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Dos visiones sobre la alianza liberal-conservadora

Ruggero Cozzi Elzo

¿Una derecha posliberal en Chile?

José Antonio Kast está en inmejorable posición para transformarse en el próximo presidente. De confirmarse, además, contará con un Congreso favorable para impulsar su agenda legislativa pues las derechas —Cambio por Chile y Chile Grande y Unido— se acercan a la mayoría en ambas cámaras [1]. Asimismo, la derrota de Evelyn Matthei en el quinto lugar con un magro 12,4% consolida la hegemonía del Partido Republicano frente a Chile Vamos. En esta oportunidad la nueva derecha se impuso ante la derecha tradicional.

Sin embargo, algunos han querido ir más lejos en la interpretación del resultado electoral. Juan Ignacio Brito afirmó que se ha producido la muerte —“sepelio”— del “proyecto liberal” tanto en la derecha como en la izquierda. Los nuevos tres tercios —izquierda refundacional, populismo y conservadurismo— configurarían una nueva era posliberal. Y en este escenario el conservadurismo debería aliarse con el populismo (Brito, Juan Ignacio; “El Chile posliberal”, columna publicada en El Mercurio, C2, 18/11/2025). Al respecto, Sebastián Soto problematizó el punto. A su juicio una coalición populista-conservadora será arrastrada al puro populismo, siendo preferible revitalizar la antigua alianza de liberales y conservadores, aunque con “nuevas hegemonías” (Soto, Sebastián; “¿Una derecha posliberal?”, columna publicada en El Mercurio, A2, 19/11/2025). Brito replicó afirmando que es difícil recomponer una alianza con un sector “que se resiste a ver sus limitaciones”, pues los liberales “son parte del problema” y, en cambio, el populismo permite hacerse cargo del descontento del “pueblo olvidado” (Brito, Juan Ignacio; El Chile posliberal, carta al director publicada en El Mercurio, A2, 20/11/2025). Finalmente, Soto recordó el bienestar que ha traído el liberalismo, criticó la benevolencia con la retórica populista en tanto “antesala de la violencia política” e insistió en que el populismo “envenena la convivencia” de las sociedades (Soto, Sebastián; “¿Chile posliberal?”, carta al director publicada en El Mercurio, A2, 21/11/2025).

Tanto el liberalismo de derecha —individualismo— como el de izquierda —estatismo— son culpables del derrumbe del sistema.

La polémica puede analizarse en varias dimensiones: (1) por un lado, de dónde proviene la tesis del nuevo orden posliberal; (2) por otro, la cuestión más coyuntural de un próximo gobierno; y (3) también recordar la aproximación de la Iglesia católica al orden liberal de postguerra.

(1) La idea de un nuevo orden posliberal surge poco antes del primer gobierno de Donald Trump y es impulsada por varios intelectuales católicos (Entre otros, ver, Patrick Deneen, “¿Por qué ha fracasado el liberalismo?”, Rialp, 2018; R.R. Reno, “Return of the Strong Gods: Nationalism, Populism, and the Future of the West”, Regnery Gateway, 2019; Adrian Vermeule, “Common good constitutionalism”, Polity Press, 2022.). El liberalismo —dicen— se acerca a su fin y ello es resultado de su propio éxito. Las élites desconectadas del pueblo, la anticultura woke y el capitalismo irrespetuoso del medioambiente serían expresiones de este liberalismo decadente. Y aquí tanto el liberalismo de derecha —individualismo— como el de izquierda —estatismo— son culpables del derrumbe del sistema. “El liberalismo ha fracasado porque el liberalismo ha triunfado”, dice el filósofo Patrick Deneen, y agrega que a lo que nos enfrentamos “no son problemas puntuales que pueden arreglarse con las herramientas liberales, sino a un desafío sistémico(cursiva es nuestra) (Deneen, Patrick; “¿Por qué ha fracasado el liberalismo?). Así, una vez que el orden liberal colapse —cuestión que estaría sucediendo frente a nuestras narices— surgirá un nuevo orden posliberal. En este punto los autores en examen han transitado desde el diagnóstico a la formulación de un proyecto posliberal que descansa en la alianza populista-conservadora, como sucede con Donald Trump y en Hungría con Viktor Orbán (Ward, Ian; I Don’t Want to Violently Overthrow the Government. I Want Something Far More Revolutionary.”, Politico, 06-08-2023). De hecho, el vicepresidente de EE.UU., J.D. Vance, ha reconocido la influencia de la doctrina posliberal en varias de las políticas de la administración Trump (Liedl, Jonathan; “JD Vance Is a Catholic ‘Post-Liberal’: Here’s What That Means — And Why It Matters”, National Catholic Register, 24-07-2024).

