dios significaría considerarse un igual con Él, lo que no es sino una muestra de la más aguda ὕβρις; de la más aguda altanería y desmesura. La única forma de que fuera posible una amistad entre el hombre y Dios requeriría que Dios mismo se hiciese igual a los hombres, una absoluta «locura para los gentiles» (1 Cor 1,23).
Pero lo que es locura para los gentiles, no es sino el corazón de la Buena Nueva que nos ha sido revelada. Ya desde los inicios del Evangelio, en la encarnación, se nos anuncia que Dios ha descendido de los Cielos, humillándose a Sí mismo para posibilitar nuestra amistad con él.
Pero lo que es locura para los gentiles, no es sino el corazón de la Buena Nueva que nos ha sido revelada. Ya desde los inicios del Evangelio, en la encarnación, se nos anuncia que Dios ha descendido de los Cielos, humillándose a Sí mismo para posibilitar nuestra amistad con él. Y es que, como enseña san Juan de la Cruz en bellos versos:
En los amores perfectos
esta ley se requería:
que se haga semejante
el amante a quien quería (San Juan de la Cruz, poema «En los amores perfectos»).
Luego, a lo largo de su vida, son múltiples los momentos en los que Cristo vuelve a dar a conocer su ferviente deseo de comunicarnos su amistad. Aunque, de entre todos ellos, hay uno en particular sobre el que conviene detenerse: cuando dice a sus discípulos «no os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15). Dios los llama amigos, pero no de un modo superficial ni a la ligera. La amistad que busca comunicar, en cambio, es de la mayor profundidad, según nota santo Tomás de Aquino: «aquí pone el verdadero signo de amistad de parte suya, que es que “lo que oí a mi Padre os lo hice conocer”. En efecto, el verdadero signo de amistad es que el verdadero amigo revela los secretos del corazón a su amigo» (Santo Tomás de Aquino, Comentario al Evangelio de San Juan).
En efecto, leída desde la óptica que venimos desarrollando, los dos preceptos a los que Jesús reduce la Ley mosaica, a saber, «amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12,30) y «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mc 12,31), no son un mero resumen o reconto de los diez mandamientos. Antes bien, son la expresión más pura del deseo vivo que tiene Dios de cultivar una amistad con los hombres, según pasamos a ver.
No hay en Cristo mezquindad alguna. Por el contrario, nos llama a una amistad tal, que nos devela su intimidad, mostrándonos lo que el Padre le ha comunicado: perfecciones indecibles que no alcanza la palabra humana a nombrar. Y no solo nos las muestra, sino que también nos llama a tomar parte de ellas, a vivirlas. La prueba más elocuente de esto, quizás, se encuentre en la síntesis de la Ley mosaica que hace Cristo. En efecto, leída desde la óptica que venimos desarrollando, los dos preceptos a los que Jesús reduce la Ley mosaica, a saber, «amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12,30) y «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mc 12,31), no son un mero resumen o reconto de los diez mandamientos. Antes bien, son la expresión más pura del deseo vivo que tiene Dios de cultivar una amistad con los hombres, según pasamos a ver.
La amistad, enseñaba Aristóteles, nace siempre en torno a un patrimonio común; patrimonio que, sea el que fuere, consistirá siempre en dos cosas: actos realizados recíprocamente y actos realizados en conjunto. Así las cosas, y en la línea de la reciprocidad, tenemos el primero de los mandamientos de Jesús. Dios nos manda que lo amemos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas porque Él ya lo ha hecho antes, y busca reciprocidad. Luego, en la línea de los actos en conjunto, tenemos el segundo precepto. Dios ama a todos los hombres, sin embargo, no quiere reservarse una actividad tan excelente solo para Sí, de modo que invita a todos los hombres a tomar parte de su divino obrar, lo que se traduce en el amor al prójimo. Véase, pues, el deseo de amistad que tiene Cristo y como este explica la síntesis que hace de la Ley. De ahí que diga: «vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14).
Finalmente, dando paso ahora a su muerte, aquí está el mayor signo de amor y de amistad. «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos», dice el Señor (Jn 15,13). Y, en efecto, Él ha dado la vida por nosotros. Jamás se podrá meditar lo suficiente acerca de cuan grande e inmerecido es este don.
