28 08 26 reloj dispersa

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San Agustín y el rescate de la experiencia temporal

Introducción

Vivimos con los ojos clavados en el reloj como un guardián que espera la llegada del enemigo. Apenas despertamos, una de las primeras cosas que hacemos es mirar el celular; poco después, revisamos una agenda parcelada en reuniones y tareas. Desde que comienza la mañana pensamos en la hora no para habitar el día, sino para no quedar atrás de él.

El mundo contemporáneo mide nuestro valor según nuestra capacidad productiva, estableciendo el éxito laboral y económico como el paradigma de la felicidad. De esta manera, el paso de las horas se transforma en un recurso que debe exprimirse al máximo para aumentar el rendimiento. Frente a esta visión productivista, la experiencia humana queda reducida a un paso acelerado donde la dimensión trascendente queda eclipsada por la promesa, nunca del todo cumplida, de una paz terrena basada en el bienestar material.

Ante la dispersión a la que nos somete esta tiranía del reloj, la filosofía de san Agustín de Hipona ofrece un contrapunto crítico. El tiempo no se agota en el paso de las horas, sino que se constituye como el espacio donde peregrinamos hacia lo inmutable. Agustín describe nuestra condición temporal como una distentio animi: un alma extendida entre lo que recuerda, lo que atiende y lo que espera. Frente a esa dispersión aparece, sin embargo, la posibilidad de la intentio: la orientación del alma hacia aquello capaz de reunir lo que el reloj dispersa.

La distentio hiperproductiva

El paradigma productivista reduce el tiempo a una magnitud física con la que podemos registrar horas facturables, planillas de desempeño o cuotas de rendimiento. Sin embargo, para Agustín, la experiencia y medición del tiempo no pueden explicarse únicamente a partir del movimiento exterior de las cosas, sino que remiten también a la distensión del alma. El presente de la conciencia sería un “presente distendido” (distentio) que se extiende hacia el pasado a través de la memoria y hacia el futuro mediante la expectativa, todo ello percibido en el instante presente por medio de la atención del alma.

Podemos contar segundos y horas mediante el movimiento de las cosas, pero el pasado ya no existe y el futuro todavía no lo hace. Si lo único que habitamos realmente es el presente, entonces, ¿qué es lo que medimos cuando pensamos en el tiempo? Agustín desplaza la pregunta hacia la interioridad: recordamos lo pasado, atendemos a lo presente y esperamos lo futuro. Por eso puede afirmar: «en ti, alma mía, mido los tiempos» (Conf. XI, 27, 36). Si la experiencia del tiempo se articula en el alma, reducirla a las exigencias externas del reloj supone confundir la medida del tiempo con la experiencia misma de estar viviendo.

Esta tiranía de la eficiencia puede entenderse como una intensificación de la distentio animi. Esto significa que la distentio no nace de la agenda ni del celular, sino que pertenece a nuestra condición temporal. Sin embargo, la cultura del rendimiento parece intensificarla, multiplicando los objetos entre los cuales se reparte nuestra atención y convirtiendo cada una de las dimensiones del tiempo en una exigencia de productividad.

Por un lado, hipertrofia la expectatio (el presente de las cosas futuras), condenando al hombre a una ansiedad constante por lo que todavía no alcanza: la vida se organiza en función del próximo ascenso, del bono trimestral o del descanso que siempre se posterga hasta el fin de semana. Por otro lado, destruye la attentio (el presente de las cosas presentes), imposibilitando la contemplación y reduciendo el instante a un trámite acelerado en función del siguiente logro: pensemos en las mesas llenas de personas que interrumpen la conversación para revisar WhatsApp o responder un correo. Finalmente, degrada la memoria (el presente de las cosas pasadas), transformando la historia personal en un mero currículum de resultados: los recuerdos de un año no se organizan como gratitud, sino como el resumen automático que una aplicación genera en diciembre.

En este estado de dispersión, el hombre contemporáneo intenta frenar la fuga del tiempo aumentando la velocidad de su producción. Sin embargo, cuanto más busca dominar el tiempo mediante la agenda y la técnica, más profundiza la fragmentación que pretende evitar.

