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Escritorio del editor

Hace un buen tiempo resulta usual que las conversaciones de sobremesa incluyan un cada vez más largo listado de series de TV que los comensales recomiendan recíprocamente. El tiempo se llena y pasa con facilidad cuando se trata de repetir dos o tres adjetivos para persuadir al resto de que lo que uno ha visto o está viendo verdaderamente vale la pena. Las últimas tres semanas, la serie The Last of Us se ha robado la atención y conversación.

Se trata de una serie de HBO que adapta un famoso juego de PlayStation, del mismo nombre. A la fecha se han transmitido los primeros tres capítulos, y en justicia se puede decir que destaca por su calidad (sin comulgar, por cierto, con la innecesaria y grotesca pero siempre presente agenda progre que se impone sin tapujos al espectador). Es la misma historia y personajes del aclamado juego, quienes se embarcan en una travesía buscando la cura para un hongo que ha infectado a la mayor parte de la humanidad, transformándola en una masa de zombies. Así, habiendo transcurrido 20 años desde el comienzo de esa pandemia, el mundo se encuentra totalmente devastado. Vista así, la trama no parece ofrecer mayor originalidad respecto a las numerosas películas y series afines, como Guerra Mundial Z o The Walking Dead. Sin embargo, HBO ha logrado traducir esa especie de commodity en una estupenda puesta en escena, con soberbias actuaciones de Pedro Pascal y Bella Ramsey y una cinematografía extraordinaria que envuelven en la atmósfera post apocalíptica de una sociedad desesperada.

Ciertamente no soy un experto en este género. Sin embargo, pasar un buen rato mirando esta serie, como ha sido mi experiencia hasta ahora, me dio el ánimo para indagar en la “cultura zombie”, y me reconozco sorprendido. Se ha dicho y escrito de todo, con y sin seriedad. Por ejemplo, en el libro Zombies in the academy, los profesores universitarios Andrew Whelan, Ruth Walker y Cristopher Moore realizan un interesante diagnóstico de la educación superior por medio de 23 ensayos que fundamentan lo que significa intentar enseñar en un sistema que carece de vitalidad y libertad. Tal conclusión se basa en las tres características típicas de la “zombificación”: la inhabilidad para pensar, la pérdida de control individual y un rápido contagio. Desde tales premisas no es exagerado decir que no aparece necesario que un hongo desate la calamidad pues gran parte de la humanidad ya se encuentra en estado de zombie, infectada por diversas causas e ideologías que, como un genuino golpe de Estado antropológico, han impuesto un dominio a ratos elocuente, a ratos imperceptible sobre las almas.

Uno dentro de muchos signos de la infección generalizada es el profundo aburrimiento que asola y azota la existencia de tantos, y que impulsa a buscar fuera ―por ejemplo, consumiendo bulímicamente la oferta de Netflix o HBO…― las sensaciones de placer que sirvan de calmante y disfraz para el profundo vacío interior. Como sugirió proféticamente Huxley:

si alguna vez, por mala suerte, cualquier cosa desagradable hubiera de ocurrir, siempre habrá soma para entregarte unas vacaciones respecto a los hechos. Y siempre hay soma para calmar tu enojo, para reconciliarte con tus enemigos, para hacerte paciente. En el pasado podías lograr estos objetivos sólo mediante un gran esfuerzo y luego de años de duro entrenamiento moral. Ahora, te tragas dos o tres tabletas de medio gramo y listo, ya estás. Cualquiera puede ser virtuoso. Puedes llevar al menos la mitad de tu moralidad en una botella. Cristianismo sin lágrimas, eso es soma. 

Algo de esto es lo que tan bien gráfica un mundo zombie: la renuncia a la virtud cuyo vacío existencial debe ocultarse por medio de múltiples, rápidas y cada vez más intensas sensaciones de placer sensible. Así, más temprano que tarde, progresiva e inevitablemente se diluye la habilidad para pensar, el chipe libre de las pasiones esclaviza y daña la libertad, y la superflua algarabía se expande y contagia a la velocidad de un clic en millones de tiránicas pantallas.

Occidente, presa de un radical agotamiento espiritual, en su búsqueda desenfrenada de consumismo hedonista, padece una “estructura zombie”, una cultura de entretención sin sentido ni horizonte vital, hermanada con tristeza, amargura, angustia y desgano, todo lo cual, a mi juicio, es la expresión del pecado personal y social de acedía.

San Juan Pablo II habló fuerte y claro contra las estructuras de pecado, aquellas situaciones sociales, institucionales y culturales contrarias a la ley de Dios y que son expresión y efecto de los pecados personales. Occidente, presa de un radical agotamiento espiritual, en su búsqueda desenfrenada de consumismo hedonista, padece una “estructura zombie”, una cultura de entretención sin sentido ni horizonte vital, hermanada con tristeza, amargura, angustia y desgano, todo lo cual, a mi juicio, es la expresión del pecado personal y social de acedía.

Santo Tomás trata este pecado como un vicio opuesto al primer fruto de la virtud de la caridad, que es el gozo de la comunión con el bien divino (Suma Teológica II-IIae, q.35, a.1-4). El profundo aburrimiento zombie de nuestra cultura es la “viva” expresión de una ausencia, de la alegría espiritual que brota del interior del hombre que vive en amistad con Dios. Esa alegría ensancha y dilata el alma; por eso, la acedía se manifiesta como una tristeza espiritual que apesadumbra y amarga el ánimo del hombre, provocando la negligencia por el cuidado de la vida interior. Así las cosas, surge el despótico impulso de buscar en el exterior algo que calme nuestra sed natural de infinito.

Por cierto, esta opinión en modo alguno reniega ni anatemiza la necesaria y sana entretención (la eutrapelia es virtud); el problema radica, en cambio, cuando ésta se erige en el fin último de una existencia sencillamente vacía de humanidad y cerrada a la gracia.

¿Qué sentido tiene sobrevivir en un mundo semejante? Comamos y bebamos que mañana moriremos… Y, sin embargo, la serie que motiva estas líneas logra estupendamente mostrar la rebeldía que surge ante la posibilidad de conformarse con una existencia zombie. Se busca heroicamente la cura. Y aquí veo una curiosa coincidencia (que seriamente dudo que haya estado en la mente e intención de Neil Druckmann, pero bueno, uno nunca sabe): la esperanza de la humanidad recae en Ellie, la niña inmune al contagio, a quien Joel debe mantener viva a como dé lugar en el largo y peligroso trayecto hacia la cura. Forzando la analogía, no puedo sino pensar en el viaje a Belén y la huida a Egipto, en que José, atendiendo a la realidad concreta que Dios ponía bajo su responsabilidad, por medio de su obediencia silenciosa y sin violencia alguna, cuidó amorosamente a la mujer que portaba en sí al Salvador del mundo. La acedía zombificante, por tanto, tiene cura, y ésta se halla en el seno de la Sagrada Familia.

Autor: Álvaro Ferrer

Editor Revista Suroeste

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