Finalmente, dando paso ahora a su muerte, aquí está el mayor signo de amor y de amistad. «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos», dice el Señor (Jn 15,13). Y, en efecto, Él ha dado la vida por nosotros. Jamás se podrá meditar lo suficiente acerca de cuan grande e inmerecido es este don. Nada hay en nosotros que nos haga dignos de tan alta amistad y, sin embargo, ahí está. En esta línea, resulta particularmente conmovedor el testimonio de santa Teresa de los Andes, quien en sus diarios escribe:
«Después medité cómo Dios me llamó prefiriéndome a tantos seres que nunca le habrían ofendido y habrían correspondido a su amor siendo santos, mientras yo no correspondo a sus favores. Entonces le pregunté que por qué me llamaba. Entonces me dijo que Él había hecho mi alma y todo lo que ella debía hacer y cómo lo debía hacer; que vio cómo lo correspondería ingratamente y, a pesar de esto, Él me amó y se quiere unir a mí. Vi que ni aún con los ángeles se une y, sin embargo, con una criatura tan miserable se quiere unir; quiere identificarla con su propio ser, sacándola de sus miserias para divinizarla, de tal manera que llegue a poseer sus perfecciones infinitas» (Santa Teresa de los Andes, Diario).
Así, frente a la radical desesperanza del mundo griego y pagano —que cada día se asemeja más al nuestro—, este Corazón se erige como fuente inagotable de las más excelentes esperanzas. Por esto la devoción al Sacratísimo Corazón no es una más entre muchas. Antes bien, es la devoción a un Dios loco de amor que vive a nuestro asecho, ardiendo en deseos de que le correspondamos su amor, de que tomemos parte de su vida, puesto que, como le confesó Cristo mismo a santa Teresa de los Andes, «[ama] tanto a los hombres que no podía vivir sin ellos» (Santa Teresa de los Andes, Diario).
Nada hay en santa Teresa que la haga merecedora de tal amistad, como ella confiesa. Sin embargo, no es problema, puesto que no lo necesita. Llevando a plenitud la reflexión aristotélica que repasábamos más arriba, el amor divino no se sirve de pretextos ni de intereses para amar. Es pura gratuidad. Por absoluta concesión de su misericordia, invitó Jesús a santa Teresa —y junto con ella a cada uno de nosotros— a participar de su divinidad, a fundirnos en su ser, posesionándonos de las infinitas perfecciones a las que hace referencia la carmelita. Y es que Dios, al rivalizar con sus amigos en la benevolencia, no se deja nunca vencer. Incluso considerando a quienes compiten con gran destreza, como es el caso de santa Teresa de Lisieux, quien, consumida por un amor tan grande al Señor, se deja vencer para dejarle el privilegio de triunfar: «se ha dicho que hay más felicidad en dar que en recibir, y es verdad, pero cuando Jesús quiere reservarse para sí la felicidad de dar, no sería educado negarse. Dejémosle tomar y dejar todo lo que quiera» (Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma). ¡Cuan bella es la amistad de Dios con sus amigos!
III. La pulsación quemante de la esperanza
Bástenos con lo dicho, y que complete cada quien con su propia experiencia, puesto que no hay palabras que lo logren abarcarlo. Todo cuanto se diga será insuficiente, siempre habrá más. Tal es el ardor con el que desea Dios la amistad de los hombres, que no ha cesado de mostrarlo a lo largo de la historia, con creciente intensidad. Y así, pues, ha llegado el mismo Jesús a develarnos lo más íntimo de sus entrañas: su Sacratísimo Corazón. Por boca de santa Margarita María de Alacoque, nos «descubrió las maravillas inexplicables de su amor puro, y el exceso, a que le había conducido el amar a los hombres» (Santa Margarita María de Alacoque, escritos sobre el Sagrado Corazón). Nótese, estamos hablando de los excesos de un Dios. ¿Qué hay que no lo haya dado por lo hombres? Sabemos bien que nada, que entregó todo «hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor» (Santa Margarita María de Alacoque, escritos sobre el Sagrado Corazón).
Así, frente a la radical desesperanza del mundo griego y pagano —que cada día se asemeja más al nuestro—, este Corazón se erige como fuente inagotable de las más excelentes esperanzas. Por esto la devoción al Sacratísimo Corazón no es una más entre muchas. Antes bien, es la devoción a un Dios loco de amor que vive a nuestro asecho, ardiendo en deseos de que le correspondamos su amor, de que tomemos parte de su vida, puesto que, como le confesó Cristo mismo a santa Teresa de los Andes, «[ama] tanto a los hombres que no podía vivir sin ellos» (Santa Teresa de los Andes, Diario). Pero no es que no pueda vivir sin nosotros porque nos necesite, es que no puede vivir sin nosotros porque no hay bien que pueda ofrecernos más alto que participar de su vida. De ahí que, como decíamos, sea fuente sin igual de Esperanza. Pero no de cualquier forma de esperanza, sino que, en palabras de Gabriela Mistral, sea «la pulsación quemante de la Esperanza de la cual se vive» (Gabriela Mistral).
De ahí que, además, frente a un mundo que agoniza en el frío y en las tinieblas de no saber amar, este sea el don que, con la gracia de Dios, hay que difundir. Debe insistirse en eso.
Autor: Alejando Cifuentes Morales
Last modified: enero 15, 2026