De la dispersión a la intentio

Frente al temor de que el tiempo se nos vaya de las manos, san Agustín no propone frenar el reloj, sino un giro del espíritu. Siguiendo a san Pablo [1], el obispo de Hipona afirma que “no según la distensión, sino según la intención, persigo el premio de la vocación celestial” (Conf. XI, 29, 39). Si la distentio es la fuerza centrífuga que dispersa al alma entre las exigencias del rendimiento y la multiplicación de tareas externas, la intentio es la reorientación de nuestra existencia hacia una meta que no se agota.

En la experiencia agustiniana, el tiempo no es un recurso que deba usarse productivamente antes de agotarse, sino la condición creatural en la que se despliega nuestra existencia. La distentio no debe combatirse tomando el control del futuro ni perdiéndose en la añoranza del pasado, sino mediante la recolección de las potencias del alma que se distiende.

Esto no es una exaltación de la pereza ni un rechazo al orden y a la planificación. El problema surge cuando esa organización se convierte en el fin último de nuestra existencia, sustituyendo el descanso en Dios por la expectativa del descanso en la meta cumplida. El que usa una agenda para organizar su semana y el que vive esclavizado por ella pueden tener el mismo cuaderno, pero la diferencia está en si el tiempo planificado sigue abierto a lo imprevisto (una llamada, una visita o un silencio), o si cualquier desvío se vive como una amenaza que impide alcanzar la próxima meta.

Pensemos en la misma escena de la mesa interrumpida por WhatsApp, pero vivida al revés: alguien detiene sus actividades cuando lo interrumpe una llamada o un hijo que quiere mostrarle un dibujo y permanece ahí sin calcular la pérdida. Puede hacerlo porque no ama esa tarea como fin último, sino en su justa medida. Por eso ceder el instante no lo desintegra, sino que lo cumple. Ese gesto de disponibilidad es la intentio hecha cuerpo: el orden del amor vuelto gesto.

Vivir la intentio es, entonces, habitar nuestra existencia sabiendo hacia dónde nos dirigimos, en lugar de padecerla como una sucesión de eventos orientados al éxito material. Pero esta vivencia exige un reordenamiento de los afectos para dirigir el deseo de los bienes caducos y del éxito hacia el amor por lo eterno.

En este sentido, la intentio no debe entenderse como una mayor capacidad de concentración ni como un esfuerzo por permanecer en el presente. Lo decisivo no es solo la intensidad de la atención, sino aquello hacia lo cual se dirige. La intentio reúne al alma porque la orienta hacia un término capaz de ordenar sus distintos deseos: no una meta temporal que, una vez alcanzada, es reemplazada inmediatamente por otra, sino un bien que trasciende la sucesión de esas metas. Por eso, en Agustín, recoger lo disperso exige también ordenar el amor.

Esta reorientación no anula las tres dimensiones en las que solemos proyectar el tiempo, sino que las devuelve al lugar que les corresponde. Por medio de la intentio, la attentio del presente deja de ser un instante fragmentado y recupera la capacidad de contemplar como un don lo que tiene delante. La memoria del pasado deja de ser un currículum de logros para transformarse en acción de gracias; la expectatio del futuro abandona la ansiedad de una meta inalcanzable para convertirse en la esperanza del descanso prometido. La intentio no elimina la sucesión del tiempo, pero transforma su paso en un itinerario donde cada instante deja de disiparse en el reloj para volverse una tensión hacia lo divino.

Conclusión

Frente al estrés permanente al que nos somete la tiranía del reloj, san Agustín nos recuerda que la vivencia temporal no es una carrera para exprimir segundos, sino un espacio de peregrinación hacia lo inmutable. Esta propuesta no se reduce a un cambio de ritmo, sino a una conversión de mirada: el alma no mide segundos, mide afectos, memoria y esperanza.

Ante esta dispersión, la respuesta agustiniana cobra una vigencia radical: «nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Conf. I, 1, 1). El tiempo rescatado de la productividad deja de ser un recurso que se agota para volverse el itinerario hacia lo divino. La paz que busca el hombre contemporáneo no se gana acumulando éxito, sino reorientando la intentio del alma, recogiendo lo que el reloj dispersa para encontrar en la trascendencia el verdadero descanso.

Autor: Lukas Schneider

Notas

[1] “Por mi parte, hermanos, no creo haberlo conseguido todavía. Sin embargo, olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, al premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús”. (Flp 3, 13-14)

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