agosto 31, 2026• byAlejandro Cifuentes
Una reflexión sobre el fundamento de la solidaridad
Con ocasión del mes de la solidaridad, parece adecuado decir algunas palabras acerca de esta virtud, de la que Dios nos dio un extraordinario ejemplo en san Alberto Hurtado.
Aunque la virtud de la solidaridad no ha gozado de una valoración persistente a lo largo de la historia, desde hace ya un buen tiempo parece estar fuera de discusión su excelencia. La belleza propia de los actos ejercidos bajo esta virtud parece dejar fuera de lugar cualquier cuestionamiento que se le pueda hacer. Y así, pues, es extraño cruzarse con alguien que dude de su valor. Por supuesto, esto no significa en modo alguno que sea una virtud practicada con la frecuencia que quisiéramos; y es que, ¡cuántas veces no hacemos el bien que deseamos! Con todo, podemos afirmar con bastante certeza que, al final del día, la palabra «solidaridad» ocupa un lugar dentro de las buenas palabras de nuestro vocablo.
Ahora bien, esta aprobación general de la que goza la virtud de la solidaridad no la exime de problemas. Por el contrario, los agudiza: corruptio optimi pessima. En esta línea, debo confesar que, movido por un impulso solidario, más de alguna vez me he sorprendido a mí mismo orondo y satisfecho al soñar con un país y sus instituciones permeados de su espíritu. Lo mismo al elaborar grandilocuentes discursos o ingeniosas elucubraciones acerca de esta materia. Y si acaso sostengo que esto es un problema, no es tanto por el carácter ideal u onírico de estas producciones, sino porque me he detenido a descansar satisfecho, no al imaginar fines, sino al imaginar medios. Me explico a continuación.
En cuanto virtud, la solidaridad se encuentra informada por la caridad. Esto es, la solidaridad se encuentra nutrida y vivificada por la caridad, que no es sino una forma especial de amistad con Dios (cf. Santo Tomás, S. Th., II-II, q. 23, a. 1). Así las cosas, solo es posible entender los preceptos de la solidaridad a la luz de los preceptos de la caridad. Y estos preceptos, como en toda forma de amistad, giran en torno a lo que los griegos llamaron κοινωνία (koinonía) y los latinos communicatio, es decir, algo tenido en común. ¿Y qué tienen en común los amigos? Principalmente dos cosas: un actuar recíproco y un actuar conjunto (cf. Emery, John, El concepto de communicatio y la amistad en Santo Tomás).
A la luz de lo anterior, podemos identificar dos principales preceptos en el orden de la caridad. El primero: obrar de tal modo que, de alguna manera, nuestro obrar pueda corresponder al obrar de Dios para con nosotros. El segundo: obrar de tal modo que, de alguna manera, unamos nuestro obrar al obrar de Dios. Esto, que puede sonar algo críptico, se traduce, sin embargo, en algo muy simple: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo, semejante a este, es: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22, 37-40). Por una parte, Dios pide que actuemos con Él del mismo modo que Él ha actuado para con nosotros: amándonos hasta el extremo. Por otra, nos pide que nos sumemos a su actuar: puesto que ama a todos los hombres, nos pide que lo hagamos nosotros también. De ahí que luego Cristo diga: «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando» (Jn 15, 14).
Dando paso ahora a la solidaridad, tenemos entonces que estos dos mandatos de la caridad le dan forma y la nutren. Fuera de ellos, la solidaridad no es sino como un árbol sin raíces, como un bronce que resuena, como un címbalo que retiñe… Y es ahí donde reside el error del que me confieso: ¡cuántas veces he imaginado repúblicas, elaborado discursos o depositado mis esperanzas en instituciones y en resultados políticos! ¡Cuántas veces he transformado el carísimo llamado de la solidaridad en un puro ejercicio intelectual, en pura actividad política! ¡Cuántas veces me he olvidado de la caridad! No digo, en modo alguno, que estas sean cosas malas. Muy por el contrario, elaboraciones teóricas, instituciones e incluso victorias políticas pueden ser todas cosas muy buenas cuando se encuentran situadas dentro del horizonte correcto. No debemos olvidar que el quehacer político puede llegar a ser uno de los modos más eminentes de practicar el segundo mandato de la caridad —amarás al prójimo como a ti mismo—. De ahí que reducir el quehacer solidario a mera actividad política o intelectual, sin un horizonte mayor, no sea sino un simulacro de solidaridad… Si al final de la acción no encontramos esa amistad con Cristo de la que venimos hablando, si no hubo una complicidad de esas que solo tienen los amigos, hemos perdido el tiempo. Y cuántas veces lo he perdido en esos simulacros, deteniéndome y felicitándome a la mitad del camino.
Creo, si el lector me permite continuar con mi confesión, que el motivo de mi complacencia no fue sino el orgullo. ¡Qué difícil parece triunfar en los deberes que impone la caridad, cuán arduo parece el obrar político cuando no apunta a otra cosa que al reinado social de Cristo! En definitiva, ¡qué arduo es responder en reciprocidad a un amor tan intenso! ¿No es acaso más fácil dejar de lado todo esto y fijarse metas más pequeñas? Presentar una ley, lograr un triunfo electoral, escribir una columna como esta… Esas cosas sí se pueden lograr. Pero entonces resuena la voz de san Alberto: «Vale más tener la humildad de emprender grandes tareas con peligro de fracasar, que el orgullo de querer tener éxito achicándose» (San Alberto Hurtado, Virtudes del hombre de acción).
Incluso al costo del fracaso, que la caridad sea forma de la solidaridad nos impone el deber de pensar en grande, de corresponderle a Dios sin mezquindad, de entregarnos por completo. Y si acaso fracasamos, ese fracaso será más valioso que cualquier otro éxito que haya excluido a Dios. Y es que, como dirá san Alberto, nos hace falta comprender «el valor del sacrificio, el profundo sentido del fracaso, como la Redención fue un fracaso humano» (san Alberto Hurtado, La búsqueda de Dios). Porque la medida de la solidaridad no está en el éxito, que es tan mal consejero. La medida de la solidaridad está en buscar a un Dios loco de amor que está a nuestro acecho en el prójimo. Está, como hemos dicho, en unirnos a Cristo en su amor por todos los hombres. De lo contrario, en nada se aprovecha nuestra acción.
Este, creo, es el fundamento de la solidaridad. Y, como señalaba nuestro santo, debo «tomar en serio estas verdades: que sirvan para fundar mi vida, para darme rumbo. Uno es cristiano tanto cuanto saca las conclusiones de las verdades que acepta» (san Alberto Hurtado, El rumbo de la vida).
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Last modified: septiembre 1, 2026





