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Las imágenes de la policía nicaragüense arrestando al Obispo Rolando Álvarez dieron la vuelta al mundo. Él, de rodillas y con las manos en alto, no opuso resistencia, cual cordero inocente, encarnando la profecía de Isaías a ejemplo de Cristo ante el sumo sacerdote. Teniendo la opción de ser liberado y expatriado a Washington junto a 222 presos políticos, se negó a dejar Nicaragua declarando “que sean libres, yo pago la condena de ellos”. Fue trasladado al penal La Modelo, en las afueras de Managua. Ha sido condenado a 26 años de cárcel por “traición a la patria, menoscabo a la integridad nacional y por propagar noticias falsas”. Estos cargos sintetizan a la perfección el adn del totalitarismo ideológico que va mucho más allá -y se encuentra mucho más acá- de las obsesiones impúdicas de Daniel Ortega.

La tiranía es un problema metafísico y religioso antes que político y jurídico. Todo tirano pretende un imposible. En su desvarío se conjugan biografías plagadas de heridas -unas inocentes, otras culpables-, vicios que procuran el placer como calmante y, ante todo, la abominación por los límites naturales y el repudio a la propia condición de criatura. El tirano juega a ser Dios. Se asemeja, tarde o temprano, a un pequeño o gran demonio en que el originario non serviam fluye por sus venas, ponzoña que emerge a borbotones no sólo en los regímenes de corte marxista sino en toda doctrina que usurpa los atributos divinos elevando sus presupuestos a la categoría de dogma obligatorio e indiscutible, se trate de la democracia liberal, los derechos humanos de vaya saber usted qué generación, la primacía de la subjetividad victimista, la agenda 2030, el progresismo woke, la ideología de género o la igualdad de toda religión o creencia. Sí, algunos tiranos son lobos disfrazados de ovejas.

El antídoto para la tiranía no es la causa de la libertad ni la separación de poderes ni su alternancia, ni una constitución “mínima y liberal” que asegure la paz y armonía de la polis en un ideológico catálogo cada vez más amplio de derechos subjetivos y sociales, ni menos la tregua de élites. Tampoco es su remedio el antropocentrismo individualista que sostiene algunas versiones de la dignidad personal. Ningún paradigma fundado en la no dependencia es adecuado ni suficiente para garantizar la independencia. Paradojalmente, sólo el reconocimiento de la total dependencia respecto de Dios permitirá ordenar un mundo con real y duradera independencia de toda forma de esclavitud.

La voz de la Iglesia, por tanto, es el aguijón que punza el núcleo irreductible de la conciencia del tirano, recordándole, con genuina autoridad, que el poder es servicio, viene de Dios y ante Él deberá rendir cuenta. Ningún argumento o doctrina es o puede ser equivalente. Ningún absoluto humano puede sustituir al Absoluto divino. Tal es el error de los que ocultan la fe so pretexto de construir puentes y entablar diálogos que no pongan en jaque el estándar burgués de su horizonte vital.

Así, por el tiempo que se mantenga la hegemonía de la religión de la esfera -en cualquiera de sus versiones buenistas o violentas- será atacada y denostada la Religión Verdadera por la tiranía de la ocasión, y en medio de la oscura tribulación brillará el testimonio fiel de mártires como el Obispo Rolando Álvarez, perseguidos y encarcelados por recordar al tirano y sus ideologías que, aunque dominen a sangre y fuego, no son más que polvo y en polvo se convertirán.

Autor: Álvaro Ferrer

Editor Revista Suroeste

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