No es difícil adherir al diagnóstico que dibujan los posliberales. Es cierto que el liberalismo se ha degradado y socava las bases de nuestra convivencia en varios aspectos. La anticultura woke es una “dictadura del relativismo” —parafraseando a Benedicto XVI—. Negar legitimidad a la religión en el ámbito de lo público, es un laicismo intolerante. Y el surgimiento de populismos es, en efecto, una respuesta a varios puntos ciegos de las democracias liberales altamente elitizadas. Hay innumerables aciertos en el análisis. Con todo, una cosa es el diagnóstico y otra distinta la respuesta específica del proyecto posliberal.

En su diagnóstico el propio Deneen reconoce las virtudes del liberalismo clásico y aboga por rescatar las instituciones que garantizan la libertad y dignidad humana, permiten el autogobierno e impiden la tiranía.

(2) No tengo claro cuál sería la concreción del proyecto posliberal en Chile. Prefiero que sean sus promotores quienes lo precisen. De todos modos, parece improbable que un próximo gobierno adhiera a un experimento de esas características. El momento político no está para ensayos sistémicos. Esto lo ha entendido Jose Antonio Kast al impulsar un “gobierno de emergencia” que focalice esfuerzos en seguridad, inmigración y crecimiento económico. Más que un cambio de modelo se espera un gobierno eficaz. A diferencia de lo que sostiene Deenen, en nuestro país no estamos frente a un “desafío sistémico” y lo que existen son —precisamente— innumerables “problemas puntuales que pueden arreglarse con las herramientas liberales”.

Mi experiencia en la Convención Constitucional, reconozco, me ha vuelto especialmente escéptico de las utopías de escritorio. En el ámbito económico la izquierda latinoamericana ha impulsado agendas poscapitalistas y sólo han traído pobreza. Por otra parte, tampoco entiendo cómo aterriza el proyecto posliberal —crítico del capitalismo salvaje— en un partido que estuvo en contra de la reforma de pensiones por no ser lo suficientemente neoliberal. Pero, más importante, el triunfo del Rechazo el 2022 demostró cómo el orden liberal permitió resistir el asalto autoritario e iliberal de la izquierda neoallendista, woke y filochavista (mi visión sobre las utopías de la izquierda refundacional y las lecciones que dejó el primer proceso constituyente pueden revisarse en mi libro “Volver a Rechazar”, Ed. El Líbero, 2025).

En ese afán tiene sentido revitalizar la alianza liberal-conservadora reconociendo las “nuevas hegemonías” que dejó la última elección, como sugiere Soto.

El problema es que si la derecha da por muerto el orden liberal ¿qué sucederá cuando el péndulo vuelva hacia una izquierda radical, sin contrapesos? En su diagnóstico el propio Deneen reconoce las virtudes del liberalismo clásico y aboga por rescatar las instituciones que garantizan la libertad y dignidad humana, permiten el autogobierno e impiden la tiranía (Deneen, Patrick; “¿Por qué ha fracasado el liberalismo?”). Ello no sólo refleja una contradicción interna del proyecto posliberal sino, también, la necesidad de actuar con prudencia.

(3) No olvidemos que la Iglesia católica ha recogido la parte buena y verdadera que tienen los principios básicos del orden liberal —derechos humanos, democracia y estado de derecho— no como un dogma de fe sino como parte de su magisterio social (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, N° 152 y ss. (derechos humanos); N° 407 y ss. (democracia); N° 408 y 409 (estado de derecho)). No puede desatenderse el contrapunto que algunos intelectuales católicos estadounidenses han formulado al proyecto posliberal (Por ejemplo: Liedl, Jonathan; “Showdown Over American Catholic Political Engagement Entered New Phase in 2022”, National Catholic Register, 30-12-2022; y, Goldberg, Jonah; “Postliberalism: Flirting with Fascism. Interview: George Weigel”, The Dispatch, 12-11-2025).

En una conversación reciente entre Patrick Deneen y Joseph Weiler, en el Meeting Di Rimini, Weiler coincidió con los males denunciados por Deneen, pero identificó al secularismo, y no al liberalismo per se, como el verdadero culpable. Distinguió entre el liberalismo como ideología y el liberalismo como forma de organización estatal, defendiendo este último como el menor de los males y el único en el que pueden coexistir diferentes visiones del mundo, incluidas las religiosas. Enfatizó que el Estado debe ser neutral, pero de manera inclusiva (por ejemplo, financiando escuelas tanto laicas como religiosas) y no de manera secularista. Además, Weiler expresó pesimismo sobre la posibilidad de una solución impuesta desde arriba, argumentando que la responsabilidad de reevangelizar la sociedad recae en el testimonio de las comunidades, no en el Estado (“Il Mondo dopo il Liberalismo”, 22-08-2025, en italiano).

El próximo gobierno podría impulsar una agenda conservadora, no sólo respetando las reglas del orden liberal, sino también para corregir algunos de los excesos del liberalismo.

Dicho todo esto, pienso que en vez de decretar la muerte del orden liberal sería deseable y oportuno un genuino esfuerzo por rescatar sus fundamentos morales, como lo entendían los liberales clásicos (Mahoney, Daniel; “Fundamentos conservadores del orden liberal”). En ese afán tiene sentido revitalizar la alianza liberal-conservadora reconociendo las “nuevas hegemonías” que dejó la última elección, como sugiere Soto. Eso permitiría recuperar la promoción de valores tradicionales —autoridad, religión, familia, patria, etc—. en el marco de los derechos humanos, democracia y estado de derecho. Se echa de menos, por cierto, una autocrítica del piñerismo, que transitó desde el AUC al matrimonio del mismo sexo, aprobando de paso la ley de identidad de género, entre otras medidas. No cabe duda de que ese legado horadó la alianza liberal-conservadora en el pasado reciente. En cambio, el próximo gobierno podría impulsar una agenda conservadora, no sólo respetando las reglas del orden liberal, sino también para corregir algunos de los excesos del liberalismo. No será la prioridad de un “gobierno de emergencia”, pero debe intentarse. En todo caso, la aproximación sería distinta a la que parece ofrecer el posliberalismo.

Autor: Ruggero Cozzi

Abogado y ex convencional constituyente

Notas

[1]  En la Cámara de Diputados, Cambio por Chile (Partido Republicano, Partido Nacional Libertario y Partido Socialcristiano) suma a 42 diputados, mientras Chile Grande y Unido (RN, UDI, Evopoli y Demócratas) son 34 diputados. La mayoría en la Cámara se alcanza con 78 votos. En el Senado Cambio por Chile suma 7 senadores y Chile Grande y Unido son 18 senadores. La mayoría en el Senado se alcanza con 26 votos.


Domingo Ibarra Infante

La “derecha” liberal

La derecha política, tal como se ha presentado en algunas discusiones de estos días post elecciones, se estructura sobre una alianza entre dos grandes grupos: conservadores y liberales. Un acuerdo que funciona estratégicamente bien porque permite enfrentar a una izquierda que suele operar de manera más cohesionada. Sin embargo, que funcione en la práctica no significa que sea una alianza sólida en su fundamento. Vale la pena examinarla con calma.

Lo primero es preguntarse qué une realmente a conservadores y liberales. En muchos temas votan juntos, defienden ciertas instituciones y hablan de proteger ciertas libertades. Eso hace pensar que comparten convicciones profundas. No obstante, al mirar más de cerca, cuesta sostener que exista un principio común que explique su cooperación. Lo que hay, más bien, es coincidencia en puntos específicos: la defensa de la propiedad, la importancia del orden público, la valoración del emprendimiento o la desconfianza hacia proyectos estatales excesivos. Son acuerdos prácticos, útiles, pero que no necesariamente nacen de una misma visión sobre el ser humano o la sociedad. Es, en realidad, una coincidencia material de ideas. Pero los fundamentos de dichas ideas son, en su esencia, radicalmente distintos.

En términos de visión de mundo, el conservador está tan lejos del liberal como puede estarlo de un comunista, aunque en la práctica pueda coincidir con aquel más a menudo. Sus acuerdos son circunstanciales; sus fundamentos, incompatibles.

Y aquí aparece la diferencia crucial. El liberal parte de la idea de que la autonomía individual es el centro desde el cual se organiza la vida social. El conservador, en cambio, entiende esa autonomía dentro de un marco moral y natural previo, que no depende del individuo. Para el liberal, la libertad es punto de partida; para el conservador, es consecuencia de un orden anterior. Esa distinción no es meramente teórica: marca el sentido de todo lo demás. Por eso, no es exagerado decir que, en términos de visión de mundo, el conservador está tan lejos del liberal como puede estarlo de un comunista, aunque en la práctica pueda coincidir con aquel más a menudo. Sus acuerdos son circunstanciales; sus fundamentos, incompatibles.

El conservador, sin embargo, acepta esta alianza porque ve en el liberal a un aliado frente a transformaciones culturales y políticas que considera dañinas. Y aquí aparece la gran paradoja: al incorporar al liberal como socio, termina incorporando también la lógica que sostiene su pensamiento. Ese pensamiento liberal es precisamente el que ha dado origen a las posturas que el conservador intenta frenar: la redefinición de la identidad, de la sexualidad, de la familia y de la vida humana. Cuando el ser humano es la medida última de todas las cosas, cuando no se reconoce un orden previo, cuesta encontrar argumentos sólidos para fijar límites. Todo depende de la voluntad, y si todo depende de la voluntad, no hay orden que se pueda defender. Al final, es como decía Dostoyevski “Si Dios no existe, todo está permitido”.

Ese pensamiento liberal es precisamente el que ha dado origen a las posturas que el conservador intenta frenar: la redefinición de la identidad, de la sexualidad, de la familia y de la vida humana.

Por eso, cuando el conservador abraza esta alianza sin distinguir el origen de las ideas que la sostienen, termina cavando su propia tumba. No es solo que el liberalismo no ofrezca herramientas para detener las ideologías que matan la cultura; es que, en el fondo, ha sido su motor. Al poner la voluntad individual como medida suficiente, abre un campo donde cualquier límite parece arbitrario. El resultado es que la derecha, al intentar defender un orden, adopta en su interior la misma lógica que lo desarma. La paradoja es clara: el liberalismo se presenta como un aliado necesario, pero actúa como un solvente que, tarde o temprano, diluye aquello que dice acompañar. El error no está en colaborar políticamente, sino en asumir como propio un fundamento que, por naturaleza, deshace todo lo que se pretende resguardar.

En Chile, me parece, se da un fenómeno aún más interesante: las categorías de “conservador” y “liberal” no siempre se encuentran separadas en personas distintas. Muchas veces conviven dentro de un mismo individuo. Existe, por supuesto, quien se identifica claramente con una u otra postura, pero el votante “común” de la derecha suele mezclar ambas realidades sin distinguir del todo su origen ni sus tensiones internas. Defiende ciertos valores morales, pero a la vez sostiene una noción muy amplia de libertad individual. Esta mezcla explica en parte por qué la alianza conservadora-liberal ha durado tanto: no solo es un pacto entre grupos, sino un modo de ser que muchos llevan dentro sin notar que en su interior habita la misma contradicción que atraviesa a la derecha en su conjunto.

Ahora bien, también es cierto que el término “conservador” no siempre está bien definido. Se usa para describir a aquellos que ponen su acento político en la defensa de las tradiciones y la adhesión a ciertos valores morales. Sin embargo, es en el fondo otra “etiqueta” política. Chesterton decía: “El mundo moderno se ha dividido entre progresistas y conservadores: los progresistas se dedican a cometer errores, y los conservadores a impedir que esos errores se corrijan.” Más allá del tono irónico, la observación señala algo real: no se trata de “conservar” bienes, sino de promoverlos. 

El error no está en colaborar políticamente, sino en asumir como propio un fundamento que, por naturaleza, deshace todo lo que se pretende resguardar.

Surge entonces la pregunta: ¿qué debe hacer ese que sabe que existe un orden moral y social previo al individuo? Para responder, vuelvo a recurrir al pensador inglés: “Si sacas lo sobrenatural, no te queda lo puramente natural, sino lo antinatural.” Sin Dios, las bases de la vida moral se vuelven frágiles; la libertad pierde dirección, la naturaleza pierde sentido y la política queda reducida a acuerdos pasajeros. Por tanto, volvamos a hablar de lo sobrenatural, volvamos a hablar de Dios.

Así, más que insistir en pactos tácticos o en categorías políticas que cada vez dicen menos, es necesario volver a lo esencial: el Bien, la Verdad y la Belleza. No como ideas, sino como realidades capaces de orientar la vida personal y comunitaria.

Autor: Domingo Ibarra Infante

Abogado del Área Judicial de Comunidad y Justicia

 

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